El río de la ceguera Capítulo seis. Sueños póstumos #2
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Capítulo seis. Sueños póstumos #2

—He volado cientos de kilómetros —le respondió el ave, serpenteando con el cuello antes de seguir hablando—. Quizás sea este mi último viaje.

Álvaro Centeno se alarmó tanto que empujó al animal lejos del alféizar y cerró violentamente la ventana.

Se sentó a la mesa, decidido a registrar el extraño incidente.

Sumergió la pluma en el tintero y, cuando intentó levantarla, sintió que pesaba mucho más de lo que esperaba.

La tomó primero con los dedos, luego con ambas manos.

La pluma no se movía. Tiró de ella con todas sus fuerzas y vio que, aferrado a la pluma, venía el ganso entero.

Estaba vivo y tan sucio de tinta que le pareció un gigantesco cuervo.

Con las patas y el pico, el ave arrastró la cabeza del portugués hacia el tintero, que, por su parte, había crecido de tamaño hasta convertirse en una enorme palangana que cubría toda la mesa.

Centeno despertó sobresaltado. Y oyó, más cerca, los chacales rondando la cabaña.

33.

Toda la noche el poeta

en su mesa, tratando

de salvar de la muerte a los monstruos

germinados de su tintero.

Monstruos, bichos, fantasmas

de palabras, circulando,

orinando sobre el papel

manchándolo con su carbón.

J OÃO C AbrAL DE M ELLO N ETO

El capitán salió agitado de sus aposentos; el quinqué se balanceaba en sus dedos temblorosos.

Cuanto más iluminaba el camino, menos veía sus propios pies.

Llamó a la puerta de Constança para contarle la pesadilla.

La mujer se negó a abrir. Que hablara del otro lado de la puerta.

El relato del capitán fue doloroso, como si lo reviviera con cada palabra.

Quizás esperaba algo de empatía. Pero la mujer guardó silencio.

Había aprendido en la infancia a contener las emociones.

Los sentimientos son como la ropa tendida al sol: solo los pobres exhiben esas intimidades en público.

—Un cuervo negro —repitió el capitán—. El ganso chino se transformó en un cuervo africano.

—¿No le pedí que no me contara sueños?

Los sueños traen de vuelta otras vidas. Eso era lo que Constança no quería.

Porque le costaba recordar los últimos años de su padre.

El viejo coronel Meireles, ya muy debilitado, escribía versos en un pequeño cuaderno, y su letra era tan mala que ni él mismo podía entender lo que acababa de escribir.

Era su esposa quien descifraba aquellas notas.

Se las leía en voz alta al marido, y el anciano padre sonreía con indulgencia.

Sabía que ella inventaba. Pero poco le importaban esas mentiras.

Le bastaba con su voz para que todo pareciera verdad.

Lo que el coronel ignoraba era que, entre los versos mal garabateados, había cartas que, por error, no iban dirigidas a su esposa, sino a una tal Vicentia, sirvienta y madre de Bruno Estrela.

34.

Las ricas bibliotecas de los jesuitas fueron utilizadas para hacer cartuchos de pólvora, o cocinar bizcochos.

J ORGE A BELARDO R AMOS

De regreso a su cabaña, el capitán Álvaro Centeno se sentó y despejó la mesa.

Tomó la pluma que la portuguesa acababa de prestarle.

Sus movimientos eran de una precisión marcial.

Escribir era su forma de devolver el orden al mundo.

Hizo que la pluma sobrevolara el papel antes de trazar la primera letra.

Era su ritual. El mismo de las aves de rapiña que giran en círculos antes de lanzarse sobre la presa.

Pero esta vez, el capitán sintió que la pluma pesaba.

Le costó empezar. No era la caligrafía lo que lo abrumaba.

Era otra cosa. Quizás la llama crepitante del candil de parafina.

O los insectos revoloteando en torno a la luz.

En realidad, no ocurría nada fuera de lo común.

Apenas unos instantes antes, sabía con exactitud lo que iba a escribir.

Se levantó, salió a la veranda, escuchó las cigarras y, más allá, el suave murmullo del río.

Poco a poco, las ideas le fueron surgiendo con claridad.

Regresó a la mesa, decidido. Pero pronto lo invadió la angustia de la página en blanco.

Esta vez, se asustó. No era solo que los temas se le habían escapado.

Ahora no recordaba la forma de las letras.

Las veintitrés letras del abecedario le eran desconocidas.

«¿Estaré teniendo una trombosis?». Creyó que gritaba, pero no oyó su propia voz.

Y así transcurrió la noche, en un ir y venir interminable: de la cama a la mesa, de la mesa al porche, del porche a ninguna parte.

Cuando despuntó el sol, el capitán, con los ojos turbios, levantó el arma y apuntó hacia la otra orilla del río.

Entonces, horrorizado, se dio cuenta de que la orilla ya no existía.

35.

Ya me han rasgado la ropa, ya me han arrojado al suelo.

Pero nunca un hombre ha tomado posesión de mí.

Por mucho que me desgarren la ropa,

solo me quedo desnuda en manos de quien me ama.

Diario de Aluzi Msafiri

La portuguesa despertó sobresaltada con el estruendo del disparo. Encontró al capitán tendido en la entrada de la cabaña. Le sacudió los hombros:

—Soy yo, capitán, soy Constança. —El militar recobró el sentido y se incorporó con la ayuda de la mujer—. Voy a prepararle un té —anunció tras ayudar al desdichado militar a tumbarse en la cama.

El capitán negó con un gesto lento. Prefería la nyipa , dijo. «No lo entiendo», murmuró Constança. El capitán señaló la botella de aguardiente que había traído del palacio del gobernador.

Constança acompañó al militar aturdido y levantó el vaso como si midiera la luz que se filtraba por la ventana. Afuera llovía torrencialmente. La portuguesa alzó la voz para imponerse al ruido del aguacero que golpeaba la cabaña:

—¿Ha visto alguna vez llover así, mi capitán?

El chaparrón terminó tan abruptamente como había empezado.

La maleza se llenó de silbidos, zumbidos y chirridos.

Álvaro Centeno extendió el brazo con lentitud, como si estuviera estrenando sus propias manos.

Por accidente, acabó rozando el pelo de Constança.

Al principio, ella no reaccionó, y el capitán dejó que sus dedos recorrieran su nuca.

Pero cuando sintió la caricia, Constança sacudió la cabeza con brusquedad, se puso de pie y dio dos pasos hasta apoyarse contra la pared de madera.