Capítulo trece. El fin de los caminos #2
—Por desgracia, se confirma —dijo el mensajero—. Esa epidemia ya se ha extendido. —Miró alrededor, desconfiado—. Será mejor que ellos se alejen —dijo señalando a los negros.
—No nos vamos a ninguna parte —declaró Matías.
—De una vez por todas, desembuche —ordenó el capitán.
—La escritura… La escritura ha desaparecido.
Y el caos se instaló entre los presentes. Los europeos protestaban, gesticulaban, cuestionaban la identidad y la credibilidad del mensajero. El hombre permanecía sentado, con la cabeza agachada y las manos cubriéndose las orejas. El capitán era el más alterado, gritaba sin cesar:
—¡Basta, se acabó esta farsa, vais a ir todos presos a Isla de Mozambique!
Y de repente, el silencio. Y así se quedaron todos, como atrapados en un letargo colectivo. Con las palmas de las manos levantadas, el sacerdote pidió:
—¡Por el amor de Dios, dejad que el hombre nos diga las noticias que trae!
Durante los largos y angustiosos minutos que siguieron, el mensajero relató los innumerables casos en los que documentos, informes y hasta simples cartas de amor desaparecían misteriosamente.
No quedaba lugar a dudas: en todo el mundo, la tinta se había desvanecido y el papel se había convertido en una inmensa sopa de celulosa.
—No pueden imaginar el caos que reina en el Palacio de Gobierno. —Suspiró el mensajero, llevándose las manos al pecho—. No quisiera abusar, pero agradecería mucho que me ofrecieran algo de beber. Algo bien fuerte, lo más fuerte que tengan.
Aluzi sacó una botella de aguardiente del fondo de su fardo.
—¿Os habéis vuelto locos? —Se indignó el capitán—. ¿Habéis olvidado que este individuo es musulmán?
Con las manos ansiosas extendidas hacia la botella, el mensajero suplicó:
—Os lo pido, necesito beber, mi capitán. —Bebió un trago largo directamente de la botella y negó con la cabeza—: No se imaginan el caos que reina en Isla de Mozambique.
80.
Esta es la ilusión de los militares:
solo se destruye para siempre aquello que nunca existió.
Fragmento de la Biblia de Sisnando Baião
El gobernador convocó una reunión de urgencia. Con el tono sombrío de quien anuncia su propia muerte, el gobernador Machado hizo el siguiente comunicado a las autoridades civiles y militares que abarrotaban el salón noble del Palacio de Gobierno:
—Queridos amigos, la escritura ha dejado de existir. No hay papel, no hay monedas, no hay billetes. Todo se ha convertido en basura, en un puro desperdicio. Es tal la cantidad, que no hay dónde guardarla. Habrá que abrir un agujero más grande que la propia Tierra.
Palabras del gobernador Rodrigues Machado
La primera medida es que nadie abandone su puesto.
Mantengan todas las rutinas. Ocupen sus despachos, siéntense en sus sillas, hagan como si estuvieran escribiendo, registrando cifras, llenando informes.
Finjan que envían correos, que reciben y responden telegramas.
Nadie debe sospechar nada. Con los salvajes será fácil: ninguno sabe leer ni tiene el valor de meterse en nuestros espacios más privados.
Mi preocupación, eso sí, son los mestizos y los goeses.
Nunca se sabe de qué lado están. Mejor dispensen a esa gente del trabajo por unos días.
Una cosa es segura: con el estoicismo de la sangre lusitana, no nos dejaremos vencer. Juntos, escenificaremos la más absoluta normalidad. Bajo los cielos de Portugal reinará el orden divino y la voluntad de nuestro Rey…, ay, disculpen, me refería a la voluntad del presidente de la República.
Rodrigues Machado recorrió con la mirada a los presentes, visiblemente aterrados.
Todos sabían lo que sucedía, pero nadie se atrevía a mencionar el asunto.
Ahora era oficial. El gobernador no solo quería compartir esa inmensa inquietud, sino que también tenía medidas concretas que quería anunciar: en el plazo máximo de una semana, zarparía de Isla de Mozambique una expedición rumbo a Lisboa.
—Vamos a averiguar si la epidemia ha llegado a Portugal.
—Perdone, señor gobernador, ¿pero en qué barco, si hace más de tres meses que aquí no llega ningún navío? —preguntó el obispo.
—Rehabilitaremos el viejo Adamastor —respondió el gobernador.
—No lo llame así. Adamastor es el nombre de un buque nuestro. Ese barco encalló aquí hace años y está más averiado que mis rodillas —comentó el obispo don García.
