Capítulo siete. Donde duermen las tormentas #4
Los hijos de Alile se iniciaron en las ceremonias del unyago.
Después de aquello, transcurrieron años de viudez, y ese tiempo se convirtió en la única eternidad que Alile llegó a conocer.
Entretanto, Nataniel terminó la escuela.
Matías se hizo hombre. Seguía viviendo en casa de Chifuniro, pero sus pies ya no cabían en la tie rra de Milepa.
Una noche fue a visitar su antigua casa:
—Voy a cruzar el río, madre.
—¿Vas a la costa?
—¿Para que me lleven como esclavo? —preguntó Matías.
—Aquí dentro serás un esclavo igual. —Levantó la mano como si estuviera divisando el océano—. Todos lloran a los que se llevan, nadie derrama una lágrima por los que se quedan.
Siguió un largo silencio. Permanecer callada puede ser la forma más dolorosa de sufrir.
—Los alemanes están reclutando jóvenes —dijo Matías.
—¿Vas a ser soldado de los madjerumanos ?
—Matías se encogió de hombros. La madre posó los dedos sobre la frente del muchacho.
El gesto era demasiado tenso para ser una caricia—.
¿Qué pasa, Matías? Hablas mal de los blancos y maltratas a los de tu raza.
Dime entonces, ¿al final… ya has dejado de querer ser un mwana gwa Bokero ?
—Siempre he sido uno de los Hijos de Bokero. Antes de partir, me gustaría saber una cosa: ¿va a llorar por mí, madre?
—Alile es mi nombre. El llanto me acompaña desde que nací.
Palabras de Alile Kirimi
Recuerdo que, en aquel momento, despeiné el pelo de Matías con la esperanza de que las ideas pudieran arrancarse como la mala hierba.
«Olvídalo, hijo mío: tú inventaste a ese Bokero como si fuera tu padre.
Esa persona no existe. Ni él ni los suyos.
Mira lo que sucedió después de la muerte de Bokero: muchos de los jefes de la rebelión acabaron convertidos en ladrones de ganado.
Al principio, eran libertadores, pero terminaron siendo bandidos.
O, aún peor: se metieron a trabajar como agentes de la policía alemana.
La verdad es simple, hijo mío: muchos de los jefes de la revuelta no luchaban contra los alemanes. Solo querían ocupar su lugar».
Mis manos se soltaron unos breves segundos. Y fue Matías quien me las trajo de vuelta, entrelazando los dedos como si temiera que yo echara a volar.
—¿Y usted, madre, seguirá aquí, en la aldea?
—Me voy con tu hermano al pueblo, iremos a la Compañía de Niassa, allí voy a pedir que le den trabajo como cipayo.
Si lo aceptan, no volveré. Buscaré a Chiwa y me quedaré a vivir con ella.
Nuestro principal oficio será odiar a tu padre.
Dicen que maldecir a un marido rejuvenece.
Quién sabe si acabaré volviéndome más joven que Chiwa.
Matías sonrió con tristeza:
—Mañana temprano cruzaré el río.
—Espera, no te vayas así sin más. —Y enseguida me dirigí al palomar y extendí los brazos para alcanzar el bebedero de las palomas. Del cántaro saqué una botella. La sostuve como si fuera un trofeo.
—No solo las palomas vienen aquí a beber.
Aquella noche, Matías y yo tomamos nkologo . Y seguimos bebiendo, como se dice en Milepa, hasta que el suelo dejó de estar tumbado.
—Antes de que te vayas —le dije—, pasaremos por casa de Aluzi para que te unte el cuerpo con los aceites sagrados.
—Pero yo no voy a la guerra, madre.
—Nadie va a la guerra. Sin darnos cuenta, estamos dentro de ella—. Estas fueron las últimas palabras que dirigí a mi hijo Matías.
46.
La tortuga llega al pie de la montaña y anuncia: aquí acaba el mundo.
Proverbio yao
En el cobertizo del padre Sisnando, Matías Kirimi no recordaba quién era su madre y menos aún lo que había ocurrido el día anterior, cuando el cura lo sumergió en un barril lleno de agua de pólvora.
—¿No sería mejor rezar por él? —preguntó Nataniel.
Y el sacerdote respondió con desdén:
—Dejémoslo como está. Mañana llegarán los alemanes, nos conviene que tu hermano siga así, todo atontado.
El cura se sentó de espaldas a Matías y le pidió a Nataniel que volviera a hablarle sobre lo que había visto antes de empezar el asalto a Madziwa.
—No me acuerdo, padre.
—Sí te acuerdas, sí —insistió Sisnando—. Dijiste que habías visto algo extraño.
Nataniel lo pensó antes de hablar. Finalmente, cedió.
Lo que había sucedido era lo siguiente: la canoa de los alemanes acababa de salir de la otra orilla, y el médico alemán hizo repetidas señas a un militar blanco que se quedó al otro lado del río.
Nataniel conocía a aquel hombre, se habían cruzado durante las consultas que tuvo con Schreiber.
Era un mayor y se llamaba Otto Lorenz. Los dos alemanes discutían con frecuencia.
Y eso era todo lo que Nataniel podía decir.
Sisnando asintió con la cabeza, acariciándose la larga barba. No era un asunto nuevo para él. Era conocedor de las divergencias entre las autoridades del África Oriental Alemana: por un lado, el gobierno civil, más moderado; por el otro, el mando militar, más radical.
—¿Otto Lorenz? —murmuró el sacerdote—. No lo olvidaré.
El cura se retiró. Nataniel rezó en voz baja por su hermano, que seguía inmóvil, atrapado en su estado de ausencia.
Y parecía que Matías nunca más volvería en sí.
En las tierras de Milepa hay un proverbio: «La tortuga llega al pie de la montaña y anuncia: aquí acaba el mundo».
Nataniel sintió que había llegado al pie de una montaña. Y aquel era el fin de su mundo.