El río de la ceguera Capítulo ocho. El abrazo del puercoespín #3
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Capítulo ocho. El abrazo del puercoespín #3

El alemán buscó una señal de aprobación en los ojos del cura. Sisnando asintió con una leve inclinación de la cabeza. La mujer abrió el sobre lentamente y levantó la hoja de papel hacia la luna. Observó el manuscrito durante un largo rato. Instantes después, lo agitó como si le sacudiera el polvo.

—Yo he estudiado, doctor. Un papel solo es una carta si tiene algo escrito.

El médico se secó las manos en las mangas del uniforme antes de sujetar el papel con la punta de los dedos.

Echó un vistazo al manuscrito y frunció el ceño.

El documento era ilegible, el sello imperial estaba desteñido, las letras desdibujadas, la tinta corrida.

Luego, en alemán, ordenó a los soldados que revisaran el estado de los documentos que llevaban en las alforjas de los caballos.

De una caja de madera sacaron mapas y manuscritos.

Todos eran ininteligibles. «Se han empapado al cruzar el río», se disculpó un militar.

Hadrian Schreiber miró a su alrededor y sintió que le costaba mover la cabeza. En ese momento, le vino a la memoria la leyenda de los bosques oscuros de Alemania, donde los malditos acababan convertidos en piedra.

56.

Ka namwana a khapa; mapele ari mmirimani.

A pesar de ser aún una niña, ya tengo marido: soy como el galápago, cuyos pechos se ocultan en su propio caparazón.

Proverbio macúa

Las hogueras y las bailarinas comparten el mismo destino fugaz: hoy fuego, mañana ceniza.

En el atrio de la iglesia, junto al fuego, Aluzi Msafiri giraba al son de las palmas de su acompañante.

La profetisa balanceó las caderas a escasos centímetros de la nariz del médico.

Finalmente, ante la indiferencia del alemán, se dejó caer en una silla.

—Ha sido una pena, doctor. Una gran pena que no hayamos bailado. —Y se subió la falda para secarse el sudor de la cara—. Sé bailar como los europeos: pegados y con los brazos entrelazados —remató, sonriendo—. Ustedes bailan en pareja. Nosotros bailamos con el mundo entero.

El médico movió la cabeza y se levantó con dificultad, apoyando la mano en la silla. Luego intentó dar un paso hacia la habitación que le habían destinado. La profetisa lo agarró del codo y lo obligó a volver a ocupar el asiento.

—He visto cómo me miraba, doctor. No sé en qué lengua hablan sus ojos, pero he entendido más de lo que cree.

Palabras de Aluzi Msafiri

El doctor sabía de cuerpos, pero no sabía de vidas.

Le expliqué lo que significa ser mujer en mi mundo: cuando somos niñas, todos tienen prisa por hacernos adultas.

Cuando somos adultas, no nos dejan ser personas.

Eso fue lo que me ocurrió a mí. Apenas me despuntaron los pechos, me llevaron al n’sondo , donde las muchachas empiezan a hacerse mayores.

Durante las ceremonias, me llegaron las primeras sangres.

Meses después, nuestra aldea recibió la visita del poderoso rey, el gran Mataka.

Sin pedir permiso, ese rey se sentó en un asiento que correspondía a nuestro tío materno y pidió que le sirviéramos una bebida.

Llevaba hojas escondidas en la boca. Al final del primer trago, las escupió discretamente dentro del vaso.

Cuando alzó la copa, todos supimos que nos acusaba de envenenamiento.

En un abrir y cerrar de ojos, nuestra aldea fue masacrada y los jóvenes fueron raptados.

La víspera de su muerte, mi tío me llamó para decirme: «Mataka nos ha robado la tierra.

No queda nadie más que tú para guardar nuestro nombre». Entonces pregunté:

—¿Qué quiere que haga? ¿Que organice un ataque contra nuestros enemigos?

—No quiero que organices nada. Al contrario. Quiero que desorganices el ejército de Mataka. Así es como se ganan las guerras: haciendo que el enemigo se ataque a sí mismo.

Al día siguiente, la venganza se puso en marcha.

Me hice pasar por prisionera. Me convertí en esclava de la esposa de Mataka, la reina Ce-Mbemba.

