Capítulo siete. Donde duermen las tormentas #3
Aquel cobertizo me trajo a la memoria la muerte de mi hermano gemelo.
Durante todo el tiempo del luto, Matías y yo permanecimos encerrados en una cabaña apartada, solos, con la prohibición de llorar, vedados de ver la luz del día.
Aquel aislamiento tenía una razón: los vazimu no podían saber que un gemelo había sobrevivido.
Aquellos días, lloré sin cesar. Matías no derramó una sola lágrima.
Pasaba junto a mí rozándome con los hombros para demostrar que su pecho estaba hecho de piedra.
A veces me empujaba con el cuerpo, otras, con el silencio.
Toda aquella rabia tenía un nombre: celos.
Yo era el elegido de las dos madres. Me habían escogido para salir de la aldea y seguir el camino de los blancos.
Matías estaba condenado a seguir envejeciendo en Milepa y a ser wacipiliwo , un eterno indígena.
Mi hermano mayor auguraba el peor de los destinos: nunca serás un muzungo .
Serás su esclavo. Peor aún: un esclavo que se ofrece ya con las cuerdas en las muñecas.
Mil veces me advirtió: estás muy equivocado, Nataniel.
No irás a ninguna parte, no serás nunca nadie.
La verdad, decía Matías, es que ellos, los vazungo , no creen que estemos equivocados.
Creen que somos un error. No piensan que seamos personas inferiores. Están seguros de que no somos personas.
44.
El suicida deja su muerte como herencia.
Proverbio de Milepa
En los días que siguieron a la muerte del gemelo, Alile no quiso salir de casa.
Guardó en secreto la muerte del niño y la huida de Chiwa.
Una tarde, el vecino Chifuniro Winifome apareció en el patio de los Kirimi y dio varias palmadas con las manos curvadas.
Pedía permiso para que él mismo, sus mujeres y los demás vecinos entrasen en el patio.
Matías y Nataniel recibieron las visitas y pidieron que esperasen.
Trajeron una silla para Chifuniro. Los demás se sentaron en esteras en el suelo.
Hasta que Alile Msafiri emergió por la puerta y dio la noticia sin pronunciar una sola palabra.
Tan solo levantó una gallina por las patas.
—¿Quién ha sido? —preguntó Chifuniro.
Alile no dijo el nombre. Apuntó con el mentón hacia Matías y tocó el suelo con el brazo abatido y los dedos arqueados en forma de concha.
De inmediato, se oyeron los llantos de las plañideras.
Una de ellas giró en torno a los recién llegados y se retorció como si estuviese naciendo de la tierra, golpeándose el pecho con los puños y la cabeza contra el suelo.
Matías sintió un irrefrenable impulso de llorar.
Cuando las plañideras se cansaron, hicieron una reverencia y se retiraron sin dar nunca la espalda. Solo quedaron Alile y el vecino Chifuniro, que se mantuvo con las manos apoyadas sobre las rodillas durante toda la conversación. Al cabo de un rato, el hombre dijo:
—Me llevaré conmigo a tu hijo mayor.
—¿Te llevarás a Matías? —preguntó Alile.
—Tu marido ya me había ofrecido al muchacho. Pero dicen que no podemos empeñar a los hijos, que eso también es esclavitud.
Alile ya conocía la situación: el joven Matías había servido de garantía para un préstamo que Bomani había contraído.
—Hace días, cuando vine a cobrar la deuda, ¿sabes qué me dijo tu marido? Me dijo exactamente estas palabras: que atase al mono con su propia cola.
—¿Mi marido se ofreció como tu esclavo? Pues llévatelo, vecino. Llévatelo hoy mismo.
—No puedo —se lamentó Chifuniro, y abriendo los brazos con las palmas hacia arriba añadió—: No he venido aquí solo a recibir una noticia.
También he venido a informar de una triste novedad.
—Se apoyó la mano derecha en la nuca antes de continuar—: El compadre Bomani se mató anoche, ha aparecido esta madrugada flotando en el río.
—El vecino dobló el cuerpo sobre las rodillas, como si le pesaran las palabras.
La mujer no se inmutó, ni una sola arruga ensombreció su rostro.
—Es bueno que mi marido haya muerto —declaró Alile—. Así me ha ahorrado el trabajo de tener que acabar con él. No me mires así, vecino. Ya lo sabes: ese hombre mató a uno de los gemelos. Y habría acabado haciendo lo mismo con Nataniel.
—Vecina Alile, escúchame con muchísima atención —suplicó Chifuniro Winifome—.
Bomani ya ha pagado por sus errores. Lo encontré por la mañana muy temprano parado a la orilla del río.
Sus ojos parecían haberse ido con la corriente, su voz salía del fondo del pecho cuando se lamentó: «No tengo fuerzas para morir, no tengo ganas de vivir».
«¿De verdad quieres morir?» —le pregunté—.
«Lo haré solo —me respondió. Y acto seguido me preguntó—: ¿Acaso nací con ayuda de alguien? ».
Chifuniro levantó la cabeza y encaró largamente a Alile antes de declarar:
—El compadre Bomani no ha muerto ahogado. Ya estaba muerto antes. Y fuiste tú quien lo mató, vecina Alile.
—Yo no he hecho nada. Lo juro.
—¿No fuiste tú quien ordenó a Chiwa que se fuera? —inquirió Chifuniro.
Ese era el plan tramado por las esposas: al huir de casa, Chiwa condenaba a Bomani a una pena de muerte. En Milepa, un hombre no sobrevive a la vergüenza de ser abandonado por su esposa.
—Todo estaba planeado entre vosotras dos. —Suspiró largamente, como si hubiera guardado ese aliento durante siglos, y concluyó—: Vosotras, las mujeres, nacisteis todas conspirando…
El vecino se levantó y fue parco en palabras:
—Solo debemos temer a los que no regresan, ¿no es eso lo que se dice, vecina?
Aquella era su forma de despedirse. Se alejó con pasos lentos, como si temiera tropezar con su propia sombra. Alile corrió a cerrarle el paso e hizo lo que una viuda tiene prohibido: lo tocó en el brazo. Con la mano apretándole el codo, le imploró:
—Llévate a mi hijo Matías contigo.
—No es necesario —la tranquilizó Chifuniro—. Ya no hay ninguna deuda.
—Por favor, vecino. Te pido este grandísimo favor. Quiero quedarme sola con Nataniel.
El vecino miró el cielo, como si espiara la llegada de la lluvia. Cerró los ojos y comentó:
—Matías puede quedarse conmigo, pero solo después de que haga el unyago . Se iniciarán juntos él y mi hijo Tadala. Y tu hijo Nataniel irá en el mismo grupo. Será así, vecina. Y no hay más que hablar.
Palabras de Alile Kirimi
Todos nos acusan a Chiwa y a mí de haber matado a nuestro marido. La única cosa que hicimos fue dejarlo solo. Quien muere por quedarse solo es que ya estaba medio muerto. Bomani murió ahogado. No fuimos nosotras quienes lo arrojamos al río. Nosotras solo lo empujamos hacia sí mismo.
45.
Chete n’kunena.
Quien calla, también habla.
Proverbio yao