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Al día siguiente, por primera vez en meses, la cría despertó saciada, chupando todavía un hueso que tenía entre la mejilla y los dientes.
Alimentada y con esperanza, fue a los campos y enterró ese hueso en el suelo, con la intención de que su nutritiva médula alimentara la tierra en barbecho.
Pero en su lugar, vio emerger de ese suelo un pico que trataba de respirar.
La tierra seguía estéril, pero la niña sacó de ella una gallina viva, que rascaba el suelo y picoteaba el aire.
Corrió hacia su casa llamando a gritos a su madre.
Demasiado desesperados para maravillarse, sacrificaron rápidamente el ave y se la comieron; luego enterraron el esternón sin ceremonia.
El don le exigía mucho a la chica. Las manos le temblaban por el esfuerzo.
La sangre le resbalaba por la nariz. Enterró el hueso mientras sonreía.
Una y otra vez. Hueso de ala y saliva. Así, su familia prosperaba cuando el resto del pueblo pasaba hambre, adelgazaba, se ponía enfermo y moría. Los aldeanos susurraban que había demonios en esa familia. Su gallina secreta murió cien muertes.
El otoño llegaba temprano este año; los árboles de hoja caduca comenzaban, muy lentamente, a dorarse.
Soojin odiaba el otoño. Era la estación en la que Mirae había salido para ir a una fiesta en una casa y nunca regresó.
Su cuerpo apareció unos días después en el pueblo vecino, atrapado entre las rocas donde lo había encontrado un chico de un instituto cercano.
En las fotos que el chico sacó antes de llamar a las autoridades, los rasgos de su hermana se veían hinchados y anónimos, como suele suceder con los ahogados que permanecen mucho tiempo en el agua.
Las ramas otoñales se reflejaban a su alrededor como una corona hecha trizas.
El cambio de estación ya no le parecería hermoso nunca más. Apartó la vista de las copas de los árboles y fijó la mirada firmemente en la carretera.
Cuando Soojin llegó a la cima de la colina, apareció ante su vista el cementerio para mascotas Patitas en Paz.
Con la luz del crepúsculo, la pintura pálida del edificio brillaba como si fuera a desaparecer.
Detrás de la oficina de recepción se extendía un campo con pequeñas lápidas que marcaban el lugar de descanso de mascotas que habían sido queridas.
Soojin vio al hijo del dueño del cementerio, Mark Moon, arrodillado junto a la entrada de la oficina, arreglando una maceta de geranios.
La puesta de sol le iluminaba el pelo y resaltaba algunos mechones castaños en su melena negra.
Tarareaba desafinado mientras trabajaba y, a pesar del ruido que hacían sus pies en la grava, no la oyó llegar.
Ni siquiera cuando se detuvo justo detrás de él y su sombra alargada se proyectó en la pared de enfrente. Ni cuando se arrodilló.
—Hola —dijo. Él se sobresaltó y las tijeras de podar se desviaron de la hoja seca a la que se dirigían y cortaron en su lugar un racimo de flores.
—Maldita sea. —Mark dejó las tijeras y tomó los geranios mutilados.
Aparte de las flores que había arruinado a causa del susto, los geranios florecían estupendamente, incluso en ese septiembre anormalmente frío.
A ella no le sorprendió. Conocía a Mark desde siempre y nunca había visto nada vivo morir bajo su cuidado.
Se preguntaba si el hecho de haber crecido rodeado de tanta muerte le habría enseñado a apaciguarla y le daba pequeñas treguas para mantenerla a raya.
—No quise asustarte —dijo—. Perdona por lo de las flores.
Mark levantó la vista y solo entonces la vio.
Aunque era alto y delgado, su rostro aún conservaba la expresión aniñada de la infancia, con los ojos marrones demasiado grandes para la cara.
Tenía ese encanto juvenil que desarmaba tanto a sus pares como a cierto tipo de madres, especialmente cuando sonreía así.
—No te preocupes —respondió. Se puso en pie, se limpió la tierra de las manos y le tendió una para ayudarla a levantarse. Al retirarla, le dejó una arenilla húmeda en la palma, que ella se limpió sin disimulo.
—¿Qué hay? —preguntó Mark, aunque probablemente ya lo sabía.
Cada pocos años, Soojin y Mirae le llevaban cajas de zapatos con animalitos muertos.
Ratas, por lo general, a veces pájaros. Criaturas pequeñas que no tardaban más de veinte minutos en convertirse completamente en cenizas.
Soojin abrió la caja y él apartó el papel de seda y vio a Milkis dentro.
Mantuvo una expresión totalmente impasible.
