El río de la ceguera Capítulo nueve. La piedra y la montaña
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Capítulo nueve. La piedra y la montaña

Capítulo nueve La piedra y la montaña

Una piedra estorba más que una montaña.

Proverbio macúa

Capítulo nueve

58.

Zitseko nthawi zonse zimatsekedwa moyipa. /

Ndi nthawi yokha yomwe imadziwa kutseka. /

Makiyi onse ndi abodza. /

Palibe kunja kapena mkati.

Las puertas siempre quedan mal cerradas. /

Solo el tiempo sabe cerrarlas. /

Todas las llaves son falsas. /

No hay fuera ni dentro.

Canción de Milepa

Nataniel despertó entusiasmado. En sueños se le había ocurrido una forma de salvar a su hermano entumecido.

Miró por la ventana del cobertizo. Reinaba la más absoluta oscuridad.

Antes de que el día amaneciera, el cipayo sacudió a Matías: «¿Nos largamos de aquí?

». Sosteniendo a su hermano tambaleante, empezó a imaginar una manera de forzar la puerta.

Solo entonces se dio cuenta de que no había cerradura, ni cadena, ni candado.

Nataniel guio a Matías por senderos oscuros hasta el claro donde se celebraban las ceremonias de iniciación de los muchachos. Ese era su plan. Quizás aquella visita al ndjando consiguiera devolverle la memoria a su hermano.

—Vamos a nacer juntos por segunda vez.

Al llegar a la explanada, deambularon por el descampado, pasaron junto a las cabañas vacías y se sentaron en el lugar donde se dibujan las grandes figuras mágicas.

—¿No quieres dibujar un cinyago , hermano? —le preguntó Nataniel—. Mira lo que he traído.

Y le enseñó al hermano una caja con harina. Con la ayuda de Nataniel, Matías sacó un puñado de utande del cesto. Pero enseguida lo dejó caer sobre la tierra. Nataniel le sostuvo la mano.

—Siéntate, Matías. Mientras dibujamos juntos, voy a recordarte la historia de nuestra iniciación.

Palabras de Nataniel Jalasi

Una noche de verano, diez años atrás, se encendieron las hogueras de Milepa para calentar los tambores: se preparaban las celebraciones del unyago .

Mi hermano Matías tenía doce años. Yo tenía siete.

Hasta ese momento, ninguno de los dos era una «persona».

No podíamos sentarnos con los adultos, no podíamos ver a los muertos, no estábamos autorizados a hablar con los dioses.

En la víspera del ritual, Matías parecía tranquilo y seguro, ansioso por que amaneciera.

Yo, en cambio, estaba aterrorizado. Antes de dormir, en ausencia de nuestro padre, nuestro vecino Chifuniro nos pasó utande por el pelo y la frente.

Recuerdo que, en ese mismo instante, bajé la cabeza y la harina cayó sobre la tierra roja.

El vecino sabía de mi miedo y me advirtió:

—No lo olvides: tu padre es un rastreador de esclavos fugitivos.

Con los ojos cerrados, Bomani sabe dónde están y va a buscarlos.

¿Y ahora tú, Nataniel, quieres escapar de convertirte en hombre?

Te voy a decir lo que va a pasar: tu padre, aunque esté muerto, te perseguirá.

Y te atrapará dondequiera que te escondas.

A la mañana siguiente nos llevaron al ndjando . Las mujeres se quedaron fuera del recinto. Miré hacia atrás y contuve el llanto. Matías sacudió la cabeza y me empujó hacia la cabaña que compartiríamos las siguientes noches.

El día de la circuncisión, mi hermano y yo llevábamos una tela enrollada al cuello que nos cubría el cuerpo hasta los pies.

«¿Por qué nos visten así? —pregunté—. Y por qué van todos vestidos de mujer?

». A Matías lo llamaron el primero. Avanzó sin dudar hacia la cabaña donde un ngaliba lo esperaba con un cuchillo en la mano.

Otro ayudante apareció por detrás para inmovilizarlo, pero mi hermano apartó los brazos de quienes intentaban sujetarlo.

—No hace falta —dijo—. No me voy a mover, no voy a llorar, no voy a gritar.

Cuando salió de la cabaña, juró que no había sentido nada. Solo yo vi las dos hendiduras que surcaban su rostro cubierto de harina.

Cuando llegó mi turno, lloraba tanto que la luz me llegaba como si estuviera bajo el agua. El maestro de ceremonias ordenó que me sentara de espaldas a un adulto que enseguida me sujetó la cabeza y los brazos. Lo último que vi fue el sol afilando el brillo del cuchillo.

Consumada la mutilación, el ngaliba proclamó con los ojos cerrados:

—Ahora ha quedado escrito en tu cuerpo: eres un hombre, eres hijo de los yao. Tu pueblo viene de una colina donde no crecen árboles. Esa colina no está en ningún lugar. Cuando nos acercamos, se disuelve ante nuestros ojos. Nosotros, los yao, somos los sembradores de sombras.

59.

Los pies del hijo son las huellas de la madre.

Proverbio de Madziwa

En las noches que siguieron a la circuncisión, los dos hermanos compartieron la misma cabaña.

Les habían rapado el pelo, como se hace con los que están de luto.

Al acostarse sobre la misma estera, los grandes ojos de Nataniel eran los de un condenado.

Varias veces, Matías sintió los dedos de su hermano rozando los suyos.

