El río de la ceguera Capítulo trece. El fin de los caminos #3
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Capítulo trece. El fin de los caminos #3

Así quedó confirmado: la agrafía se había convertido en una epidemia planetaria.

Y ningún poder, ni siquiera los imperios más fuertes, había escapado a esa maldición.

Calendarios, tratados teológicos, inventarios científicos, registros hidrológicos y geológicos, relatos de exploradores, mapas del mundo, correspondencia entre monarcas y señores…

, todo el material impreso se extinguía en una bruma misteriosa.

Sin informes de los mandos estratégicos ni de la contrainteligencia, sin documentación logística, sin mapas, sin coordenadas geográficas, sin telégrafo, sin cadenas de mando, la guerra había quedado suspendida.

Con aquellas noticias, el Adamastor regresó a Isla de Mozambique. El comandante del navío fue el primero en desembarcar. Venía abatido y tardó en recomponerse en la sala donde lo esperaba Rodrigues Machado.

—¡Infórmeme! Quiero noticias —reclamó, ansioso, el gobernador.

—Disculpe, Excelencia, no estoy en condiciones de hablar —balbuceó el comandante del navío—. Sería mejor que recibiera a los otros comandantes.

—¿Los otros comandantes?

—Afirmativo, gobernador. Ellos podrán explicárselo mejor. Es que yo me he quedado sin palabras.

83.

Kupasyowela, ce Tombolombo wapile mcila.

Cuando todo le parecía familiar, la libélula ardió.

Proverbio yao

El obispo don García temblaba de pies a cabeza y el sudor le resbalaba por las axilas. El gobernador, incómodo, no se contuvo:

—Mi querido obispo, no se quede ahí pasmado, haga sonar las campanas, reúna al pueblo con la máxima urgencia y, allí en el altar, abra el libro sagrado y haga como que está leyendo la Biblia…

—Me sé de memoria largos pasajes, no necesito fingir —lo interrumpió el obispo.

—No me ha entendido, mi querido obispo. Debe leer en voz alta, leer con pausa y solemnidad, debe mostrar que está siguiendo las escrituras línea por línea.

Después de la misa, vea si la plaga también ha afectado a los musulmanes.

Ya he enviado a alguien a las mezquitas y dicen que siguen leyendo el Corán.

Hay que confirmarlo. A lo mejor ellos también están representando la misma farsa.

—He oído decir que sí.

—¿Que sí qué?

—Que la algarabía de los árabes también se ha borrado. —El obispo hizo ademán de retirarse, pero antes preguntó—: ¿Y los negros?

—Esos, querido obispo, esos no entran en la ecuación.

—Pues mire que hay algunos que escriben.

Por ejemplo, ese cipayo Nataniel. Él era el que redactaba los informes.

¡Y qué hermosa caligrafía tenía! Al parecer, un hermano suyo también garabatea algunas líneas.

Y está, además, la hechicera Aluzi, esa que recibimos aquí en el palacio y que vive amancebada con Sisnando Baião…

—Vamos a llamarlos a todos y les haremos una prueba. A ver si han escapado a la maldición. Sería gracioso que fueran los negros los únicos capaces de escribir. ¿Se imagina, don García? ¿Usted, sentado, recibiendo clases de caligrafía de un salvaje?

—No es momento para bromas, Excelencia.

—Tiene razón. Voy a mandar traer a ese muchacho. Y a los demás también. Mañana mismo sale una expedición a Madziwa…

—Acabamos de enviar una expedición —le recordó el obispo.

—¿Y dónde está? ¿Alguien puede decirme dónde demonios está esa maldita expedición?

Usted, señor obispo, ¿tiene idea de cuándo regresa?

—Siguió un incómodo silencio. El gobernador miró a su alrededor como si intentara ver más allá de las paredes—.

No quiero involucrar a nadie más del palacio.

Ya no confío en nadie. Llame al comandante.

—¿Qué comandante?

—El del Adamastor.

—Disculpe, Excelencia, no quiero entrometerme. Pero ¿va a mandar a un capitán de la marina a conducir una canoa de remos río arriba?

—Solo quiero a alguien en quien pueda confiar —murmuró desesperado el gobernador Machado—. ¿Sabe lo que se me ha pasado por la cabeza? A lo mejor hago como mi padre: me disparo en la sien y termino con el mundo antes de que el mundo se acabe.

—¡Dios nos libre! —reaccionó el obispo.

—Será como le digo, don García. Si la escritura no regresa, eso es lo que haré—.

Y lo que dijo Machado a continuación era apenas un hilo de voz—: Solo esperaré el tiempo adecuado para dictarle mi testamento.

Lo repetiré tantas veces como haga falta hasta que usted se lo aprenda al dedillo, sin equivocaciones.

Terminada la lamentación, el gobernador tenía los hombros caídos y los ojos anegados. El obispo sintió un deseo irresistible de abrazarlo. Se contuvo. La garganta le tropezó en el pecho en una especie de sollozo:

—Pasará, Excelencia, todo esto pasará.

El gobernador se desabrochó los botones superiores de la camisa como si le faltara la respiración.

—¿Quiere ayudarme, señor obispo? Tráigame un papel escrito, cualquier papel, aunque sea una hoja rasgada, una simple letra, la mitad de un número, cualquier cosa escrita. Lo que siento ahora, don García, es una nostalgia que duele más que la ceguera.

—Voy a buscar una copa de ese buen aguardiente.

El obispo sacó la última botella de aguardiente del armario. Fue en ese momento cuando el gobernador reparó en la etiqueta artesanal, escrita con la caligrafía de Aluzi Msafiri. Y allí sí que había letras, claras e intactas, las últimas palabras de este mundo: «Mthunzi wa moto» .

Los dos europeos, desbordados por la emoción, lloraron mientras danzaban con la botella en las manos. A ninguno de los dos se le ocurrió preguntar el significado de aquel rótulo.