Capítulo dos. Los que lavan los huesos
Capítulo dos Los que lavan los huesos
Con la palabra «serpiente» se puede cruzar un río lleno de cocodrilos.
A IMÉ C ÉSAIRE
Capítulo dos
9.
Ororomela khonamala, onamala nokhwa.
Nadie se carga a sí mismo.
Proverbio macúa
El rocío aún brillaba cuando el cipayo Nataniel partió de Madziwa hacia Milepa.
De vez en cuando, observaba las nubes como si en ellas descifrara el mapa de su viaje.
A Sisnando Baião le habría gustado saber que un cipayo tan ajeno a sus orígenes se mantenía fiel a lo que él llamaba las «auténticas» tradiciones africanas.
En realidad, Nataniel Jalasi no se guiaba por saberes ancestrales.
Llevaba en los bolsillos otras nubes y otros astros: un mapa en el izquierdo y una brújula en el derecho.
Al contrario de las aspiraciones del cura, la madre del cipayo, Alile Jalasi, se alegraría al saber que su hijo se orientaba con instrumentos modernos.
Nada de eso le daba miedo. Lo que sí le preocupaba era que un día los africanos perdieran las tierras que siempre les habían pertenecido.
Los tiempos han cambiado, se lamentaba Alile: antiguamente, cuando llegaba un forastero y pedía un terreno para vivir, el jefe de la aldea, el mwenye , cogía una honda y lanzaba una piedra en dirección a cada uno de los puntos cardinales.
Donde cayeran las piedras, allí estaban los límites del terreno.
Ahora, los europeos y los árabes se instalaban en la tierra de los yao como si estuviera vacía.
Extendían una cuerda y medían lo que no tiene tamaño.
Palabras de Nataniel Jalasi
Siempre fue mi sueño: ser un civilizado. Y esa fue la promesa que le hice a mi madre. Fue ella quien, a escondidas de mi padre, le pidió a Aluzi Msafiri que me enseñara a leer y escribir. Era mi madre quien ponía su cuerpo delante del mío cada vez que mi padre quería castigarme.
Si pudiera hablar con ella, le diría: he cumplido mi juramento, madre, ya soy un muzungo .
Soy más blanco que el difunto portugués.
No tenga duda, madre. Fui yo quien escribió todos los informes del puesto.
El sargento dejaba la pluma suspendida, sin tocar el papel. Se quejaba de que había demasiada luz.
La triste verdad, sin embargo, es que ni mi madre, Alile Jalasi, puede oírme, ni el sargento cumplirá su gran promesa: ya no iré con él a Lisboa. Bruno Estrela tiene dos océanos por atravesar. Es demasiado viaje incluso para un muerto.
10.
No hay viajero solitario.
Los caminos están hechos de gente.
Proverbio de Milepa
Una noche de marcha separa Madziwa de la aldea de Milepa. Nataniel quería apresurar el viaje. No pararía bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, nadie puede viajar sin visitar a las personas. Los que habitan el camino son el camino mismo.
La prisa del cipayo era mayor que la prudencia: eligió los senderos que solo frecuentaban los animales.
Prefería encontrarse con leones antes que retrasar su llegada a la iglesia de Milepa.
Hacía casi un año que se había alistado como cipayo de la Compañía de Niassa.
En el puesto de Madziwa, solo el sargento le daba órdenes.
La única persona a quien ahora debía obediencia era al padre Sisnando Baião.
Después de informar al sacerdote, a Nataniel Jalasi no le quedaría más que huir lejos de Niassa.
Sería la más absoluta de las huidas: sin destino, como un cometa escapando de su propia luz.
A decir verdad, no tenía otra salida. La muerte le había atado dos cuerdas al cuello: los portugueses lo acusarían de negligencia y sus hermanos lo culparían de connivencia.
Volvió a contemplar el cielo que, ahora sin nubes, le pareció todavía más infinito.
La gran cuestión para quien huye no es el destino.
Es hasta cuándo tendrá que huir. Para Nataniel, ese cuándo era como el cielo: no tenía fin.
Millas adelante, Nataniel se detuvo a descansar.
Se sentó a la sombra de una frondosa mpanga .
Se enjugó las manos en la camisa y sacó del bolsillo su carné de cipayo.
El documento estaba empapado de sudor, la foto descolorida, las letras borrosas.
Cavó un hoyo y en él enterró los papeles, como si estuviera sepultando su propio cuerpo.
Incluso se le pasó por la cabeza clavar una cruz sobre aquella arena.
Antes de retomar el camino, se acomodó el voluminoso fardo que llevaba a la espalda.
En él guardaba los uniformes y las botas que había conseguido recuperar de sus compañeros fallecidos.
Cumplía las órdenes que había recibido el día en que se alistó: recoger los uniformes de los muertos y llevarlos de vuelta al cuartel.
Esas ropas servirían para los próximos reclutas.
11.
Te heriste en la boca,
la sangre se ha quedado en tus entrañas.
Proverbio de Sofala
A mitad del camino, Nataniel vio acercarse a un hombre de estatura tan baja que sospechó que se trataba de un citowe . Tomó las debidas precauciones y, antes de que la criatura lo interpelara, el cipayo se adelantó:
—Ya te estaba viendo de lejos.
Era la respuesta anticipada a la fatídica pregunta de aquellos pequeños individuos: «¿Desde cuándo me estás viendo?
». Eso era lo que preguntaban. El interpelado debía tener cuidado: cualquier palabra que confirmara su diminuta estatura se pagaría con la vida.
El hombre no lo saludó. Se apoyó en la lanza que llevaba consigo e inquirió:
—¿Cuál es el asunto?
El cipayo redujo el paso, fingiendo no haber oído.
Pero enseguida se dio cuenta de que aquel hombre formaba parte de un grupo que lo esperaba más adelante, en medio del sendero.
En pocos segundos, hombres y mujeres formaron un círculo a su alrededor.
Después de los saludos de rigor, todos guardaron silencio.
Hasta que el más anciano dio un paso al frente y declaró:
—Queremos darte las gracias.
—¿Por qué? —preguntó el cipayo, desconfiado.
—Por lo que hiciste con el sargento portugués.
—¿Y qué he hecho?
—Lo has matado —afirmó el citowe , y los demás asintieron con firme aprobación.
—Estáis muy equivocados, amigos… —se defendió Nataniel.
—Te vimos arrastrar el cuerpo —lo interrumpieron—. Te vimos vestir al muerto y sentarlo en la silla. Hiciste bien en prender fuego al puesto. No ha quedado rastro del crimen.
Nataniel levantó un brazo para reforzar su protesta, pero una de las mujeres le puso la mano en el pecho y declaró:
—Eso es lo que hacéis vosotros, los cipayos, cuando no pagamos el impuesto: quemáis nuestras casas.
Nuevo silencio. Otra mujer se sumó a las reclamaciones:
—Un puesto militar solo sirve para llamar a la guerra —prosiguió, cruzando las manos sobre el pecho—. Esa nueva guerra, ese nkondo , será entre ellos, los blancos. Nosotros tenemos nuestras disputas y nunca involucramos a los europeos en ellas.
Luego sentenció con firmeza:
—Ahora, márchate. No queremos a los portugueses aquí. Por la misma razón, tampoco te queremos a ti. Para nosotros, eres un muzungo . Compartes nuestro color, pero los uniformes crean otra piel —y repitió la orden, mientras le daba la espalda—: Márchate.
—Nunca os he hecho daño —declaró Nataniel—. Nunca he robado, nunca he faltado al respeto a vuestras mujeres.
—No lo has hecho. Pero permitiste que los otros lo hicieran.
Una de las mujeres rompió a gritos y se lanzó contra el cipayo. Los ánimos se caldearon en un abrir y cerrar de ojos. Los que al principio habían mostrado gratitud se unían ahora para acusarlo.
—Por tu culpa, tendremos que marcharnos lejos.
—¿Quién os está echando? —preguntó el cipayo.
—Han matado a un blanco aquí. No podremos seguir viviendo en este lugar.
Lentamente, el grupo empezó a dispersarse. El primero de los citowes fue el último en retirarse. Antes de dar el primer paso, escupió en el suelo, como si su saliva fuera el más letal de los venenos. Aún de espaldas, gritó:
—Tu padre, Bomani Kirimi, se alegrará al saber lo que has hecho en Madziwa…
—Mi padre hace mucho que no está en este mundo.
—Una razón más para que se alegre…
12.
Ephiro khenakona.
Los caminos no duermen.
Proverbio macúa
De repente, un pensamiento terrible cruzó la mente de Nataniel Jalasi: no le quedaba otra opción más que matar a aquellas personas.
Todas eran testigos de la masacre que tanto se había esforzado en ocultar.
Empuñó la pistola y apuntó a la espalda del último de los citowes .
Poco a poco, el arma empezó a pesarle en la mano y su brazo perdió fuerza.
Terminó por apoyar el cañón de la pistola contra su propio rostro.
El dedo llegó a rozar el gatillo. En el último instante, apartó el arma y disparó hacia la copa de los árboles.
Bandadas de pájaros hicieron añicos el cielo.
De pronto, Nataniel sintió que alguien le tocaba el hombro. Era un citowe que no se había ido de su lado. El pequeño hombre señaló el horizonte y preguntó:
—¿Ves aquel humo cerca del río? Hemos sido nosotros. Hemos quemado el barco de los alemanes.
—¿Pero el barco no había cruzado ya a la otra orilla? —preguntó el cipayo.
—Al final, volvieron a nuestro lado. No sé por qué regresaron, pero por una buena razón no será.
Palabras de Nataniel Jalasi
No sé por qué perdoné la vida a aquella gente.
Eso es lo que dice el padre Sisnando: que soy una buena persona solo por falta de habilidad.
El sargento Bruno y yo compartíamos la misma torpeza: necesitamos que todos nos quieran.
Recuerdo que hace pocos días el sargento me llamó para preguntarme: «¿Cuántos meses lleváis sin cobrar salario?
», y yo le respondí: «Desde que llegamos».
Entonces, el sargento ordenó: «Pues deja de cobrar impuestos.
Y ve allí, a las chozas, a decirle eso mismo a tu gente».