Capítulo cuatro. Profetas amnésicos
Capítulo cuatro Profetas amnésicos
Se dice, entre los yao, que el rey Ce Bwonno-malo, de la dinastía de los Matakas, habría devorado la cabeza del alférez Valadim después de espolvorearla con guindilla y de haber declarado que el portugués era «pescado».
Se dice también que guardó el cráneo, que empezó a usarlo para sus libaciones y que lo legó a su sucesor, de modo que, a partir de entonces, todos los Matakas lo usaron con el mismo propósito.
M ANUEL G AMA A MARAL
Capítulo cuatro
20.
Ganó tal grandeza que derrotó al ejército del cielo, que son las estrellas, y las arrojó a la tierra para después pisotearlas .
Daniel, 8:10
En la amplia sala de espera del Palacio de Gobierno de Isla de Mozambique, el capitán Álvaro Centeno aguardaba a que le abrieran la imponente puerta esculpida por artesanos indo-portugueses.
Álvaro Centeno inspeccionó el estado de su uniforme, comprobó la limpieza de las botas y repasó el brillo de las medallas que llevaba en el pecho.
Acababa de llegar de Porto Amelia. Pasó la mano por el tirador de la puerta y recordó las palabras de su padre: no hay madera que no esté viva.
Para conocer el estado del alma de una tabla, el viejo Centeno apoyaba la cara en las superficies de las mesas.
El esplendor del lugar traducía la persistente importancia de Isla de Mozambique, a pesar de que la capital política había sido trasladada a Lourenço Marques, dos mil kilómetros al sur.
Dicen que el palacio tardó siglos en levantarse.
De día, alzaban las paredes. De noche, los demonios las derribaban.
Hubo que llamar a los hechiceros para calmar a aquellos djiins .
Solo entonces la tierra abrazó la construcción.
La casa ha echado raíces, dijeron los isleños.
Con gran estruendo, los batientes se abrieron y un soldado invitó a Centeno a entrar. El gobernador Rodrigues Machado y el obispo don Manuel Garcia lo esperaban plácidamente instalados en un amplio sofá apoyado contra la pared del fondo.
Palabras del gobernador Rodrigues Machado
Mi estimado capitán Centeno: se me había ocurrido ir a verlo a Porto Amelia.
Pero luego pensé: ¿qué Porto Amelia? ¿Cuál de los tres edificios ha quedado en pie tras el ciclón del mes pasado?
Por el amor de Dios, capitán. Nuestros superiores, allá en Lisboa, aún creen que tenemos algún gobierno en este territorio más allá de esta isla, lejos de este palacio.
¿Tiene usted idea de cuántos blancos viven en Porto Amelia?
Unos treinta, la mitad de ellos ya nacidos en África, ni siquiera sé si a esos hijos de colonos podemos llamarlos blancos.
La villa de Porto Amelia no es más que la sede de la Compañía de Niassa, y usted sabe bien quiénes son los propietarios de esa compañía: los alemanes.
Y ellos, los alemanes, son los verdaderos dueños de las tierras de Niassa.
Y son esos arios los que pagan los sueldos de los cipayos de este distrito.
Y ahora vayamos al grano: dirigirá usted una expedición al puesto de Madziwa.
Queremos saber qué sucede con el sargento Bruno Estrela.
Hace semanas que hemos perdido todo contacto con él.
La principal función de ese letárgico militar era recopilar información sobre las simpatías que las tribus alimentan por los alemanes.
En caso de guerra, debemos saber con quién podemos contar.
En términos prácticos, esto es lo que debe hacer: reúna a un grupo de soldados, diríjase a Madziwa y tráiganos noticias de ese cuartel.
Pero no confíe demasiado en el apoyo de los lugareños.
Gente falsa, siempre hay que andar con los dos pies detrás de ellos.
El gobernador repitió la expresión como si fuera un hallazgo: «Los dos pies detrás de ellos». Señaló a su alrededor y dejó que su voz resonara en el amplio recinto:
—¿Ve a algún cafre dentro de esta sala? Soy yo quien sirve las bebidas, capitán.
Tenemos aquí una bebida especial, un aguardiente delicioso.
Nos lo ofreció una profetisa que nos visitó, llamada Aluzi Msafiri.
Una criatura civilizadísima, sin acento, de facciones correctas.
En fin, una verdadera señora. Trajo una buena docena de botellitas, las distribuimos entre toda nuestra gente.
Ya verá, capitán, este aguardiente es una bomba.
El gobernador sirvió al capitán en un vaso y al obispo en una taza de té. Sugirió brindar por la nueva República. El obispo no levantó la taza.
—En Madziwa hay un joven cipayo que ha adoptado un nombre muy portugués, ¿cómo se llama el condenado muchacho…? —dijo el gobernador, chasqueando los dedos en un esfuerzo por recordar.
—Nataniel —susurró el obispo.
