Capítulo catorce. La caligrafía de los dioses #3
—Si quiere recordar a su hijo Tadala, entonces no se quede haciendo compañía a los muertos. Continúe su guerra.
—¿Su guerra? —preguntó Chifuniro, angustiado—. ¿Qué guerra?
Y el carretero siguió con paso apresurado a su ahijado Matías, que subía a una roca para contemplar desde allí la orilla del río. Bandadas de aves se espantaban al sentir la llegada de dos figuras que el antiguo askari no fue capaz de distinguir a contraluz.
90.
Akuluakulu ndi m’dambo muzimila moto.
Los ancianos son los ríos donde el fuego se extingue.
Proverbio yao
Constança y Nataniel detuvieron su avance a lo largo de la orilla del Rovuma. El cipayo señaló al suelo:
—¡Fue aquí donde murió!
Constança se arrodilló para recoger un puñado de arena. Había sido allí donde Bruno había caído.
—Cuéntame historias sobre él —pidió Constança.
Nataniel levantó la mirada, sus ojos vagaban por el azul infinito.
El sargento Bruno Estrela era un hombre de pocas palabras.
A veces recordaba a su madre, pronunciaba su nombre, pero no decía nada más.
Una vez habló de su padre. En ese momento, el sargento estaba completamente ebrio y se tambaleaba junto a la hoguera con una bayoneta en la mano, rasgando la oscuridad.
Nataniel hizo que el portugués se sentara y le dio agua para que bebiera.
El sargento Estrela lanzó la bayoneta al fuego y luego se quedó mirando cómo el metal se volvía rojo.
—Mi padre… —murmuró Bruno—, mi padre quemó a mi madre como si fuera un buey. Luego me golpeó a mí. Fue allí donde me quedé. Estoy enterrado en ese momento.
La portuguesa dejó que la arena se deslizara entre sus dedos. Sus manos estaban falsamente vacías, pero los granos seguían pegados a su piel. De la misma manera, el recuerdo de Vicentia estaba aferrado en su interior.
Palabras de Constança Sá de Meireles
Yo estaba en ese mismo establo. Presencié aquel momento.
Y allí estaba mi padre, el coronel Meireles, completamente fuera de sí, cubriéndose los ojos con las manos para dejar de ver a Vicentia, que yacía en un rincón, más caída que un animal sin vida: «Te vas a ir ahora mismo de esta casa», le gritó Meireles a su empleado.
Inmediatamente agregó: «Vicentia y el niño se quedan con nosotros».
El capataz se quejó: «¡Vicentia es mi mujer!
». Y el patrón replicó: «Ya no lo es». El capataz insistió: «Discúlpeme, patrón, pero Bruno se viene conmigo, es mi hijo».
Y el coronel, con los ojos desorbitados, vociferó: «¡No lo es!
¡No es tu hijo!». A continuación, corrigió: «A un hijo no se le pega así».
Constança se golpeó las palmas de las manos para sacudirse la arena y el tiempo.
Luego le sonrió a Nataniel y se adentró en el río.
Con los dedos, extendió la falda de su vestido y avanzó así, hacia delante y hacia atrás, como si filtrara el agua del río.
Caminaba con las rodillas sumergidas, como hacía la madre de Bruno en los arrozales del río Sado.
Palabras del padre Sisnando
¿Quiere saber cosas de Bruno, doña Constança?
Recuerdo aquella vez en que su yerno vino a confesarse.
Se arrodilló con la sumisión de un perro.
Le ordené que se sentara en una silla frente a mí.
Conmigo no había confesionarios, ni rodillas en el suelo, ni miradas de súplica.
Bruno me miró, sorprendido, como si dudara de mis funciones.
Le expliqué: en mi iglesia nos confesamos en voz alta.
Mañana toda la parroquia sabrá tus pecados. ¿Cristo hizo los milagros en secreto?
Ese Bruno suyo se me quedó mirando un rato y luego afirmó en voz alta: «Todas las noches sueño que mato a mi padre». Puse mi mano sobre la de Bruno y le dije: «En ese caso, hijo mío, es él quien te está matando a ti».
Pasó mucho tiempo sin que Bruno volviera a la iglesia.
Un día apareció. No venía a confesarse. Venía a anunciarme, muy orgulloso: «He dejado de matar a mi padre».
Y yo le pregunté: «¿Ya no te visita?». «Nunca más ha vuelto —dijo Bruno Estrela—.
Mi padre fue mi madre —aseguró el jovenn—.
Mi padre fue mi patrón y mi patrona. Y ahora, con Flávia, voy a tener hijos.
