Capítulo doce. La víspera
Capítulo doce La víspera
Los barcos en la distancia llevan a bordo el deseo de todos los hombres. Para algunos, llegan con la marea. Para otros, navegan para siempre en el horizonte, al alcance de la mirada […].
Z ORA N EALE H URSTON
Capítulo doce
73.
Los caballos son lo que nos queda de los dragones.
Fragmento de la Biblia de Sisnando Baião
En la penumbra de la tienda, Hadrian Schreiber preparaba su equipaje cuando vio que el cielo se ensombrecía.
De repente, empezó a lloviznar. El alemán pensó: «Los negros deben de estar felices, sus dioses han escuchado sus rezos».
En pocos segundos, sin embargo, lo que era una llovizna se transformó en un aguacero.
Entre las densas gotas, el médico distinguió al capitán portugués, con una capa sobre la cabeza, apresurándose en busca de refugio bajo su toldo.
Fue entonces cuando Schreiber oyó el relincho.
Se asomó al descampado y vio a su caballo extrañamente inmóvil.
Salió de la tienda y le dio una palmada en el flanco.
En vano. Ni un solo músculo se movió. El médico se arrodilló y le examinó las patas.
En ese momento, vio las fisuras profundas y blancas en los cascos del animal.
Sacudió la cabeza, tan abatido que se olvidó de la tormenta.
Conocía las enfermedades de los hombres y de los animales.
Aquel caballo, su antiguo y fiel compañero, tenía los días contados.
Schreiber se dirigió a la tienda y regresó con una pistola en la mano derecha y la bandera de Ostafrika, el África Oriental Alemana, doblada sobre el brazo izquierdo.
Cubrió la cabeza del caballo con la bandera y le disparó dos tiros.
Se abrieron dos agujeros en la tela tricolor que, días antes, había ondeado como estandarte en el ataque a Madziwa.
La bandera de los alemanes —con sus franjas blanca, roja y negra y un águila de alas extendidas en el centro— servía ahora de mortaja en medio de aquel descampado africano.
Sin asombro, Schreiber vio al águila alzarse desde la sangre, emprender el vuelo y disolverse en el cielo oscuro.
Resguardado en la tienda, Schreiber se quedó abatido como un águila empapada. La lluvia le había impedido notar la llegada del padre Sisnando y de la vidente Aluzi.
—Se le ha caído la medalla, doctor —le avisó la profetisa—. La hemos encontrado junto al río.
El militar ahuecó la mano y dejó que la medalla se acurrucara entre sus dedos temblorosos. Confirmó lo que ya presentía: las inscripciones en ambas caras se habían borrado. El médico y mayor Hadrian Schreiber perdía así la prueba de décadas de reconocimiento a su trabajo.
—No se entristezca, doctor —lo consoló la profetisa—. Usted no necesita condecoraciones. Todos saben lo que ha hecho por nuestra gente.
—No te extiendas en elogios, Aluzi —corrigió Sisnando Baião.
Y recordó: el alemán había salvado muchas vidas, sí, pero lo hizo porque no le quedaba otra opción.
Los burros y los caballos murieron en cuanto llegaron a África.
¿Quién, si no, iba a cargar con las mercancías?
Todo esto lo dijo el cura mientras fingía contemplar la lluvia.
Molesta, Aluzi se levantó y, sin despedirse, se alejó hacia a su casa.
Palabras del padre Sisnando Baião
Deje que Aluzi se marche, doctor. Se va enfadada conmigo.
¿También cree que he sido cruel con usted en un momento en que necesitaba más consuelo?
El único consuelo viene de la verdad. Mire, por ejemplo, este aguacero tan fuera de temporada: siempre nos han hablado de un Infierno hecho de llamas.
Una gran mentira. El Infierno llegará en forma de diluvio.
Fíjese bien en esta pradera, doctor, y verá que su caballo ya está limpio, sin rastro de sangre.
Parece dormido, apenas abatido por la tristeza.
¿Ve ese hilo de agua que resbala por los grandes ojos del animal?
Todo renace, incluso lo que nunca ha vivido.
No me mire así, doctor. Me recuerda al sargento al que usted mató de un disparo con la misma frialdad con la que ha abatido a su caballo.
Escuche un consejo, doctor. Mañana emprenderemos un viaje largo y penoso.
Todas las noches lo veo arrodillado en su tienda, cumpliendo con sus oraciones.
Haga como los negros: deje que Dios entre en sus sueños.
No tenga miedo, los sueños son grandes y en ellos caben todos los dioses.
Últimamente he soñado mucho con Dios. Anoche, por ejemplo, se me apareció armado.
Me apuntó con el arma y me dijo: «¡El alma o la vida!
». Sonreí y respondí: «Tendrá que ser la vida, porque el alma hace mucho que la perdí».
Desperté aliviado. Y pensé en las ventajas de ser un desalmado.
Estoy exento del juicio final. Para los negros de Milepa no hay Juicio Final.
No hay fin ni principio. La vida es una cuerda sin extremos: agua en un lado, arena en el otro.
