El río sabe tu nombre 2
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Mark llevaba apenas unos minutos en la cámara de cremación cuando la puerta principal se abrió de golpe.

Una mujer pequeña entró tambaleándose y maldiciendo notoriamente en coreano mientras intentaba equilibrar en sus brazos tres cajas apiladas tan alto que Soojin solo podía verle la línea del pelo.

La caja superior comenzó a deslizarse y Soojin se levantó de un salto para atraparla antes de que cayera.

—Maldita sea. Gracias, cariño —gruñó la mujer desde detrás de las cajas—.

¿Puedes creer toda la basura que tu padre ha encargado?

Tres docenas de pelotas de tenis y quién sabe cuántos huesos de cuero prensado.

Quiere regalar kits de consuelo. ¡Kits de consuelo!

¿De qué le sirven todos estos artículos para mascotas a una familia que está de duelo?

Si sus estúpidas ideas me causan una hernia, que Dios me ayude…

Dejaron las cajas y, con un suspiro de alivio, la mujer se enderezó y se presionó los puños contra la parte baja de la espalda. Solo entonces se dio cuenta de que no estaba despotricando ante su hijo.

—¡Soojin! Perdona, pensé que eras Mark. ¿Qué haces aquí, cariño?

Qué extraño le parecía oírle esa pregunta.

Siete años atrás no habría tenido duda alguna sobre por qué Soojin estaba en casa de los Moon o incluso en su funeraria.

Tenía tantos recuerdos jugando detrás del mostrador, con Mark y Mirae, o haciendo arreglos florales en las urnas con diente de león y otras hierbas arrancadas del jardín...

—Yo... —Soojin dirigió la vista hacia la mujer que, durante casi toda su infancia, había sido como una tía para ella.

¡Aquellos familiares y cálidos ojos marrones y esas manos diminutas!

Cuando la madre de Soojin vivía, ella y la señora Moon eran amigas íntimas.

Soojin recordaba a ambas mujeres riendo a carcajadas, hasta altas horas, casi todos los fines de semana.

Estaba segura de que a la señora Moon no le molestaría que Mark le hiciera favores, pero el negocio era el negocio y no tenía por qué enterarse.

—Solo vine a buscar una cosa. Ayer falté a clase —dijo Soojin mientras buscaba en su bolso un papel arrugado cualquiera para mostrarlo como prueba.

—Ya veo. —Los ojos de la señora Moon se posaron en el papel y luego estudiaron el rostro de Soojin con una ternura incómoda. Soojin bajó la vista hacia sus manos, que sostenían una hoja blanca de cuaderno. Se sintió un poco estúpida, volvió a guardar el papel y se miró fijamente los pies.

—¿Cómo te va? —preguntó la señora Moon—. ¿Vas al día con el instituto? ¿Comes bien? —Hizo este último comentario mientras pellizcaba las costillas de Soojin, como desaprobando su delgadez.

—Estoy bien.

—¿Y tu padre? —insistió la madre de Mark—.

¿Cómo está? ¿Con mucho trabajo? —Había un matiz incisivo en sus preguntas, una preocupación tan sincera en sus ojos que ponía nerviosa a Soojin.

No era una chica habladora y menos aún si el tema era ese.

La dudosa legalidad de dejar sola a una menor durante días la hacía ser reservada sobre los viajes de trabajo de su padre, que duraban semanas.

Pero claro, los Moon lo sabían. Entendían bien que la familia de Soojin caminaba por la cuerda floja financieramente hablando y no ignoraban lo que su padre debía hacer para mantener tensada esa cuerda.

La señora Moon se le acercó y tomó las manos frías de Soojin entre las suyas cálidas. La maternidad del gesto no la consoló. Era dolorosa.

—Si necesitas algo, siempre eres bienvenida a...

Soojin se apartó.

—Gracias —dijo a la vez que recogía sus cosas—. Lo siento, debo irme.

Soojin no esperó por las cenizas. Salió de la funeraria con la insoportable simpatía de la señora Moon siguiéndola hasta que la puerta se cerró entre ellas.

Para cuando Soojin llegó a casa, ya había oscurecido y empezaba a lloviznar. Atravesó el bosque a paso ligero, con un farol en alto para iluminar el camino. Tenía que enterrar la cola antes de que la lluvia convirtiera la tierra en barro.

No tendría que ir muy lejos. Su casa, como la mayoría en Jade Acre, estaba aislada y rodeada de árboles. Aparte de las dos cabañas completamente amuebladas que su familia alquilaba en verano, no había nada ni nadie cerca que pudiera verla, salvo la niebla y los árboles.

Soojin se arrodilló al llegar al claro, posó las manos sobre la tierra y dejó que se le colara entre los dedos.

En años más felices, su madre solía llevarlas allí a Mirae y a ella para devolverle vida al mundo.

