El río sabe tu nombre 3
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Soojin no sabría decir cuánto tiempo estuvieron ella y Mark paralizados en aquel claro mirándose en silencio.

Sentía como si hubiera salido de su propio cuerpo y lo observara todo desde fuera.

Sabía que llovía, aunque no notaba el agua sobre la piel.

Sabía que tenía las rodillas hundidas en la tierra que se convertía en barro, pero eso tampoco era mucho más que un pensamiento lejano.

Solo era consciente de la presencia de Mark y del reflejo de la luz del farol en sus ojos muy abiertos.

—¿Qué...? —susurró ella, pero él se le adelantó.

—¿Qué ha sido eso? —Su voz era débil—. Soojin, ¿qué acabas de hacer? —Su mirada pasó de las manos de ella a la zona de hierba muerta detrás de su cuerpo y, de ahí, al bolsillo donde la cola de Milkis se movía como un péndulo.

—Esa rata —señaló—. Tú…

Soojin se incorporó de golpe. Él no se apartó. Al contrario, dio un paso hacia ella, con los ojos cargados de preguntas.

—Acabas de…

Soojin ya no pensaba. Le tapó la boca con la mano y sintió su aliento sorprendido contra la palma.

—Por favor —dijo. Fue un milagro que la voz no le temblara.

Mark estaba allí, la había visto y, de repente, hasta el bosque que rodeaba su casa le pareció amenazante.

Miró alrededor, buscando otros ojos que la observaran desde la oscuridad.

«La he cagado. La he cagado». En su pánico, no podía pensar en nada más—. Por favor, no digas nada y sígueme.

Salió del claro con rumbo a casa, guiada por el faro de las ventanas encendidas.

Tardó, pero al final oyó los pasos de Mark siguiéndola.

No se permitió mirar atrás. Su presencia resultaba abrumadora y las preguntas acumuladas entre ambos tenían una cualidad física, como algo que no dejaba de golpear.

A Soojin le sorprendió que él aguantara todo el trayecto sin decir nada.

Ni siquiera habló cuando ella lo dejó en la entrada para subir al dormitorio a encerrar a Milkis en su jaula.

Pero en cuanto bajó de nuevo, él estalló.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, con los ojos encendidos, atrapado entre el miedo y el asombro—. Te he visto enterrar esa cola, Soojin. Pero estaba cortada. Lo sé. Tu rata... Acabas de…

Ella no podía ahora con todo eso. Necesitaba tiempo.

—Quédate a cenar —ordenó. La frase pilló a Mark desprevenido y lo descolocó.

—¿Qué?

Soojin miró las manos del chico. La olla que sostenía estaba perlada de lluvia. El frío empezaba a colársele a través del susto y se dio cuenta de que los dos estaban tiritando como perros mojados.

—Has traído sopa.

Él bajó la mirada, parpadeando, como si acabara de darse cuenta de que llevaba algo entre las manos.

—Mi madre me ha dicho que…

—Que me trajeras comida para una semana. Me lo imaginaba. —Le cogió la olla de las manos y se fue directa a la cocina, donde la dejó sobre la vitrocerámica—. Deberías quedarte. No puedo comerme todo esto yo sola.

Se quitó el jersey, lo colgó en el radiador y le indicó a Mark que hiciera lo mismo. Luego se remangó para ponerse a cocinar. Desconcertado, sin margen para protestar, Mark la siguió.

Había algo reconfortante en volcar toda su atención en una tarea.

Trabajaron en silencio, como si hubieran acordado sin palabras fingir, aunque solo fuera durante un rato, que el mundo no se les había desmoronado bajo los pies.

Mientras Mark lavaba el arroz, Soojin sacó dos filetes de caballa del frigorífico, los untó con vino de cocina y los saló generosamente; el aceite ya chisporroteaba en la sartén.

Al ponerlos con la piel hacia abajo, el alcohol y la grasa provocaron una llamarada que enseguida se apagó y dio paso a un crepitar constante.

Cuando la comida estuvo hecha y la mesa puesta, la angustia volvió a apretar el estómago de Soojin.

Empuñaron las cucharas en un silencio tenso. Soojin comía de forma desasosegada, demasiado nerviosa como para saborear nada. Para cuando desistió y dejó los palillos sobre la mesa, la sopa se le había quedado fría. Tampoco Mark había tocado apenas su plato.

—¿Ya estás lista? —preguntó él con suavidad.

«No».

—Sí.

No debió de sonar muy convincente, porque él asintió pero no dijo nada y le dejó manejar a ella el ritmo de la conversación. Soojin se mordió el labio antes de tragar saliva y preguntar en voz baja:

—¿Cuánto has visto?

—Todo —respondió él, y luego, empezó a justificarse atropelladamente—.

Pero te juro que no era mi intención. Llamé y nadie contestaba, y no quería dejar la comida en el porche por si se la comían los mapaches.

Mi madre me habría matado si no me aseguraba de que lo recibías.

No pretendía... —Pareció captar su exasperación. Tosió—. Vamos, que lo siento.

Soojin se llevó la mano a la frente para darse un suave golpe, como si intentara obligarse a despertar.

Aquello era una pesadilla. Sabía que era algo infantil, pero no podía dejar de culpar a la señora Moon.

Sin su estúpida compasión, sin su estúpido recado de llevarle sopa, nada de aquello habría ocurrido.

