El río de la ceguera Capítulo once. Donde duerme la noche
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Capítulo once. Donde duerme la noche

Capítulo once Donde duerme la noche

Mi raza es una casa, no una prisión.

Salgo de ella y vuelvo a entrar cuando quiero.

Y no cuando otros, sean quienes sean,

me den orden de hacerlo.

M ATÍAS K IRIMI

Capítulo once

68.

Ngomo kasa musi.

La boca partió la aldea.

Proverbio yao

Aquella noche, la profetisa acogió a la portuguesa en su casa.

—Duerma aquí esta noche, doña Constança, no hay mejor hogar que una buena compañía.

Un solo quinqué bastaba para iluminar el reducido espacio de su morada.

El mobiliario se limitaba a una cama y una silla.

Aluzi golpeó el lecho con la mano, acarició el colchón de paja y proclamó: «Esta es la única cama de toda la aldea».

Se sentía una reina y se negaba a dormir en uno de esos jergones de troncos rústicos y paja trenzada.

Todas las mañanas, la profetisa sacaba la cama fuera de la casa y la dejaba en el patio, al sol, para que todos vieran dónde dormía.

Sabía bien que la envidia debe alimentarse.

No porque fuera buena que existiera, sino porque era aún peor que desapareciera.

—Cabemos las dos ahí, las mujeres siempre caben.

—Yo duermo en el suelo —respondió la portuguesa, sentándose al borde de la cama. Se quedaron calladas, de espaldas la una a la otra—. ¿Dónde aprendiste a hablar tan bien?

—Todo el mundo habla bien, doña Constança. Cada quien tiene su propia lengua, no lo olvide…

Constança se acercó a la puerta. Nunca había visto anochecer de manera tan abrupta.

—Mañana —dijo— voy a encontrarme con mi yerno.

Desde lejos, llegaba el sonido de un tambor.

—Y tú, ¿tienes hijos? —preguntó Constança.

—Adivine.

—No tienes.

—¿Cómo lo sabe?

—Si tuvieras hijos, no me pedirías que lo adivinara.

Palabras de Aluzi Msafiri

Dirán que no tengo hijos, que soy una mujer estéril.

Es mentira. La verdad es esta: llevo muchos años embarazada sin llegar nunca al parto.

El padre Sisnando no se cansa de repetir: «Es un milagro que haya una mujer así, en eterno estado de gracia».

Y yo siempre le respondo: «El milagro no es dar a luz. El milagro es ser madre toda la vida».

Mis vecinas desconfían: creen que finjo estar embarazada para librarme de los malos tratos de los maridos. Pero yo, Aluzi Msafiri, nunca he tenido a nadie a quien pudiera llamar marido. ¿Por qué habría de fingir?

Cuando Sisnando se preocupa por mis fatigas, le tomo la mano y la coloco sobre mi vientre. Le digo: «Siente, Sisnando, siente cómo mi hijo baila dentro de mí». Y dejo que la mano huesuda del sacerdote repose en mi cuerpo. Luego le susurró al oído:

—Este niño es tan feliz que no necesita nacer.

69.

Eterno no es lo que vive. Sino lo que nace.

Fragmento de la Biblia de Sisnando Baião

En la oscuridad, Constança distinguió un grupo de personas que avanzaban con paso acompasado. Los hombres cargaban una caja enorme y pesada. Entonaban una especie de canto gregoriano para sincronizar la fuerza de cada uno con el esfuerzo de todos.

—¿Están robando la campana?

—Robar es una palabra muy pesada, doña Constança —dijo Aluzi, uniéndose a la portuguesa en el umbral de la puerta—. La están llevando a otro sitio.

—¿A qué sitio?

—Al nasyo .

El nasyo era el horno de fundición de hierro.

Aluzi sonrió con malicia: el destino de la campana, bendecida por el obispo, era en realidad la fabricación de armas, machetes y cazuelas.

«Quién sabe —murmuró— si Dios está más presente en una cazuela que en una campana».

Luego, posó la mano en el hombro de la visitante.

—Venga a acostarse, doña Constança. Una mujer no se queda en la puerta en plena noche.

A regañadientes, la portuguesa obedeció. Tardó un momento en acomodarse sobre el colchón. Permanecieron rígidas como estatuas hasta que Aluzi se incorporó apoyándose en un codo.

—¿Sabe que es la primera mujer blanca que pisa Milepa? —Sin esperar respuesta, la anfitriona se deslizó un poco más cerca—. ¿Por qué ha venido desde tan lejos?

Constança habló con los ojos cerrados. No había venido por su yerno, el sargento Bruno. Viajaba para salvar a Flávia, su hija. Con un gesto enérgico, sacó del bolsillo un fajo de papeles.

—Estas son las cartas para alejar a Bruno. Voy a romperlas todas, me avergüenza lo que he hecho.

—Démelas. Vamos a quemarlas —dijo Aluzi señalando la hoguera junto a la puerta. Y así lo hicieron. Los papeles se retorcieron como si hubieran estado esperando las llamas para cobrar vida.

