Capítulo seis. Sueños póstumos
Capítulo seis Sueños póstumos
[…] eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso el héroe miserable que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota.
J OSÉ E MILIO P ACHECO
Capítulo seis
30.
La noche es una mujer: cuanta más luna, más sangre.
Proverbio de Milepa
A media noche, la portuguesa Constança Sá de Meireles despertó sobresaltada.
Encendió el quinqué e iluminó el camino hacia el porche de la cabaña.
Se sentó en el último peldaño, agotada: ni siquiera durmiendo le daba descanso la culpa.
No iba a Madziwa para convertirse en la suegra de Bruno.
Iba para impedir el matrimonio de su única hija, Flávia Meireles.
Ese era el plan que había urdido meses atrás.
Falsificó cartas que presentaría como escritas por su hija y en las que se anunciaba el fin del compromiso.
Sería fácil engañarlo. Para Bruno Estrela toda caligrafía era igual.
Constança solo tendría que leer en voz alta aquella sentencia contra los sueños del joven sargento.
Todo ese plan cambió en la víspera del viaje, cuando Constança encontró a Flávia derrumbada en el suelo, un río de sangre desbordándole de las muñecas.
En la mesilla de noche, una nota: «Sin Bruno no puedo vivir».
En ese mismo instante, la aristócrata tomó una decisión: viajaría ella misma a África para rescatar al futuro yerno.
Palabras de Constança Sá de Meireles
África es una tierra extraña. No somos nosotros quienes la habitamos.
Es ella quien nos habita. Quizás por eso, la pasada noche me asaltó un sueño perturbador: mi yerno Bruno emergía de las aguas oscuras del río.
La ropa empapada le dificultaba la marcha y sus ojos rasgados, esos ojos que cegaban el cielo de Flávia, ahora solo servían para estorbarle el camino.
El uniforme lo envejecía tanto que, de repente, me pareció tener ante mí a mi propio padre.
Cuando Bruno Estrela me miró, comprendí que no me reconocía: «Soy yo, Constança, la madre de Flávia. Tu futura suegra».
Lo llamé por su nombre, extendí los brazos para abrazarlo: «¡Qué te han hecho, hijo mío!
». Y no dije nada más, porque el muchacho apestaba a catinga .
Si es cierto que el sudor no viene de la piel, sino del alma, entonces Bruno Estrela ya no era nuestro.
Regresaba a la raza de sus antepasados, los negros de Portugal.
Cuando lo abracé, su uniforme se deshizo en jirones que cayeron a mis pies.
Me quedé pegada a él, con miedo de mirarlo completamente desnudo.
Soy viuda. Hace mucho que no tengo a un hombre en mis brazos.
En la escalera de la cabaña, la portuguesa percibió que una sombra atravesaba la oscuridad. Subió un peldaño para ver mejor. Era el capitán que se acercaba con un quinqué en la mano. Llevaba puestos los pantalones del uniforme y una camiseta interior sin mangas.
—¿Los chacales no la han dejado dormir? —preguntó Centeno.
—Soy yo la que no me dejo dormir. Y mejor así, porque hace una noche soberbia. —Y señaló el último peldaño de la escalera: el militar debía mantenerse lo más lejos posible—. ¿Y a usted, capitán Centeno, qué le roba el sueño?
—Un sueño, un sueño muy extraño.
—No me lo cuente, capitán. Odio que me cuenten sueños. Quien cuenta un sueño no es la misma persona que lo soñó.
El capitán puso el dedo en ristre sugiriendo que se guardase silencio. Al otro lado del río aullaban los chacales. Centeno se frotó los brazos y prosiguió:
—Su criado me ha dicho que, hace unos días, pasó por aquí un chacal que llevaba en la boca el brazo de un hombre.
—Hizo una pausa y fijó la mirada en el rostro de su interlocutora—.
No creo, doña Constança, que esté entendiendo la gravedad del incidente.
Cuando digo «el brazo de un hombre», quiero decir que era de un blanco.
Era el brazo de un blanco. —Y concluyó en un tono más severo—: Es importante que lo entienda, doña Constança: ¡ese chacal ha perdido el miedo de atacar a las personas!
Del mismo modo, los negros perderían el miedo a los blancos después de matar al primer europeo.
—Esa es la razón —añadió el capitán— por la que se debe restringir al máximo la entrada de indígenas en nuestras tropas.
Constança interrumpió el interminable discurso del capitán:
—Por el amor de Dios, por respeto a esta luna maravillosa, guarde silencio un minuto.
—No hay nada poético en la luz de la luna, querida Constança. Las noches iluminadas son buenas para los que matan. Los más débiles, los que necesitan esconderse, esos prefieren la luna nueva.
—Quizás yo forme parte de los que matan, capitán Centeno.
31.
Zuva rinobuda, miesi ifisi.
El sol nace, la luna es una hiena.
Proverbio shona
Se oyó en la maleza un crujido prolongado.
Podían ser animales, podían ser personas.
El capitán disparó al aire. De inmediato, la noche se llenó de clamores, aullidos y rugidos.
