Capítulo trece. El fin de los caminos
Capítulo trece El fin de los caminos
Si Dios realmente existe, debe estar trabajando según un plan.
Por lo tanto, si he de servirlo, debo descubrir ese plan y hacer todo lo posible por ayudarlo a cumplirlo.
¿Cómo encontrar ese plan? Primero, buscar la raza que Dios ha elegido como su instrumento divino para la evolución futura.
Indudablemente, esa es la raza blanca… Dedicaré el resto de mi vida al servicio de Dios y a ayudarlo a convertir el mundo en un territorio inglés.
C ECIL R HODES
Capítulo trece
77.
Ante ti está el cielo que ya has pisado.
Proverbio de Milepa
Viajaron todos hasta el antiguo puesto de Madziwa, cada uno con su propio objetivo.
El capitán, para averiguar las causas del trágico suceso.
El cura, para bendecir las tumbas. Constança, para dar el último adiós a su yerno.
El carretero Winifome, para despedirse de su hijo Tadala.
Matías y Nataniel, como testigos y posibles culpables.
Y el alemán, simplemente porque debía hacerlo.
Regresaba a la África Oriental Alemana y el puesto de Madziwa quedaba en el camino.
El sacerdote encabezaba el grupo como si realmente le correspondiera liderar la expedición.
Con paso torpe, Matías cerraba la comitiva.
Al final del primer día, todos comprendieron que se había perdido.
Lo grave era la sospecha de que lo había hecho a propósito.
En un momento dado, el capitán aceleró el paso y se puso al lado del sacerdote.
—Entonces, padre Sisnando, ¿está desorientado?
—No me he perdido. Lo que pasa es que los caminos ya no existen.
—Tomó aire y añadió—: Ha llovido mucho, capitán.
Reconocer las ruinas del puesto será imposible.
A estas alturas, la hierba y las enredaderas ya lo habrán devorado todo.
Los de mi parroquia me advirtieron que lo mejor sería llegar al anochecer, porque por allí hay una especie de serpiente…
—Por amor de Dios, padre…
—… una serpiente que, cuando se enrosca para dormir, atrapa entre sus anillos todas las raíces del bosque. Los árboles se encogen, tironeados desde las entrañas de la tierra. Cuanto más oscuro está, más fácil es caminar en la selva.
El militar portugués levantó los brazos al cielo, completamente desesperado:
—¡Cállese de una vez! Quien va a guiar a este grupo es… ¿Cómo te llamas? —preguntó, señalando a Nataniel.
Horas más tarde, el cipayo señaló un claro. En el centro de aquel espacio vacío se veía una cruz de madera.
—Fue aquí —dijo el cipayo—. Aquí enterramos al sargento.
78.
Akazi ndife mthunzi wa moto.
Nosotras, las mujeres, somos la sombra del fuego.
Proverbio de Milepa
Debían de ser alrededor de las cinco de la tarde. Nadie tenía ganas de hablar. Allí estaba el muerto. El nombre en la tablilla ya no se podía leer. Más ilegibles aún estaban los ojos de Constança. Aluzi la condujo hasta una sombra y le dijo simplemente: «Fuerza, hermana mía».
El capitán ordenó al sacerdote que iniciara la ceremonia.
—Rece una oración, padre. Después continuaremos hasta el puesto.
Sisnando subió a un montículo de termitas, pero no llegó a pronunciar ni una sola palabra porque Winifome Chifuniro se puso a gritar:
—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está Tadala? ¿Por qué no lo enterraron aquí, junto al blanco?
—Pregúntale a Nataniel —respondió el cura—. Él fue el sepulturero.
Para sorpresa de todos, el carretero sacó un machete y, con el arma en alto, se lanzó sobre Sisnando Baião. Le rodeó el cuello con el brazo y se escudó detrás de él. Blandiendo el arma, insultó al cielo y a la tierra en su lengua materna. Medio asfixiado, el cura señaló un herbazal y balbuceó:
—Las tumbas están allí. —El carretero arrastró consigo al sacerdote y empezó a hurgar entre la maleza en un lugar donde la tierra había sido removida.
—Encuentren a mi hijo —ordenó Winifome.
—Aquí hay diez tumbas. ¿Cómo sabremos cuál es la suya? —preguntó el cura encogiéndose de hombros.
—Ese es vuestro problema, cavad una por una.
Nataniel cayó de rodillas y empezó a gatear sobre las tumbas. De pronto se detuvo sobre una de ellas y anunció:
—Es esta.
Atónito, el carretero preguntó:
—¿Cómo sabes que es esa?
Sin esperar respuesta, se abalanzó sobre el cipayo:
—¡Fuiste tú quien lo mató!
Fue entonces cuando Matías pareció salir de su letargo. Miró a su alrededor como si reconociera el lugar y se plantó frente al carretero. El alemán se unió al ex- askari para frenar los violentos impulsos de Chifuniro. Con el machete en alto, el carretero los obligó a retroceder:
—¡Ustedes, todos! ¡Desentierren a mi hijo! ¡Lo voy a llevar a casa!
—Tu hijo ya está en casa, hermano —declaró el cura, intentando calmar los ánimos.
—No me llame hermano. ¡Empiecen a cavar!
Encontraron el cuerpo, tendido y rígido. El carretero Chifuniro se asomó a la tumba y casi perdió la razón. A gritos, protestó en nyanja:
—¡Mirad cómo lo dejaron, el cuerpo todo estirado! ¡Esto traerá una gran desgracia! —Y, en el mismo estado de exaltación, empezó a dar órdenes en portugués—: Sáquenlo y colóquenlo según nuestras costumbres.
