El río sabe tu nombre 1
3%

1

A pesar de sus esfuerzos, la rata estaba muerta.

Soojin lo supo cuando vio que Milkis no había saltado hacia la puerta de la jaula en cuanto ella entró en la habitación.

Normalmente, el sonido de sus patas removiendo las virutas de periódico o deslizándose por las rampas era una música constante.

Pero esa noche solo había un silencio perfecto e incómodo.

Encontró a Milkis en una de las hamacas colgadas del gancho superior de la jaula, con el cuerpo encogido como un apóstrofo.

No llevaba mucho tiempo muerta. El rigor mortis aún no se había instalado y la naricilla rosa seguía húmeda al tacto.

Al menos había muerto sin dolor, a diferencia de la última vez, cuando le habían salido unos tumores mamarios del tamaño de almendras.

Soojin la tomó en la palma de la mano. Milkis no era un animal bonito. Demasiado grande para su especie, tenía el pelaje blanco lleno de zonas despobladas por problemas de piel y los ojos húmedos y saltones como semillas de granada. Pero era querida y volvería pronto.

Tras ponerse unos guantes de látex, Soojin colocó la rata sobre una bandeja de plástico forrada y cortó la cola con un bisturí que había cogido del aula de biología.

Seccionarla fue más fácil de lo que esperaba.

Un pequeño chasquido húmedo, no muy distinto del que se producía al cortar la espada de un pez sable.

Luego pasó la cola a una bolsa de plástico con cierre hermético.

Eso sería lo que usase para invocar de nuevo a Milkis.

Y el resto del cuerpo no debía ser enterrado.

Aunque no habían llegado a crecer mucho, los tumores seguían en el vientre de la rata esperando a volverse malignos. Enterrar un cuerpo enfermo revivía las afecciones. Era mejor trabajar con una parte sana o desde cero, es decir, con hueso. Pero la cola estaba intacta. Funcionaría.

Soojin envolvió el cuerpo en papel de seda y lo puso en una caja de zapatos para colocarlo en el altar del cementerio de mascotas.

La sangre de la parte donde se había realizado el corte se extendía en anillos carmesíes sobre el blanco, y ella tragó saliva para aguantar la conocida arcada que le subía por la garganta.

Terminada la torpe cirugía, juntó las manos temblorosas, se clavó las uñas en la muñeca de la mano del bisturí y esperó a que el agudo dolor la calmara.

Con solo diecisiete años, Han Soojin no era ajena a la muerte.

Había visto morir y resucitar a Milkis incontables veces, pero esta era la primera vez que iba a resucitar algo ella sola.

Su hermana, Mirae, apenas un año mayor, siempre había sido la más valiente de las dos, la que podía soportar cualquier cosa con calma y se encargaba de las tareas más sangrientas.

—Cierra los ojos —solía decirle Mirae, y cuando los abría de nuevo, la macabra división estaba hecha. La parte más sana, limpiamente separada del resto y listas ambas para ser entregadas a la tierra y al fuego, respectivamente.

El otoño pasado, Mirae se había ahogado en el río Black Pine, que atravesaba su pequeño pueblo y seguía más allá.

Soojin aún veía a su hermana por todas partes: Mirae en el fregadero, tarareando y enjuagando la espuma de los platos; Mirae a la luz dorada del atardecer, cepillándose el pelo junto a la ventana abierta, mientras el viento le agitaba los mechones; Mirae, cuyo nombre en coreano significaba «futuro», un futuro al que nunca llegaría.

Los diez meses transcurridos desde su muerte no habían mitigado nada.

Soojin seguía sintiéndose desgarrada por las aves carroñeras del duelo.

Un golpe en la pared la sobresaltó. Su padre estaba junto a la puerta y la miraba, con cautela.

—Toc, toc —dijo, en un fallido intento de bromear.

Soojin nunca entendería cómo alguien podía hacer que toc, toc sonase como un mensaje funesto.

Él se aclaró la garganta, pero no cruzó el umbral y optó por apoyarse en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Su torpe lenguaje corporal la irritaba.

No siempre había sido así. Hacía solo un año, Soojin, Mirae y su padre se arrellanaban juntos frente a la tele y se reían con los concursos.

Las niñas lo convencían para hacer viajes nocturnos a la gasolinera a por unos tacos pésimos y unos granizados de Coca-Cola.

Su pequeña familia parecía fuerte e impenetrable.

Pero tras la muerte de Mirae, todo cambió.

—¿Te vas esta noche? —preguntó Soojin. El rostro de su padre estaba demacrado, ensombrecido por rastrojos de barba que semejaban manchas sobre el lomo de un caballo.

—Sí —asintió—. La nevera se queda llena. Si necesitas algo, llama. Volveré a casa cada fin de semana.

Vivían en Jade Acre, un pequeño pueblo turístico afectado por un exceso de belleza, rodeado de kilómetros de bosque y altos acantilados y con un mar de un azul tan extraño que parecía el iris de un ojo.

