Capítulo 28
Emma
Chloe me llamó a la mañana siguiente, justo cuando Alexander se iba a una reunión de emergencia con su equipo legal. Había insistido en que me quedara en el ático, que descansara, que no me preocupara por nada. Pero yo necesitaba salir, necesitaba aire, necesitaba a mi mejor amiga.
La encontré en nuestro café habitual del North End, sentada en la terraza con dos capuchinos frente a ella y una expresión de conspiradora que conocía demasiado bien.
—Tienes cara de haber llorado —dijo en cuanto me senté—. Y también cara de haber tenido sexo reconciliatorio. Cuéntame todo.
Me reí, aunque el sonido salió entrecortado.
—No ha habido sexo —mentí, o más bien omití, porque técnicamente no había habido sexo después de la conversación, aunque antes...
—Mentira —dijo Chloe, entrecerrando los ojos—. Pero está bien, guarda tus secretos íntimos. Lo importante es: ¿estáis bien? ¿Ha pasado algo con el mensaje ese?
Se lo conté todo. La llamada, la revelación de Alexander sobre su padre, su miedo de que lo hubieran asesinado, su incapacidad para demostrarlo. Chloe escuchó con atención, sin interrumpir, lo cual era raro en ella.
—Dios —dijo cuando terminé—. Vuestros traumas son compatibles. Es como si el universo hubiera diseñado a propósito a dos personas tan rotas que solo pueden encajar la una con la otra.
—No estoy rota —protesté débilmente.
—Claro que sí —dijo Chloe, encogiéndose de hombros—. Y eso está bien. Lo que no está bien es cómo los dos estáis gestionando esto. Es como ver dos ciegos intentando conducir un coche.
En ese momento, Derek apareció en la terraza. Llevaba gafas de sol a pesar de que el día estaba nublado, y una camisa que parecía haberse puesto a oscuras.
—¿Me estáis hablando mal de mí? —preguntó, sentándose sin invitación.
—De tu hermano —dijo Chloe—. Pero supongo que por extensión, también de ti.
Derek se quitó las gafas y nos miró alternativamente. Suspiró.
—Alexander me llamó esta mañana —dijo—. Nunca me había contado lo de su padre. Doce años guardando eso, y ahora resulta que sospecha que lo asesinaron.
—¿Tú lo sabías? —pregunté, sorprendida.
—Sabía que estaba obsesionado con la muerte de papá —dijo Derek, haciendo señal al camarero—. Sabía que pasó meses investigando, que no dormía, que se volvió... frío. Pero nunca supe por qué. Pensé que era el duelo. No que creía que habían matado a nuestro padre.
Chloe y Derek intercambiaron una mirada. Una de esas miradas que solo comparten las personas que han decidido que saben mejor que tú lo que necesitas.
—Vuestro problema —dijo Chloe, señalándonos a Derek y a mí—. Bueno, vuestro problema, el de vosotros dos hermanos, es que sois idénticos.
—Eso es horrible —dije, automáticamente.
—Exacto —confirmó Derek, tomando un sorbo de mi capuchino sin pedir permiso—. Alexander y yo somos dos caras de la misma moneda. Él se cierra, yo me abro demasiado. Él controla, yo dejo que todo fluya. Pero al final, los dos tenemos miedo. Miedo a perder a la gente que queremos.
—Y tú y Emma —continuó Chloe, señalándonos a Derek y a ella misma—. Sois igual de patéticos. Los dos fingiendo que no estáis enamorados, los dos con miedo a que os abandonen, los dos intentando proteger a vuestros hermanos en lugar de dejarles que se equivoquen solos.
—¿Estás diciendo que no deberíamos intervenir? —preguntó Derek, frunciendo el ceño.
—Estoy diciendo que deberíamos intervenir de otra forma —dijo Chloe, con una sonrisa maliciosa—. En lugar de intentar protegerlos, deberíamos obligarles a enfrentarse a la verdad. A dejar de comportarse como dos personas incapaces de admitir lo evidente.
—¿Y cuál es la verdad evidente? —pregunté, aunque temía la respuesta.
Chloe y Derek sonrieron al unísono.
—Que estáis locamente enamorados —dijeron al mismo tiempo.
Volví al ático al atardecer. Alexander ya estaba allí, sentado en el sofá de la biblioteca, con documentos esparcidos a su alrededor y una expresión de agotamiento que me hizo querer abrazarlo y obligarlo a dormir durante una semana entera.
—¿Cómo fue la reunión? —pregunté, dejando el bolso y sentándome a su lado.
—Productiva —dijo, frotándose los ojos—. Hemos rastreado los pagos a Vanguard . Hay conexiones con una cuenta en Suiza. Pero todavía no sabemos quién está detrás. Quienquiera que sea, es inteligente. Deja rastros falsos, pistas que conducen a callejones sin salida.
