El río de la ceguera Capítulo siete. Donde duermen las tormentas
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Capítulo siete. Donde duermen las tormentas

Capítulo siete Donde duermen las tormentas

En la última noche en esta tierra, arrancaremos los días

de los pequeños árboles y contaremos los huesos que llevaremos con nosotros.

M AHMOUD D ARWISH , poeta palestino

Capítulo siete

38.

Oloha ekaratta ya anamakhwa.

El sueño es la carta de los muertos.

Proverbio macúa

Nataniel despertó antes del amanecer. Ajustó la vista a la penumbra y un sobresalto lo recorrió: el cuerpo de Matías colgaba suspendido del techo como una enorme polilla.

Apresurado, Nataniel se subió a un mortero y, con desesperación, intentó liberar al hermano de aquella horca improvisada.

El arrepentimiento casi póstumo de Matías había frustrado su intento de suicidio: sus manos permanecían atrapadas en el lazo, luchando por soltarse.

Fue en ese resquicio entre el cuerpo y el nudo de la horca donde los dedos de Nataniel trabajaron afanosamente para ensancharlo.

En su ansia por salvar a su hermano, Nataniel hizo tambalear el mortero donde apoyaba los pies. Ambos jóvenes quedaron suspendidos por los brazos, con las muñecas unidas en la misma cuerda que antes los había amarrado. De repente, la horca se rompió y los dos cayeron pesadamente al suelo.

—¿Querías salvarme? —murmuró Matías, con la voz ahogada—. Ahora vas a tener que salvarme el resto de tu vida.

—¿Qué te ha pasado, hermano? —se extrañó Nataniel—. Ayer llorabas por vivir…

La pregunta era retórica. Ambos sabían que solo había tres formas de salir de la guerra: muerto, héroe o superviviente.

Matías no podía tomar ninguna de esas tres salidas.

No tenía la menor duda de lo que le esperaba: los alemanes lo matarían por traición; los portugueses lo ejecutarían por espía; y, al final, sus propios vecinos lo martirizarían, porque a los supervivientes siempre se los mira con sospecha.

Quizás por eso, el joven desertor había decidido, en el vacío de aquel cobertizo, desertar también de su propia vida.

—Quizás me muera antes de matarme. La guerra se acerca, los ingleses están empujando a los alemanes hacia las orillas del Rovuma —dijo Matías, mientras miraba sus manos como si acabaran de nacer—. Esta guerra va a ser terrible.

—Todas lo son —comentó Nataniel.

—Esta será peor —afirmó Matías—. Las peleas de familia son las más crueles.

Alemanes e ingleses son todos parientes.

—Fue a un rincón donde había dejado sus pertenencias.

Mientras rebuscaba en los bolsillos del uniforme, volvió a dirigirse a su hermano—: Cuando me viste con el uniforme, entre los askaris , ¿me reconociste?

—Lo sospeché cuando oí tu voz. Pero después dudé: ¿qué harías tú entre los alemanes que nos atacaban?

—No entendiste nada, hermano. Aquel ataque no fue obra de los alemanes.

—Entonces, ¿de quién?

—Nuestra.

—¿Nuestra? ¿Quiénes somos «nosotros»?

—Nosotros, los Hijos de Bokero. Fuimos nosotros quienes atacamos el puesto. En aquella canoa no iba un europeo comandando a africanos. Iban africanos comandando a un europeo.

—No te creo. ¿De qué me hablas, Matías? ¿Y el doctor Schreiber? ¿Acaso lo llevasteis arrastrado?

—Pregúntaselo a él. ¿No sois amigos?

—¿Qué pregunta es esa?

—Sabes perfectamente a qué me refiero. Lo que no sabes es cómo responder…

Matías fue a buscar una azada y empezó a cavar un hoyo en el suelo del cobertizo. Quería enterrar el uniforme y las botas que traía del ejército alemán. No quería dejar ninguna prueba que pudiera incriminarlo. Hizo una pausa y señaló a Nataniel con el mango de la azada.

—Fuisteis vosotros, tú y nuestra madre, quienes acabasteis con él. Con mi padre, Bomani Kirimi…

—Ahora no, por favor, Matías. Dejemos el tiempo en paz.

39.

La guerra es otro unyago.

Diario de Aluzi Msafiri

La petición de Nataniel pecaba de ingenuidad: el tiempo no había nacido para estar en paz. La infancia de Matías y Nataniel era una serpiente que nunca dormía. Esa serpiente se llamaba Bomani Kirimi.

Una tarde de finales del año mil ochocientos noventa y dos, aquel Bomani apareció sucio y agotado en Milepa. El jefe de la aldea gritó: es un msilikali , uno de esos milicianos que custodiaban las caravanas.

El forastero fue bien recibido y, a cambio, relató sus aventuras. Acababa de escapar de un ataque de las tropas inglesas contra su comitiva. Los británicos habían confiscado toda la carga.

—Todo esto va contra la ley. La esclavitud ha terminado —declaró el comandante inglés.

El destinatario de la mercancía, el mzee Said Ali, culpó a los que escoltaban la caravana.

Bomani huyó y vagó desorientado por el monte.

Sabía lo que le esperaba: la multitud de Kilwa lo apedrearía y lo llamaría «mujer».