Entre nosotros, en este último sueño, encontré a Dios pálido y abatido.
Quizá Él también esté consumido por la idea de que el mundo se acaba.
La verdad es que vi en el Creador un increíble parecido conmigo: los ojos hundidos, la piel cenicienta, la boca y la barbilla ocultas tras una larga barba.
Sin ninguna vanidad, Dios se parece más a mí que a su hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Mañana visitaremos a nuestros muertos. Si alguien se pone a llorar, lo echaré. Ni Dios ni yo somos tenderos para andar pesando lágrimas y luego descontarlas en las culpas de cada uno.
74.
Seré el infierno de ser Yo […]
No seré ni Dios, ni hombre, ni mundo […]
F ERNANDO P ESSOA
Con paso ágil, Aluzi Msafiri cruzó la plaza en dirección a su casa. En la puerta encontró al capitán Álvaro Centeno.
—La estaba esperando —dijo el militar.
La profetisa se extrañó:
—¿Constança no le ha abierto la puerta?
Y el capitán se limitó a encogerse de hombros.
Aluzi y el visitante entraron y sorprendieron a la portuguesa, toda engalanada, sentada, bebiendo vino en la única silla de la casa. Constança se apresuró a disculparse:
—No he abierto la puerta enseguida porque estaba cambiándome de ropa y retocándome el pelo. No todas las noches se recibe una visita tan distinguida.
El capitán se apoyó tímidamente en la penumbra de la pared del fondo. Dejó pasar un momento y, con voz casi inaudible, suplicó:
—Quiero dormir con ustedes.
—¿Con las dos? —Y las mujeres apenas pudieron contener la risa—. Le advierto, capitán —dijo Aluzi adelantándose—: Si quiere acostarse conmigo, tendrá que pedírmelo en mi lengua. Y deberá hacerlo de rodillas, porque soy una reina. Mi amiga también lo es.
Con la copa en la mano, la portuguesa bromeó:
—¡Elija una! Podemos echarlo a cara o cruz.
Aluzi lo desaconsejó: en Milepa, ninguna moneda toca el suelo. Además, ya nadie sería capaz de distinguir las dos caras de una moneda. El portugués volvió a hablar con un hilo de voz:
—Puedo dormir aquí mismo, en el suelo. —Sintió sobre él la mirada inquisitiva de las dos mujeres—. Disculpen, señoras, pero no me encuentro nada bien. Hace días que no duermo, sufro terribles alucinaciones y… usted, que es hechicera…
—Soy una reina.
—Una reina, de acuerdo, una reina… Dígame, ¿cuándo podré volver a escribir?
Aluzi fue directa a la cama, sacudió las sábanas, acomodó una almohada y preguntó:
—Si fuera mala, le respondería así: volverá a escribir cuando todos en este mundo sepan escribir. Pero soy una reina buena… —y sonrió, dando unas palmaditas en el colchón—: Venga, capitán. Acuéstese.
El hombre no obedeció. Se quedó sentado al borde de la cama mientras las dos mujeres se tendían una a cada lado. Con la almohada entre los brazos, el portugués fijó los ojos en el techo, temeroso de que se viniera abajo.
—El mundo se está acabando —murmuró.
Aluzi se incorporó y protestó:
—No se queje, capitán. Esa historia del fin del mundo la inventaron ustedes, los europeos.
Vencido por el cansancio, el capitán se desparramó en el lecho, acurrucado hacia el lado de Constança. La miró con ojos asustados y, en un determinado momento, susurró:
—¿Ya le he dicho que conocí a su yerno, a Bruno? Y es muy extraño: sus ojos eran iguales a los suyos.
Desde el otro lado de la cama, la profetisa reforzó las palabras del capitán:
—Eso es lo que ya le he dicho a mi amiga Constança. Que no ha venido solo por su voluntad. Que alguien la ha enviado. Nadie hace un viaje tan largo solo por un yerno. Tiene que haber algo más fuerte. Y mucho más antiguo. Más antiguo que la sangre…
Palabras de Aluzi Msafiri
Constança estaba lejos de su tierra y su viaje no parecía tener una razón clara.
Yo también he recorrido tierras lejanas, y a veces no entendía el propósito de mis andanzas.
Un día, me encontré con Alile deambulando por el muelle de Angoche.
Me sorprendió verla, tan mujer y tan sola en medio de la ciudad.
Llevaba un pequeño fardo y me dijo: «Ya he entregado a mis hijos, Nataniel y Matías.
Ahora, me toca viajar a mí». Le pregunté: «¿Adónde vas, Alile?
». Ella se encogió de hombros. «No tengo adónde —dijo—.
Voy al mar y luego a donde las olas me lleven.
—Y su brazo danzó como si estuviera hecho de agua—.
Tiene que haber alguien que quiera comprarme», añadió.
Traté de disuadirla. «No te vayas, Alile.
Fuera de nuestra tierra no hay suelo donde morir».
Y Alile respondió: «Y aquí, en mi tierra, no tengo dónde vivir».
