Capítulo tres. El vértigo de los buitres
Capítulo tres El vértigo de los buitres
La primera gota de lluvia fue pequeña y cayó en silencio sobre la tierra seca. Pero era agua y era redonda. Y así nacieron los océanos.
Leyenda de Milepa
Capítulo tres
15.
Mbilo akusasyuka namweaze mwewe.
A fuerza de cavar, el sepulturero se convirtió en un milano.
Proverbio yao
Con paso militar, el cipayo Nataniel y el padre Sisnando se dirigieron al puesto de Madziwa.
Iban a enterrar los cuerpos y ocultar las huellas del ataque alemán.
El plan era simple: después de cerrar las tumbas, volverían a prender fuego a las construcciones.
Se dice que lo que ya ha ardido no vuelve a quemarse.
Pero el fuego es insaciable. Siempre queda un pie de alguna cosa esperando ser consumido.
—Los portugueses vendrán a hacerte preguntas —le advirtió el cura—. Como eres un idiota, acabarás cayendo en la trampa. Escúchame bien: dirás que, la noche pasada, dormiste allí, en la iglesia. ¿Me escuchas? Aluzi y yo confirmaremos esa coartada.
—¿Y si reabren las tumbas y encuentran los cuerpos acribillados por las balas? —preguntó el cipayo.
—Los enterraremos en un sitio donde ni las hienas los encontrarán.
Al llegar al puesto, el cura circuló entre las cenizas y fue recogiendo, aquí y allí, las tablas menos consumidas por el fuego. Las agrupó por tamaños para luego anunciar:
—Con esta madera vamos a fabricar un ataúd.
—¿Y los otros? —se extrañó el cipayo.
—No hay madera para todos —respondió el cura—. Además, el blanco tiene un viaje más largo.
Con los cipayos procederían como mandaba la tradición: abrirían una tumba donde acomodarían a cada muerto, sentado, con su uniforme, su arma y algo de comer para el viaje.
Palabras del padre Sisnando Baião
Recuerdo aquel momento. Recuerdo que decidimos juntos, el cipayo y yo, hacia qué lado colocaríamos la cabeza de cada uno de los difuntos.
Porque había de todo tipo: cristianos, musulmanes y animistas.
No sabemos hacia qué lado quedó el portugués: al introducir el ataúd en la tumba, el cuerpo del infeliz se dio la vuelta dentro del féretro.
En ningún momento, sin embargo, utilizamos la palabra «entierro».
Para la gente de Milepa, los muertos «se siembran».
Reingresan en un vientre, y por eso se les doblan las articulaciones hasta dejarlos en posición fetal.
El chico, Nataniel, me recordó ese precepto.
Pero al final lo dejé tal como se había ido, con el cuerpo todo estirado.
Hay tareas que son para los enterradores.
Terminé con aquel trabajo y me froté las palmas de las manos en la arena. Así me despedí de los difuntos. Ahora, la tierra era la piel de los muertos.
Una vez cerradas las tumbas, el sacerdote recorrió con la mirada los destrozos del puesto de Madziwa.
¿Cuánto tiempo tardarían esas heridas en cicatrizar?
«Ojalá llueva», fue la desanimada súplica de Sisnando Baião.
Aunque fuera una lluvia escasa y fuera de temporada.
Levantó el rostro de soslayo, como si le diera vergüenza que Dios lo viera.
Fue entonces cuando reparó en los buitres. Había tantos que el cielo se oscureció.
—Padre, es mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes.
El cipayo tenía razón. Sisnando Baião se apresuró a bendecir la tumba. Antes de rociar el suelo, sacudió la cantimplora y vio que el agua era poca y sería un pecado desperdiciarla. Cerró rápidamente el recipiente y se apresuró por los senderos que lo llevarían al refugio de su iglesia.
16.
Buitres y demonios:
ninguno de ellos usa las alas.
Abrazan el viento y planean sobre las nubes.
Proverbio de Milepa
En ese momento, en la aldea de Milepa, la profetisa Aluzi Msafiri observaba los buitres que volaban en círculos.
No eran aves. Eran mensajeros. Fue entonces cuando uno de los grandes pájaros cayó como si hubiera tropezado con una nube y se precipitó como un meteorito sobre la sabana.
Era una señal: al ser enterrado en tierras africanas, el muzungo Bruno Estrela acababa de desordenar el universo.
No tardarían en llegar las autoridades desde la ciudad para pedir cuentas.
Los portugueses empezarían interrogándola.
Y la vidente tendría que esconder al ave de rapiña que vivía en su interior.
Palabras de Aluzi Msafiri
Yo lo sabía todo sobre la vida de ese tal Bruno, y no hizo falta que me dijera ni una palabra. Estaba todo en sus ojos. El día que abandonó su aldea, allá en Portugal, ese chico abrazó las puertas y acarició las paredes. Se despedía como si la casa fuera un pariente suyo.
Esa manera de decir adiós, con el debido respeto, no es cosa de europeo.
Eso es lo que hacemos nosotros cuando salimos de nuestra aldea.
Llevamos con nosotros nuestra tierra como quien lleva el cordón umbilical.
Así fue como ocurrió con mi abuelo paterno.
El día en que partió de viaje, se arrodilló junto al cementerio de nuestra familia y arrastró toda la arena que pudo meter en una caja.
Adondequiera que fuera, llevaría consigo la tierra de sus antepasados.
Nosotras, las nietas, nos miramos, calladas: nuestro abuelo proclamaba en silencio que nunca más regresaría.
Ese era el mensaje de los buitres. No anunciaban una despedida, sino una llegada.
Era la guerra la que llegaba, una guerra traída por los europeos.
Las tumbas abiertas en Madziwa no eran más que las primeras once.
Tendríamos que abrir tantas sepulturas que todos nosotros, negros y blancos —que siempre existimos separados—, terminaríamos por ser vecinos en esa tumba más grande que toda la tierra.
Manos que no se tocaron cuando eran de carne se entrelazarían cuando fueran solo huesos.
Acabaríamos olvidando de qué raza éramos y qué lengua hablábamos mientras estuvimos vivos.
17.
Pitxa murima nliti nawe khanixa.
Nunca es honda la tumba en la que se siembra una buena persona.
Proverbio macúa
Hace media docena de años, cuando Sisnando Baião llegó a Madziwa, los rituales eran bien diferentes.
Los familiares sentaban a los muertos, les ataban un hilo de algodón a la cintura y ese hilo iba girando, girando, tirado por las manos de la mujer más anciana, mientras que, en cada vuelta, todos anunciaban, al unísono, el nombre de un antepasado.
Poco a poco, el muerto se convertía en un cementerio vivo, un guardián de todos los nombres, un ovillo hecho de tiempo.
No era un entierro. Era una lección. Aquellos difuntos aprendían a ser dioses ancestrales, los vazimu ya makolo .
Cómo habían cambiado los tiempos, pensó Sisnando.
En el funeral de los cipayos, Nataniel Jalasi había dejado al fondo de cada tumba un papel con el nombre del muerto y un mensaje que debía ser entregado al Creador.
Los papeles habían sido arrancados de un cuaderno que Nataniel siempre llevaba consigo y que llenaba con una letra tan minúscula que solo él era capaz de descifrar.
Palabras del cipayo Nataniel Jalasi
Recuerdo el viaje que hice a la ciudad en compañía de mi madre.
Iba a presentarme en la sede de la Compañía de Niassa.
Como habíamos acordado, mi madre se quedó en una sombra y yo avancé hacia la veranda del edificio.
Sin levantar la cabeza, un empleado me extendió un formulario de inscripción y me ordenó sumergir el dedo índice en un tintero. Quería mi huella digital.
—¿Quién le ha dicho que no sé escribir? —le pregunté.
El hombre sonrió con desdén. Sin mirarme, me tomó la mano y me hundió los dedos en la tinta, mientras murmuraba entre dientes: «¿Quién te ha dicho que me podías hacer preguntas?».
Al reconocer mi acento, declaró:
—Tú eres un yao.
Reaccioné rápidamente:
—Soy un cipayo portugués.
El empleado estiró las piernas para engrandecer su cuerpo y sacudió la cabeza: «Olvídalo, mwana , nunca vas a usar un uniforme». Dicho esto, rasgó el formulario.
Uno de los comandantes de la Compañía de Niassa salió a la veranda y quiso saber qué pasaba. El funcionario me acusó de falta de respeto. El comandante, conciliador, le dio al empleado una palmada en el hombro.
—Deja al chico soñar. Mientras sueñe con ser como nosotros…
—Hizo una pausa y siguió diciendo—: Y si el chiquillo sabe escribir, ¿quién sabe si realmente lo necesitaremos?
—Luego le ordenó al funcionario—: Vete adentro, al almacén, y trae un nuevo libro de registros, igual al que estás utilizando.
Vamos a ofrecerle este presente al negrito soñador.
Y más aún —declaró el comandante—. Le vas a regalar la pluma que estás utilizando.
El comandante dio unos pasos hacia mí y su figura tapó el sol cuando me preguntó:
—¿Cuántos años tienes, chico?
—Diecisiete —respondí sin pestañear.
—Mentira, comandante. Este chico no tiene más de catorce —reaccionó el empleado.
—Vuelve mañana —dijo el comandante—. Vamos a buscar un trabajo para ti.
Cuando fui a ver a mi madre, le conté todo lo que había sucedido.
Ella no se mostró contenta: «¿De quién es hijo ese gran jefe?
». Me encogí de hombros. «¿Quién puede saberlo, madre?
». Y mi madre quería saber más: «¿Y su familia quién es?
». En vez de responder, le enseñé a mi madre el cuaderno con hojas rayadas.
