Capítulo cinco. La luna mordida por el cocodrilo
Capítulo cinco La luna mordida por el cocodrilo
El hombre prehistórico nos maldecía, nos rezaba, nos daba la bienvenida…
, ¿quién podía saberlo? Éramos incapaces de toda comprensión de lo que nos rodeaba; pasábamos deslizándonos como fantasmas, asombrados y en secreto consternados, como lo hubiera estado todo hombre cuerdo ante el brote de entusiasmo de un manicomio.
J OSEPH C ONRAD
Capítulo cinco
25.
Observa con un solo ojo,
escucha con una única oreja
y responde con la mitad de la boca.
Proverbio macúa
Era bien entrada la noche cuando el padre Sisnando y el cipayo Nataniel divisaron, en el fondo del valle, las titilantes luces de la iglesia de Milepa.
Apuraron el paso como polillas atraídas por soles nocturnos.
De repente, un hombre apareció en mitad del camino.
Estaba completamente desnudo, los brazos en alto, como si quisiera desprenderse del suelo.
—¿Quién eres tú? —preguntó Sisnando, acercando el farol al rostro del intruso. Como no obtuvo respuesta, volvió a interrogarlo, esta vez en suajili.
—Soy Matías. Matías Kirimi —respondió el forastero en el mismo idioma.
Palabras de Matías Kirimi
El cura no era blanco. Pero en ese momento actuaba como si lo fuera.
Y siempre que los blancos quieren saber quién soy, levanto las manos para que vean que estoy desarmado.
Mis brazos son alas inútiles. Soy como un ave doméstica: ni el cielo ni la tierra me pertenecen.
Así, con los brazos abiertos y las manos rendidas, los blancos creen que, aunque bata las alas, ellos seguirán siendo los dueños de mi vuelo.
Hace poco, al saltar al camino, pronuncié lentamente mi primer nombre, como si ese «Matías» pudiera hacerme menos negro.
El cura sonrió con altivez, sin darse cuenta de que solo le ofrecía la cáscara para proteger el fruto.
Lo hice porque hace mucho aprendí que el robo del alma empieza por el nombre.
Y, como ya esperaba, en el instante siguiente, el sacerdote me preguntó por mi tribu.
El nombre y la raza no le bastaban. «En estos tiempos —dije—, nadie sabe quién es quién ni de dónde viene».
Al final, el cura volvió al tema del color de piel. Dijo que yo era demasiado claro para ser un negro retinto. Le respondí que no sabía qué responderle. Que mejor fuera él quien determinara mi raza. Después de todo, clasificar razas es la especialidad de los blancos.
Sisnando Baião suspiró largamente antes de sentenciar:
—¡Vístete!
—No puedo —declaró Matías Kirimi.
—¿Cómo que no puedes? ¿Eso que tienes a tus pies no es un fardo de ropa?
—En ese fardo llevo un uniforme, unas botas y una pistola. Soy un askari . Acabo de desertar de las tropas de los madjerumani .
La declaración no alteró a Sisnando Baião, que dio un paso al frente y ordenó al desertor que entregara la pistola.
—Fui uno de los soldados que atacó el puesto —confesó el askari.
—¿Qué puesto? —preguntó el cura.
—El de Madziwa.
—El cipayo Nataniel y yo hemos pasado hace un momento por Madziwa y no hemos visto señales de ningún ataque.
—Yo estuve allí, señor cura —insistió el hombre—. Fui yo quien confirmó la muerte del sargento Bruno. Y la muerte de todos los demás.
26.
Cakwiga cangagomba ngoma.
Lo que está por venir no hace sonar los tambores.
Proverbio yao
El cura se acercó al cipayo Nataniel, bajó el farol para ocultarse en la oscuridad, apuntó con el brazo izquierdo al intruso y susurró con firmeza:
—¡Mátalo!
—¿Matar? —preguntó Nataniel, aterrorizado.
—Coge la maldita pistola y dale un tiro a este cabrón —insistió el cura. Y añadió, enfático—: Este hijo de puta te va a incriminar. Cuando tus superiores sepan lo que pasó en el puesto, te van a poner contra la pared y te van a dar tu merecido.
—No puedo —murmuró el cipayo.
El desertor interrumpió aquella discordia postrándose de rodillas y levantando los brazos como un Cristo.
—No me maten —suplicó, hablando ahora en portugués.
Se callaron los tres. De repente, el sacerdote le quitó la pistola de la mano al cipayo y la apuntó a la cabeza del desertor. Nataniel saltó al medio del camino, interponiéndose entre los dos hombres, y gritó:
—¡No dispare! Este chico es mi hermano.
—¡Que Dios me perdone! —clamó el sacerdote, bajando el arma—. Malditos seáis, aquí sois todos hermanos…
—Si me salva la vida, se la salvo yo a usted, señor cura —le prometió Matías. Una carcajada fue la reacción del misionero. El askari siguió diciendo con tono firme—: He oído decir entre los alemanes que los portugueses están preparando una expedición para venir a arrestarlo, señor cura.
—¿A arrestarme?
—Llegarán aquí más pronto o más tarde.
El cura llamó aparte al cipayo:
—Dime la verdad, Nataniel. ¿Este tipo es tu hermano de sangre?
