Capítulo uno. Los que atan la lluvia #2
Luego los intrusos subieron la colina y rodearon el puesto.
Se oyeron disparos. Nubes de humo espeso se esparcieron por el valle.
Y los askaris salieron apresurados del puesto en llamas y bajaron la duna en dirección a la canoa.
Por el rabillo del ojo, el cipayo los vio pasar cargados con lo que acababan de robar: latas de conservas, paquetes de harina Nestlé y cajas de copos de avena Quaker, todo mezclado con granadas, pistolas y cartucheras.
Balas, arroz y maíz caían por el camino.
Al final, Nataniel oyó los apresurados remos de los atacantes regresando a la otra orilla.
Y todavía alcanzó a ver, en la línea de agua que le afloraba a los ojos, decenas de papeles flotando con el sello de la República Portuguesa.
6.
No pongas la mano en el agua
porque se irá de pez/
no pongas agua en tu mano
porque vendrá el océano.
J UAN G ELMAN
Tan pronto como la canoa desapareció, Nataniel se soltó del cuerpo del sargento y fue como si rasgara su propia carne. Jadeando como una bestia, el cipayo arrastró al portugués hasta la orilla y lo dejó con los pies dentro del agua.
Subió a la cima de la colina y, desde ese lugar elevado, comprobó si alguien, de un lado y otro del valle, habría presenciado lo que había ocurrido y, aún más grave, si sería testigo de lo que iba a suceder.
Apiló los cuerpos de los cipayos dentro de las trincheras.
Excavadas para proteger a los vivos, las fosas terminaron por acoger a los muertos.
Cumplidas todas estas tareas, el cipayo volvió a la orilla del río para dar destino al cadáver del portugués.
Aterrorizado, se dio cuenta de que el cuerpo había desaparecido.
El muerto debía de haberse deslizado por el barro y finalmente habría sido arrastrado por la corriente.
Le vinieron a la mente las palabras de Aluzi Msafiri: los blancos vinieron del mar, su cuerpo está hecho de agua y sus huesos están hechos de sal.
Para entonces, el portugués ya se habría disuelto en el estuario del Rovuma.
Palabras del cipayo Nataniel Jalasi
En ese instante, sentí cómo la tierra se encogía bajo mis pies.
Cerré los ojos y llamé a los antepasados.
Me di cuenta de que hablaba en portugués.
La corriente giró y aquel remolino terminó devolviendo lo que antes se había llevado.
Volví a abrir los ojos y allí estaba, a mis pies, el cuerpo de Bruno Estrela, cubierto de barro y enroscado como un recién nacido.
Quise abrazarlo, pero el cadáver era más resbaladizo que el pez likambale .
Finalmente logré arrastrarlo hasta el puesto y lo senté en una silla frente al edificio.
Le limpié la sangre, lo vestí con una camisa limpia, lo amarré al respaldo del asiento y utilicé los cordones de sus botas para sujetarle los tobillos a las patas de la silla.
El sargento permaneció yerto, con los ojos bien abiertos, el cabello despeinado sobre la frente.
Quien pasara por allí no sospecharía que el portugués ya no habitaba su cuerpo.
De repente, las larvas empezaron a emerger por debajo de sus párpados.
Los mismos gusanos que, en vida, le robaron la luz, ahora escapaban de su cuerpo, alborotados como las gacelas frente al fuego en la sabana.
7.
Adui ni mdomo wako.
Tu boca es tu peor enemigo.
Proverbio yao
Nataniel Jalasi no tenía otra opción que tomar el camino hacia la aldea de Milepa.
Su mayor miedo era su mayor urgencia: contarle al padre Sisnando Baião la tragedia que acababa de ocurrir en el puesto de Madziwa.
Con todo, sabía que debía esperar la primera claridad, la hora en que los ríos regresan.
Le vino a la memoria la imagen de su abuelo corriendo sofocado para relatar hechos extraordinarios al primero que se le cruzara.
