El río de la ceguera Capítulo catorce. La caligrafía de los dioses
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Capítulo catorce. La caligrafía de los dioses

Capítulo catorce La caligrafía de los dioses

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… Los finlandeses y los vascos… son una especie de negros europeos destinados a desaparecer.

Los negros son negros, sea cual sea su color, pero su arquetipo se encuentra en África.

¡Oh, África! Dios debía de estar de mal humor cuando creó ese continente.

De otro modo, ¿por qué llenarlo de gente condenada a ser sustituida por otras razas venidas de fuera?

¿No habría sido mejor hacer a los negros blancos, de manera que, con el tiempo, pudieran convertirse en ingleses, en vez de darnos el trabajo de exterminarlos?

C UNNINGHAM G RAHAM

Capítulo catorce

84.

La primera invención humana: la venganza.

R ENÉ G IRARD

Instalaron el campamento alrededor de las ruinas del puesto de Madziwa.

Las dos mujeres, Aluzi y Constança, compartieron el mismo refugio, mientras que los dos oficiales se resguardaron en sus respectivas tiendas.

Chifuniro y los dos jóvenes se acomodaron en una choza de barro y caña.

El cura durmió al raso. Durante la tarde, los campesinos que aún resistían en la región fueron desfilando por el campamento a cierta distancia.

Se alejaban con la delicadeza de una sombra.

Hasta que aparecieron los hombres bajos, los llamados citowes , los mismos que Nataniel había encontrado tras el asalto.

Se dirigieron al antiguo cipayo y estallaron a gritos:

—Fue él. ¡Fue este cipayo el que mató al sargento, fue él quien mató a sus compañeros! Dejad a este muchacho con nosotros, somos pequeños, pero nuestros castigos son gigantes.

De improviso, Hadrian Schreiber se incorporó de un salto, agitando los brazos frenéticamente, y vociferó:

—¡Mentira! No culpéis a este chico. Fui yo, fui solo yo… —Y golpeándose el pecho con la mano, avanzó hacia los visitantes, que retrocedieron amedrentados—. ¡Ni ellos ni nadie van a echarle la culpa a Nataniel! ¿Me ha oído, capitán?

Álvaro Centeno se acercó al médico con la intención de calmarlo.

—Entonces ¿en qué quedamos, doctor? ¿Quiénes son los culpables? Son los… —Colocó la mano sobre el hombro del médico y le habló como se habla a los niños—. Son los…, venga, son los indígenas.

Constança también se dirigió al alemán. Sin embargo, su tono de voz era áspero cuando le preguntó:

—Dígame la verdad, doctor Schreiber: ¿fue usted quien mató a Bruno?

—No se imagina cuánto me costó —admitió el alemán, tras un instante—. Pero no podía ser de otra manera. Esa es la orden natural del mundo: los blancos matan a los blancos. Los negros matan a los negros.

Con la misma frialdad, Constança Sá de Meireles declaró:

—Entonces, doctor Schreiber, por esa orden natural del mundo, tendré que ser yo quien vengue a mi Bruno.

Extrajo la pistola de la cartuchera del capitán y la apuntó contra el pecho del alemán. Fue Aluzi quien evitó la tragedia. Tiró del brazo de la portuguesa y dijo:

—Venga conmigo, hermana. Venga conmigo.

Constança dejó caer la pistola en la arena. Se agachó para recogerla, sopló en el cañón para desprender los granos de arena, limpió la culata con la blusa y, con la máxima delicadeza, volvió a colocar el arma en la cartuchera del capitán.

85.

Corta la lengua del demonio.

Hablará con tu silencio.

Proverbio de Milepa

Aluzi condujo a Constança como si hubiera perdido el juicio. En el camino, aún la reprendió:

—Aquí no hay venganzas. Si hacemos algo, será a nuestra manera.

—Al llegar a la tienda, la profetisa fue sacando las cosas que llevaba en el fardo.

Había de todo, incluidos un pequeño mortero, una olla y un plato de aluminio—.

Llevo todo esto allá donde voy —explicó Aluzi—.

Donde se prepara el alimento, se fabrican los venenos.

—Y mostró una caja de madera—. ¿Sabes qué guardo aquí?

Pólvora. Es para el aguardiente, que debe de estar acabándose.

—Sacó una botella y la agitó para confirmar que estaba casi vacía.

Luego estiró el brazo hasta casi rozar la cara de la portuguesa—.

¿Puede leer la etiqueta? ¿No? « Mthunzi ya moto» .

Las sombras del fuego. Eso es lo que somos nosotras, las mujeres.

Y, como Constança no reaccionaba, la vidente volvió a revolver en la bolsa y sacó un cuaderno arrugado:

—Es el diario de Bruno. Quédese con él, ahora es suyo.

El cuaderno permaneció cerrado sobre sus rodillas: ¿de qué servía hojear un diario vacío? Fue Aluzi quien la animó:

—Vamos, ábralo por cualquier página al azar. ¿No ve las letras?

Y la otra, mintiendo, asintió.

—Ahora cierre los ojos —sugirió Aluzi—. Con la yema de los dedos palpe el relieve de las letras. Dígame, Constança: ¿no es esa caligrafía igual a la suya?

No hubo respuesta. La ausencia de la portuguesa era la misma que la del joven sargento Bruno Estrela cuando abría demasiado los ojos, como si así, con los ojos abiertos de par en par, pudiera dejar de ver el mundo. En ese momento, Aluzi Msafiri se inclinó sobre la otra mujer y le susurró:

—Le diré lo que va a pasar. Es un secreto entre nosotras.