Seré padre. Seré su padre. Y con el amor de Flávia, por fin podré ser mi propio padre… ».
Eso fue lo que dijo Bruno Estrela días antes de ser asesinado.
91.
Nkhwangwa siyithwela pachipala.
Es el árbol el que afila el hacha.
Proverbio yao
Antes del amanecer, un grupo de mujeres llegó al campamento.
Se apostaron alrededor del pozo que abastecía el puesto militar.
Vestían como hombres y empuñaban armas de fuego.
Sus gestos eran masculinos, sus voces, graves; sus miradas, felinas.
Los hombres que las acompañaban permanecieron sentados lejos del puesto.
Eran tan delgados que la sombra de sus cuerpos apenas tocaba el suelo.
Las mujeres encendieron una hoguera y acercaron los tambores al fuego.
Aluzi y Constança se acomodaron sobre una estera junto a las tamborileras.
A medida que las mujeres danzaban, algo empezó a suceder en el fondo del pozo.
El agua, antes escasa, empezó a subir y luego, en un giro repentino, desbordó con la fuerza de una marea llena. Era un presagio.
Una de las mujeres, la que tocaba el tambor, se acercó con un paño rojo anudado a la cintura y un pañuelo del mismo color cubriéndole la cabeza.
Llevaba el tambor bajo el brazo y, tras depositarlo en el suelo, lo usó como asiento.
Empezó preguntando si alguno de ellos había visto alguna vez a una mujer tocar el tambor.
Nadie respondió. La mujer esperó un momento y luego se dirigió a Aluzi:
—¿Tú eres la hija de Kinjikitile Ngwale?
—Eso dicen —respondió la vidente—. Dicen que soy hija de Bokero.
—Antes se llamaba Kinjikitile —afirmó la mujer del tambor—. Bokero fue el nombre que le dieron después de salir del río.
La mujer de los tambores se arregló el pañuelo y miró fijamente a Aluzi un largo rato.
—Somos hermanas —declaró—. Tu padre, Kinjikitile, vive dentro del río. El mío, Bokero, vive en los caminos de la tierra. Tenemos el mismo padre. Es la misma persona, pero no el mismo muerto.
Palabras de la mujer del tambor
Estamos aquí con nuestros tambores, Aluzi Msafiri, para recordarte que fuimos nosotras, las mujeres, quienes sostuvimos nuestras aldeas.
A los hombres se los llevaron y la mayoría nunca regresó.
Nosotras nos quedamos despejando los bosques, sembrando los campos, ahuyentando a los jabalíes, protegiendo las tierras del mal de ojo.
Todo eso lo hicimos nosotras y no estamos aquí para llorar.
Somos mujeres, tenemos un pacto con la vida.
Y ahora hemos venido aquí para hacer un acuerdo contigo, Aluzi Msafiri: eres una verdadera reina, una profetisa de nacimiento.
Esos títulos no se compran, esas artes no se aprenden.
Se llevan en la sangre. Tú eres hija del más poderoso de los hechiceros.
Pero eres mucho más que eso. Eres descendiente de un gran combatiente.
Tu padre dio su vida por la vida de los demás.
Queremos que vayas al palacio y enseñes a esos blancos a escribir.
Llévate a Nataniel, llévate a Matías. Ve al palacio y enséñales a los vazungo a escribir.
Si están cansados, que dejen por escrito una única palabra: «Perdón».
Después, que los portugueses cojan sus cosas y se metan en un barco.
Más tarde, podrán volver a Mozambique. Pero la próxima vez, que llamen a la puerta y pidan permiso.
Estas tierras no están vacías. Estas tierras tienen dueños y son muy antiguos.
Que lo dejen todo por escrito. Será una promesa que deberán cumplir.
Si proceden así, entonces los recibiremos como siempre hemos hecho con quienes nos visitan.
¿Andas lavando los ríos? Quizás eso complazca a los dioses. Pero lavar los ríos no es suficiente. Es necesario lavar el mundo. Ve al palacio y demuestra que eres hija de Bokero. Nosotras somos las mujeres: no buscamos venganza. Queremos justicia.
La mujer del tambor golpeó el instrumento con las manos, marcando así el cierre de su alocución. Luego, hizo una señal con la cabeza:
—Ahora, más en privado, vayamos más cerca de la orilla. Ven tú, Nataniel, y también Matías. Todos los demás que se queden aquí.
—¿Chifuniro también?
—Solo irán los parientes de Bokero.
—¿Y qué vamos a hacer?