El río de la ceguera Capítulo catorce. La caligrafía de los dioses #4
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Capítulo catorce. La caligrafía de los dioses #4

—Yo os diré lo que tenéis que hacer. Antes y después del palacio.

Palabras de Sisnando Baião

Ahora es mi turno de confesarme. No soy, nunca he sido, cura.

Provengo de un grupo de cincuenta colonos abandonados en una playa de Pemba.

Soy hijo de uno de esos portugueses y de una madre negra que murió poco después de mi nacimiento.

Mi nombre de pila es Elias Sarmento. De niño me cansé de los malos tratos.

En la colonia de Pemba, la regla era simple: negros y blancos eran las razas creadas por Dios.

Los mestizos éramos una intromisión humana en la obra divina.

Yo era una criatura impura y no había forma de salvarme.

El día en que decidí huir, encontré en una cabaña abandonada las pertenencias de un cura y una carta dirigida al difunto Sisnando Bayão, dueño de tierras en Zambezia.

Escapé por el monte con la túnica puesta, el crucifijo al cuello y el cordón atado a la cintura.

Pronto me di cuenta de que, vestido así, por dondequiera que pasaba, todos me respetaban.

Como cura, el recién creado Sisnando Baião dejaba de tener raza.

Blancos y negros se arrodillaban a mi paso.

El antiguo Elias Sarmento fue quedando enterrado dentro de Sisnando Baião y acabó más sepultado que el caballo del alemán.

En Milepa, el verdadero cura era Aluzi Msafiri.

Conmigo a su lado, la gente la respetaba aún más.

Decían: si esa mujer negra ha logrado someter a un mulato con barba, es porque tiene grandes poderes.

No soy vidente como Aluzi. No sé qué será de mí.

Si me llevan preso, quiero que sepan que en Milepa la adoración de Cristo no le debe nada a la Biblia.

Son las historias que Jesús contó las que dan vida a la iglesia de nuestra aldea.

Son sus parábolas y sus milagros los que la gente repite como si fueran sueños que los visitaron.

Quizás yo no posea los poderes de Cristo, pero en Milepa hay más historias que en Galilea.

92.

La mentira no tiene dueño.

La mentira es la que quiere adueñarse de nosotros .

Fragmento de la Biblia de Sisnando

A la mañana siguiente, Chifuniro se despertó temprano. El cura dormía. Las dos mujeres también. Quienes sí que se habían marchado eran el médico, el capitán y los dos hermanos. El carretero buscó por los alrededores. Ni la más mínima señal. Hasta que un muchacho del poblado le avisó:

—Los cuatro hombres se han ido temprano por la mañana. Han ido al río —dijo el chico.

—Enséñame hacia dónde se han dirigido —pidió el carretero.

—Tengo miedo —respondió el muchacho. Y añadió, con voz temblorosa—: Es que nunca he visto algo así: los negros llevaban a los blancos atados.

Chifuniro siguió el sendero con un mal presentimiento. En la orilla del Rovuma estaban Matías y Nataniel.

—¿Dónde están los militares blancos? —preguntó el carretero.

—Los hemos metido en una canoa. —Y había un brillo extraño en la mirada de los hermanos.

—¿En una canoa? Mentira, nosotros no hacemos canoas. Usamos piraguas de corteza de árbol…

—En una de esas likungwas es donde los metimos.

—Esas piraguas solo sirven para atravesar el río de una orilla a otra…

—¿Quién ha hablado de orillas? Se han ido río abajo.

—Con esta corriente no llegarán lejos.

—Esa es la idea.

Chifuniro se sentó y se cubrió la cara con las manos, como si le faltara la visión.

—¿Qué habéis hecho, hijos míos?

—¿Ya se ha olvidado de la sangre de Tadala? —le preguntó Nataniel—. ¿Ya se ha olvidado de su hijo Tadala? ¿O cree que solo basta con limpiar los ríos?

—¿Y qué vamos a decirles a los demás? —balbuceó angustiado el carretero.

—Diremos que se fueron por su propia voluntad. Que subieron a una embarcación y que regresaron al lugar del que habían venido.

93.

Erimu ya athi eri mahi a mmolokoni.

El cielo de la tierra es el agua de los ríos.

Proverbio yao

Aluzi convocó a sus compañeros de viaje para anunciar el regreso a Milepa. Después de Milepa, irían todos hasta Isla de Mozambique. Les pidió que se tomaran de las manos y formaran un círculo. Luego la profetisa habló en yao. A petición suya, Nataniel tradujo al portugués.

—Esta noche, todos hemos tenido el mismo sueño.

Dios nos ha visitado. Y todos hemos oído lo que dijo, porque habló en las lenguas de todos.

Dios nos dijo que quería volver. Quería regresar antes de que estallara la guerra.

Pero no quería aparecer en forma humana.

Quería volver como algo sin forma. Quería regresar como agua.

La Biblia dice que todos los ríos nacen en el paraíso.

Por eso, hermanos, caminemos como si fuéramos todos los ríos.

Lavamos los ríos, esparcimos las cenizas, desatamos las nubes.

Ahora ya podemos partir de aquí hacia el palacio del gobernador.

Fueron sus últimas palabras. Y después se marcharon. Aluzi pidió que Nataniel y Matías se situaran juntos al frente de la comitiva.

A lo lejos se oía el murmullo de los ríos. Y no era un rumor de agua. Era el crepitar del fuego.