El río de la ceguera Capítulo nueve. La piedra y la montaña #2
69%

Capítulo nueve. La piedra y la montaña #2

—Perdone, doctor. Usted no mató a un joven. Mató a diez. Y todos inocentes.

El alemán guardó silencio con el ceño levantado. Se puso en pie para encender un cigarrillo. Estaba tan tenso que se expresó en alemán. Luego, se corrigió y volvió a hablar en suajili.

Palabras de Hadrian Schreiber

La primera vez que me encontré con Nataniel Jalasi fue cuando cruzó el río en busca de atención médica.

Tenía ganglios inflamados por todo el cuerpo.

El examen fue largo y su estado requirió más consultas.

Con el tiempo, esas visitas fueron cambiando de naturaleza.

Empecé a sentir una creciente atracción física por aquel joven, y ninguna oración lograba apartar de mí esa pecaminosa tentación.

Cuando me di cuenta, me aterrorizó. Todo esto ocurría en un momento en que, entre los oficiales germánicos, no se hablaba de otra cosa que del escándalo de mi colega Karl Peters, comisario en la Ostafrika Alemana, quien acababa de ser juzgado y condenado en Berlín.

El comisario Peters mató a cientos de africanos.

Los indígenas lo llamaban milokono wadamu , el hombre de las manos ensangrentadas.

Sin embargo, el crimen que más escandalizó a la opinión pública europea fue su relación amorosa con una mujer negra.

Que luego asesinara a esa amante no fue tema de discusión.

El pecado más imperdonable fue, sin duda, su amor por una mujer de piel oscura.

Querían preservar la «pureza racial». Remaban contra corriente.

El mismo gobernador Albrecht von Rechenberg tuvo amoríos con muchachos africanos.

Fue otro escándalo en la prensa, y los jueces tuvieron más trabajo silenciando el caso que aplicando la ley.

Peters y Rechenberg eran figuras públicas y ocurrió lo que ocurrió.

Mi caso sería juzgado sin contemplaciones.

Sería mi fin. ¿Ahora entiende por qué era necesario que Nataniel Kirimi desapareciera de este mundo?

Terminada la confesión, Schreiber esperó la reacción del cura.

—Solo querría saber… —murmuró al cabo de un rato—. ¿Cree que puede absolverme?

—No lo sé, doctor. Hay demasiados muertos en esa historia suya…

—¿Qué muertos? Hablo de mi enfermedad, padre. Ese es mi pecado.

61.

No tengo elección:

o me quedo y no dejo de soñar,

o me voy y no dejo de recordar.

Diario de Hadrian Schreiber

—¿Cree que puede perdonarme? —volvió a preguntar, ansioso, Hadrian Schreiber.

El misionero permaneció callado, con la cabeza entre las manos, el torso inclinado sobre las rodillas. A una decena de metros esperaban, por un lado, la delegación alemana y, por el otro, Aluzi Msafiri y su acompañante.

Con la mirada suplicante, Hadrian Schreiber esperó a que el cura le dirigiera una palabra, ya fuera una reprimenda o, preferiblemente, una absolución.

Cualquier cosa menos aquel silencio largo y enigmático.

Cansado de esperar, el alemán se levantó y dio media vuelta para unirse a su comitiva, pero se detuvo al oír la voz del sacerdote:

—Quédese un día más, doctor Schreiber.

—No puedo —respondió el médico sin girarse—. Debo rendir cuentas a mis superiores.

—Mañana llega a Milepa una comitiva militar desde Porto Amelia —anunció el cura—. Si se queda, podrá hablar personalmente con los portugueses…

—No puedo, tengo deberes que cumplir.

—Vamos a negociar una absolución —susurró el cura.

—¿Negociar? —preguntó el médico.

—Lo absuelvo de sus pecados y, como prueba de esa absolución, prometo guardar silencio sobre lo que me ha contado. A cambio, usted les dirá a los portugueses que en Madziwa no ocurrió nada.

—No puedo creer que esté negociando conmigo…

El médico cerró los ojos, inspiró profundamente y gritó algo en alemán. El sacerdote se sobresaltó. Schreiber estaba dando órdenes para que la comitiva permaneciera en Milepa.

62.

Dios está envejeciendo y el mundo se muere.

Nos queda vivirlo todo y vivir deprisa.

