Capítulo catorce. La caligrafía de los dioses #2
—Hace un momento, cuando intentaron culparte, te defendí. Es bueno que lo entiendas, Nataniel: yo nunca sería capaz de hacerte daño. Voy a contarte la verdad sobre lo que pasó en el ataque al puesto de Madziwa.
Palabras de Hadrian Schreiber
Al contrario de lo que tú y los demás pensáis, Otto Lorenz no era un disidente.
Tu hermano Matías lanzó polvo al aire haciéndoos creer que Otto se había negado a participar en el ataque, pero no es verdad.
Otto no eligió quedarse en la otra orilla del río.
Fui yo quien le impidió subir a la canoa.
Otto era mayor, como yo, pero era él quien tenía la autoridad en los asuntos militares.
Fue él quien concibió y orquestó aquella locura.
Conocía mis secretos y estaba convencido de que el mal debía cortarse de raíz.
No le preocupaba mi destino, sino el buen nombre de su ejército.
El puesto debía arder, tú tenías que desaparecer.
Cuando tú y Matías me visteis gesticulando en la canoa, era para mantenerlo alejado de la orilla.
Si Otto hubiera cruzado ese río, habría confirmado la identidad de cada una de las víctimas.
A ti no te habrían perdonado. Y eso era lo último que yo quería.
Al desobedecer a Otto Lorenz, supe que nunca más podría volver a Alemania.
Schreiber desgranó todas estas revelaciones en un tono monocorde, como si dudara del impacto de sus propias palabras. Al final del relato, suspiró:
—Sacrifiqué mi vida para salvar la tuya.
—Usted ya me había hecho antes todo el daño posible.
Nataniel pronunció estas palabras, le dio la espalda y regresó al campamento.
El alemán estalló en gritos:
—¡Eso, hazte la víctima! ¡Me has utilizado, interesado!
Después, al darse cuenta de la inutilidad de su furia, Schreiber guardó silencio y mantuvo la mirada fija en la otra orilla del Rovuma.
Aquel parecía su destino más natural. En ese instante, sin embargo, al alemán le pareció que la orilla se deslizaba más allá del horizonte.
En algún lugar, entre ríos y sabanas, el vaticinio de Bokero se hacía realidad: las balas de todo el mundo se convertían en agua, y no tardarían en desbordarse ríos y mares.
88.
¿Cómo puedo saber lo que pienso
si no lo he dicho todavía?
E. M. F ORSTER
Nataniel y Matías se dispusieron a limpiar el puesto de Madziwa.
A pocos metros del cuartel encontraron dispersos los restos del barco que había transportado a los alemanes.
Los citowes le habían prendido fuego. Mientras Matías se ocupaba de los vestigios de la embarcación, Nataniel fue cargando los escombros para arrojarlos en las trincheras.
En un momento dado, Matías se acercó con un montón de arena blanca sobre una tabla.
—Haz como si fuera harina —desafió, señalando la mancha oscura que los rodeaba—. Y haz como si esta hierba quemada fuera el patio del ndjando . Luego coge un puñado de esa harina y dibuja un cinyago sobre las cenizas. Haz cualquier dibujo, puede ser uno de esos que destruiste cuando se te inició.
Nataniel rechazó la invitación. La sangre los había hecho hermanos, la vida los había convertido en rivales. Matías dejó la carga que llevaba. Se sentó y pidió a Nataniel que hiciera lo mismo.
—Quiero contarte algo.
Palabras de Matías Kirimi
Voy a contarte lo que pasó cuando fui a parar al cuartel de los alemanes. Me destinaron en la barraca de los soldados negros. En aquel dormitorio solo había un blanco, y estaba colgado en una pared. Era Cristo, suspendido en un crucifijo de metal.
Le asignaron la litera de al lado a un chico escuálido.
Por su delgadez lo llamaban Ngozi. Se parecía a ti, Nataniel: la misma fragilidad, el mismo aire desprotegido.
Una noche, el muchacho empezó a entonar una canción de nuestra infancia.
Me tapé los oídos, me cubrí el rostro con la almohada.
Pero el chico era demasiado pequeño para ignorarlo.
Incapaz de contenerme, salté de la cama y le apreté el cuello.
El desdichado rompió a llorar. Sin saber qué hacer, terminé abrazándolo.
A la mañana siguiente, me desperté compartiendo la cama con él.
Aquello fue motivo de burla en toda la barraca.
Inmediatamente me cambié de sitio para dormir lo más lejos posible del enclenque.
Y nunca más le dirigí la palabra. Confieso que llegué a desear que desapareciera.
Sin tener que morir. Como las hojas secas que se desprenden de los árboles y nadie nota que alguna vez estuvieron vivas.
Una noche, me desperté y encontré a Ngozi de pie junto a mi cama.
De repente, ya no era él. Eras tú, Nataniel, con tu cara, con tu voz.
Eras tú quien, de rodillas, suplicabas en susurros que te abrazara.
Aquella ilusión duró solo un instante. Al minuto siguiente, reapareció el pobre Ngozi, con las lágrimas corriéndole por la barbilla.
Lo agarré de la cabeza y lo amenacé: «¡Nunca más, nunca más te acerques a mí!
». Una hora después, cuando la barraca ya dormía otra vez, vi a Ngozi caminar en la oscuridad hacia la pared.