—¡Por el amor de Dios! —protestó el cura—. Dejemos al difunto en paz.
—¿Y usted qué sabe de la paz, padre? —replicó Chifuniro—. Si lo dejamos así, con los brazos y las piernas estirados, ni él ni nosotros descansaremos en paz.
Palabras del carretero Winifome
Que Dios me perdone, pero en ese momento me transformé en una bestia.
No hablaba, solo gruñía, rugía. Nadie me entendía, pero todos obedecían mis órdenes: «Calienten agua, bañen a mi hijo con ella y después doblen su cuerpo.
Rómpanle los huesos, si hace falta, pero tiene que yacer en la misma posición en que vivió antes de nacer».
De repente dejé de agitar los brazos, me dejé caer en el suelo y me pregunté: ¿por qué estaba tan desquiciado?
No era el destino de Tadala lo que quería cambiar.
Era mi propio pasado. Siempre tuve dudas de que Tadala fuera realmente hijo mío.
No era solo una sospecha. Nuestra aldea sufría largas ausencias: los hombres se marchaban durante meses.
Regresábamos a Milepa y encontrábamos un pacto de silencios: las mujeres que nos esperaban y los hombres que nunca llegaron a irse.
Nunca nadie delató a nadie. Pero cuando vi a ese niño que no se parecía a nadie, la sospecha se me clavó en el alma.
Esa duda nunca me dejó ser un padre completo.
Y esa era la triste verdad: no era la muerte de Tadala lo que quería corregir.
Era mi propia vida. Solo deseaba que mi hijo pudiera renacer.
Y llevarlo en mis brazos de regreso a nuestra casa, allá en Milepa.
Corregida la sepultura de Tadala, el carretero se sentó, inmóvil y callado. Sus dedos, como anclas, arañando la arena. El silencio solo se rompió cuando Nataniel se puso en pie y proclamó:
—Se acabó, voy a contarlo todo.
—¡No hay nada que contar! —cortó el sacerdote.
—Deje que hable el muchacho —ordenó el capitán.
—Voy a contar lo que pasó, pero con una condición —dijo Nataniel, dirigiéndose a Álvaro Centeno—. Y la condición es esta: el capitán tiene que llevarme con él a Europa.
El cipayo respiró hondo, pero no tuvo oportunidad de decir nada. Se oyeron gritos procedentes del río. Y una silueta blanca emergió lentamente de las aguas. Chifuniro susurró, aterrorizado:
—Es un citanitani ya lusulu .
Y Nataniel le corrigió:
—¿Quién sigue creyendo en fantasmas que deambulan por los ríos?
Todos los ojos se fijaron en aquella aparición inesperada.
Era un hombre delgado, vestido con una túnica blanca de mangas tan largas que solo las puntas de los dedos asomaban entre la tela.
El cura corrió a abrazar al musulmán, que se quedó rígido, con la mirada clavada en la otra orilla. Sisnando lo saludó:
— Salaam aleikum. — Manteniendo los brazos en alto, preguntó al forastero—: Habari yako, rafiki yangu?
—En portugués, padre —corrigió apresuradamente el capitán.
—Es Samir, un compañero mío —anunció el cura.
—¿Un compañero? —se extrañó el capitán.
—Yo soy sacerdote, él es un mwalimo . Y viceversa.
Para aclarar la situación, el cura explicó: desde hacía años, todos los días a la misma hora, ese hombre acudía a la mezquita de Milepa.
Se descalzaba en la puerta, extendía una alfombra que traía de casa y se arrodillaba a rezar entre los musulmanes.
Al principio lo miraban con extrañeza, pero pronto pasaron a guardarle un lugar en la mezquita.
Un día, un mwalimo le entregó un ejemplar del Corán.
Quería que Sisnando Baião lo tradujera al portugués.
El sacerdote levantó la mano con una suave negativa:
—Es mejor que no. Créame, hermano, cuando se trata de mensajes divinos, no soy de mucho fiar…
79.
Los hombres son el pasado de los dioses.
Y los dioses son el futuro de los hombres.
M ARC A UGÉ
Terminados los saludos, el intruso se sentó y todos pudieron ver el deplorable estado en que se encontraba. Tenía los pies ensangrentados, la voz ahogada en la garganta.
—Es el fin del mundo —dijo en cuanto recobró el aliento.
Y se derrumbó en un llanto de niño. Nadie le ofreció un abrazo ni una palabra de consuelo. Esperaron a que el recién llegado se recompusiera. Y como tardaba, el capitán lo sacudió con violencia:
—¿El fin del mundo? ¿Qué historia es esa…?
Con cautela, el médico aconsejó:
—Será mejor que no lo toque, Centeno. Más aún, convendría que todos nos alejásemos de él por precaución.
—¿Quién eres tú, maldito monhé ? —preguntó el capitán.
El visitante titubeó.
—Yo soy… yo soy…
Pero el sacerdote se apresuró a interrumpirlo:
—Digamos que mi amigo Samir es… un mensajero. Sí, así es como lo llamaremos: mensajero.
—¿Mensajero? ¿Mensajero de quién? —preguntó el capitán.
—He sido yo quien lo mandó llamar —admitió el cura—. Antes de que salieran de Isla de Mozambique, ya me habían llegado rumores sobre una epidemia, una epidemia que se ha extendido por todo el país. Por eso le he pedido a Samir que viniera, para que nos trajera noticias de esa plaga.