Capítulo siete. Donde duermen las tormentas #2
Cuando el revoltijo empezó a rebosar, el sacerdo te hundió con fuerza la cabeza de Matías en el tonel y lo mantuvo sumergido hasta que dejó de patalear.
Entonces, Nataniel acudió a voz en grito y se abalanzó sobre el tambor, derribando al cura y al hermano.
Matías quedó tendido en el suelo, un hilo de agua turbia escurría por su barbilla.
Cuando finalmente abrió los ojos, el cura le preguntó: «¿Cómo te llamas?
». No hubo respuesta. Sisnando volvió a preguntar, señalando a Nataniel: «¿Sabes quién es este?
». En los ojos de Matías persistía la misma mirada perdida de los ahogados.
Ante el estado calamitoso de su hermano, Nataniel rompió a llorar:
—¿Qué le ha hecho, padre?
—No llores, hijo mío. Acabo de bautizar a tu hermano.
¿Acaso no era eso lo que se hacía con los recién nacidos? Eso fue lo que preguntó el sacerdote. ¿No les borraban los recuerdos de un pecado original? El cura acababa de limpiar la memoria de Matías y, según aseguró, de ahora en adelante, el muchacho viviría mucho más ligero y feliz.
—¿Y sabes por qué? —inquirió Sisnando—. Porque tu hermanito va a olvidar que está vivo. No hay Bokero, no hay Madziwa, no hay Bomani ni un mal rayo que los parta.
Con su hermano mayor a cuestas, Nataniel avanzó con pasos vacilantes hacia el cobertizo. Por el camino pensó: llevo conmigo el mismo fantasma que he cargado toda la vida.
41.
Mathuwa naphweya nimosaru, khanvara muteko.
La hoguera necesita tres piedras. Si quiebras una, las otras dos dejan de servir.
Proverbio macúa-xirima
Ese fantasma se llamaba Bomani. Y era un fantasma cargado de pecados.
Había abandonado a su mujer cuando aún estaba embarazada de su hijo Matías.
Regresó tiempo después como si nunca se hubiera ido.
No venía a visitar a su hijo Matías o a su esposa Alile.
Traía consigo a una muchacha que no tendría más de catorce años.
Se llamaba Chiwa. Delante de toda la aldea, Bomani empujó a la joven hacia Alile:
—Esta es mi nueva esposa. Cuídala, mujer, enséñale todo lo que sabes. La muchacha es muda y debe seguir callada toda la vida.
El tiempo fue deslizándose lentamente. Hasta que, cierto día, ya borracho, el hombre se enfureció con Alile porque no le había calentado el agua del baño.
La amenazó a gritos y, como ella no reaccionaba, alzó el palo del mortero para golpearla.
Desesperada, la joven Chiwa levantó los brazos y lanzó un grito.
Era la primera vez que tenía voz, pero lo que salió de su garganta fue un bramido de bestia.
Luego, ya de pie, volvió a gritar. Esta vez, todos la entendieron.
—Ali ndi pakati!
Avisaba de que Alile estaba embarazada. Fue la primera y única vez que se oyó su voz. Demasiado tarde. Bomani ya había consumado la agresión. Las dos se enfrentaron al marido. Y no había frontera entre los cuerpos de las mujeres: como si el embarazo de una sucediera en el vientre de la otra.
Pocos meses después, nacieron dos gemelos.
A uno lo llamaron Nataniel. Al otro le dieron un nombre que nunca podrá ser recordado.
Las madres los nombraban indistintamente ana athu , nuestros muchachos.
Los criaron de esa manera, como si ambos fueran una sola persona.
Del mismo modo que ellas, las madres, compartían una misma identidad.
Eran la madre grande y la madre pequeña.
No eran parientes de sangre, pero tenían vidas gemelas.
Palabras de Nataniel Jalasi
Los recuerdos de nuestra infancia son heridas sin cura.
Recuerdo que, en la puerta de nuestra casa, había un árbol frondoso.
En vez de atar telas blancas en el tronco, nuestro padre colgó su vieja kambula , un fusil que él mismo había fabricado.
Llenaba el cañón de pólvora y después le acercaba un trozo de carbón al rojo vivo.
En ese instante, parecía que todo el infierno venía a devorarle las manos: el estruendo, el fuego, el olor del fin del mundo.
Enloquecido, nuestro viejo padre giraba sobre sí mismo, cantando: Agombe uti musi pano, panunje uwonga .
Cantaba y bailaba sobre un suelo cada vez más torcido: «…
que el olor de la pólvora se esparza lejos de nuestra aldea… ».
¿No te acuerdas, Matías? Eso hacía nuestro padre siempre que llegaban las caravanas del mar, cargadas de cuentas de colores, telas, pólvora y armas.
Con aquella representación, nuestro viejo quería mostrar que, en esa aldea, vivían hombres con zapatos, gente cuyo caminar hacía tintinear las libras que llevaban encima.
Intenté recordar todo en voz alta para despejar la bruma que empañaba los ojos de mi hermano.
Insistí durante un rato, pero luego desistí.
Hacen falta dos para que exista un silencio compartido.
En ese instante, solo yo seguía siendo persona.