Tal vez por eso la tierra siempre estaba suelta: el suelo nunca llegaba a asentarse porque se le exigía demasiado.

Sacó de un bolsillo una pequeña pala y empezó a remover el terreno.

Cedía con facilidad. Bastaría un agujero poco profundo, pero debía ser lo bastante ancho para dejar espacio a lo que pudiera crecer.

Cuando lo tuvo listo, colocó la cola dentro y la cubrió con tierra suelta.

Luego volvió a hundir las manos en el suelo y sintió la cola entre las palmas. Solo quedaba esperar.

Al principio, no ocurrió nada. Los insectos zumbaban en la oscuridad.

Desde arriba, un búho la observaba; el disco blanco de su cara brilló un instante entre las hojas antes de que algo lo espantara.

Se esfumó en una ráfaga de plumas y, entonces, el silencio cayó sobre el claro como un manto.

Era un silencio espeso e impenetrable, que hizo que la noche pareciera de pronto extraña, como si una barrera se hubiera interpuesto entre Soojin y el mundo conocido.

La primera sensación fue un cosquilleo eléctrico y lejano en la punta de los dedos que enseguida le recorrió los brazos como una corriente.

El aire de alrededor se volvió denso, como si cien ojos invisibles se giraran hacia ella en la oscuridad.

Se le erizó el vello de la nuca. Unos chispazos dorados centellearon en los bordes de su visión y tiñeron el mundo de un ámbar quebradizo. Y entonces, empezó de verdad.

Le llegaron los susurros. Así los llamaba siempre Mirae.

Una mezcla apagada de voces que no reconocía, pero que sabía —igual que una mosca de mayo intuye la brutal brevedad de su existencia— que eran sus antepasadas.

Soojin podía oírlas: mujeres anteriores a ella que habían participado en ese mismo ritual de hueso y tierra, de no dejar marchar.

Inclinó la frente hacia el suelo y escuchó mientras vencía la primera oleada de náuseas.

En ocasiones, una voz se elevaba entre el murmullo como una señal de radio abriéndose paso entre la estática.

Era lo bastante clara como para que Soojin captara unas pocas palabras antes de que se disipara y otra ocupara su lugar.

Unas veces oía las palabras nuevas y redondeadas de una niña cuya lengua aún no se había hecho a las consonantes.

Otras, el habla de una anciana con la voz arrastrada por la pesada losa de un ictus.

«Cuando fallaron las cosechas, nosotras...

Y luego Madre dijo... Cuando le retorcí el cuello, no se resistió... Comimos y comimos...».

Ninguna de aquellas frases significaba nada para ella. Hasta que, entre esa maraña amortiguada de recuerdos pasados, escuchó una voz familiar.

«Hijas mías —dijo la voz de su madre, en coreano con acento dialectal, casi riendo—, atended».

La concentración de Soojin se tambaleó. Quería seguir el rastro de sangre de ese recuerdo, rastrearlo como un sabueso.

Todavía lo guardaba en la memoria. Fue un verano, en la infancia que ahora quedaba tan lejana.

Las flores blancas y exuberantes de las tomateras, vencidas por el peso de los abejorros.

Una egagrópila de búho en la tierra recién removida.

Sentía cómo perdía el control. La cola de Milkis se pudría bajo la tierra. «Centraos. Aquí, hijas mías. Mirad».

Soojin volvió a centrar la atención en sus manos y, como las apariciones que eran, las voces se retiraron de golpe. Estaba sola en el bosque y no podía, no podía hacerlo. Su respiración agitada formaba un vaho en la noche.

—Joder —murmuró. Soojin parpadeó para contener las lágrimas; la cola yacía inmóvil entre sus dedos, fría y flácida como un gusano ahogado y arrastrado por la lluvia.

Pensó en todas las veces que lo había intentado y había fallado.

Las serpientes que había sacado de la tierra retorciéndose y rojas porque no había logrado regenerarles las escamas.

Los pájaros que le temblaban entre las manos, pero no volvían a la vida.

Las sinapsis se activaban, se activaban…

y fallaban. ¿No habían tenido que ser siempre Madre o Mirae quienes terminaran lo que ella no podía?

¿Qué la había hecho pensar que, en su soledad, de pronto, sería capaz de hacerlo simplemente porque debía?

Pero no. Algo estaba ocurriendo. Al principio casi no se notaba, pero la vegetación que le rozaba las rodillas empezaba a morir.

La hierba se volvía parda y se doblaba ante su proximidad, como si la energía vital de la planta se le deslizara hacia las palmas de las manos.

Un olor a hierro, espeso como la sangre, impregnó el aire húmedo, y era tan fuerte que le provocó arcadas.

La tierra de debajo de sus dedos se empapó de golpe, como si el líquido surgiera de la nada, y del suelo manaba sangre imposible que se convertía en limo, en barro.