Esas fueron las hazañas que Bomani contó a su llegada a Milepa. Y todos disfrutaron escuchándolo. Al final, el hombre suspiró ruidosamente.

—Ahora tengo que descansar. He viajado tanto que mis pies han desarrollado alergia al suelo.

Aquella primera noche, durmió en casa de los Kirimi.

Semanas más tarde, los padres decidieron su matrimonio.

Para entonces, la hija de la familia, una joven llamada Alile, ya sabía que las proezas de Bomani eran una pura mentira.

El arma que llevaba había pertenecido a un compañero muerto y la mochila se la había robado a un comerciante árabe.

Bomani nunca había sido soldado. Era un simple teka-teka , un porteador al servicio de los traficantes.

Un mes después, Alile estaba embarazada. Bomani aseguró que no había hecho más que soñar. En Milepa, todos lo sabían: un sueño podía embarazar a una mujer. Si había culpa, siempre recaía en ella. Fue ella quien abrió las puertas al sueño del visitante.

La víspera del parto, el marido anunció que se ausentaría un tiempo. Del mismo modo que fantaseó una llegada, inventó una partida: había sido invitado como guardaespaldas de un sultán de Angoche.

—¿No te quedarás para conocer a tu hijo? —preguntó Alile.

—Al nacer y al morir, todos estamos solos —respondió el hombre.

Entonces Alile lo insultó: «Wamantha!» . Lo llamó cobarde. Sin embargo, ningún insulto le bastaba. En un arranque de rabia, la mujer escupió en la cara del marido. El hombre inspiró hondo y, con la voz encogida, explicó por qué aquella oferta era irrechazable.

—Mira a tu alrededor, mujer. Nunca ha habido tanta hambre en Milepa.

Las cabras —recordó Bomani— han empezado a roerse los cuernos entre sí, y la gente mira el maíz seco y dice: los huesos han empezado a devorar la tierra.

Me culpas por no trabajar. No tendré más oportunidades, mujer: esta será la última caravana.

Al otro lado del río ya están construyendo la vía del tren, el misweo ya sitima .

Alile sabía que esta vez su marido decía la verdad.

Los alemanes estaban construyendo la línea férrea que conectaría Dar es Salaam con el lago Niassa.

Los traficantes estaban furiosos. Los dueños de las rutas de esclavos ya no podrían cobrar por la seguridad de los antiguos caminos.

Sin embargo, en ese momento, la anticipación de la crisis traía jugosas ventajas para algunos: nunca se había ganado tanto dinero con los esclavos como después de la prohibición de las caravanas.

A los milicianos les pagaban a precio de oro.

—Por eso te digo, mujer: solo un estúpido desaprovecharía esta oportunidad.

A la mañana siguiente, Bomani ya tenía listo el hato de viaje. Al despedirse, clavó su machete en el tejado de paja. Era una maldición: si su esposa se acostaba con un extraño, los dos amantes quedarían atrapados como perro y perra en pleno acto.

Aquel mismo día, a la hora del ocaso, Matías vino al mundo.

40.

Cinafuna ntima phewawa nkhabe kucikwanisa tayu.

Lo que el corazón desea, los hombros no lo aguantan.

Proverbio sena

En la penumbra del cobertizo, Nataniel y Matías sumergieron las muñecas en una palangana con agua. Dos hilos de sangre se extendieron indefinidos para después fundirse en una única nube roja. «Esta sangre», murmuró Matías, «viene de muy lejos».

—Tú te sientes orgulloso de nuestro padre. Yo, en cambio, siento rabia hacia él —afirmó Nataniel.

—Sientes rabia porque tienes miedo de ti mismo, te avergüenzas de tu historia y por eso te uniste a los portugueses en vez de unirte a nosotros, los Hijos de Bokero…

No llegó a terminar la frase. El padre Sisnando irrumpió en el cobertizo, se dirigió a Matías, lo empujó contra la pared y gritó:

—¿Qué habíamos acordado? —y como Matías no respondió, el sacerdote lo sacudió como a un saco vacío—.

Aquí no hay ningún puesto, no ha habido ningún ataque.

¿O ya lo has olvidado? —Sisnando empuñó la azada como si fuera un mazo—.

¡Por delante de mí! ¡A la iglesia! —Los jóvenes avanzaron por senderos intransitados delante del agitado Sisnando—.

No podéis entenderlo, nadie puede entenderlo.

Tengo una misión encomendada por Dios. Me corresponde a mí, Sisnando Baião, evitar que la guerra llegue a Milepa.

Al llegar a la parte trasera de la iglesia, Sisnando ordenó que los hermanos se arrodillaran junto a un viejo tambor.

Hacía tiempo que aquel tronco ahuecado había dejado de usarse como instrumento musical.

Ahora servía como tonel donde se almacenaba pólvora que luego la propia iglesia vendía tras haber sido debidamente bendecida por el párroco.

Mientras Matías permanecía arrodillado junto al tambor, Sisnando soltó a Nataniel y le ordenó que lo llenara de agua. Antes de cumplir la tarea, con el recipiente en la mano, el joven preguntó:

—¿No deberíamos limpiar primero el bidón?

—No veo ninguna suciedad. —El padre vertió el agua y la removió con las manos hasta que se tornó grisácea—. ¿Ves? Agua y pólvora. ¿Se te ocurre algo más limpio?