Descolgó el crucifijo del clavo y lo usó como un puñal contra su propio pecho.
Nadie movió un músculo, nadie dijo una palabra.
Solo yo me levanté y me acerqué al desdichado.
Cuando estuve más cerca, vi que los pies del Cristo se habían quedado atrapados entre sus costillas y ni él ni yo pudimos arrancar el hierro de su pecho.
Lo arrastré por la barraca. Con él en mis brazos, grité pidiendo socorro.
En ese momento, aquel a quien sostenía en mis brazos no era otro sino tú.
Y cuando lloré, lo confieso, lloré por mí: sabía que, en ese instante, mi carrera como soldado llegaba a su fin.
Nataniel escuchó la historia y permaneció impasible un rato. Luego señaló el suelo y murmuró:
—Acércame esa tabla.
—¿Vas a dibujar?
—Sí, pero antes quiero darte un abrazo.
Y así se quedaron, como atrapados el uno en el pecho del otro.
De repente, Matías se soltó del cuerpo de su hermano, avanzó con decisión hacia los restos de la empalizada y recorrió con las manos la superficie de las tablas carbonizadas.
Se untó los dedos con aquel hollín y volvió junto a su hermano para embadurnarle el rostro con el polvo negro.
—Es para que recuerdes tu raza, hermano mío.
Fingieron que luchaban. La lucha era falsa.
Sin embargo, la infancia que trataban de recuperar era tan real que cayeron juntos, desamparados, como si el suelo fuera parte de su propio cuerpo.
Después se sentaron juntos frente al río.
Y se quedaron escuchando el murmullo del agua, como si ese rumor proviniera de su interior.
—¿De verdad quieres ser como los europeos? —preguntó Matías—. ¿Quieres seguir huyendo a la tierra de los blancos?
—Solo quiero lo mismo que tú. Respeto.
89.
Y sin un lápiz
hasta somos capaces de escribir
en la cal de las paredes los versos
profanos en caligrafía con la uña
casi como un poema.
J OSÉ C RAVEIRINHA
Los dos hermanos recogieron las tablas chamuscadas, las llevaron al campamento y las clavaron en la arena, una al lado de otra, formando una tapia de un metro de altura y dos de ancho. Todos los compañeros de viaje se agruparon en ese pequeño patio.
—Esta es la pizarra negra, esta es nuestra escuela —anunció Nataniel—. Ahora, cada uno escribirá una cosa.
—¿Escribir?
—Basta con hacer un trazo. Usen estos clavos.
A todos se les entregó uno de aquellos clavos de hierro que antes sujetaban la madera de las embarcaciones.
—Ahora son nuestras plumas —dijo Matías.
—Empiece usted, Chifuniro, mi padre.
—¿Yo, que nunca he escrito?
—Dibuje un mapa.
El carretero levantó el brazo, reuniendo valor. Al cabo de un rato, rayó tímidamente la madera. La línea blanca emergió del fondo negro como si siempre hubiera estado ahí. Luego, ya más confiado, el carretero dibujó una cruz.
—Empieza bien, solo falta el Cristo —dijo el sacerdote.
Fue Aluzi quien corrigió al cura:
—¡Son los cuatro puntos cardinales!
Chifuniro pensó en replicar. Prefirió quedarse callado. Puede que no conociera el abecedario, pero sabía que aquel dibujo era la primera letra del nombre de su hijo Tadala.
—Ahora es su turno, capitán —lo animó Aluzi—. Vamos, escriba un nombre. Use el cañón de su pistola, escriba con su arma.
—No escribiré nada. —El portugués reaccionó con violencia, se puso de pie y arrojó el clavo al suelo—. ¿Qué tontería es esta? ¿Todo el mundo se ha vuelto loco?
—Vamos, capitán —insistió la profetisa—. Un nombre, un simple nombre. ¿Cómo se llamaba su madre?
Y fue como si le clavaran un hierro al rojo vivo. Enfurecido, el capitán Centeno empezó a disparar al aire. En el último disparo, eligió el río como blanco. El estruendo resonó por el valle y pasó una eternidad hasta que la quietud se instaló de nuevo.
—¿Alguna vez ha disparado contra una persona, Centeno? —quiso saber el sacerdote.
El capitán no respondió. Pájaros. Eso era a lo que había estado disparando.
Nunca le interesó saber si había dado en el blanco.
Caían a lo lejos, no se les veía la sangre, no se oía el estertor.
Su mayor satisfacción era verlos desvanecerse en el cielo en un alboroto absoluto.
Era en esos momentos cuando experimentaba el placer de un poder casi divino.
Como no podía imponer el orden, se conformaba con ser el amo del caos.
Después de los disparos, todos se retiraron. Matías volvió sobre sus pasos al ver que Chifuniro seguía inmóvil junto a la empalizada.
—Entonces ¿ha borrado el mapa?
—Es que ya no voy a ninguna parte. Me quedo aquí, hago compañía a Tadala.
Matías miró el río y murmuró:
—No puedo dejarlo solo. Vamos juntos a Milepa.
—Tú tienes tu vida —declaró el viejo carretero.
—Nuestras vidas están completamente entrelazadas. Usted casi fue mi padre
Matías tendió el brazo para ayudar al carretero a levantarse.