El río de la ceguera Capítulo seis. Sueños póstumos #3
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Capítulo seis. Sueños póstumos #3

—No me toque, capitán. Es que yo…, ¿cómo decirlo? —Frotó los dedos contra la madera y, con los ojos cerrados, declaró—: Después de tanto tiempo de viuda, me he convertido en mi propio marido.

La lluvia regresó, ahora fina y persistente. La portuguesa se sentó junto al capitán y, tras una larga pausa, volvió a hablar:

—¿Puedo pedirle algo, capitán Centeno? Hábleme de una batalla, solo una, que haya librado en tierras africanas.

La pregunta era capciosa. Constança sabía que África era una novedad en la vida del capitán.

Tras la proclamación de la República, los oficiales que habían servido bajo la monarquía fueron destituidos.

A África enviaron militares completamente ajenos al terreno.

El padre de Constança había participado en las campañas africanas.

Cuando la hija le pedía que contara historias de los combates, el coronel Meireles permanecía callado.

Pero su silencio era diferente al del capitán Centeno.

El padre de Constança no quería recordar. El capitán no tenía nada que recordar.

Una especie de amnesia afecta a quienes regresan de la guerra. Quien ha vivido esa experiencia no recuerda quién fue durante las batallas. No es que haya olvidado. Es lo contrario. Está demasiado lleno de recuerdos.

36.

Alegría de la escritura.

Lo posible perdura.

Venganza de la mano mortal.

W ISLAWA S ZYMBORSKA

El capitán no le explicó todo a Constança.

No le confesó lo angustiado que estaba por los ataques de pánico que sufría con creciente frecuencia.

El ganso y el cuervo fueron solo los casos más recientes.

Surgían como apariciones y luego se diluían en el olvido.

Desde que llegó a Mozambique, Álvaro Centeno empezó a anotarlo todo, como si las cosas solo pudieran ocurrir después de haber sido escritas.

Un cuaderno escolar se convirtió en su compañero más fiel.

Para recordar lo que había hecho, para saber lo que debía hacer.

—No se preocupe, capitán —lo consoló Constança—. Yo no recuerdo el rostro de mi difunto marido.

Palabras de Constaça Sá de Meireles

Tras la muerte de mi marido, me mudé a la finca de nuestra familia.

Fue allí donde mi hija, Flávia, se enamoró del hijo del casero, el alelado Bruno Estrela.

En una ocasión, el padre de Bruno ordenó a su esposa, Vicentia, que fuera al corral donde él marcaba a los bueyes con hierro al rojo vivo.

La mujer se quedó de pie junto a la hoguera mientras el marido sacaba un cuaderno escolar del bolsillo: «¿De quién es este cuaderno?

», preguntó el hombre. No esperó respuesta.

Arrojó el cuaderno al fuego y luego usó el hierro para remover las brasas.

Vicentia se limpió las manos en el delantal y confesó que, a escondidas, había aprendido a escribir con un grupo de mujeres.

«¿Te gustan las letras, Vicentia?», preguntó el marido con un tono de voz casi imperceptible.

Estaba borracho y las palabras se le enredaban unas con otras.

Se levantó despacio y tardó un momento en equilibrarse.

Con una agilidad inesperada, la agarró del pelo y ordenó al hijo que la sujetara contra la pared: «¡Sujétala, cabrón, sujétala! ».

El muchacho se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, sin saber qué hacer.

Cuando los abrió de nuevo, ya era tarde.

El hierro candente había dejado su marca en la espalda de la madre.

Como con los bueyes: solo la muerte borraría la marca del propietario.

El pequeño Bruno se abalanzó contra su padre.

Y la furia del niño fue tal que el mundo se incendió y sus ojos fueron devorados por la oscuridad.

37.

Tal vez pensar un sueño sea, o un dormir.

Tal vez dormir sea, un momento,

volver el espíritu nuestro a ser su dueño.

F ERNANDO P ESSOA

El día en que Constança Meireles embarcó hacia Mozambique, Vicentia, la casera, estaba en el muelle de Lisboa envuelta en su eterno chal negro.

Tras un breve momento de vacilación, la criada olvidó su condición y abrazó a su señora.

Constança la apartó con una educada altivez.

La pobre mujer sacudió una suciedad invisible en el brazo de Constança:

—Perdóneme, señora —murmuró—. Pero es que me ha venido a la cabeza que somos consuegras. —Y continuó, con los ojos fijos en el horizonte—: Yo soy la que debería ir en ese barco, yo soy su madre.

—Espere un poco más. Dentro de dos meses volveré con su Bruno… como nuestro Bruno.

—Ya he esperado demasiado —afirmó Vicentia.

Cuando se trata de un hijo, la espera dura más que la vida. Vicentia se atusó el pelo encrespado y la señaló con el dedo en ristre como si no fuera una súplica, sino una torpe amenaza.

—Traiga a mi… a nuestro Bruno sano y salvo. Y, ahora, ya me voy. Solo le pido una cosa más: entréguele esta carta —y puso, con las manos temblorosas, un sobre en las manos de Constança—. Él no la leerá. Pero dígale que fui yo quien la escribió.

Y allí se quedaron las dos mujeres, con la mirada vacía, contemplando los barcos en el horizonte. Vicentia recordó el dicho de su tierra: después de ver el mar, dejas de saber mirar el cielo.