El gobernador Machado suspiró largamente:
—A veces me pregunto cómo alguien tan descreído puede tener fe en Dios —dijo, levantando la cara en pose mesiánica.
El parecer de los marineros no dejaba lugar a dudas.
La embarcación había sido reparada y estaba lista para zarpar.
Y más aún, proclamó el gobernador en un desenlace apoteósico: el entusiasmo reinaba entre la tripulación, compuesta enteramente por fervorosos voluntarios.
Alguien entre los presentes aplaudió. Rodrigues Machado, con prisa, dio por terminada la reunión. Ordenó al obispo que lo dejaran tranquilo y que cerraran las contraventanas, pues necesitaba el más absoluto sosiego.
Aquel retiro no duró mucho. Minutos después, el agobiado comandante del navío irrumpió en el despacho del gobernador, esparciendo el contenido de su bolsa sobre la mesa: cartas náuticas, tablas de mareas, boletines meteorológicos, la brújula, el sextante.
No hicieron falta palabras. El simple gesto con que dejó caer las herramientas ya era revelador: nada de aquello funcionaba.
—¡Nadie puede viajar así, Excelencia!
El gobernador ordenó que lo dejaran solo. Se retiró a sus aposentos, se dejó caer sobre la cama y se cubrió el rostro con la almohada.
81.
Los europeos necesitan la realidad para creer en los sueños.
Los africanos necesitan los sueños para creer en la realidad.
Fragmento de la Biblia de Sisnando Baião
La desesperación le sentó bien. Poco después de la visita del comandante, Rodrigues Machado lanzó la almohada contra la pared y se incorporó como impulsado por un alma nueva.
Aún no había amanecido cuando un grupo de fieles colaboradores se reunió, no en su despacho, sino en la intimidad de su habitación.
¿A qué se debía tal encuentro? Se preparaba la expedición marítima a Lisboa. El navío partiría al día siguiente.
—¿Pero cómo va a partir? —preguntó el obispo.
El gobernador señaló su propia cabeza. Puede que las cartas náuticas se hubieran borrado, y que las brújulas y los sextantes hubieran quedado inservibles. Pero él, Rodrigues Machado, ya había concebido un plan alternativo: el barco lo guiaría por un piloto árabe.
—¿Un árabe al mando de una embarcación lusa? —preguntó el obispo, estupefacto.
Machado respondió con otra pregunta:
—¿Cree que sería la primera vez?
Las reacciones fueron aún más amargas cuando se anunció que, a partir del Cabo de Buena Esperanza, el timón pasaría a manos de pilotos africanos. Con temor, el obispo preguntó:
—¿Africanos, gobernador? ¿Quiere decir negros?
El gobernador respondió con convicción: sí, negros. Negros más que tiznados. Se seleccionaron con esmero. Eran cafres de Cabinda, conocían los mares atlánticos, compartían los idiomas de las gentes de la costa y dominaban el lenguaje de las aves marinas. Y recorrió con la mirada a los presentes.
—Tranquilícense, compañeros. El comandante de la embarcación será siempre un portugués. Porque son y serán siempre portugueses los mares que conquistamos.
Esa garantía de propiedad no disipó el desánimo general que persistía en la sala. Fue entonces cuando el gobernador golpeó la mesa con el puño:
—¿Acaso piensan que he perdido la cabeza? ¿Que todo esto es una invención? Más fantasía hay en creer que gobernamos este territorio que en este viaje que con tanto esmero he planificado.
82.
Aquí están las cenizas del reloj, las migajas de la bandera.
C ONCEIÇÃO L IMA
No hizo falta que el barco llegara a Europa.
Nada más desembarcar en Ciudad del Cabo, la delegación portuguesa constató que la Unión Sudafricana estaba sumida en el mismo pánico.
El piloto portugués llevaba una recomendación para presentarse ante el primer ministro de aquel territorio, bajo el dominio del Imperio Británico.
El piloto entró en el edificio del Gobierno y recorrió los pasillos desiertos, donde papeles se amontonaban desordenadamente en el suelo.
Acabó por desembocar en lo que supuso que sería la sala de espera del gabinete del primer ministro.
En la estancia contigua conversaban Louis Botha y su ministro de Defensa, Jan Smuts.
Y el piloto alcanzó a escuchar una parte de aquel esclarecedor intercambio de palabras.
—¿Novedades? —preguntó el primer ministro.
—Se confirma, es el apocalipsis.
—¿En todo el mundo?
—En todo nuestro imperio.
—Viene a ser lo mismo.
—¿Cuánto tiempo vamos a seguir fingiendo?
—El tiempo que haga falta —sentenció Botha.