Nataniel quería dormirse de la mano. El hermano lo apartó y se fue a acostar en el suelo, lo más lejos posible de él.

Cuando las heridas cicatrizaron, el ritual terminó y los hermanos prendieron fuego a su cabaña. Les dieron una capulana y les ordenaron que se cubrieran con ella. Caminaron hasta la entrada de la explanada. El oficiante gritó, como si fueran soldados:

—¡Cabeza alta, espalda recta! ¡Demostrad lo hombres que sois!

A continuación, les dieron un bastón para que exhibieran su nuevo estatus. Nada más salir del campamento, sin que nadie lo viera, Nataniel rompió el cayado y alzó los dos pedazos como si fueran trofeos de guerra.

—¿Estás loco? —preguntó Matías—. ¿No sabes que la lipanga es sagrada?

Nataniel no pareció intimidado. Avanzó hacia los cinyago y pataleó en el suelo hasta desfigurar los dibujos.

Fue entonces cuando Matías lo agredió. La rabia que descargó sobre su hermano era mayor que el odio que sentía por sí mismo.

Y le pegó, le pegó, le pegó tanto que lo habría matado si no lo hubieran detenido.

El último día del unyago , llamaron a las madres para que reconocieran a sus hijos.

Los jóvenes se presentaron a la entrada del campamento cubiertos con una capulana de la cabeza a los pies.

Las madres se acercaron y se arrodillaron frente a ellos.

Solo podían identificarlos por los pies descalzos.

Algunas lloraban con ansiedad. Después, cada una de ellas se alejó con su hijo del brazo.

Solo Alile permaneció inmóvil, como si no reconociera los dedos largos y torcidos de Nataniel.

Tras un largo instante, la madre ordenó secamente:

—¡Vamos!

Nataniel preguntó por Matías.

—Ya se ha ido —respondió Alile—. El vecino Chifuniro se lo llevó.

De camino a casa, el pequeño Nataniel espiaba por la rendija de la tela que le cubría y que se entreabría con cada uno de sus pasos.

Hasta que, con un gesto brusco, Alile tiró de la capulana , que cayó a los pies del hijo.

Torpemente, él utilizó las manos para cubrirse.

La madre lo dejó así, desnudo, y tocó suavemente su cuerpo.

—Estas heridas, ¿te las ha hecho Matías?

En la penumbra de la casa, la madre finalmente abrazó a su hijo. Se quedaron así, en silencio, con los brazos entrelazados, los dedos siameses. Alile preguntó:

—¿Creías que no te había reconocido? —y susurró, con la boca pegada al oído del hijo—: Aunque la capulana rozara el suelo, habría sabido quién eras. Todos mis hijos, los vivos y los muertos, viven en mi cuerpo.

Alile parecía estarse preparando para todas las tareas que le habían estado prohibidas mientras duraba el unyago. A partir de ese momento, podía volver a lavarse el cuerpo, poner sal en la comida, soñar con un hombre.

—¿Puedo ir a ver a Matías? —preguntó Nataniel.

La madre se encogió de hombros. Y, en cuanto su hijo salió por la puerta, Alile pensó para sí misma: «Nataniel es el único que ha vuelto».

Esa era la razón por la que, al final de la ceremonia, tardó tanto en reconocerlo.

Quería prolongar aquel encuentro. Lo que ocurría en ese momento era un parto compartido: madre e hijo se estaban naciendo mutuamente.

60.

Asili jawukwile mbama.

El secreto fue revelado por las hormigas.

Proverbio yao

Todos esos recuerdos no aclararon el pensamiento de Matías. La visita a la explanada no reanimó en nada al hermano mayor. El ex- askari era ahora una expersona, incapaz de salir del letargo en el que había caído tras ser bautizado en una pila de agua y pólvora.

Se reinstalaron en el viejo cobertizo. Matías volvió a derramarse sobre la estera, y Nataniel fue a mirar por la ventana, atraído por los ruidos que llegaban del atrio de la iglesia: los alemanes se preparaban para regresar a la otra orilla del río Rovuma.

En solemne procesión, la delegación empezó a desvanecerse entre la espesa niebla, con los caballos resoplando como si ya partieran agotados.

Nataniel salió del cobertizo y se ocultó tras un matorral.

Desde allí, vio al médico interrumpir la marcha, descender de su montura y acercarse a Sisnando Baião.

—Quiero hablar con usted, padre, pero en privado. Sugiero que sea en su iglesia…

—Mi iglesia es todo esto —dijo el sacerdote, señalando el paisaje a su alrededor—. Sentémonos en aquella sombra. ¿Quiere confesar un pecado, doctor?

—Soy protestante.

—Usted ya sabe cómo es esto: cada uno se perdona a sí mismo.

En cuanto tomó asiento, el alemán permaneció callado, afilándose el bigote.

A lo lejos, se oían los primeros sonidos de las tareas matutinas: mujeres cantando mientras acarreaban agua, un hacha golpeando un tronco, niños simplemente siendo niños.

Al cabo de un rato, el alemán decidió hablar.

Al principio, sus palabras se enredaban.

Y no era el dominio del suajili lo que lo confundía.

—Ese asalto se llevó a cabo para que no hubiera supervivientes. Y eso fue lo que ocurrió, murieron todos.

—Yo no estaría tan seguro, doctor.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Siempre hay supervivientes —replicó el padre.

Schreiber acercó la silla al sacerdote.

—En Madziwa maté a un joven…