El río sabe tu nombre PRÓLOGO
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El río sabe tu nombre

El río sabe tu nombre

Por Jihyun Yun

© inepub.com

PRÓLOGO

Hermana, poco recuerdo de las horas previas a la muerte.

Solo la imagen borrosa de los álamos agitados por el viento, de nuestro pequeño pueblo cubierto de flores de zanahoria silvestre y otras especies invasoras, tan hermosas, que nadie se molestó en acabar con ellas.

Recuerdo mis pasos vacilantes sobre los raíles del puente del tren, por los que había caminado en equilibrio incontables veces, con los brazos extendidos como si fuera a volar.

Pero en vez de volar, caí.

El aliento se me escapaba en nubes blancas frente al rostro. Solo cuando mi cabeza golpeó el río desbordado por la lluvia, cuando las manos no encontraron nada a lo que aferrarse y el agua me arrastró con fuerza hacia abajo, comprendí que quizá no sobreviviría.

El agua me mató antes que el frío; sentí los pulmones como un jarrón desbordado.

Gracias, Señor, por hacer que algo que no podía ser indoloro al menos fuera rápido.

Los equipos de búsqueda rastrearon el río, pero ya me había alejado demasiado.

Tardaron días en encontrarme, azul e hinchada, atrapada entre las rocas de una orilla lejana.

En Internet, el chico que me encontró dijo que había creído que mi larga melena era una maraña de algas varadas, hasta que vio el resto del cuerpo.

De vez en cuando, aparece en algún foro una foto mía, muerta, convertida en espectáculo, como lo son inevitablemente todas las muertes prematuras.

Pero me querían. Siguiendo la tradición coreana, nuestra familia lloró en mi velatorio durante dos noches y tres días.

Tú rechazaste toda la comida y el vino de arroz que te ofrecieron hasta que te quedaste tan débil que tuvieron que sacarte en brazos, desmadejada.

Mi funeral fue modesto. Nuestra familia me llevó de vuelta a casa en una urna de porcelana verde decorada con filigranas de ciervos blancos. Montaron un altar improvisado sobre la chimenea, con una foto mía en la que sonreía a algo que llamaba mi atención más allá del encuadre.

Pero eso no significa que nunca fuera a despertar de nuevo a la vida.

Hermana, te oigo. Siento tus manos hurgando en la tierra, buscándome.

Responderé a tu llamada: volveré.