Luego, las fieras se calmaron y solo quedó el penetrante lamento de los chacales.
El capitán Álvaro Centeno ordenó llamar a un cazador.
El hombre se acercó adormilado, acompañado por Chifuniro Winifome.
A pocos metros de la veranda, se dejó caer al suelo y luego avanzó reptando.
Se arrastraba como si fuera un animal. No pedía permiso. Pedía perdón por existir.
La portuguesa le ordenó que se pusiera de pie. Con un tono contenido pero firme, Centeno corrigió: «Aquí quien da las órdenes soy yo. —Y acto seguido, usando a Winifome como intérprete, interrogó al cazador—: Hemos oído animales aullar. ¿Eran vuestros perros?».
Sentado en la arena, el hombre se arregló el taparrabos que le cubría las piernas y, sin levantar la mirada en ningún momento, habló pausadamente para dar tiempo al traductor.
Palabras del cazador anónimo
Los perros que duermen a nuestra puerta no pertenecen a nadie.
No los alimentamos. Los animales son como las personas: los que no piden favores son dueños de su vida.
Me dijeron que los blancos tratan a los perros como si fueran personas: les dan nombres y duermen con ellos en la misma casa.
Dicen que hasta los entierran con una cruz encima.
Cuando los tratan así, los espíritus de los perros se confunden: ya no saben si pertenecen a una persona o a un animal.
Uno de esos espíritus puede, en este mismo momento, querer entrar en usted, patrón.
Ese muzimo puede ser de un perro. Puede ser de un chacal.
Puede ser de una persona. Usted siente miedo, quiere ser dueño de ese muzimo , pero un espíritu no pertenece a nadie.
Le pido perdón por haber hablado tanto. Nosotros, los yao, no recibimos a un visitante con solo dos palabras. Le contamos una historia, cantamos, bailamos. Así nos han educado.
—Yo me voy a dormir —murmuró el capitán en cuanto el campesino se calló—. Haga lo mismo, señora. Aquí no se aprende nada y mañana partiremos temprano.
Palabras de Chifuniro Winifome
He atravesado uno de los momentos más difíciles de mi vida.
Nada de lo que ha dicho el cazador podía ser traducido, porque eran palabras irrespetuosas e incluso ofensivas.
He tenido que inventarlo todo. El hombre no mencionó nada sobre los perros.
Empezó lamentándose: ese blanco se preocupaba por el sufrimiento de los animales, pero nunca había oído a las personas llorar de hambre.
Lo único que nos quedaba a nosotros, los negros pobres, era ser porteadores.
Pero ahora ni eso podíamos hacer. Las caravanas se han acabado.
¿Dónde vamos a encontrar trabajo? Lo sé, patrón.
Solo nos queda el ejército de los blancos.
En las tropas inglesas, alemanas, portuguesas, da igual.
Hay algunos que se quejan de que la paz va a terminar.
Pues que termine, ¡y que termine rápido!
¿Qué paz es esa? Entre nosotros, los pobres negros, no hay quien no viva en guerra toda su vida.
Es la guerra por sobrevivir y alimentar a nuestros hijos.
Usted me pregunta quién está aullando allí, en el bosque.
Antes sabía responder. Ahora ya no sé. El llanto de nuestros hijos se mezcla con el de los animales nocturnos.
Todo esto dijo el cazador. Y yo no traduje ni una sola palabra.
32.
Jikakikape jangawuma mbili.
Solo, nadie es una historia.
Proverbio nyanja
De vuelta a su cabaña, el capitán sació su hambre y su sed: una rebanada de pan con atún en conserva y un vaso de vino tinto. Como era su costumbre, anotó los sucesos del día. Cuando regresara a Isla de Mozambique, llevaría consigo el informe del viaje ya concluido.
Tuvo que apresurarse antes de que los insectos cubrieran los vidrios del quinqué.
No usó su estilográfica, la había perdido en algún punto durante el trayecto.
En su lugar, recurrió a la antigua pluma de ganso que su padre le regaló al terminar la Escuela Militar.
En el momento de la entrega, su padre le contó la historia del objeto con el que lo obsequiaba.
Así procedía: para él, las cosas solo tenían valor porque tenían una historia.
Aquella pluma había sido tomada de uno de esos gansos chinos que mudan el plumaje antes de migrar a tierras meridionales.
Solo las plumas del ala izquierda servían, por la curvatura, que se adaptaba a la parte trasera de la mano y facilitaba la escritura.
Y el padre posó para siempre su vieja mano sobre el brazo del hijo.
La luz flaqueaba, los ojos le pesaban y el militar decidió posponer la escritura para el día siguiente.
Guardó los papeles, limpió la punta de la pluma con agua y se fue a acostar.
Soñó que un ganso lo visitaba. La gran ave estaba posada en la ventana, temblando de frío.
Centeno abrió una rendija y le ofreció abrigo.
El animal lo miró como si leyera sus pensamientos.
—¿Por qué estás tan cansado? —le preguntó el capitán.