—Mark, nadie sabe esto —dijo con lentitud.

Un dolor de cabeza comenzaba a latirle detrás de los ojos, aunque no sabía si era debido al estrés o a una secuela de la magia—.

Solo lo sabe mi familia cercana. —Soojin formuló sus frases con ambigüedad, pero su súplica era evidente. Nadie debía enterarse.

—Lo entiendo —respondió Mark sin esperar más explicaciones—. No se lo contaré a nadie, Soo. Lo juro.

Ella se apartó la mano de la frente y lo miró.

Su expresión era firme. La había llamado Soo , un apodo que no usaba desde que eran niños.

Aquello le provocó una sensación extraña en el estómago, como si hubiera atravesado el tiempo de un salto.

Pero también la reconfortó. Era Mark Moon; seguía siendo el chico que se sentaba delante de ella todos los domingos en el granero reacondicionado donde se celebraba el servicio religioso, se tapaba la nariz contra el persistente olor del retrete exterior y se pasaba notas con ella mientras los himnos se elevaban hacia las vigas del techo.

Aunque ya no fueran amigos, aunque las trayectorias de sus pequeñas vidas transcurrieran ahora en paralelo sin tocarse, de algún modo seguían teniendo un vínculo. Estaba segura de que guardaría su secreto. No tenía más remedio que creerlo.

—Gracias —dijo. Aligeró el incómodo silencio que siguió a la promesa limpiando ruidosamente los platos, aún llenos.

—Entonces, esa rata… es la que he incinerado esta mañana, ¿verdad? —preguntó Mark mientras se levantaba para ayudarla.

—Sí —respondió Soojin—. Traemos a Milkis de vuelta cada pocos años. A veces con más frecuencia si su salud empeora con rapidez. Fue la mascota de la infancia de nuestra madre. Fue ella quien nos enseñó todo.

—Supongo que el hecho de que hayáis acudido a mí todos estos años para incinerar cosas tiene algo que ver con... —parecía buscar las palabras adecuadas— todo esto —concluyó, haciendo un gesto vago en su dirección.

—Sí. Si entierras partes de un cuerpo en lugares distintos, no funciona. Cualquier parte que no vayas a usar, tienes que destruirla. Hay que deshacerse de los restos de alguna manera.

Mark hizo una mueca ante su elección de palabras.

—Ya veo. Eso me recuerda... Ah, mierda —dijo y metió la mano en el bolsillo para sacar la cajita con las cenizas. Estaba húmeda por la lluvia. Al abrirla, las cenizas se aferraron a los laterales como manchas de grafito.

—¿Estás de broma? Tírala, por favor.

—¿A la basura? Suena poco ético, o algo así.

—¿De verdad? —Lo observó mientras él dejaba los cuencos en el fregadero—. Ven conmigo.

En el piso de arriba, Soojin situó a Mark hacia un lado de la jaula de Milkis y ella se quedó en el otro.

—Mira —le dijo.

En medio de ambos, la rata mordisqueaba feliz un bloque de madera, con un cuerpo más viejo que ellos y, a la vez, completamente nuevo. Muerta, pero ya no.

Ante la evidencia viva de la magia de Soojin, él volvió a palidecer. En su expresión se sucedieron lentas oleadas de incredulidad.

—Es que no es posible —murmuró frotándose los labios. La luz proyectaba sombras violentas en el rostro del muchacho y sus facciones parecían partidas por los barrotes de la jaula.

—Y sin embargo... —respondió Soojin, abriendo la compuerta. Milkis trepó por su brazo—. ¿Lo ves? —dijo con voz impasible, mientras acariciaba el lomo del animal—. Viva y en buen estado. ¿Te complace esto, oh, ético incinerador de cuerpos?

Mark lanzó la caja con las cenizas al cubo de basura; después agarró la rata del hombro de Soojin y se la acercó al rostro como si intentara detectar el hedor de la putrefacción donde solo había olor a papel de periódico húmedo y a la esencia propia de un animal.

—¿Satisfecho? —preguntó Soojin cuando él dejó por fin a Milkis sobre el tocador, donde esta empezó a corretear, a lamer botes de crema y morder cosas que no debía.

—Supongo que sí —respondió, antes de quedarse extrañamente callado de nuevo. El único sonido en la habitación era el de Milkis hurgando entre los bolígrafos del escritorio.

Soojin suspiró.

—Estás alucinando, ¿a que sí?

Aquello le arrancó una sonrisa inesperada a la vez que se dejaba caer en una silla.

—Totalmente. ¿Tanto se nota? Lo siento, es que... —Sus dedos juguetearon distraídamente con los cordones de la capucha—. No puedo creer que, todo este tiempo, Mirae y tú fuerais capaces de hacer esto y yo no supiera nada. ¿Cuándo lo descubristeis?

Ella lo observó detenidamente. Muchas cosas de Mark habían cambiado.

El pelo, antes liso como el de su madre, tenía ahora las ligeras ondas de su padre.

Las mejillas, que en su día fueron regordetas, se le habían afilado, aunque conservaba sobre el labio la cicatriz perlada que se hizo cuando todos pasaron la varicela y él, al no poder resistirse, se quitó los guantes de horno para rascarse.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos. Grandes, brillantes y carentes de toda maldad.