Capítulo cinco. La luna mordida por el cocodrilo #2
Era de noche cuando los tres viajeros llegaron a la aldea.
El sacerdote eligió un atajo y se dirigió a la parte trasera de su casa.
Allí encerró a los dos jóvenes en el cobertizo.
Luego retomó el camino hacia el centro de Milepa.
A pesar de la hora tardía, toda la aldea se había reunido en el atrio de la iglesia para celebrar la llegada del misionero.
Hay quienes se sorprenden por la euforia con la que la aldea de Milepa celebra los regresos.
No saben que, en ciertos lugares, partir es una condena y volver es un milagro.
El cura bendijo a quienes lo saludaban y, en cuanto cerró las puertas de la iglesia, la multitud regresó a sus casas.
En el cobertizo, Nataniel y Matías se asomaron para comprobar si en algún sitio quedaba el resto de una hoguera, una lámpara de petróleo o uno de esos candiles donde arde el aceite de ricino.
Nada más confirmar que la aldea dormía, los jóvenes se abrazaron.
Así, con los brazos entrelazados, se llamaron «mi hermano».
Acimwene wangu , murmuraron con una sola voz.
Permanecieron abrazados hasta que, con firme suavidad, Nataniel apartó al hermano.
—Mataste a mis compañeros, Matías. Y casi me matas a mí.
—Te equivocas. Lo que hice fue salvarte.
—Desde que nací llevo salvándome de ti, Matías.
—Está bien, ya lo sé…, dejemos el pasado, Nataniel. El pasado ya no existe. No existe ni para protegerte ni para amenazarme.
Palabras de Nataniel Jalasi
Lo que dijo Matías no era verdad. El pasado no había desaparecido.
Al contrario, se había convertido en mi peor enfermedad.
Dentro de mí, ciertos episodios nunca han dejado de ocurrir.
Por ejemplo, el momento en que, sentado en el patio, hacía los deberes del colegio, con el cuaderno abierto sobre el regazo.
Matías sacudía la capulana de nuestra madre.
«¿Mi hermano cuándo va a terminar de escribir?
», preguntaba él. «Nunca, respondía mi madre.
Nataniel solo dejará de escribir cuando se acaben las palabras».
Y Matías insistía: «¿Y cuántas faltan?».
En Milepa nadie señala con un solo dedo.
Se señala con la mano entera, con todos los dedos juntos.
Por eso, aquel dedo en ristre de nuestra madre era una mala señal.
«Vete, Matías, deja a tu hermano en paz».
Una vez, estando mi madre ausente, mi hermano me arrancó la pluma de las manos y la apuntó contra mi pecho.
Me susurró al oído: «Esto que tú llamas pluma, yo lo llamo cuchillo.
Un cuchillo bien afilado. —Luego, me levantó tirándome del pelo y, me gruñó al oído—: ¿Quieres tener pelo de blanco?
Primero tendrás que dejar que te arranquen la cabeza».
Después me tiró al suelo y rasgó mi cuaderno en pedazos: «Ahora quiero verte masticar estos papeles.
Luego los escupirás. Con esa pasta harás muñecos.
Eso es lo que vas a hacer. Y ese será el único servicio del papel en toda tu vida: hacer muñecos.
Eso es lo que eres, Nataniel, un muñeco hecho con la mano y el escupitajo de los blancos».
Nuestra madre regresó en ese momento a casa, recogió los restos de papel y los pedazos de la pluma.
Luego entrelazó sus dedos con los míos y me dijo: «La mano, tu mano, es tu pluma».
A continuación, me entregó una cesta con harina de mapira: «Esta es tu tinta.
—Señaló la arena oscura del patio y murmuró—: Este es tu papel.
No lo olvides, hijo mío, un trozo de mandioca seca, un trozo de carbón, una gota de savia, un puñado de harina, cualquier cosa te puede servir.
Y si te falta todo eso, garabatea en la arena con las uñas, como hacen los escarabajos.
Pero escribe siempre, Nataniel. Escribe incluso cuando ya no queden palabras».
Palabras de Alile Jalasi
No hay hijos preferidos, eso es lo que se dice.
Pero yo, lo confieso, tenía un hijo relegado.
Y todos lo sabían, incluido el propio Matías.
Él era el menos querido. La razón de ese desamor era solo una: el muchacho se iba pareciendo cada vez más a su padre.
Matías no tenía culpa. Solo cumplía la regla: en Milepa, los hijos repiten las vidas ya vividas por los mayores.
Para salvar a mis hijos de esa maldición, era necesario que abandonaran el lugar donde nacieron.
Pero para que se marcharan de Milepa, Milepa tenía que salir de ellos.
Y yo sabía cómo arrancar ese lugar de su interior: la aldea emigraría de mis hijos siempre que entraran en un aula de clase.
La aldea se retiraba de ellos cada vez que abrían un libro.
Milepa se iría para siempre cuando empezaran a tener un futuro.
Si hubiera sido por mí, ninguno de mis hijos habría ido a las ceremonias del unyago .
Pero yo era solo la esposa de Bomani, y era su única esposa.
No tuve valor para enfrentarme a él. En Milepa decimos: el valor llega cuando el miedo se retrasa.
Inventé enfermedades para retrasar la iniciación de Nataniel.
«Su sangre aún está demasiado aguada —decía yo—, dejemos que sus venas maduren».
Lo que me habría gustado decir nunca lo dije: hacía años que Bomani era uno de los ngalibas en las ceremonias de iniciación.
Por sus manos pasaban decenas de muchachos.
No sé qué les enseñó. Pero sí sé lo que él nunca aprendió.
Nunca aprendió a respetar a las mujeres.
Y quien no respeta a las mujeres no puede amar ni ser amado por la vida.
Había alimentado la esperanza de que se llevaran a Bomani como esclavo. Pero los barcos de los vazungo y de los warabu ya no se llevaban a nuestra gente mar adentro. A partir de ahora, nos esclavizarían en nuestra propia tierra.