El río de la ceguera Capítulo diez. Los que encienden las fuentes
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Capítulo diez. Los que encienden las fuentes

Capítulo diez Los que encienden las fuentes

Vengo de dibujar el blanco

de una bala en mi frente,

de llevar la mañana a los ojos nublados,

de sacar a la calle al luto y a la fiebre.

No sirve ya el papel.

No sirve el llanto.

Escribo en las paredes.

J UAN B AÑUELOS

Capítulo diez

64.

Nguku jacilendo kuwengana ni yitola.

La gallina recién llegada debe tener cuidado con las águilas.

Proverbio yao

La expedición del portugués Álvaro Centeno entró en Milepa en la segunda mañana de septiembre de mil novecientos catorce.

El cura no estaba en la plaza para recibir a los portugueses.

Que fueran ellos quienes lo buscaran. Así lo hizo el capitán: descendió de su montura y cruzó la explanada con paso marcial.

Al llegar a la iglesia, se ajustó el birrete, se sacudió el polvo de la casaca y golpeó la puerta con firmeza.

Esperó un momento hasta que, ante él, apareció un hombre barbudo vestido con una sotana mugrienta.

—¿Padre Sisnando Baião? —preguntó Centeno. Sin esperar respuesta, anunció—: He venido a arrestarle.

—Llega tarde, capitán. Hace años que soy prisionero.

—Voy a llevarle a Isla de Mozambique. Tendrá que responder ante las autoridades competentes.

—Todos los días respondo ante la más competente de las autoridades y no necesito salir de mi habitación para hacerlo.

Apenas terminó de pronunciar estas palabras, Sisnando Baião dio unas palmadas. En pocos instantes, la explanada se llenó de gente.

—Traed comida, bebida y los sombreros –ordenó Sisnando—. No todos los días llega alguien para arrestarnos.

El capitán volvió a encarar al sacerdote, que permanecía inmóvil en la puerta de la iglesia.

—¿Esta parroquia responde ante la diócesis de Porto Amelia?

—¿Diócesis de Porto Amelia? Nunca he oído hablar de ella —respondió el cura.

Con las manos cruzadas a la espalda, el portugués entró en la iglesia y se puso a inspeccionar cada rincón del edificio.

No había sillas ni bancos corridos, solo esteras de paja distribuidas por el suelo.

Capulanas , caracolas, semillas y un saco de harina junto a la cruz de Cristo.

Todos aquellos objetos confirmaban las sospechas del militar: no estaba en un templo, sino en un bazar donde se traficaba con dioses, creencias y rezos.

—¿Y ese Cristo en el altar?

—¿Qué pasa con el Cristo, capitán?

—¡Le han puesto pechos de mujer!

—Y así es como debe ser —afirmó el cura—. Para el pueblo de Milepa, Dios es una mujer.

En los crucifijos de la iglesia no había tablones dispuestos en ángulos rectos. Los brazos de Jesús descansaban sobre la horquilla de un árbol.

—La cruz no es obra de un carpintero —dijo Sisnando—. Es obra de la vida.

El militar aparentó no haber oído una sola palabra. Solo cuando el sacerdote se calló, interrumpió su registro minucioso en aquel recinto que, según sus sospechas, no era más que el escenario de un crimen.

—A propósito, padre Sisnando, ¿dónde está su famosa Biblia?

Sin dejar de revolver entre los montones de objetos apilados, el cura fue diciendo:

—No espero que me comprenda, capitán, pero la única manera de enseñar la Biblia es olvidar que alguna vez fue escrita.

Por fin, levantó un manojo de hojas encuadernadas. En la cubierta de cuero, apenas visible por la tinta negra desvaída, se leía: B UKU J ASAMBANO . Justo debajo, la traducción en portugués y en minúsculas: L A N UEVA B IBLIA .

El capitán se acomodó con el pesado volumen sobre las rodillas. Tardó en abrirlo. Procedía con la precaución de quien manipula una granada.

—Está escrita en yao, no entenderá nada —le advirtió Sisnando—. De todos modos, iré a buscar un candil para que pueda apreciar la calidad de las ilustraciones.

—¿Ilustraciones?

Eran reproducciones de los dibujos trazados en las explanadas de iniciación de los jóvenes.

Eso le explicó el cura antes de retirarse hacia la sacristía.

Se demoró sin otro propósito que hacer esperar al militar.

Cuando regresó con una lámpara de petróleo, encontró al capitán en la misma posición en que lo había dejado, con los dedos entre las páginas y la mirada perdida en el infinito.

—¿Esto es lo que ha estado escribiendo, padre?

—preguntó el capitán con voz apagada. Y dejó caer el libro.

Las páginas se desprendieron y revolotearon como polillas blancas sobre el suelo—.

¿He hecho todo este viaje para esto? —se preguntó el militar antes de retirarse con paso sonámbulo.

Sobre los papeles quedaron grabadas sus huellas.

65.