El aire se había vuelto viscoso, tan denso que dolía respirarlo y le oprimía los pulmones como unos dedos dentro de su pecho.

Por encima de ella, los árboles habían dejado de moverse con el viento, las hojas se quedaron suspendidas, fuera del tiempo.

Algo no encajaba. Un lamento lejano le retumbaba en los oídos, y tenía el corazón desbocado y sin ritmo, como si la magia creciera en su interior.

Y, oh, Dios. Ahí estaba; había algo compacto entre sus palmas.

Primero vinieron las vísceras: húmedas, palpitantes, sin formar.

El bazo, el hígado, un pequeño corazón que latía.

Se movían en la tierra como babosas para encontrar su lugar y colocarse con precisión.

Luego, el suelo se cosió en forma de armazón.

Los huesos, notó los surcos ondulados de una pelvis y el acordeón delicado de una caja torácica lo bastante afilada como para atragantarse con ella.

Unos ojos húmedos y rojos se hincharon hasta encajar en las nuevas cuencas de un cráneo que se estaba creando.

Soojin se mordió la mejilla para contener las ganas de apartar las manos. «Ni se te ocurra —pensó—. Ni se te ocurra». Sentía la bilis subiéndole por la garganta. Dios, qué repulsión..., pero no se detuvo.

La carne empezó a tomar forma y a rellenar los huecos entre el esqueleto y los órganos.

La masa temblaba, los músculos de las patas le golpeaban los dedos con fuerza, como cuando un perro patalea en sueños.

Bum, bum, bum. ¿No le habían explicado eso en clase?

Algo sobre neuronas que se disparaban. Algo relacionado con cuerpos muertos que a veces se movían.

Inspiró con lentitud entre los dientes. A lo lejos, oía risas mientras su memoria se desplegaba como una pantalla dividida.

En un lado estaba su yo actual: sola, con diecisiete años, con náuseas, en el claro.

En el otro, aquel día de hace tantos años en que su madre las había traído a Mirae y a ella a este mismo lugar para enseñarles de qué eran capaces las niñas que llevaban su sangre.

Mirae era mejor, como en casi todo. Segura de sí, menos aprensiva, lo había cogido enseguida. También se trataba de Milkis en aquella ocasión, en una de sus incontables vidas volviendo con ellas.

Esta vez, volvería solo con Soojin.

Sintió un pinchazo agudo en el dedo. Los dientes.

Soojin soltó un grito ahogado a la vez que se apartaba de la tierra y en sus manos se agitó una rata con el pelaje manchado de barro y sangre.

El animal estaba vivo, con una vitalidad palpitante.

Soojin desenroscó el tapón de un frasco de agua y le dio a Milkis un lavado rápido.

Las lágrimas de frustración habían desaparecido.

Ahora lloraba de verdad y los sollozos se entremezclaban con la risa.

—Shhh, shhh —susurró, y con eso quería decir: Gracias a Dios. Milkis se dejó llevar al instante por ese contacto familiar y mordisqueó una disculpa en la yema del dedo sangrante de Soojin.

—Bienvenida —murmuró Soojin antes de besarle la cabeza y guardarse la rata en el bolsillo.

Entonces la invadió un mareo repentino y, aunque la lluvia arreciaba, no pudo moverse.

Estaba exhausta, le temblaban las manos…

, pero lo había conseguido, y por primera vez en mucho tiempo no se sentía tan sola.

«Lo he hecho, mamá», pensó Soojin. El recuerdo de la voz de su madre empujándola a concentrarse aún resonaba en su cabeza.

«Gracias por guiarme». Intentó no pensar en que no había escuchado a Mirae, el anhelo mezclado con el alivio.

Sabía que era absurdo. Pero oír la voz de su hermana entre las de sus antepasadas habría hecho que todo fuera real.

Soojin se cubrió los ojos con la mano mientras Milkis se acomodaba en su bolsillo y se acicalaba con el fervor de un gato. El viento había vuelto con fuerza, desgarrando los árboles con violencia y arrastrando la lluvia de lado. Si tardaba más en moverse, acabaría resfriada.

Pero entonces, a su izquierda, sonó un golpe metálico.

El corazón le dio un vuelco al girarse hacia el sonido.

No era solo el estrépito del viento que sacudía una rama; la habían visto.

Allí estaba, había un chico entre los árboles.

Las manchas oscuras de dos ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba observándola?

La cara del chico estaba inexpresiva, sin color.

La tapa de lo que llevaba en las manos volvió a cerrarse con un golpe.

A Soojin le sonó como un cerrojo encajando en su sitio, como la campana de una sentencia de muerte, pero no era ninguna de las dos cosas. Era Mark Moon.

En las manos sostenía una olla de sopa.