Con los ojos cerrados, Constança Sá de Meireles escuchó aquellas palabras demoradas y, a medida que escuchaba, una sonrisa asomaba a su rostro.

Al final, se incorporó y abrazó a la profetisa y, así, del brazo, deambularon por la tienda.

Después se sentaron a la entrada y Aluzi la pidió a Constança que se recostara en su regazo.

—Voy a trenzarle el pelo.

Constança apoyó la cabeza en el muslo de la vidente y así permanecieron en silencio, con los dedos entrelazando la noche, hasta que Aluzi dijo:

—Ya le he dado un regalo para que se lo entregara a su hija.

He guardado para usted algo aún más valioso.

—Y le enseñó un libro voluminoso encuadernado con piel de cabrito y con las páginas completamente desordenadas—.

Esta es la famosa Biblia de Sisnando. La he traído de la iglesia de Milepa, el padre la había dejado esparcida por el suelo.

Balanceó el libro en sus brazos como quien acuna a un niño.

Había sido ella quien cosió la tapa, hilvanó las páginas y dibujó las ilustraciones.

La tinta la extrajo de cortezas y raíces.

Y, en el fondo, ¿qué era aquella Biblia tan polémica?

Nada más que un manual para aprender a leer, mitad en portugués, mitad en yao.

—Quédate con ella, amiga Constança —le pidió Aluzi—. Enséñala allí, en Lisboa. Al final, llevaban razón al tener tanto miedo de este libro.

—Cuando regrese a Lisboa, ¿vendrás conmigo?

La portuguesa hizo la pregunta sabiendo que nunca obtendría respuesta.

Esa noche, Constança Sá de Meireles soñó que desembarcaba en Lisboa.

Desde la cubierta del barco escrutó el horizonte y descubrió que ya no había árboles.

En toda la línea de costa no se veía ni una sola copa de árbol.

Sintió que le faltaba el aire. Y era la misma asfixia que la había invadido cuando las palabras desaparecieron del papel.

86.

Donde yo nací pasa un río

Que fluye igual, sin fin,

Igual sin fin, mi tierra

Pasaba dentro de mí.

C AETANO V ELOSO

Una anciana se acercó al campamento y pidió permiso para hablar con Aluzi. La vidente percibió que el asunto era grave y secreto. Se alejó de las tiendas para escuchar las noticias que traía la mujer:

—Avisa a tus blancos: allí, más abajo, hay un barco ardiendo…

—¿Un barco?

—Está allí, en llamas, en la orilla del río. Manda a tus hombres, hay que alejar ese barco del agua.

Los pescadores decían que la misteriosa embarcación venía de Isla de Mozambique.

Quien pilotaba el barco era un blanco alto y delgado que, con la mano sobre el timón, gritaba que había llegado de Milepa.

Venía a buscarlos por orden del gobernador.

Los pescadores obligaron al barco a acercarse a la orilla. Luego le prendieron fuego.

—Yo lo vi, Aluzi, juro que vi arder ese liboti —aseguró la anciana—. Era el mismo incendio, el del puesto y el del barco. Las mismas llamas, el mismo humo, las mismas cenizas.

—¿Y los tripulantes? —preguntó Aluzi.

—Los mataron —respondió la anciana. Y se dejó caer con todo el peso del cuerpo.

El relato iba a ser largo. Utilizó los brazos para reforzar sus palabras.

Así fue como sucedió, explicó la mujer: cuando los pescadores llegaron junto al barco, la corriente ya arrastraba río abajo los cuerpos de los tripulantes.

En la arena de los alrededores vieron sangre.

Siguieron las huellas y, más adelante, encontraron al único superviviente.

Era aquel blanco, el jefe del barco. Estaba cubierto de ceniza y de sangre.

Lo lavaron. En cuanto su cuerpo empezó a respirar, el hombre recuperó la voz y murmuró:

—Hemos venido a buscar al cipayo Nataniel Kirimi. —Miró a su alrededor e imploró—: Ayúdenme a encontrar a Nataniel. En el palacio todos rezan por ese cipayo. El gobernador y el obispo quieren que les enseñe a escribir.

El piloto dijo todo eso en portugués. Sabía hablar suajili, pero nadie muere en una lengua que no sea con la que ha nacido. Nadie entendió lo que dijo el blanco hasta que alguien lo tradujo. Entonces todos asintieron con la cabeza. Pero ya era tarde. El blanco ya había cerrado los ojos.

87.

Así es como debes recorrer el mundo: como si fueras agua en busca de otra agua.

Proverbio de Milepa

El llamamiento se hizo de forma arrebatada: todos debían unirse para limpiar los cursos de agua. Los postes carbonizados, las cenizas del puesto, las maderas quemadas de los barcos, toda aquella suciedad había robado la luz de los ríos.

—Vamos a lavar los ríos —clamó Aluzi—. Llamad a los hombres y a las mujeres de las aldeas.

—Somos pocos —comentó Chifuniro—. ¿Por qué no nos ocupamos solo del río grande?

—Los ríos son como las personas —respondió Aluzi—. No hay grandes ni pequeños. Cada río es todos los ríos.

El alemán se dirigió a la orilla. Nataniel lo siguió. Se quedaron callados el uno junto al otro. Hasta que, con los ojos fijos en el horizonte, el médico declaró: