El río de la ceguera Capítulo dos. Los que lavan los huesos #2
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Capítulo dos. Los que lavan los huesos #2

¿Tu gente? Aún hoy me duele esa expresión.

El sargento no tenía ni idea de cuánto me odiaban los aldeanos.

Para ellos, yo era igual que los demás cipayos que violaban a sus mujeres y sa queaban sus casas.

Intenté mil veces demostrar que era diferente.

Incluso llegué a fingir que los castigaba.

Reuní a los cipayos a la entrada de la aldea, en la hora de mayor bullicio.

Hice como si los azotara. Y ellos gritaban, pero todo fue tan falso que no engañamos a nadie.

El sargento Estrela estaba equivocado: aquella no era «mi gente».

Como nunca fueron suyas las mujeres con las que durmió.

Después del atardecer, me ordenaba reclutar jóvenes de los alrededores.

Antes de presentárselas, debía bañarlas para que no trajeran enfermedades.

Yo fingía lavarlas para que, después, él fingiera que dormía con ellas.

El portugués nunca llegó a tocar a ninguna.

Las chicas se quedaban sentadas en la habitación, con los pechos al descubierto, la capulana dejando entrever sus muslos.

Bruno Estrela las miraba con ojos mortecinos y terminaba por dormirse, la cabeza apoyada sobre la mesa, con una mano acariciando el pecho de una muchacha, la otra aferrada a una botella.

Las demás mujeres suspiraban aliviadas y se marchaban de puntillas.

A la mañana siguiente, el sargento me contaba, con la vanidad de un cazador, lo ardientes que habían sido sus noches de amor.

13.

Kanyetanyeta kakulimulicila kasyene.

El fuego ilumina su propio vuelo.

Proverbio yao

Cuando por fin llegó a Milepa, el cipayo sorprendió al padre Sisnando Baião avivando una fogata.

Quien enciende el fuego pone la mano sobre el sol.

Es lo que se dice en la aldea. Nadie puede interrumpir este antiquísimo ritual.

Nataniel dio un paso atrás. Recordó el día en que, hace algunos años, el cura apareció por primera vez en Milepa.

Palabras de Nataniel Jalasi

Yo aún era un niño cuando mi madre me despertó sobresaltada: «¡Ha llegado, ha llegado!

». Y enseguida me arrastró por una senda llena de gente alborotada.

Ahí estaba él, en medio del claro: un hombre blanco vestido con una túnica blanca hasta los pies, con una barba blanca que le llegaba al pecho y un largo paño blanco atado a la cintura.

—Voy a construir la primera iglesia de Milepa —anunció en portugués.

—¡Es un abujo ! —vaticinaron en coro varias voces.

—¿Un misionero? —dudó alguien.

Otro hombre argumentó, reforzando la desconfianza: «Para aparecer en este fin de mundo o es un profeta o es un criminal».

De repente, mi madre decidió abrirse paso entre la multitud. Y me presentó al forastero:

—Este es Nataniel, mi hijo. Habla y escribe en portugués.

El viajero me miró fijamente. Y fue como si nunca nadie me hubiera mirado antes. Hizo lo mismo con todos: contempló a cada persona como si fuera un recién nacido. Me ofreció agua.

—No quiero vaso —le dije—, quiero beber de sus manos.

El visitante posó sus delgados dedos sobre mi hombro y me preguntó:

—¿Sabes que estoy escribiendo una nueva Biblia?

Su mirada era tan luminosa y su voz tan grave que pensé: «¡Es Él, tiene que ser Dios!». El hombre, es decir, Dios, quiso saber si yo dominaba las dos lenguas, el yao y el portugués. Perdí la voz y asentí con la cabeza.

—¿No quieres ser tú quien traduzca el Libro?

Volví a confirmarlo. Dios puso la palma de Su mano sobre mi cabeza y dijo: «Vengo solo de visita.

Así son los dioses, siempre están de paso.

Te dejo el libro y dejo a esta amiga mía».

Y apareció una mujer cuyo rostro estaba cubierto por un velo.

«¿Es la Virgen?», pregunté. «Es la gran madre de los ríos», dijo Dios.

La mujer se descubrió la cara y vi, sorprendido, que era de piel negra, era la persona más oscura que jamás había visto.

Se llamaba Aluzi Msafiri. Entonces, me arrodillé y le pedí a Dios que me concediera un milagro antes de partir.

«¿Un milagro?», se extrañó la mujer. «El gran milagro —respondió Aluzi en nombre de Dios—, el gran milagro será la construcción de una escuela».