Cuando finalmente encontró a alguien, estaba tan exhausto que apenas podía hablar.
Tardó tanto en recuperar el aliento que, cuando por fin retomó la palabra, ya se había olvidado de lo que tenía que decir.
Palabras del cipayo Nataniel Jalasi
Mientras enterraba a mis hermanos, lo único que quería era ser invisible.
Pero ocurrió lo contrario: estaba más expuesto que un árbol solitario.
Llamé primero a mi madre y luego a mis antepasados.
Después, siempre en portugués, invoqué a mis ángeles de la guarda.
Los llamé sin ninguna fe. Hacía años, cuando abandoné mi aldea, se negaron a acompañarme.
Se quedaron allí, esos ángeles míos, esperando mi regreso.
En ese lugar distante, mi vida me aguardaba.
Estaba sumido en esos devaneos, cuando me di cuenta de que uno de los cipayos seguía vivo.
Era Tadala, mi vecino de nacimiento e hijo del conductor de carretas Winifome Chifuniru.
Sangrando y tambaleándose, Tadala avanzó hacia mí.
Me pareció que llevaba en las manos el viejo chamboco con el que se castigaba a quienes no le obedecían.
Pero no era ese bastón. Era un fusil, y lo traía apuntando hacia mí.
Levanté los brazos y, aterrorizado, grité: «¡Soy yo, Nataniel!
». Con la mirada vidriosa y el paso vacilante, Tadala se detuvo y apretó lentamente el gatillo.
Pero su dedo quedó atrapado. Su cuerpo ya había empezado a morir.
No tardó mucho en dar su último suspiro. Poco a poco, fui llenándome el pecho de vacío. Aquel muerto respiraba ahora dentro de mí. Hice la señal de la cruz. Cuatro marcas de sangre quedaron grabadas en mi rostro.
8.
Si lloras, llora en silencio.
Deja al muerto dormir tranquilo.
Esta es su primera noche.
Pronto se acostumbrará.
Diario de Aluzi Msafiri
Nataniel Jalasi pasó la noche llorando, sollozando, gimiendo.
Su única intención era dejar de ser persona: los animales saben morir solos.
A decir verdad, allí donde él lloriqueaba, nadie vendría en su auxilio.
Las familias de los cipayos, que al principio se habían instalado en los alrededores del puesto, ya habían regresado a sus tierras de origen.
Agotado, el cipayo Nataniel apoyó la espalda en lo que quedaba del antiguo mástil, con la pistola cargada por si los chacales venían a olfatear los cadáveres.
La agonía de Tadala no se le iba de la cabeza.
El día anterior, habían discutido. En el punto álgido de la disputa, Tadala le había dicho: «Tú, Nataniel, eres el único que quiere impedir la llegada de los alemanes.
Nosotros, los demás, estamos aquí para recibirlos».
Pero no eran solo los cipayos de Madziwa quienes ansiaban la llegada de las tropas germánicas.
En todas las aldeas, las familias iban a engalanar sus casas.
Porque todos lo sabían: los majerumanos venían a expulsar a los portugueses y a los ingleses.
Y de paso, castigarían también a los warabus , que se llevaban a los africanos al otro lado del océano.
Nataniel imaginó lo que le diría Sisnando Baião cuando le comunicase la desgracia.
Que la culpa era del sargento Bruno Estrela.
El cura se lo había advertido muchas veces: «Quédese quieto, quédese callado, quédese siendo nadie».
Pero el sargento había hecho todo para que no fuese así.
Y su vida se volvió demasiado visible, demasiado ruidosa, demasiado europea.
Este era el resultado: hasta aquel momento, perdido en el interior recóndito de Niassa, el puesto de Madziwa nunca llegó a existir.
La mañana del veinticuatro de agosto de mil novecientos catorce, aquel lugar entró de la peor manera en la Historia: allí empezaba la Primera Guerra Mundial en Mozambique.