En la corte, me gané la confianza de la abibi y la amistad de la nganga wakazi .

Con la primera, aprendí el arte de gobernar.

Con la segunda, aprendí poderes invisibles.

Juntas, ella y yo purificábamos las almas de quienes partían a combatir y curábamos a los que regresaban.

Bendecíamos a los esclavos y a los traficantes de esclavos.

Y, sobre todo, preparábamos las bebidas sagradas para que los visitantes olvidaran su viaje.

Ese remedio del olvido era la más poderosa de mis recetas.

Un día, la reina me llamó y me dijo: «Ya no te queremos más aquí».

«¿No le gusto?», pregunté, llorando. La reina respondió: «Es al revés.

Te expulso para salvarte. Te alejo de la envidia de los demás y de mis propios celos».

Me enviaron a Angoche para estudiar en la escuela de las niñas blancas.

Fue en Angoche donde conocí al padre Sisnando Baião.

Fue en Angoche donde me encontré con Alile, la madre de Matías y de Nataniel.

Hadrian Schreiber caminaba con pasos confundidos: «Ya no me acuerdo de adónde iba», confesó, inquieto.

«Iba a su tienda», murmuró dulcemente Aluzi.

«Ah, sí, a mi tienda. Pero tampoco recuerdo cuál es».

«Justo la que tiene detrás, doctor». El médico se pasó la mano por la frente, miró las estrellas como si buscara un camino.

Schreiber, lleno de fama y de ciencia, no sabía que aquellos mareos eran solo el inicio. En cuanto salieran de Milepa, tanto él como sus tropas olvidarían quiénes eran y de dónde venían. La profetisa se acercó al doctor para guiarlo hasta sus aposentos:

—No se ponga triste, doctor. Olvidar es bueno. Dicen que es la manera más dulce de morir.

57.

Vita haina macho.

La guerra no tiene ojos.

Proverbio yao

El médico Hadrian Schreiber no necesitó salir de Milepa para olvidarse de sí mismo y del mundo.

Cayó de bruces en cuanto entró en la tienda, sudando aguardiente por los poros.

Por poco no se desploma sobre la hoguera.

Los campesinos desfilaban en procesión ante su cuerpo caído.

Lo miraban, negaban con la cabeza y seguían su camino.

Solo se quedaron junto a él la vidente Aluzi, el padre Sisnando Baião y los dos soldados blancos que lo acompañaban.

En un momento dado, el médico fue acometido por una especie de convulsiones.

«Está soñando», dijo el cura. «No, no es un sueño, está llorando —corrigió Aluzi—.

Llora en su lengua». Apartaron al médico de la hoguera.

Cuando lo arrastraron, entreabrió los ojos, dos pequeñas rendijas azules en su piel tiznada.

A través de esa estrecha fisura, el médico vio al difunto Bokero inclinándose sobre él.

Era el mismo hombre negro, alto y delgado al que había mandado ahorcar en el tamarindo.

—No quiero más balas en nuestra tierra —sentenció Bokero.

El viejo rebelde mantenía una colilla encendida entre los labios.

Era como si estuviera masticando un pedazo del infierno.

Escupió aparatosamente esa pasta de saliva y tabaco.

Tosió antes de hablar, y todo lo que decía era en alemán.

Schreiber se quejó de que se moría de sed.

Sintió los dedos del anciano negro levantándole la cabeza.

La taza tembló, y la mayor parte del brebaje le resbaló por la barbilla.

El médico parpadeó y, entre la neblina, el rostro de Bokero se confundió con las facciones de Aluzi.

Poco a poco, Hadrian se hundió en la oscuridad.

Entonces, la vidente hizo con él lo que las esposas de Milepa hacen con sus maridos moribundos: le sostuvo la cabeza en la cadera, como si le ofreciera su último regazo.

—Que nadie lo mire ahora —ordenó Aluzi—. El doctor tardará un tiempo en regresar. Que nadie toque su cuerpo. Como decimos en Milepa, este hombre se ha comido el corazón de una tortuga.

—¿Vas a matarlo? —preguntó el cura.

—No hace falta. Cuando llegó a Milepa, ya no tenía vida.