Capítulo cuatro. Profetas amnésicos #2
El obispo suspiró profundamente antes de enumerar las ofensas cometidas en la iglesia de Milepa.
Empezó por saberse que el padre Baião celebraba misa derramando nsembe , harina de sorgo, sobre los pies de Cristo.
Ese era el procedimiento que se usaba en las ceremonias paganas de los indígenas.
En el interrogatorio al que fue sometido, el misionero respondió con insolencia: «¿Me acusan de usar harina en la eucaristía?
¿Y la hostia, qué es sino harina?». Pero lo realmente imperdonable era que Sisnando estuviera escribiendo una nueva Biblia.
Aún se sabía poco sobre el estado de ese sacrilegio, pero llegaban informaciones de que la nueva versión del Libro sería en edición bilingüe y profusamente ilustrada.
—¡Un momento, señor obispo! —dijo Rodrigues Machado, interrumpiendo el largo desfile de lamentaciones.
Luego se dirigió al militar y alzó la voz para que se supiera quién mandaba en el palacio—: El señor capitán no va a arrestar a ese sacerdote por motivos religiosos.
Lo que está en juego es la seguridad de la nación.
Sisnando Baião había dado refugio al infame Bokero, jefe de la rebelión de los Maji Maji.
Meses después, el cura dio alojamiento al misionero negro John Chilembwe, acusado por los ingleses de estar preparando una rebelión en la vecina Nyasalandia.
Lo que al principio era extrañeza fue convirtiéndose en sospecha.
Con el tiempo, ya no quedaba sombra de duda: el padre Sisnando se preparaba para fomentar una rebelión al sur del Rovuma.
Eso fue lo que explicó el gobernador Machado.
—Capitán, no va a arrestar a un sacerdote, va a arrestar a un traidor a la patria…
22.
Wakwata kwa mphezi saopa kung anima.
La chispa no teme al trueno.
Proverbio yao
La expedición encabezada por el capitán Álvaro Centeno partió de Isla de Mozambique el mismo día en que los alemanes atacaron el puesto de Madziwa.
La comitiva estaba compuesta por tres militares a caballo, diez cipayos y una decena de teka-teka , los porteadores indígenas.
Cerraban la caravana tres carretas tiradas por yuntas de bueyes.
En la más grande de ellas viajaba una enorme campana cuyo destino era la torre de la iglesia de Milepa.
El repicar de aquella pieza debía acallar los tambores de los negros y las oraciones de los mualimos .
El obispo la había bendecido previamente y el capitán debía untarla cada día con aceites sagrados durante el trayecto.
Así lo pidió don García. El hierro nace sucio, dijo el religioso.
Necesita ser purgado de los demonios que habitan en las entrañas de la tierra.
En la carreta más pequeña viajaba Constança Sá de Meireles, la futura suegra de Bruno Estrela.
En la tarima del vehículo se había fijado una lona que la protegía del sol y de las lluvias y, sobre todo, de las miradas de los militares.
Constança era vistosa, morena, de ojos profundos y oscuros.
Llevaba el pelo suelto y vestía como un hombre: pantalones de sarga, camisa ceñida y botas altas.
Había venido a África a petición de su hija, Flávia, que moría de nostalgia por su prometido, el sargento Bruno Estrela.
Palabras del capitán Centeno
Si la portuguesa venía a espiar, peor para ella.
En las tierras del interior de Niassa no pasaba nada.
Fuese cual fuese el motivo de este viaje, me producía un placer especial darle su merecido al famoso curita.
Sus herejías me importaban poco. Lo que me preocupaba era que, detrás de esos desvaríos, aquel tipo con sotana estuviera preparando una sublevación contra la presencia portuguesa.
En mi equipaje llevaba dos documentos valiosísimos: una carta de desvinculación firmada por el arzobispo y una orden de arresto emitida por el gobernador.
Si por mí hubiera sido, el asunto se habría resuelto de otra manera: un tiro en la chola del curita.
En la aldea de Milepa solo hay negros. En otras palabras, no hay testigos.
Bueno, ahora habría una testigo, esa tal Constança.
Con todo, a la muy lista también la eliminaría.
Una bala en pleno pecho. No hay nada mejor que un escote generoso para afinar la puntería.
23.
Wakonwe ali mpela kwinani, lelo maunde, malawi lyuwa.
Mujer y luna: hoy serena, mañana oscura.
Proverbio yao
Un anciano negro, alto y delgado, se cuadró en señal de saludo ante Constança Sá de Meireles y anunció en portugués:
—Se presenta el conductor de su carreta, de nombre Chifuniru Winifome, pero puede llamarme con cualquier otro nombre. Depende de su voluntad, señora.
El hombre puso la carreta en marcha sin apartar los ojos de la forastera. Puede que la tipa fuera blanca, pero difícilmente sería una mujer. ¿Una mujer existiendo sola y, además, con sombrero en la cabeza? ¿Una mujer fumando en público? ¿Con botas militares? ¿Mirando a los hombres a los ojos?
—Ya me lo han dicho —murmuró el carretero—. Usted va a rescatar a su yerno y yo voy a buscar a mi hijo Tadala, que está ejerciendo de cipayo allí, en Madziwa.
Extracto del diario de Constança Sá de Meireles