El río de la ceguera
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Capítulo uno. Los que atan la lluvia
Capítulo uno Los que atan la lluvia
La noticia del asalto al puesto militar de Ma dziwa llegó a Lisboa dos meses después del suceso.
De forma telegráfica, el periódico O Mundo publicaba lo siguiente: «En África Oriental: un incidente entre las autoridades alemanas y la administración del Niassa portugués. Un soldado portugués fusilado».
M ANUEL C ARVALHO
Capítulo uno
1.
El río quiere salir del agua.
Quiere salir del agua, pero tiene los ojos vendados,
tiene los ojos vendados con dos trozos gruesos de tela, uno de cada lado.
Todos sabemos: la ceguera del agua es una mentira.
Todas las noches el río se levanta y vuelve a ser nube.
Leyenda de Madziwa
Apoyado en el cipayo Nataniel Jalasi, el sargento portugués Bruno Estrela se arrastró por la orilla fangosa del río Rovuma.
Le costaba caminar. Llevaba un continente entero aferrado a los pies.
Para los europeos, el Rovuma era una frontera que separaba el «África Oriental Portuguesa» del «África Oriental Alemana».
Para los africanos, el río era una mujer que quedaba encinta con las grandes lluvias.
La verdad era esta: ambas orillas estaban habitadas por gente que, cada noche, rezaba a los mismos dioses.
El río escuchaba las plegarias y volvía a ser nube.
—¿Qué día es hoy? —preguntó el sargento, entornando los ojos ante el brillo de las aguas.
El cipayo hizo ademán de responder. Se quedó en la intención. Era el veinticuatro de agosto de mil novecientos catorce. En el puesto militar de Madziwa, los días nacían todos sin vida. El cipayo actuó como se hace con los nacidos muertos: no se les da ningún nombre. Y así, todavía pueden nacer.
El acuartelamiento ocupaba la cima de la duna que dominaba la vasta llanura por donde, en la estación de lluvias, el río se desbordaba.
La cabaña donde vivía el sargento estaba rodeada por una amplia veranda de madera, suspendida sobre troncos de mbawa .
A pocos metros, ya en el umbral de la selva, habían construido dos grandes chozas donde dormían nueve cipayos.
Alrededor del puesto se habían cavado trincheras reforzadas con sacos de arena.
Madziwa era un poblado más acostado que un río. En los momentos de niebla, la construcción desaparecía. Los viajeros atravesaban la aldea como si caminaran entre nubes. Los aldeanos decían: vivimos en la neblina. ¿Dónde cavaremos nuestras sepulturas?
2.
Athawa mfuu yake yomwe.
El hombre huye de su propia voz.
Proverbio nyanja
Aquella mañana, con la mano en visera sobre los ojos, el sargento Estrela escrutó la otra orilla del Rovuma.
Hacía semanas que la luz de los trópicos le hacía daño.
Una misteriosa enfermedad le había nublado la visión.
No dejaba de ser irónico: estaba casi ciego el militar a quien Portugal había confiado el control de la más vulnerable de sus fronteras.
—¿No me vas a decir qué día es hoy? —volvió a preguntar el portugués.
La pregunta era retórica. El sargento Estrela no tenía el menor interés en la guerra ni en el calendario ni en ningún otro asunto.
Habían pasado seis meses desde su llegada de Lisboa para dirigir el puesto de Madziwa, en el norte de Mozambique.
Después de todo ese tiempo, el sargento solo quería oír a alguien que hablara su lengua.
El cipayo Nataniel dominaba cuatro idiomas: portugués, yao, nyanja y macúa. Para los oídos ansiosos del sargento, el acento del africano sonaba como el de la gente lejana de su aldea natal.
Palabras del cipayo Nataniel Jalasi
Soy el cipayo Nataniel Jalasi. Es verdad lo que aquí se cuenta.
El día veinticuatro de agosto, el sargento Bruno Estrela se acercó lentamente al río, como si fuera la primera vez que caminaba.
Muchas veces me había dicho: en África, el suelo es muy antiguo, pero los caminos siempre acaban de nacer.
La razón es simple: los senderos desaparecen en la estación de lluvias.
Personas y animales los hacen renacer, tercos garabateadores del polvo.
Los europeos no lo creen —y hasta yo, que soy africano, tengo mis dudas—, pero dicen que el río, cada noche, se levanta de su lecho.
Con el portugués ocurría lo contrario: aquel hombre no despegaba los pies del suelo.
Poco a poco, dejó de aventurarse más allá de los límites del puesto.
Por más que cargara un fusil, se sentía desarmado.
Por más que caminara solo, estaba seguro de que lo observaban.
Poco a poco, los miedos del portugués acabaron por contagiarme.
Yo, Nataniel Jalasi, africano de nacimiento y para siempre, empecé a sentirme un extraño en África.
Mi temor era que mis hermanos dejaran de reconocerme.
Algunos ya me llamaban muzungo . De algún modo, tenían razón.
Una parte de mí empezaba a ser de raza blanca.
Esa parte había sido bautizada, se arrodillaba en la iglesia, rezaba en portugués y se avergonzaba de esos otros dioses que desatan las lluvias y bendicen las cacerías y las cosechas.
Quién sabe si mis hermanos tenían razón: había una raza que se escapaba de mi cuerpo, del mismo modo que el río huye de la tierra y se convierte en nube.
3.
De nada vale la prisa del remero.
El remo pide permiso al río.
Y la barca espera a que el agua la abrace.
Proverbio de Madziwa
El sargento Bruno Estrela despertó aturdido.
Aún era de madrugada y tomó la linterna para salir al balcón.
El haz de luz apenas le iluminaba los pies.
Bajó la duna, empeñado en que acababa de ver un cocodrilo albino en las aguas somnolientas del río.
El cipayo aún le preguntó, con el arma apuntando en su dirección:
—¿Quiere su mtutu ? —Bruno echó una mirada adormilada al fusil. Luego agitó la cabeza. No ahuyentaba una idea. Sacudía el alma como hacen los perros cuando se sienten mojados.
De repente, de la otra orilla surgió una canoa.
Se deslizaba silenciosa en dirección al puesto de Madziwa.
Transportaba a cinco africanos y un europeo vestido con el uniforme del ejército alemán.
El militar blanco iba sentado en la proa y, con la ayuda de unos binoculares, espiaba minuciosamente la orilla sur.
Los negros eran los temidos askaris , guerreros entrenados y armados por las tropas germánicas.
Los remeros eran dos ruga-ruga que se habían rebelado contra los traficantes árabes y habían buscado refugio entre las tropas alemanas.
El uniforme de los askaris era el mismo que el de los soldados blancos. Sin embargo, los sombreros estaban adornados con plumas de avestruz y hojas entrelazadas. Esos soldados, arrastrándose por la pradera, no eran más que un ondular de la sabana al ritmo de la brisa.
El portugués se acercó al cipayo Nataniel: quería asegurarse de que no estaba ante un espejismo.
La embarcación se aproximó más y el sargento saludó con un entusiasmo adolescente.
Junto a la orilla, la cadencia de los remos no aflojó.
Era evidente: los que llegaban venían con prisa.
Cuando los ocupantes se hicieron más visibles, el cipayo Nataniel dio un paso atrás y tropezó con sus propios pies.
—¿Qué pasa, amigo? ¿Estás asustado? —preguntó el portugués.
No era miedo. Era asombro. El alemán que llegaba era Hadrian Schreiber, un médico cuya fama se había extendido por toda la región.
Bruno Estrela suspiró aliviado. Tendría, por fin, una oportunidad para quejarse de sus dolencias.
El padre Sisnando Baião, de la aldea de Milepa, ya lo había examinado y, sin dudarlo, le había diagnosticado: ceguera de los ríos.
—No puedo distinguirlos —se quejaba el sargento—. ¿Cuál de ellos es el alemán?
—Es fácil —explicó el cipayo—. El médico va sentado al frente.
4.
Rwizi runomhanyira kure, haugone kuona makona aro.
Al río que va lejos no se le ven las curvas.
Proverbio sena
El cipayo sintió los dedos de Bruno Estrela clavándose en su brazo.
Encontrar a un blanco después de tantos meses era, para el sargento, un consuelo infinito.
Poco importaba que se tratara de un soldado enemigo.
Poco importaba que la lengua del otro le fuera extraña y, más que extraña, profundamente adversa.
Poco importaba, en fin, la ligera diferencia en el tono de piel, en el color de los ojos y del cabello.
A pesar de todas las disimilitudes, los dos hombres compartían la misma raza.
Lejos de casa, la raza se convertía en una patria.
Apoyándose en el hombro del cipayo, Bruno Estrela preguntó en un murmullo atropellado:
—¿Cómo se dice «raza» en vuestra lengua?
—En nuestra lengua no existe esa palabra, mi sargento.
En cuanto el vientre de la canoa rozó la arena, el sonriente Bruno Estrela levantó los brazos como si fuera el anfitrión de aquel inmenso territorio.
Dio un paso adelante y extendió la mano para ayudar al visitante a salir de la embarcación.
En ese preciso momento, el alemán sacó una pistola, apuntó al portugués y disparó varios tiros. Bruno Estrela cayó fulminado.
En la caída, el sargento arrastró consigo al cipayo Nataniel Jalasi.
Se desmoronaron el uno sobre el otro, con los brazos entrelazados.
El cipayo se quedó inmóvil, oculto bajo el portugués, haciendo como si hubiera sido mortalmente herido.
Con las manos en concha, recogió la sangre que brotaba a borbotones del sargento y, con un gesto furtivo, se la untó en su propio rostro.
Uno de los asaltantes se inclinó sobre los cuerpos entrelazados y anunció en voz alta:
—¡Estos dos están muertos! —y lo repitió en suajili para que todos lo oyeran—: Wawili hawa wamekufa! —y añadió, como si se hablase a sí mismo—: Ya no queda nadie dentro de estas personas.
5.
Ngati nsomba ituluka mumtsinje kuti ndikuuzeni kuti ng’ona ndi diso limodzi; chabwino ndikukhulupirira.
Si un pez sale del río para decirte que los cocodrilos solo tienen un ojo, lo mejor es que lo creas.
Proverbio nyanja