Me acusan de ser un profeta.

¿Quién no es profeta en un mundo tan falto de creencia?

Padre Sisnando Baião

El cura acompañó al capitán hasta la salida. Antes de abrir la puerta, advirtió que, en el exterior, lo esperaba el estirado Hadrian Schreiber.

—¿Schreiber? ¿Qué quiere?

—Quiere hablar con usted.

Sisnando susurró: «No salga de inmediato, capitán, deje que el alemán espere. —Y añadió—: Mientras espera, el tipo irá perdiendo fuelle». La demostración de autoridad surtió efecto: fue Schreiber quien se acercó, pidiendo permiso para hablar.

—¿En qué idioma hablamos? —preguntó Centeno en un inglés deplorable. El alemán sonrió, condescendiente.

—En francés, ¿probamos en francés? —respondió.

El portugués asintió, vacilante. Luego, más seguro de sí mismo, sugirió:

—Mejor en suajili. Yo me apaño, pero usted es fluido en las lenguas de los cafres. Ha llegado a mis oídos que tiene una carta para entregarme —dijo Centeno.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Este bosque parece vacío, pero está lleno de voces.

—No puedo entregarle la carta en este preciso instante —dijo el médico alemán—. De hecho, no podré entregársela nunca. En este viaje han ocurrido cosas extrañas.

—No me entregará esa carta cuando a usted le dé la gana, me la entregará cuando…

—Centeno no llegó a terminar la frase. De repente palideció por completo, buscó en el bolsillo un pañuelo para enjugarse la cara.

Acometido por una especie de vértigo, terminó por desplomarse en el suelo.

El médico lo ayudó a recomponerse. Tan pronto como recuperó el aliento, el capitán alzó hacia Hadrian Schreiber unos ojos suplicantes—. Doctor, necesito su ayuda.

—Aflójese el cuello de la camisa, capitán.

—Me aflojaré todo, doctor —murmuró, sumiso—. Hasta ahora he hablado con usted de capitán a mayor, pero en este momento le necesito como médico. Estoy enfermo, doctor. Muy enfermo.

—Venga conmigo, voy a examinarle en mi tienda.

66.

Masi gangaliwalila lukoloma.

El agua no olvida el lecho del río.

Proverbio yao

En la intimidad de su tienda, Hadrian Schreiber escuchó las quejas del portugués, frunció el ceño e inquirió:

—¿No puede escribir, mi capitán? Esa enfermedad tiene un nombre: agrafía. —Extendió una hoja sobre la mesa y colocó un tintero y una pluma frente al abatido paciente—. ¿Sabe cuál es mi mayor pasión? —El alemán no esperó respuesta—. La grafología.

—No soy de creencias, doctor. Soy militar, republicano y agnóstico.

—La grafología es una ciencia, amigo mío. ¿Nunca ha leído libros de Sherlock Holmes?

El detective inglés, explicó Schreiber, utilizaba la caligrafía para desentrañar el carácter del asesino.

De la misma manera, estaba científicamente comprobado que se podía diagnosticar una enfermedad a través de la letra del paciente.

Era un método fiable, subrayó el alemán, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

En África, por desgracia, no podía poner en práctica esa habilidad.

—Escriba aquí cualquier cosa, capitán. Vamos, escriba su nombre.

Las manos del portugués permanecieron inmóviles, atrincheradas en los bolsillos del uniforme. Mantuvo la mirada perdida, con el alma errante en algún rincón indescifrable.

—¿Pero recuerda su nombre? —preguntó Hadrian.

—Preferiría no recordarlo.

— ¿ Entonces por qué no coge la pluma?

—Tengo miedo —murmuró el portugués, balanceándose hacia atrás. Entre la silla y la mesa se abría un abismo insalvable.

—Haga un esfuerzo, capitán. No se preocupe por la caligrafía. Garabatee lo que le venga a la cabeza.

—No son las manos, doctor. Es la cabeza. No recuerdo ninguna letra.

—Dibuje una cara. Una que le sea familiar…

—Hace tanto tiempo que no veo un rostro familiar…

—Capitán, ¿ha estado tomando quinina? ¿O es de esos que evitan las pastillas por miedo a quedarse impotentes?

Palabras de Hadrian Schreiber

Durante todo el examen médico, el portugués Álvaro Centeno se mantuvo cabizbajo y en silencio.

Le ausculté el pecho, le tomé la temperatura y le medí el pulso.

Estoy convencido de que el primer paso para tratar una enfermedad es ponerle un nombre.

Durante la consulta, fui enumerando las dolencias tropicales: la fiebre perniciosa, la anemia palúdica, el paludismo, la enfermedad romántica, la filariosis linfática.

De todas ellas, reservé para el final la que más me intrigaba: la ceguera de los ríos.

Un nombre extraño, pues nadie sabe si la enfermedad pertenece a la persona o a los ríos.