Hice como que no había oído e insistí: «Un milagro, por favor, quiero ser un muzungo .

Haga de mí un blanco», le imploré. Y Dios se rio a carcajadas. Luego, dio media vuelta y se fue.

Años después, Sisnando Baião no se atrevería a hacerse pasar por Dios.

Ya le costaba ser sacerdote a tiempo completo.

Con todo, aún conservaba algo de aquel aura profética.

Quizás porque acababa de posar las manos sobre el sol, encendiendo el primer fuego en la noche de Milepa.

Al sentir a Nataniel surgir de las tinieblas, el cura dio un brinco de sorpresa:

—¡Por Dios Santo, qué susto, parecías un recaudador de Mataka cobrando el impuesto del fuego!

Volvió a frotar las dos maderas entre las palmas de sus manos: en vertical, la «madera-marido»; en el suelo, la «madera-mujer».

No tardaron las primeras llamas en iluminar la figura esbelta del sacerdote, con más barba que cuerpo, que mezclaba en sus venas incontables razas: india, negra, árabe, blanca.

—Hace tres semanas que no vienes por aquí, tontaina —masculló el cura, la voz ahogada por el humo—. Tengo ahí un montón de páginas para que las traduzcas.

—Padre, ha ocurrido algo terrible —murmuró el cipayo con la voz entrecortada.

A trompicones, Nataniel relató los trágicos acontecimientos que acababan de suceder en Madziwa.

Sisnando Baião recibió la noticia sin reaccionar.

Se quedó un rato contemplando la hoguera.

Luego, se puso lentamente las pantuflas y, con pasos sonámbulos, cruzó el patio en dirección a la casa.

El cipayo se quedó mirando la patética figura y pensó: «¿Cómo pude haber confundido a esta persona con el Creador?

». El sacerdote se detuvo a mitad de camino y preguntó a Nataniel si les había cerrado los ojos a los difuntos. El cipayo asintió con la cabeza.

—¿Y al portugués también?

Nataniel volvió a asentir. El cura no preguntó nada más.

Y menos mal que no lo hizo. Nataniel quería borrar la última visión de sus compañeros fallecidos: antes de retirarse, los alemanes les clavaron las bayonetas en el vientre a cada una de las víctimas.

Esto es lo que se hace: hay que destripar a los enemigos ya muertos.

Si no se hace, el asesino verá su propia barriga hincharse con las entrañas en putrefacción.

14.

Akuluakulu ndi m’dambo mozimila moto.

Los más viejos son ríos donde el fuego se apaga.

Proverbio nyanja

El cura entró en la iglesia y, unos instantes después, salió al patio con unas botas militares.

—Me he puesto estas botas —anunció a gritos—. No puedo dar patadas con pantuflas.

Y empezó a dar puntapiés a las latas, las ollas y los leños de la hoguera. Una lluvia de chispas incandescentes lo rodeó, y parecía como si el sacerdote emergiera de las profundidades de la tierra.

—Ahora te voy a decir una cosa, idiota: nadie puede saber lo que ha pasado. ¡Nadie! ¿Me entiendes?

—¿Y por qué está tan enfadado, padre Sisnando? —preguntó el cipayo.

—¿Por qué? Te lo voy a explicar, burro: un lugar que no existía ha pasado, por tu culpa, a ser el centro del mundo.

El sacerdote arrastró las palabras como si el interlocutor fuese incapaz de discernir: si los portugueses se enteraban de ese incidente, tendrían que abandonar su posición de neutralidad en el conflicto entre alemanes e ingleses.

—Te voy a decir una cosa, bobo: los portugueses entran en esta guerra y tú vas a tener que hacer compañía a los desgraciados que acabas de enterrar. Y toda tu familia, todos tus vecinos, morirán como tordos. ¿Sabes qué son los tordos?

Sentía tanta rabia que le saltaban escupitajos por la boca.

Los salpicones de saliva le colgaban de la barba como gotas de rocío.

La fogata crecía, alimentada por los sombríos vaticinios del cura: los hombres serían reclutados a la fuerza, unos como porteadores, otros como soldados, las mujeres, los niños quedarían huérfanos antes incluso de nacer.

El sacerdote fue dando patadas a todo lo que encontraba mientras se dirigía al almacén. Regresó unos instantes después cargando una mochila y dos palas de mango largo.

—¡Vámonos! —sentenció—. Vamos a borrar Madziwa del mapa. Y que Dios me perdone: voy a deshacer lo que Él dejó que sucediera.