No lo quemaron todo. Una de las cartas quedó entre los dedos de la portuguesa. Acarició largamente las esquinas del sobre.

—Solo esta carta es verdadera —dijo Constança—. Y quien la redactó apenas sabía escribir.

—Déjela aquí, en esta caja —dijo Aluzi.

—No puedo. Prometí entregarla personalmente en manos de Bruno.

—Él no la va a leer. ¿No le han dicho que está ciego?

—Se la leeré en voz alta.

—No la escuchará. ¿No lo entiende, doña Constança?

La portuguesa entrecerró los ojos, sopesó la tristeza de las palabras de Aluzi y sacudió levemente la cabeza. La vidente le pasó un brazo por los hombros. Con un suave balanceo, sus dedos oscuros rozaron la piel clara de Constança. La portuguesa rompió a sollozar. Y no se dijeron más palabras.

70.

En mis manos

hay una Biblia

que nunca ha sido escrita.

No ha sido escrita.

Pero ha sido quemada.

A SAF A VIDAN

Aluzi conocía bien los meandros del desconsuelo. Por eso dejó que Constança llorara a solas. Solo después la abrazó. Entonces la portuguesa suspiró contra su pecho: «Estoy destrozada». Aquellas primeras palabras aún eran un llanto en busca de voz. Después, la voz adquirió la dureza de una cuchilla.

—Pobre muchacho, tuvo que venir a África para que lo mataran.

—Quien lo mató fue un blanco, no lo olvide, doña Constança.

—No fue un blanco. Fue una blanca. Fui yo quien lo mató. Fui yo quien pidió al ministro de Guerra que embarcara a Bruno a África. —Hizo una pausa y declaró—: Flávia nunca me lo perdonará.

—Venga conmigo, doña Constança. Voy a enseñarle algo. Venga, le hará bien.

Con suavidad pero con firmeza, la vidente arrastró a Constança fuera de la casa. La condujo por senderos oscuros hasta llegar a un horno alto, un viejo nasyo que resoplaba como un dragón en medio de la noche.

—Déjame volver a casa —insistía Constança, dejándose arrastrar con una extraña docilidad.

El viejo horno había sido instalado en el hueco de un montículo de termitas. Entre las llamas, se adivinaban los contornos de un voluminoso objeto incandescente. La vidente se acercó a uno de los herreros y preguntó:

—Ndi belu?

—Inde, ndi belu —respondió el hombre.

—Es la campana —confirmó Aluzi, volviéndose hacia Constança.

Uno de los herreros saludó a la extranjera y, con delicadeza, le advirtió que podía quedarse cerca, pero sin aproximarse demasiado: «Quien mira dentro de un nasyo orinará hierro fundido toda su vida».

Entrecerrando los ojos, Constança Meireles vio las chispas revolotear, luciérnagas incandescentes. Si había lágrimas en sus ojos, sería por el humo. Al regresar, la portuguesa se apoyó en el brazo de la profetisa y admitió:

—Me ha hecho bien salir.

Aluzi sonrió e inclinó la cabeza sobre el hombro de la extranjera.

71.

No tienes tierra natal.

Naciste en tu propio cuerpo.

Proverbio de Madziwa

Volvieron a entrar en la casa y se agruparon alrededor de la olla llena de agua puesta sobre la hoguera.

«Es para su baño —aclaró la dueña de la casa—.

Aquí, en Milepa, los visitantes no se bañan en el río», añadió.

La anfitriona comprobó la temperatura del agua, llevó la olla al porche y se subió a un banco con un cazo en la mano.

—¿Va a bañarse vestida? —preguntó. La portuguesa dudó antes de desabrocharse la blusa—. Voy a dejarla sola —dijo la vidente—. Aquí ni los esposos se bañan juntos —ironizó.

Después del baño, la vidente alzó una blusa llena de colores y desafió a su huésped:

—¿Nos ponemos guapas?

La portuguesa se extrañó:

—¿Vamos a salir?

Y la otra respondió:

—Vamos a otro mundo sin pasar por esa puerta.

Las mujeres se arreglaron y se pusieron los perfumes que Constança había traído de Lisboa. Mientras se miraban en un pequeño espejo, la portuguesa preguntó:

—¿Dónde aprendiste a escribir?

La vidente respondió, señalándose la cara:

—¿Ves esto? Es mi citopole , el tatuaje que los hombres de Milepa hacen en la frente de las mujeres. —Hizo una pausa y suspiró—: Ya he sido de alguien, ¿sabes?

—Todas lo hemos sido —comentó Constança.

—¿Usted eligió a su marido?

—¿Qué verbo es ese: elegir? —preguntó la portuguesa. Y se rieron como dos adolescentes. Aluzi, entre toses y carcajadas, seguía hablando:

—Es como dicen por aquí: solo volveré a caer cuando no haya suelo.

La portuguesa contempló largamente a la profetisa. Y pensó, sin decir nada: «Ha ocurrido un milagro». Estábamos ciegas. Nos mirábamos la una a la otra, éramos dos mujeres y no lográbamos vernos. Esa era nuestra gran ceguera.