75.
Kulilila ula, ulilile matope.
Lloraste por la lluvia, ahora llora por el barro .
Proverbio yao
Era de noche cuando el cura y el médico terminaron de enterrar al caballo y ya ninguno de los dos distinguía el dentro y el fuera de la fosa. Exhaustos, se arrastraron hasta la entrada de la tienda. Fue el médico quien rompió el silencio:
—Lo triste —dijo— es saber que el destino de mi caballo será el mismo que el de vuestras tropas que vengan de Portugal. Van a morir devoradas por gérmenes y por mosquitos.
De nuevo el silencio se instaló entre ellos. Schreiber retomó la conversación:
—¿Sisnando es su nombre verdadero?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Me parece raro que tenga el nombre del dueño del Prazo de Cheringoma. Déjeme terminar, Sisnando. No vale la pena fingir más. Lo sé todo. Sé que usted es nieto de esa media docena de colonos que Portugal arrojó a las playas de Pemba.
—¡Qué bien trabajan sus servicios secretos!
—Mis servicios secretos son los más públicos que pueda imaginar: son los indígenas los que me cuentan historias.
—¿Y qué más sabe de mí?
—Se lo resumo en el nombre de una sola persona: Elias Sarmento. ¿Le suena? ¿Qué le dice ese nombre?
—Ese secreto es demasiado insignificante para que usted lo use como chantaje —declaró Sisnando Baião—. En cambio, sus pecados son una guillotina suspendida sobre su cuello. Así que, mi estimado doctor, mejor dejemos las amenazas aquí.
El médico se levantó para buscar una botella de aguardiente. Sisnando negó educadamente.
—Solo una gota —insistió el médico.
El sacerdote se mantuvo firme:
—No es un buen momento. Las mujeres hablan mucho. Pero somos nosotros, los hombres, quienes no sabemos guardar un secreto.
El cura echó mano de la botella y bebió directamente, a gollete. Chasqueó la lengua contra el paladar y preguntó:
—¿Cuál será el secreto de esta bebida?
—Pídale la receta a Aluzi, fue ella quien preparó esta nyipa . Sospecho que es el mismo secreto de todas las guerras.
—¿Y qué secreto es ese?
—La pólvora.
El sacerdote se puso en pie y estiró el cuerpo como hacen los perros. Ya se disponía a retirarse cuando el médico lo interpeló:
—Hablando de secretos…, mañana, ¿qué le diremos al capitán?
—Mañana diremos la verdad, doctor.
—¿Qué verdad, padre?
—Le diremos a los portugueses que el ataque fue obra de autóctonos sublevados.
—¿Autóctonos? ¿Y qué nombre les daremos?
—Haremos lo contrario de lo que hago con las enfermedades. No les pondremos ningún nombre. Ni Bokeristas, ni Hijos de Bokero, ni nada. Fueron indígenas. Simplemente eso, indígenas.
—¿Y qué ganamos con una versión tan anónima?
—Ganan todos, doctor Schreiber. Usted gana porque queda fuera de cualquier sospecha. Yo gano porque he evitado la guerra y salvado a mi gente. Y gana el Gobierno portugués, que sigue al margen del conflicto.
El cura se ajustó la capa sobre los hombros, dio media vuelta y echó a andar.
—¿Qué me dice, doctor?
—Le digo que está oscuro y siento un frío que me mata.
76.
He aquí la triste ironía de la guerra:
la magnitud de la victoria está en el tamaño de las ruinas.
Fragmento de la Biblia de Sisnando Baião
En la plaza de Milepa se ultimaban los preparativos para el viaje al puesto de Madziwa.
Álvaro Centeno no dejaba de moverse de un lado a otro: revisaba armas y municiones, inspeccionaba el estado de las carretas, daba órdenes a los soldados que lo acompañaban.
En un momento dado, el capitán se dirigió con solemnidad al carretero Chifuniro:
—¡Quedas oficialmente nombrado responsable de la logística de esta expedición! —Aterrorizado, el carretero se santiguó y, al mismo tiempo, hizo el saludo militar.
Palabras del carretero Chifuniro
No entendí nada de lo que dijo el capitán. Sé que me trató como un subordinado y eso hasta me gustó. Así aprendí a ser quien soy: teniendo un jefe que me habla a gritos…
Esperé a que el capitán tuviera más órdenes que darme, pero no.
Nada. Fue así, silencio y distancia durante todo el viaje, silencio y distancia después de llegar.
Ni una sola pregunta que hacerme, ni una orden que darme, ni un insulto para maltratarme.
Los blancos tienen poca conversación. Incluso entre ellos hablan poco.
Y aun hablando poco, se interrumpen mucho.
Fui yo quien rompió el silencio, al saber que nadie me estaba escuchando:
—Este será mi último viaje…
Después, mirando el cielo, pensé en Tadala y recé un poco, lo justo para no molestar al Creador: «Que Dios envíe un ángel para protegerme. No hace falta que sea blanco. Uno de mi raza basta».