Padre Sisnando Baião

La misma duda persiguió al alemán durante el resto del día: ¿cómo era posible que él, un protestante, hubiera accedido a confesarse ante un cura y, aún peor, ante un falso cura?

No lograba encontrar respuesta. Quizás solo necesitaba un oído que le resultara familiar.

Pero ahora, después del chantaje del sacerdote, todo le parecía distinto.

Quizás él, Hadrian Schreiber, tenía más razones para chantajear al sacerdote: los servicios secretos alemanes habían investigado el pasado de Sisnando Baião.

El médico llevaba consigo ese informe en ese viaje.

Pero ¿cómo consultarlo ahora, cuando los papeles se habían desteñido?

Una cosa era cierta: Sisnando no era un vicario.

Era un estafador. Sus pecados podían ser grandes, pero sin duda los de aquel mulato con sotana eran mucho peores.

Ese embaucador de los trópicos era el que debía arrodillarse y hacer penitencia ante el Creador.

Por mucha bondad infinita que tuviera Dios, no sería suficiente para absolverlo.

Las ofensas de ese mestizo exigían otro Dios.

Por eso el falso sacerdote estaba escribiendo una nueva Biblia, para inventar un nuevo Dios.

63.

Y él va balanceándose como un mástil

Sobre sus hombros se apoyan las esquinas

Va sin aves ni olas repentinas

Solo sombras nadan en su estela.

S OPHIA DE M ELLO B REYNER A NDRESEN

Un dicho ruso dice: el futuro es seguro, el pasado es imprevisible.

En el caso del médico alemán, ocurría lo contrario.

Sentía incertidumbre sobre lo que estaba por venir, pero no tenía duda alguna sobre el tiempo ya vivido.

Y su recuerdo de aquella fría mañana de mil novecientos cinco, cuando lo llamaron a la vasta plantación de algodón donde Bokero acababa de ser capturado, era claro.

Los policías lo saludaron: «Bienvenido, doctor».

Pero el alemán no estaba allí como médico.

Venía en calidad de mayor. Los insurgentes habían arrancado del suelo miles de plantas de algodón, las mismas plantas que los habían obligado a sembrar.

Tras desenterrarlas, esparcieron el algodón sobre la tierra.

La plantación se convirtió en un manto blanco que se perdía de vista.

Hadrian contempló aquel paisaje sin notar los cuerpos que yacían entre los arbustos.

Observó aquel inmenso lienzo blanco y murmuró, extasiado:

—¡Nieve! ¡Es nieve!

Se adentró en los campos arrastrando las botas, temeroso de hundirse en aquel suelo engañoso. Los soldados lo llamaron: «¡Doctor Schreiber!». Pero fue en vano. Había esperado tanto tiempo aquel invierno que no se percató de la sangre que teñía de rojo sus botas.

Finalmente, el mayor se serenó. Fue entonces cuando le trajeron al famoso Bokero, cabecilla de la rebelión de los Maji Maji.

Tenía las manos atadas, los brazos golpeados y el rostro cubierto de sangre.

Con los ojos cerrados, Schreiber ordenó que ahorcasen al jefe de los insurrectos en el más alto de los mbauas .

Los soldados podaron todas las ramas del árbol excepto la más alta.

De ese modo, el cadáver quedaría más expuesto. Y allí colgaron al insumiso Bokero.

Palabras de Aluzi Msafiri

Fue un error. En realidad, no fueron los alemanes quienes decidieron el ahorcamiento. Fue él, Bokero, quien se colgó solo, como quien se ajusta a un mástil. Lo sabía. Nadie muere en las ramas de un mbaua . La gente decía: «Han colgado un árbol en su cuello». Eso era lo que decían.

La última vez que lo vieron, años después de su muerte, Bokero caminaba sobre la arena mojada.

Sus pies eran como quillas de barco surcando la orilla.

Al instante siguiente, no había huella en la arena ni aves ni olas en el río.

La voz de Bokero aún flotaba como una nube eterna.

Y lo que resonaba en los valles era un mal presagio: «Han disparado sobre nuestros hermanos, y los que no cayeron fueron los que ya no tenían cuerpo.

La pólvora subió al cielo esparcida como polvo en la tormenta.

Y volverá a caer sobre la tierra tierra en forma de rayos y truenos».