—Está usted solo cansado —concluí de manera tranquila—. Y volví a animar al atribulado capitán—. Escriba una sola letra. Por ejemplo, la letra «t». La barra de la «t» ya dice mucho. O, si lo prefiere, garabatee un número.

Ni letra, ni número, ni barra. Nada. La incapacidad del portugués era total y definitiva. Resignado, empecé a recoger las hojas. De repente, el capitán extendió los brazos y gritó:

—¡No toque esos papeles, doctor! Estamos en África, esta enfermedad debe de ser contagiosa. Quién sabe, quizás estos cafres hayan hecho algo con la tinta o, peor aún, hayan embrujado el papel…

En toda su vida, Hadrian Schreiber nunca había encontrado a un hombre tan perturbado.

Aquella visión confirmaba lo que él pensaba del imperio portugués: los lusitanos solo eran poderosos en el mar.

En los territorios que creían haber conquistado, gobernaban únicamente desde las islas.

Por eso el Gobierno colonial había instalado la capital en Isla de Mozambique.

Y la Compañía de Niassa tenía su sede en Isla de Ibo.

En tierra firme, los portugueses se diluían en el paisaje.

Algo similar le ocurrió a Bruno Estrela en el puesto de Madziwa.

El hombre era una isla. Una isla varada en el desierto.

—Somos tan pocos, y esta colonia nuestra es tan extensa… —balbuceó el debilitado capitán.

El médico lo corrigió:

—Eso que usted llama «colonia» no es más que un puerto.

Eso era Mozambique: un inmenso muelle donde atracaban barcos desconocidos, llenos de gente a la que nadie había invitado.

Quizás sea mejor así, capitán Centeno. Quizás sea mejor que usted no vuelva a saber leer ni escribir.

Así, la caída de su imperio le dolerá menos.

Los ingleses ganarán esta guerra. ¿Y sabe por qué?

Porque, desde el principio, comprendieron que más que los continentes, hay que colonizar el mar.

Usted se preocupa por un puesto fantasmagórico perdido en el interior.

Ellos, en cambio, se ocupan de barcos que son auténticas fortalezas patrullando los océanos.

Esos mismos océanos que, de ahora en adelante, tendremos que pedir permiso para cruzar.

67.

Wamasoka wajiweni ngondo.

El loco fue quien vio llegar la guerra.

Proverbio yao

El médico entregó al capitán un frasco con valeriana.

—Prepárese una infusión por la noche. Mejor aún, disuelva las raíces en una copa de coñac —dijo acercando hacia sí un montón de papeles—. Escribiré aquí el nombre de un medicamento. Cuando regrese a Isla de Mozambique, entregue esta receta al farmacéutico Rodrigues.

El capitán, con la cabeza entre las manos, no levantó la mirada del suelo.

Escuchó el rasgueo de la pluma venciendo la resistencia del papel.

Luego, el sonido de una hoja arrugada con violencia.

De nuevo, la punta de la pluma arañando la superficie.

A continuación, otra hoja desgarrada. Y, otra más, la punta metálica surcando el papel, ahora acompañada de imprecaciones murmuradas en alemán.

Álvaro Centeno levantó la vista para confirmar su sospecha: al igual que él, el médico tampoco conseguía escribir.

Sobre la mesa, tres hojas arrugadas parecían agitarse con vida propia.

El alemán inspiró hondo y, con rabia contenida, afirmó que no había problema, que no era la primera vez que le ocurría: la pluma era vieja, y el aire de los trópicos corroía el metal del mismo modo que pulverizaba los cerebros.

Rebuscó en su maletín.

—Siempre llevo copias de recetas —dijo mientras abría el maletín—. Le daré una de esas prescripciones ya firmada y sellada.

Un instante después, se oyeron de nuevo improperios, ahora lanzados con furia: ninguna de las recetas era legible.

— Scheiße, verdammt!

El alemán salió de la tienda, con la pluma estéril en la mano derecha y el papel infecundo en la izquierda. Alzó la vista hacia la luz que despuntaba en la otra orilla del río. Y todo lo que vio fue un cuerpo balanceándose en un árbol. Aquel péndulo era más grande que el sol.

Palabras de Hadrian Schreiber

Este paisaje pronto se llenará de soldados portugueses, y ellos sí tendrán motivos para angustiarse.

Vendrán uniformados, pero nunca llegarán a ser verdaderos soldados.

Y no hará falta gastar ni una bala. Porque morirán atrapados en los pantanos, sucumbiendo a enfermedades que aún no tienen nombre.

Fue lo mismo que hicimos con los rebeldes de Bokero.

Los empujamos hacia tierras áridas, donde perecieron de hambre y sed.

Todo ocurrió sin estrépito, sin gritos, sin sangre.

Los muertos son extraños, y los conozco mejor que a los vivos: cuantos menos son, más pesan. Así ocurre en las grandes tragedias: cuando las víctimas son demasiadas, nadie se molesta en contarlas. Y lo que no se puede contar se convierte en nada.