Los veranos eran largos, calurosos y atestados de turistas que blandían el dinero como si fuera artillería verde.

Durante unos meses todo era generoso: los árboles frutales, las aves que anidaban, las bahías poco profundas donde los turistas, por el día, pagaban mucho por bucear para ver tres abulones rojos en peligro de extinción y, por la noche, se colaban ilegalmente para ver más.

Pero en temporada baja, el pueblo se volvía triste y aislado, siempre azotado por lluvias que convertían el paisaje en una masa reblandecida.

La humedad lo impregnaba todo y la gente apenas salía de casa.

Padre era uno de los pocos que se marchaban.

Cada año, cuando acababa la temporada turística y con ella los modestos ingresos que daba la pensión familiar, Padre hacía las maletas y conducía tres horas en dirección este hasta la ciudad de Bragg Hills para trabajar en la empresa de construcción de su primo.

El viaje diario era demasiado largo, así que se quedaba con el primo entre semana y volvía a Jade Acre los fines de semana.

No era ideal. O ganabas bastante durante los meses turísticos o pasabas el resto del año apretándote el cinturón. Cuando la madre de Soojin vivía, quería irse de Jade Acre por esa razón. La Pensión Han no era sostenible. Cada año ahorraban menos. Pero Padre se había puesto firme.

—¿Cómo vamos a vender la casa donde crecieron nuestras hijas? ¿No era este nuestro sueño?

Cuando Madre murió, siete años atrás, en un accidente de coche, la posibilidad de irse murió con ella.

Nadie quería dejar el lugar donde aún vivían los recuerdos de Madre y, ahora también, de Mirae.

Soojin sentía la presencia de ambas por toda la casa.

Su amor, acurrucado en cada hueco de ventana y en cada marco de puerta como una pregunta sin respuesta.

—¿Estarás bien, Soo? —preguntó su padre.

Esta iba a ser la primera vez que se quedara completamente sola.

Tras la muerte de Madre, cuando Soojin tenía diez años y Mirae once, las hermanas aún se tenían la una a la otra.

Se acostumbraron a ser niñas que se cuidan solas, incluso llegaron a disfrutarlo a ratos.

Esa libertad de dormir cuando quisieran, comer lo que les apeteciera y fingir la adultez como la imaginaban.

Pero esta vez, Soojin no tendría a nadie.

—Papá, no soy una niña —dijo ella—. Estaré bien. Y, además, no voy a estar sola. —Le mostró lo que sostenía.

—¿Ya ha llegado ese momento otra vez? —preguntó él, y se apartó un poco de la cola amputada.

Su padre se mordió el labio, mientras se frotaba la mandíbula de un modo que indicó a Soojin que estaba debatiendo algo dentro de su cabeza. Pero, fuera lo que fuera, lo descartó en silencio. En cambio, repitió a Soojin lo que les había dicho a sus dos hijas tantas veces antes:

—Asegúrate de que nadie te vea.

La magia se convertiría en una herencia familiar transmitida por la sangre de las mujeres. Pero, en el pasado, solo hubo ruinas y un pueblo azotado por el hambre.

Era una estación maldita en un año maldito.

Durante todo el invierno, las tormentas de granizo azotaron la tierra sin cesar.

Una helada antinatural había congelado el suelo hasta bien entrado el verano y chamuscado las semillas que apenas empezaban a brotar.

Y cuando el frío había cedido por fin, una serie de terremotos sacudió la península y destruyó las pocas cosechas que el clima no había arrasado.

Sin cosechas, los aldeanos sacrificaron todo su ganado, hasta la última cerda macilenta, sin dejar nada, ni siquiera los huesos.

O eso creían.

Bajo el manto de la noche, iluminada por la luz de una luna débil, una niña salió a escondidas de su casa y corrió hacia el pozo seco de las afueras del pueblo.

Con el tiempo se convertiría en una antepasada, pero, de momento, solo era una niña animalizada por el hambre que pegó la oreja a la boca del pozo hasta que escuchó un ruido leve en el interior.

Tras asegurarse de que estaba sola, tiró de la cuerda que colgaba en la oscuridad y, en lugar de un cubo de agua, sacó una jaula oxidada. Dentro había una gallina que picoteaba los restos de hierba e insectos secos que le habían puesto.

—Shhh —dijo la niña mientras abría la jaula. No era necesario advertírselo. El animal había nacido frágil y dócil; nunca había cacareado.

Le acarició el cuerpo flaco, las zonas lisas sin las plumas, que se había arrancado solo por pasar el tiempo en su soledad.

La niña había ocultado a la gallina para salvarla del sacrificio y la mantenía con vida en secreto, con la esperanza de que pusiera huevos.

Lo que fuera para alimentar y sostener a su familia. Pero nunca puso ninguno.

La pequeña le pidió perdón, aunque no lo sentía. La matanza fue rápida y la ingesta, aún más. La niña y su familia superviviente devoraron el cuerpo de la gallina en una mezcla de éxtasis, culpa y secretismo.