Me quedé mirándolo. Realmente mirándolo. Vi las ojeras que tenía, la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos temblaban ligeramente sobre los papeles.
—Alexander —dije, y mi voz cambió, se volvió más suave—. No quiero que tus secretos sean muros entre nosotros.
Levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos, y vi el cansancio, pero también algo más. Algo que parecía esperanza.
—Esta mañana —continué—, cuando me contaste lo de tu padre, sentí que finalmente me dejabas entrar.
No quiero que vuelvas a cerrar esa puerta.
No quiero que cuando tengas miedo, cuando dudes, cuando descubras algo nuevo sobre la muerte de tu padre...
no quiero que lo guardes para protegerme. Quiero compartirlo. Todo.
Alexander dejó los documentos. Se giró hacia mí, tomando mis manos entre las suyas.
—No sé cómo hacer esto —admitió—. No sé cómo ser vulnerable sin sentir que voy a perder el control. Sin sentir que te voy a perder a ti.
—No necesito que seas perfecto —dije, y la frase salió con una sinceridad que me sorprendió—. No necesito que tengas todas las respuestas, que controles cada situación, que protejas el mundo de mi alrededor. Solo necesito que estés aquí. Conmigo. Como eres.
—No sé ser otra cosa —dijo, y su voz se quebró—. He pasado diez años siendo el hombre de hielo. Diez años sin sentir, sin necesitar, sin... sin amar.
—Entonces aprende conmigo —dije, acercándome a él hasta que nuestras frentes se tocaban—. Yo también estoy aprendiendo. Aprendiendo a confiar, a dejar que me cuiden, a no ver la vulnerabilidad como una debilidad. Podemos aprender juntos.
Nos besamos. Fue un beso diferente a todos los anteriores. No fue urgente, ni desesperado, ni posesivo. Fue un beso de complicidad. De dos personas que habían decidido que era más seguro estar juntas rotas que solas intentando ser perfectas.
—No pongamos etiquetas —dije cuando nos separamos—. No digamos somos novios o estamos saliendo o cualquier otra definición que nos haga sentir que tenemos que encajar en un molde. Solo seamos... esto. Nosotros. Cada día eligiéndonos.
Alexander asintió. Por primera vez, vi una sonrisa genuina en sus labios, una que llegaba a sus ojos.
—Te elijo a ti —dijo—. Hoy. Mañana. Pasado.
—Y yo te elijo a ti —respondí.
Estábamos preparando la cena, bueno, Alexander estaba intentando cortar cebolla sin llorar, y yo estaba intentando no reírme de su técnica, cuando sonó su móvil.
El tono era diferente. No era su tono habitual, ni el de trabajo. Era un número privado, uno de esos que aparecen como "Número desconocido" pero que de alguna forma sabes que son importantes.
Alexander miró la pantalla. Su expresión cambió, se volvió profesional, alerta.
—Prescott —dijo al descolgar.
Yo seguí picando verduras, intentando darle privacidad, pero su siguiente frase me heló la sangre.
—¿Está seguro? —dijo, y su voz sonó peligrosa, fría—. Repítame eso.
Hubo una pausa. Vi cómo el color desaparecía de su rostro, cómo sus nudillos se ponían blancos alrededor del teléfono.
—Dígame dónde —dijo—. Ahora mismo.
Colgó. El silencio en la cocina fue absoluto. Ni siquiera el sonido de la cebolla cortada parecía real.
—Alexander —susurré—. ¿Qué pasa?
Me miró. Y en sus ojos vi algo que me aterrorizó más que cualquier amenaza anterior. Vi esperanza mezclada con terror. Vi la posibilidad de respuestas que había estado buscando durante doce años.
—Han encontrado pruebas —dijo, y su voz tembló—. Pruebas de que alguien manipuló documentos relacionados con la muerte de mi padre. Informes médicos alterados. Recetas falsificadas. Alguien ocultó algo, Emma. Alguien sabe qué pasó realmente.
—¿Dónde? —pregunté, con la boca seca.
—En una caja fuerte —dijo, ya cogiendo las llaves del coche—. En el banco donde mi padre guardaba sus documentos personales. Una caja que no sabía que existía. Que nadie sabía que existía.
—Voy contigo —dije, dejando el cuchillo.
—No —dijo, y luego se detuvo, recordando nuestra conversación—. Sí. Sí, ven conmigo. Necesito... necesito que estés ahí.
Salimos del ático corriendo. El ascensor nos llevó al garaje en un silencio denso, cargado de la promesa de revelaciones que podrían cambiarlo todo.
Y mientras el coche se adentraba en la noche de Boston, con las luces de la ciudad parpadeando a nuestro alrededor, supe que estábamos a punto de descubrir algo que no solo respondería preguntas sobre el pasado.
Estábamos a punto de descubrir quién era realmente el enemigo.
Y por primera vez, tuve miedo de que la verdad fuera peor que cualquier mentira.