Capítulo cuatro. Profetas amnésicos #3
Hace dos días que viajo sentada en una carreta tirada por una yunta de bueyes.
Miro el herbazal al frente y no veo ni senderos ni huellas de gente.
Mi amigo Ayres de Ornelas, que pertenece a la generación de los «centuriones», me confesó que en África todo es camino.
Porque todo termina y todo empieza en cada estación del año.
Es una pena que esos militares de la monarquía, que eran aristócratas con gran experiencia en África, estén siendo ahora reemplazados por gente joven y arribista, como este capitán que va al frente de la expedición montado en un caballo al que maltrata todo el tiempo.
Quien conduce mi carreta es un negro viejo, alto y esbelto. Desde nuestra partida, mientras organizaba mis numerosas maletas, este carretero indígena que me lleva hizo el siguiente comentario:
—Conmigo, señora, no tiene por qué tener miedo.
—No tengo miedo —le respondí.
—Es que veo tanto equipaje… —comentó el cafre.
Es un viejo atrevido, pero sabio. Lo que llevamos en las maletas no es solo lo que necesitamos. Son las paredes de nuestra fortaleza, las fronteras de donde nunca queremos salir.
Confieso que África me provoca temores absurdos.
El más recurrente es que el suelo desaparezca bajo el barro.
En la sierra donde nací, en el norte de Portugal, me lo enseñaron pronto: un caminante avisado no pone los dos pies donde el suelo no es firme.
Ahora, frente a mí, se extiende un inmenso lodazal bordeado por tierras secas y quemadas.
Imagino que así debe ser el suelo del infierno: mitad barro, mitad cenizas.
—Hemos llegado, señora. Este es el puesto de Unde.
La voz del carretero sonaba lejana, lodosa, casi líquida.
El viejo extendió el brazo para ayudarme a bajar.
Se dio la vuelta y se agachó hasta que sus hombros quedaron a la altura de la tarima de la carreta.
Solo entonces lo comprendí: el negro se ofrecía para cargarme a cuestas.
Lo rechacé con vehemencia. El hombre insistió: «Suba, señora, ¡puede subir!
». En cuanto vio que me preparaba para saltar de la carreta, el hombre se arrodilló, juntando las manos a modo de súplica:
—Por favor, se lo ruego, bwana wa nkazi, no haga eso. Si no usa mis hombros, voy a ser castigado.
24.
Mpamba wakulolela wnagkawa kwinjila m’meso.
Si viste la flecha, es porque ya entró en tus ojos.
Proverbio yao
Al llegar a un bosque de frondosas mbauas , la caravana hizo una pausa.
Constança llamó al carretero y le tendió una fotografía.
El hombre conocía la existencia de esas cartulinas impresas, pero nunca había tenido una en las manos.
Cerró educadamente los párpados: observar a las personas en la intimidad de ese papel era como mirar por la ventana de un vecino.
—¡Mira bien esta fotografía! —insistió la portuguesa.
El carretero se limpió las manos en los pantalones y equilibró la imagen entre los dedos. Parecía temer que la persona fotografiada se escurriera del papel y cayera al suelo.
—Yo ya he visto a esta chica —dijo Winifome.
—¿Dónde? —preguntó Constança, sorprendida.
—En el puesto de Madziwa. El sargento Bruno enseñaba la fotografía de esa muchacha a todo el mundo.
—Es mi hija, Flávia.
Palabras del carretero Winifome
Esperaba poder alardear, todo vanidoso, después de este día, y anunciar a mis compañeros que había trabajado para una caravana de blancos. Al final, no puedo decirle a nadie que transporté a una mujer con pantalones y botas que viajaba sola.
Confieso que esa señora me da miedo. Esta nkazi wa bwana no puede ser una simple mujer.
Esta persona es alguien que atraviesa la noche, su cuerpo no tiene fronteras.
Es una msawi . Una hechicera. No puedo imaginarme cómo los blancos han dejado que una mujer suba a un barco y cruce el mar, que es un lugar reservado para los hombres.
Si esa mujer ha viajado, es porque es una hechicera.
Por eso es por lo que ruego, juntando las manos: Dios, quédate conmigo durante este viaje. Luego puedes ir a lo tuyo.
Chifuniro fingió estar atento a sus propios pies, pero fue espiando por el rabillo del ojo mientras la portuguesa no dejaba de revolver en el fondo de su equipaje.
—¡Ahora mira esta otra!
El carretero volvió a frotarse las manos en los pantalones mientras fijaba la mirada en otra imagen: la de una mujer de piel oscura y pelo crespo que sostenía en las manos una azada. Rozándola con los dedos, Chifuniro verificó el tamaño del mango de la azada.
—No conozco a esta señora, pero la azada es igual a las que usan las mujeres ngoni .
—Esta es Vicentia, la madre de Bruno —aclaró Constança. Y suspiró, como si le faltara el aliento—. Una mujer como esa va a ser mi consuegra… ¿Puedes imaginar algo así?
—Sí que puedo, señora —dijo el carretero—. En nuestra tierra, todos somos parientes.
El hombre sopló para quitar el polvo que se había adherido al papel. No era polvo. Eran copos de pintura que se soltaron y giraron por el aire. Después, sujetándose con la mano izquierda la muñeca de la mano derecha, Winifome le devolvió la fotografía a la portuguesa.
—Perdón, señora, pero ¿ha dicho que su consuegra es blanca? ¿Y va así descalza fuera de casa?
—Vicentia es una mujer de pies agrietados, una campesina analfabeta. En su familia solo hay pobres.
—Con el debido respeto, señora: ¿existen blancos pobres?
En la aldea de Vicentia, además de ser pobres, las mujeres nunca iban a la ciudad, por vergüenza de su piel oscura y su pelo encrespado.
—Aquella gente está mezclada y solo se casa entre sí —dijo Constança. Y suspiró, desconsolada—. Voy a tener nietos mulatos…