Palabras de Constança Sá de Meireles

Le pedí a Aluzi que me sirviera una bebida. Me tendió una lata de aluminio.

—Beba, es nyipa , la he preparado yo —anunció.

Y yo le pregunté:

—¿Es fuerte?

Aluzi asintió con la cabeza. Probé. Era tan fuerte que no tenía sabor.

—Lo siento —dijo la hechicera, corrigiendo mi gesto—. No se bebe así.

Llenó su vaso y lo apuró de un solo trago para, acto seguido, escupir y vociferar:

—¡Capitán Álvaro! —Se atragantó, como si el nombre le saliera de las entrañas—.

Así es como se hace —afirmó Aluzi, después de recomponerse—.

No basta con beber. Hay que beber contra alguien.

Es como lo hacen los cazadores: en el preciso instante en que disparan la flecha, pronuncian el nombre de quien van a matar.

—Volvió a servirse, levantó el vaso y brindó—: Esta es la verdadera Pombe ya nkazi , la bebida hecha por mujeres.

—Sus carcajadas resonaron por toda la habitación.

Y así es como yo debería reír, con el alma libre y el cuerpo entero. Pero solo quien no cree en la muerte puede reírse de esa manera.

72.

Osadzitama: ngati udamira mumtsinje Zinali chifukwa chakuti madziwo anakulowetsani.

No te jactes: si te sumergiste en el río fue porque el agua te dejó entrar.

Proverbio de Milepa

Vestidas para la fiesta, Aluzi y Constança bebieron, cantaron y bailaron. Después, exhaustas y felices, se dejaron caer sobre la cama como si se arrojasen al cauce de un río.

—¿Nos despeinamos?

Se entrelazaron los brazos y cada una desabrochó el vestido de la otra. La portuguesa aún alcanzó a oír un último murmullo:

—¿Querías un hechizo, Constança? Pues encantémonos la una a la otra.

Palabras de Aluzi Msafiri

Constança Meireles me hizo recordar el día en que desembarqué en Milepa, hace tantos años que he perdido la cuenta.

En aquel momento, toda la aldea desconfiaba de mí.

¿Cómo era posible que una mujer tan sencilla caminara con los ojos tan altos, tan luminosa y desafiante?

La respuesta solo podía ser una: yo era una hechicera.

Cualquier otra mujer se hubiera muerto de miedo ante la envidia y el mal de ojo.

Hasta que, una madrugada, desperté con un murmullo en el patio.

Miré por la ventana: una decena de mujeres esperaba en silencio.

Cuando me asomé a la puerta, dijeron: «Hemos venido a buscarte».

Sin pronunciar una palabra, me llevaron al n’sondo , el lugar donde se inicia a las muchachas.

Allí, lejos de todo y de todos, la mujer más anciana tomó la palabra.

Dijo que a los hombres les gustaba recordar la historia de los Maji Maji, la revuelta que ocurrió al otro lado del Rovuma.

Pero olvidaban a las mujeres que la lideraron codo con codo junto a ellos.

Esas mujeres tenían nombre: Mkomanile y Komandire.

Ambas fueron condenadas a muerte por los alemanes. Komandire se adelantó a la horca. Se suicidó. «No les daré ese poder a mis verdugos —proclamó—. No he tenido una vida que me perteneciera. Mi muerte no será de nadie más».

La otra mujer, Mkomanile, logró huir abriéndose paso entre la maleza hasta alcanzar la orilla norte del río.

Al otro lado estaba la aldea de Milepa. Viajaba embarazada, tan redonda y pesada que no tuvo fuerzas para cruzar.

Gritó para que fueran a buscarla. Un bote acudió en su auxilio.

Mkomanile dio a luz en plena travesía. «Yo estaba en ese bote», dijo la más anciana de las madres.

Fue ella quien cortó el cordón de la criatura.

En aquel entonces no se usaban cuchillos.

Se afilaba un trozo de caña de azúcar. Así debía hacerse: el cuerpo de quien nace se corta con algo vivo.

El relato quedó flotando en el aire mientras las mujeres me miraban fijamente. Después de un largo silencio, la misma anciana murmuró: «Esa niña que nació en el río, la hija de Mkomanile, eres tú, Aluzi Msafiri».

Las demás mujeres, al unísono, proclamaron:

—¡Tú eres hija de Bokero!

—¿Y mi madre? ¿Dónde está ella?

—Cuando alcanzó la otra orilla, Mkomanile ya no tenía vida.

Escuché a las mujeres y lloré. Ellas lloraron conmigo, pero no podían imaginar que mis lágrimas eran falsas.

Tan falsas como la historia que me acababan de contar.

Fingí que creía lo que me decían. Al fin y al cabo, esas mujeres no me forjaban un pasado.

Me estaban inventando un futuro. Los hombres estaban lejos, los campos estaban secos, las machambas estaban secas.

Necesitaban a una mujer que trajese la esperanza que Bokero había encendido al otro lado del río.

En Milepa, el futuro es algo muy raro. Tan raro que no existe una palabra para nombrarlo.