—Ese mismo. Un tipo muy educado, muy devoto de Dios y absolutamente fiel a nosotros. Tráigalo con usted, capitán, tráigalo en su viaje de regreso.
21.
… el mar fue medido y fue encadenado a la tierra.
Y la tierra fue medida y encadenada al mar. […]
Todo lo que queda es una taza de té,
lo más profundo de los océanos.
M IROSLAV H OLUB
El obispo don Manuel García levantó tímidamente el dedo meñique:
—Permítame una humilde observación, Excelencia: pero ¿no se podría considerar la hipótesis de que hubo un ataque contra nuestra posición en Madziwa?
—¿Un ataque? —El asombro del gobernador no podía ser mayor—. ¿Un ataque de quién contra quién?
—Quién sabe, estamos tan lejos de todo —argumentó el obispo sin mucha convicción.
Inesperadamente, un criado llamó a la puerta y entró pidiendo disculpas por la interrupción. Anunció que el asunto era urgente. Venía acompañado de un hombre con un fez rojo y una túnica inmaculadamente blanca. El gobernador lo disculpó y se retiraron él y el visitante.
Tan pronto como Rodrigues Machado cerró la puerta, el clérigo movió lentamente la mano hacia una taza de porcelana.
Su gesto fue elegante, pero poco certero.
Los dedos rollizos se hundieron en la taza y allí se quedaron, sumergidos como si fuera un gesto premeditado.
Solo después de un tiempo levantó la taza y sorbió delicadamente la bebida.
A continuación, fijó los ojos en el capitán y le preguntó:
—¿Sabe lo que ha venido a hacer ese árabe aquí? Una desfachatez, capitán. Viene a devolver las banderas.
Y explicó, murmurando: había quien alquilaba banderas portuguesas a los árabes traficantes de esclavos. Los contrabandistas las izaban en sus barcos y la armada inglesa que patrullaba la costa no los molestaba.
—Engañan a los ingleses. No engañan al Altísimo. —Y el dedo gordo del obispo pareció tocar el techo del edificio.
—¿Y Lisboa? —preguntó el capitán—. ¿Estará Lisboa al corriente de tales maniobras?
—Olvídese de Lisboa, olvídese de Europa. ¿Sabe cuál es el tamaño de nuestra frontera? Setecientos kilómetros. Es más que del Miño al Algarve. Lo que más me quita el sueño es saber que los que mandan en todo ya se han dado cuenta de que no tienen el control de nada.
—Soy un simple militar, señor obispo. No puedo comentar…
—Tiene toda la razón, capitán. Lo lamentable es que, siendo yo obispo y usted militar, damos poco de que hablar a los chismosos. Pero lo más triste de todo es que ya he terminado mi té. ¿Le importaría servirme otra taza?
Tan pronto como el capitán lo sirvió, el obispo se quejó: el gobernador hablaba de una guerra que estaba por venir. Pero la Iglesia era víctima de una guerra insidiosa desde que cayó la monarquía. El obispo levantó un libro voluminoso:
—¿Ve este tocho, capitán? ¿No sabe lo que es? Pues se lo diré yo: son informes de inspecciones de cuentas que el Estado exige a la Iglesia. ¡Quieren saberlo todo, malditos republicanos!
De repente, se volvió a abrir la puerta y el gobernador regresó al salón: «Se acabó la conversación», susurró el obispo. Luego, de manera atropellada, se dirigió a Rodrigues Machado:
—Estaba aquí diciéndole al capitán que tendrá una agradable compañía en el viaje a Madziwa: la madame Constança Sá de Meireles.
Constança era una aristócrata refinada, hija de gente importante en el Ministerio de la Guerra, una cuarentona muy bien conservada y dada a indescifrables extravagancias.
—Esa señora va a rescatar al sargento Bruno, su futuro yerno…
—No creo que esa sea la verdadera misión de esa mujer —interrumpió el gobernador Rodrigues Machado. En su opinión, Constança era una enviada de los monárquicos con el objetivo de espiar a las tropas republicanas, inexpertas en asuntos africanos.
—Ya sabe, capitán, manténgase atento a esa noble —ordenó el gobernador—.
Y ahora vayamos a lo que importa. Tenía por aquí un mapa con todo marcado, ¿lo habrá tocado el obispo?
—Y el obispo hizo un vago gesto con la mano gruesa—.
Bueno, no importa, yo le explico el itinerario, está todo aquí, en mi cabeza.
El plan era realmente simple: en el camino hacia el puesto de Madziwa, la caravana haría una pausa en Milepa.
Era allí, en esa aldea, donde se encontraba el padre Sisnando Baião.
El gobernador no escatimó en los atributos maléficos del sacerdote para ser apresado: un traidor, un impostor, un agitador político de faldas.
El propio obispo ya lo había confirmado: Sisnando Baião no estaba registrado en ninguna diócesis de Mozambique.
—¿No es así, señor obispo? Hable usted, don García, hable de las herejías de ese sinvergüenza…