Recordé lo que se decía cuando éramos niños: que un río solo es eterno porque se alimenta de otras aguas.
Cuando corren solos, los ríos se debilitan.
Una neblina se posa sobre ellos como un humo espeso. Y nunca más levantan el vuelo.
42.
Lusulo lwangali mesi, ngasimgona.
El río va sin agua: ¿cómo puedes dormir?
Proverbio yao
A los nueve años, Matías tenía la infancia de todos los niños de Milepa: repartida entre el pastoreo de cabras y las pequeñas tareas del hogar.
Una mañana regresaba del río con su hermano pequeño en los brazos, ese que compartió barriga con Nataniel.
Al cruzar la empalizada del patio de la casa, Matías oyó un disparo y sintió que el peso de su hermano se suspendía en su brazo. Ese peso era mayor que el mundo.
En el instante del disparo, Matías no sintió los fragmentos de plomo que se clavaban en sus piernas y brazos.
Entre llantos y amenazas, su padre explicó que no había reconocido a su propio hijo por el uniforme que vestía el mayor.
Matías había conseguido aquellas ropas de un cipayo a cambio de una gallina robada en casa.
Gritando, Bomani golpeó primero a Alile.
Luego arremetió contra Chiwa. «¡Es culpa vuestra!
», vociferaba. «¡Vosotras debíais cuidar de ese niño!
». Matías y Nataniel vieron a la madre-grande caer al suelo como si ya estuviera muerta, con los brazos y piernas agitándose al ritmo de las patadas del marido.
«¡Vosotras, tú y Chiwa, sois las culpables!
Si Matías ya hubiese pasado por el unyago , nada de esto habría ocurrido», acusó Bomani a sus esposas sin dejar de agredirlas.
Hasta que Nataniel puso fin a la paliza abrazándose, entre sollozos, a las piernas de su padre.
La madre-grande se incorporó con esfuerzo y se arrastró para abrazar a la madre-pequeña.
Luego, aún sangrando, cogió dos calabazas de igual forma y tamaño, rompió una y le entregó la otra a Chiwa.
—¡Vete al monte! Llévate a Nataniel. Luego iré a vuestro encuentro junto con el hijo que hemos perdido.
Chiwa envolvió a Nataniel en una capulana y se lo cargó a la espalda. La intención era clara: debían alejar al niño de la aldea. La muerte no podía encontrar al gemelo superviviente. La muerte reclamaría ese otro cuerpo.
Al final de la tarde, Alile se unió a Chiwa y las dos mujeres enterraron al pequeño en la orilla del río, donde la tierra es agua y el agua es tierra.
Acabada la ceremonia, Chiwa hizo un fardo con sus pocas pertenencias y se despidió.
Era de noche y la aldea ya se había desdibujado.
La madre-pequeña entró en la cabaña donde dormían Matías y Nataniel y rozó, sin llegar nunca a tocarlos, el hombro de cada uno.
En ese instante, la mano de Chiwa era la de una mujer ciega.
Por último, abrazó a la madre-grande. Y así estrechadas en un solo cuerpo, Alile murmuró:
—Ahora vete, hermana mía.
—¿Estamos haciendo lo correcto?
—Para nosotras, hermana, ya no existe lo incorrecto.
43.
Nilielekeza kwenye nyota na hamkuona ila kidole changu.
Señalé las estrellas y tú no viste más que mi dedo.
Proverbio suajili
Después de tantos años, Matías y Nataniel volvían a compartir la penumbra de una choza. Y despertaron juntos con la entrada torpe y ruidosa del cura en el cobertizo. Les traía un plato de harina y un curri de pescado seco.
—Me da pena verlo así —dijo el sacerdote—. Fue Alusi quien me pidió que bautizara al retrasado mental de tu hermano.
—Padre, ¿cree que Matías sobrevivirá?
—Unos días más y estará fuerte como un toro —declaró el cura—. Quiero que me escuches con atención, Nataniel. Tu hermano también lo está escuchando, solo que se ha olvidado de cómo se habla… Escuchad los dos: voy a organizar una misa en Milepa. El alemán se encontrará reunida a toda la parroquia.
—¿Y nosotros nos quedamos aquí? —preguntó Nataniel.
—Seguiréis estando prisioneros —respondió el sacerdote—. No lo olvidéis: tú, Matías, no existes. Y tú, Nataniel, has desaparecido.
Los primeros rayos de luz se filtraban por las rendijas del cobertizo y el cura se asomó por esas pequeñas aberturas.
—Ya lo sabéis. Si el alemán pregunta por Madziwa, fue un incendio tropical. Estamos en época de quemas. El fuego consumió los cuerpos, y las hienas devoraron los huesos. No hay más que hablar.
Luego, el sacerdote se retiró. Nataniel se acercó más a su hermano.
Se quedó mirándolo fijamente: el rostro de Matías tenía la misma mirada vacía que el sargento Bruno.
Quizás fuera siempre así: un soldado mira el mundo con lentitud.
Sabe que puede ser la última vez. No ve.
Se despide. Si está listo para matar, es porque ya ha muerto.
Palabras de Nataniel Jalasi