Nataniel lo confirmó asintiendo lentamente con la cabeza:
—Se fue de nuestra casa muy joven. ¿No se acuerda de que ya se lo he contado? Es una historia muy larga, padre…
—¿Hay alguna historia en Milepa que no sea larga? —y refunfuñó mientras retomaba la marcha—: Ahora no importa, tenemos que irnos. Cuando llegues a la aldea, me la vuelves a contar.
27.
A la serpiente córtale la cabeza,
al escorpión córtale la cola.
Proverbio de Sofala
Matías Kirimi se sentó en medio del sendero esperando que se revocara la sentencia. Una nube de mosquitos rondaba a su alrededor. Pasado un tiempo, el cura se inclinó sobre él y afirmó entre dientes:
—En el ataque al puesto no hubo supervivientes. ¿Sabes por qué?
—¿Murieron todos? —balbuceó temeroso el askari .
—Nada de eso —lo corrigió el cura—. Es que no hubo ningún ataque. ¿Lo entiendes?
El askari negó con la cabeza, atrapado entre el miedo y la vergüenza.
—No son solo los portugueses los que van a venir. Antes de ellos, usted también recibirá la visita del médico alemán. Seguramente llegará mañana.
—¿Pero quién eres tú? ¿Un agente doble? —preguntó el cura. Los ojos se clavaron en el rostro del desertor—. ¿Y qué viene a hacer aquí ese ario?
—Viene por mi culpa. Los portugueses tienen miedo de usted. Los alemanes tienen miedo de mí.
Con gestos bruscos, el sacerdote sacó una túnica de la mochila y se la extendió al intruso.
—¡Vístete, desgraciado, ni siquiera mereces morir!
El askari Matías Kirimi se ocultó en la oscuridad para ponerse la nueva ropa.
Era como si el acto de vestirse requiriera más pudor que la desnudez.
Nunca habría imaginado que la lengua portuguesa le salvaría la vida.
Midió cada palabra, como si estuviera eligiendo el camino sobre un terreno minado.
Y declaró con una convicción inesperada:
—No soy un desertor. Piénselo bien, padre Sisnando: yo era el traductor del doctor Schreiber.
Yo era quien transmitía sus órdenes a los soldados.
Esos soldados son yao, ngoni, nyanja. Muchos de ellos no hablan suajili, ni inglés, ni alemán.
¿Cómo pueden entonces obedecer al mayor?
—y el askari prosiguió, cada vez más seguro—: Un soldado que no obedece deja de ser un militar.
Sin la presencia de un traductor, a su antiguo pelotón le pasaría lo mismo que a la serpiente que no sabía dónde tenía la cabeza y terminó mordiéndose a sí misma. Así es como mueren las serpientes. Así es como terminan las guerras.
28.
La arena es su propio viaje:
duna, huella y viento.
Proverbio de Milepa
Sisnando Baião aceleraba la marcha, siguiendo un sendero que él mismo creaba con su lámpara. Nataniel y Matías se esforzaban por apurar el paso.
—¿Eres de los que rezan? —preguntó Sisnando dirigiéndose al desertor.
—Rezo en la iglesia —aclaró Matías—. Mi padre rezaba en la mezquita. Pero todos, en nuestra familia, seguimos haciendo nuestras propias ceremonias. Las hacemos durante la noche.
—Y eso está bien —admitió el sacerdote—. Los dioses trabajan por turnos. El que trabaja todo el tiempo es el diablo.
Matías Kirimi adelantó el paso para situarse al lado del sacerdote, ganando así un nuevo estatus, hombro con hombro con el misionero.
—Soy un hombre valiente —declaró el askari —. Fui uno de los rebeldes de Maji Maji. Conocí personalmente al jefe Bokero. —Se levantó la túnica y se acercó a la luz para mostrar el pecho tatuado—. Mire, padre, ¿reconoce esta marca? Es el escudo de guerra de los ngoni.
Sisnando Baião raspó los trazos del tatuaje como si intentara comprobar su autenticidad:
—¿Has matado a alguien, chico? —El desertor bajó la mirada sin responder—. Dicen que los askaris son caníbales. ¿A cuántos te has comido? —insistió Baião. Sin esperar respuesta, se dirigió a Nataniel, señalando al desertor—. Este hermano tuyo no es más que un porteador uniformado.
—¿Cómo puede estar seguro? —preguntó el cipayo.
—En los ojos de quien ha matado queda una cicatriz —afirmó Sisnando Baião. Sacudió la cabeza, como si despejara el vacío, y concluyó—: No confío en ti. Voy a tener que arrestarte.
—Perdón, señor padre, pero ¿dónde se puede arrestar a alguien en Milepa?
—Sé que no hay prisión en Milepa —admitió el sacerdote—. No hay siquiera una palabra para decir «prisión». Pero tengo una solución para eso —argumentó—. Os prenderé a los dos. Cada uno de los hermanos será la prisión del otro—. Eso fue lo que dijo el misionero, divertido.
Los jóvenes se dieron la vuelta uno contra el otro y el sacerdote les ató las muñecas.
—¿Que no hay prisión en Milepa? Ahora habrá una doble. Os encerraré en mi cobertizo —sentenció el sacerdote. E irguió el cuerpo para proclamar la sentencia—: Estáis condenados, los dos. Uno por ser un asesino. Y el otro por seguir vivo.
29.
Apao ndi mchenga, madzi apita pansi.
La familia es como la arena, el agua pasa por debajo de ella.
Proverbio nyanja