Tampoco es que ella esperase verlo asustarse ante un cadáver.
Mark ayudaba a sus padres con el negocio desde los catorce años, y hacía de todo, desde atender el teléfono hasta pedir ataúdes personalizados para gatos.
Pero, especialmente, ayudaba con las cremaciones.
Soojin suponía que, técnicamente, no era legal que lo hiciera, pero los adultos del pueblo lo permitían con complicidad, igual que toleraban otros deslices: niños que trabajaban o conducían antes de tiempo, adolescentes que colaban botellas de ron en el cine o fumaban en la playa de guijarros en las noches templadas.
—Claro, yo me encargo —dijo Mark mientras tomaba la caja y abría la puerta—. Mis padres no están, así que será gratis. —Si le pareció raro que ella incinerase a sus ratas, en lugar de enterrarlas en el jardín como hacía la mayoría, no lo dijo—. Pasa —la invitó.
Dentro, Soojin percibió el aroma familiar de la lavanda y el antiséptico.
Como siempre, la chimenea ardía alegremente en una esquina y el mostrador estaba adornado con hierbas frescas.
A simple vista, nadie diría que esa acogedora habitación empapelada en amarillo pálido era de una funeraria para mascotas, pero las urnas decoradas con inscripciones como «Todas las patitas van al cielo» y «¡Guau! », en letras doradas, lo delataban.
—Esta parece la misma que trajiste hace un par de años —dijo Mark mirando a Milkis—. Y también la anterior.
—Me gustan las ratas albinas —respondió Soojin encogiéndose de hombros.
—Déjame adivinar. ¿A esta también la llamaste Milkis?
La chica se quitó la chaqueta y la dejó junto a la puerta; luego se sentó pesadamente en una de las sillas de la sala de espera.
—Igual que llamaré a la siguiente.
—¿Es como una genealogía de esas? ¿En plan «aquí yace Milkis octava, vivió una vida plena de juguetes para roer y quesos selectos»?
—Probablemente vaya ya por Milkis décima.
—Ajá... —Mark parecía encontrarla indescifrable—. Bueno, ¿quieres que te…, ya sabes…, que te devuelva las cenizas? Será una cantidad diminuta, ni siquiera un puñado. Pero puedo ponerlas en una cajita para anillos o algo así.
—No, gracias. Si quieres, úsalas como abono.
—En realidad, las cenizas no son buenas para las plantas.
Tienen mucho calcio y sal, ¿sabes? Hacen que la tierra sea demasiado...
—Se dio cuenta de que ella miraba más allá con un desinterés apenas disimulado y se calló; su boca hizo un clic audible al cerrarse.
Soojin tenía esa forma de detener a la gente, como unos puntos suspensivos hechos persona.
Él se aclaró la garganta.
—Bueno, pues me pongo a ello —dijo, y se volvió para salir, pero se detuvo—. Te traigo las cenizas, ¿vale? Haz con ellas lo que quieras.
Soojin vio cómo se alejaba por la puerta de la cámara de cremación y supo que eso era todo.
Se quitó la bufanda. No había planeado quedarse, pero supuso que esperaría para evitar que Mark fuera a buscarla con un puñado de cenizas de rata.
Era terco con eso. Mirae y Mark, en cierto modo, se parecían mucho.
No entendía cómo no lo había notado de pequeña, cuando los tres eran amigos inseparables.
Mirae siempre insistía en presenciar la cremación de Milkis. Sus voces quedaban amortiguadas por el estrépito del horno, y sus pequeñas manos se apoyaban en el cristal de la sala de observación.
—¿Por qué tenemos que verla? —preguntaba Soojin—. De todos modos, la traeremos de vuelta esta noche.
—Porque es importante —respondía su hermana.
Después de que apareciera el cuerpo de Mirae, el director de la funeraria les había contado que algunas familias encontraban consuelo al presenciar la cremación de sus seres queridos.
Estar presentes en ese último viaje físico ayudaba a sanar, decía.
Padre había optado por presenciar la cremación y lloró mientras el cuerpo de Mirae entraba en la incineradora metido en su discreta caja.
Pero Soojin no. Ella había permanecido fuera, mirando las onduladas colinas bañadas por el atardecer y vomitando sobre la hierba.
Los pájaros del crepúsculo cantaban en los árboles; sus cuerpos eran adornos brillantes.
Se sentía herida por todo lo bello que su hermana ya no podría ver.
Lo que el director de la funeraria no entendía era que Soojin no quería sanar. Si no se despertara cada mañana devastada por la ausencia de su hermana, significaría que su recuerdo se estaba alejando. Prefería sufrir antes que sanar.