Solo entonces suspiró, aliviada. Y sus dedos contornearon la insignia de la Compañía de Niassa estampada en relieve en la tapa rígida del cuaderno. Y era como si acariciara el futuro.
18.
Yo lavo la ropa.
La ropa lava el río.
El río lava la vida.
Palabras de Aluzi Msafiri
El cuaderno que Nataniel llevaba ahora consigo era el mismo que le habían regalado en la sede de la compañía.
En el puesto de Madziwa había un almacén de papeles, pero todos ardieron durante el ataque.
Solo quedó un pequeño cuaderno, de papel pardo, que pertenecía al sargento.
Había llegado a sus manos hacía más de un mes, en un momento en el que Nataniel registraba la habitación de Bruno Estrela: «¿Qué estás haciendo?
». Sin esperar respuesta, el portugués le arrancó el cuaderno de las manos al cipayo.
Tras una breve vacilación, le devolvió el objeto: «Como compensación —dijo el portugués—, vas a afeitarme la barba y a cortarme el pelo al rape.
Tengo pelo de negro», se quejó Bruno, ya instalado en una silla, mientras Nataniel afilaba la hoja de la navaja.
Encima de la mesa estaba la eterna fotografía de Flávia, la novia que lo esperaba en Portugal.
—Dime cómo es, tengo miedo de olvidarla —le pidió el sargento—. ¿Alguna vez has visto alguna chica más blanca?
Nataniel dijo que no. Y mintió. Frente a él había un papel descolorido, más descolorido que los ojos del sargento.
Terminados los retoques capilares, el cipayo cepilló los hombros y el cuello del sargento. Estaba barriendo el suelo alrededor de la silla cuando el sargento le tendió el cuaderno y la pluma.
—Quiero que me enseñes —dijo el portugués.
—No lo entiendo, mi sargento.
—Sí que lo entiendes —contestó Bruno Estrela.
Nataniel dio un paso atrás. ¿Cómo podía enseñar el abecedario a un jefe blanco? Y, más aún, ¿cómo podía revelarle el dibujo de las letras a alguien que había perdido gran parte de la visión? Bruno Estrela leyó los pensamientos del cipayo. E insistió, con dulce firmeza:
—Soy capaz de ver hasta lo que no querría ver, como esos malditos pelos esparcidos por el suelo.
—Hagámoslo así —sugirió, por fin, el cipayo—: Yo le enseño a escribir y usted corrige mi acento.
—¿Qué acento? —se sorprendió Bruno.
—Quiero hablar con acento portugués —repitió Nataniel.
—Tu acento es como mi pelo: no tiene cura.
El desafío era mayor de lo que Nataniel podía imaginar: para borrar la raza, no bastaba con hablar bien portugués. Tenía que hablar como un portugués. El sargento Bruno, en un gesto de desaliento, le puso el cuaderno en las manos.
—Es tuyo con una condición: nadie puede saber que no soy yo quien escribe a nuestros jefes.
19.
Todo viene en camino.
Sobre todo, lo que nunca va a suceder.
Padre Sisnando Baião
Cuando el cura y el cipayo atravesaron el río Likasulu, había un hombre sentado en la orilla.
Estaba calzado, demasiado calzado. Y llevaba la cabeza cubierta con un sombrero blanco.
No había duda: era un hombre de la ciudad, un «hombre de nombre», como se dice en Milepa.
El forastero le entregó al sacerdote varios sobres.
«Aquí están los informes que me pidió», dijo en suajili.
Sisnando Baião cogió los papeles, les echó un vistazo rápido e, incrédulo, preguntó:
—Pero ¿qué es esto?
—Es lo que está viendo, padre. O mejor dicho, lo que no está viendo.
—¿Están todos así? —preguntó el sacerdote, sacudiendo los papeles como si fueran trapos viejos.
—Todo está así, padre.
El recién llegado introdujo las manos en el fondo de los bolsillos y sacó un puñado de billetes y unas pocas monedas. Sisnando miró atónito entre las manos del mensajero. El forastero dejó caer el dinero al suelo.
—Quédese con eso, padre. Ahora todo es basura.
Luego, el hombre se arrodilló en la orilla para llenar la cantimplora. Se acercó a Sisnando y lo cogió de los codos. Fue una despedida contenida, la mitad de un abrazo.
—Mi trabajo ha terminado, padre. Ahora es muy peligroso andar por ahí, parezco un espía. Y usted sabe lo que les pasa a los espías.
Tan pronto como la silueta del mensajero desapareció entre la maleza, Nataniel recibió instrucciones tajantes.
—Tú no estabas aquí, Nataniel. No has oído nada, no has visto a nadie. —Hizo una pausa y reforzó sus palabras con el dedo índice—: Aprende la lección, muchacho: si algún día necesitas un mensajero de confianza, elige a alguien de tu familia.
—¿Ese que lo acaba de visitar es pariente suyo?
—Nunca he tenido a nadie que fuera de mi familia.