3 #2
—Lo descubrimos por accidente. Mi madre quería mantenerlo en secreto el mayor tiempo posible —dijo Soojin—. Porque los niños son irresponsables, ¿sabes? No quería que hiciéramos tonterías o alardeáramos.
»Cuando tenía siete años, Mirae y yo encontramos una egagrópila de búho y decidimos hacer un pequeño funeral en el jardín. La enterramos junto a los tomates. Y de repente, todas las plantas estaban muertas y media docena de ratones chillaban bajo la tierra y trataban de salir arañándola.
Sonrió al recordar la forma en que su hermana había gritado cuando el primer hocico emergió de la tierra, seguido por nada menos que otros cinco roedores aún a medio formar.
Sus padres habían acudido corriendo, con palas en la mano como si fueran a enfrentarse a un secuestrador.
Pero lo único que encontraron fue a sus hijas, abrazadas, gritando a todo pulmón.
—Y entonces nos desmayamos. Era la primera vez que revivíamos algo y, además, fueron seis animales a la vez.
Dormimos durante un día entero. Mis padres casi nos llevan a urgencias.
Cuando despertamos, mi madre pensó que lo más seguro era enseñarnos lo que podíamos hacer. Cómo ser responsables y hacerlo bien.
La mente de Soojin se agitaba con los recuerdos.
Ella y su hermana arrodilladas en el jardín junto a su madre, hundiendo las manos en la tierra para enterrar la pata de un pájaro que había chocado contra su ventana.
La grama había cedido ante la magia y el carbonero remontaba el vuelo entre una explosión de plumón y tierra.
Soojin volvió la cabeza hacia la ventana para evitar la mirada de Mark. Pensaba a menudo en aquellos momentos, pero hacía años que no los ponía en palabras. ¿A quién iba a contárselos? A su padre no le gustaba hablar del pasado. En realidad, no le gustaba mucho hablar de nada.
Hubiera dado lo que fuera por revivir aquellos primeros días de asombro.
La magia y la novedad de todo aquello se le pegaban como una chispa que no se desprende.
Un legado inmaterial transmitido de mujer a mujer.
Madre le había dicho que resucitar animales la hacía sentirse cerca de su propia madre fallecida.
Entonces Soojin no lo entendía, pues todas las personas que amaba seguían con ella, pero ahora sí.
—Puedo oírlas, ¿sabes? —dijo.
—¿Oír qué?
—Puedo oír a gente mientras resucito animales. A mujeres de mi familia que ya no están.
—¿Como fantasmas? —preguntó Mark—. ¿Puedes hablar con ellas?
—No. No es eso. Es más bien como... —Buscó las palabras—.
Como un collage de recuerdos. Oigo a chicas riéndose y hablando.
No puedo controlar lo que escucho. Es parecido a oír a alguien que cambia de emisora de radio en una habitación cercana.
—Se arrancó una media luna de piel que se le desprendía de la cutícula—.
A veces puedo oír a mi madre. No es como una grabación.
Es casi como si estuviera ahí, invisible pero lo bastante cerca como para tocarla.
Bajó la vista hacia las manos, al punto de sangre que brillaba donde se había lastimado la piel.
No sabía muy bien por qué estaba compartiendo todo eso, pero, una vez que había comenzado, parecía imposible detenerse.
Había algo reconfortante en saber que esos recuerdos, ahora, podían habitar otra mente.
Como si Madre y Mirae siguieran resucitando pequeñas criaturas en otra parte, aunque solo fuera en el jardín de la imaginación de otra persona.
—¿Toda tu familia puede... hacer esto?
—Mi padre no. Solo las mujeres del lado materno. Solo yo y... —Su voz quedó suspendida en el aire como un anzuelo.
—Ya —dijo Mark en voz baja, a modo de confirmación. Y ahí estaba: esa mirada de lástima que ella tanto detestaba. Qué inútil debía de parecer ese don suyo. Era la única que quedaba. Una casa llena hasta el techo de chicas milagrosas, portadoras de vida, y aun así no pudieron salvarse.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos y, como si necesitara mirar cualquier cosa que no fuera ella, Mark comenzó a examinar la habitación.
Soojin se sintió momentáneamente expuesta.
¿Le parecería infantil que hubieran cambiado tan pocas cosas desde que eran pequeñas?
Las constelaciones brillantes que seguían pegadas al techo, los tarros de salsa de tomate en la mesita de noche llenos de estrellas de origami.
¿Le parecería lúgubre que, casi un año después de la muerte de su hermana, ni ella ni su padre hubieran quitado aún su cama?
Todas las cosas de Mirae seguían exactamente donde las había dejado el día que desapareció.
Su estuche de lentes de contacto en el tocador con las lentillas, ya secas, dentro.
La botella de solución salina sin tapar.
Un peine de púas finas con hebras de pelo negro.
En cierto modo, el escritorio de Mirae era un altar dedicado a un pasado irrecuperable.
—Echaba de menos este lugar —dijo Mark, con un tono que sonaba a «te echaba de menos».
La miró, y luego, como sorprendido de que Soojin también lo estuviera observando a él, volvió la vista con rapidez a las estrellas fosforescentes del techo.