El riesgo de mirarte Capítulo 27
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Capítulo 27

Emma

El silencio que siguió a la llamada fue peor que cualquier grito.

Estaba sentada en la cama, con el móvil todavía en la mano, sintiendo cómo el frío se colaba por la espalda a pesar de que la habitación estaba a una temperatura agradable.

La voz metálica, distorsionada, seguía resonando en mi cabeza como un eco molesto que no se disipaba.

Pregúntale a Alexander qué pasó realmente con su padre.

Alexander estaba a mi lado, completamente inmóvil.

Lo veía de reojo, con el corazón martilleando contra las costillas con una fuerza que me resultaba dolorosa.

Su perfil se recortaba contra la luz de la luna que entraba por los ventanales, y por primera vez desde que lo conocía, no lograba leer su expresión.

Parecía tallado en piedra, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en algún punto del horizonte que solo él podía ver.

—Alexander —susurré, y mi voz sonó extraña, aguda, casi de niña asustada.

No respondió. Ni siquiera se movió. Era como si hubiera construido una barrera invisible a su alrededor, una muralla de cristal que me permitía verlo, pero no alcanzarlo.

—Alexander —repetí, más fuerte esta vez, obligándome a que mi voz recuperara firmeza—. ¿Qué significaba eso?

Finalmente giró la cabeza. Sus ojos grises, normalmente tan expresivos, ahora parecían dos pozos oscuros sin fondo.

Vi algo allí que nunca había visto antes: miedo.

No el miedo controlado, calculado, que utilizaba para gestionar situaciones de crisis.

Era un miedo crudo, visceral, el de un niño que ha vuelto a ver el monstruo debajo de la cama.

—No significa nada —dijo, y su voz sonó demasiado plana, demasiado automática—. Es solo otra táctica para sembrar discordia entre nosotros. Para hacerte dudar de mí.

Quise creerle. Dios, cómo quise creerle.

Pero algo en mi interior, esa vocecita antigua que había aprendido a ignorar pero que nunca desaparecía del todo, empezó a susurrar.

Era la misma voz que me había advertido sobre David, sobre las mentiras que había preferido no ver.

Era la voz de la niña abandonada que sabía, con una sabiduría instintiva, que cuando las personas ocultaban cosas, era porque había algo que temían revelar.

—¿Por qué alguien diría eso si no hay nada de verdad? —pregunté, y odié cómo sonaba mi pregunta, acusadora e insegura al mismo tiempo.

Alexander se levantó de la cama. Lo hizo con una brusquedad que me sorprendió, y durante un segundo vi su mano temblar antes de que la metiera en el bolsillo del pantalón de chándal.

—Mi padre murió de un infarto —dijo, mirándome desde la altura de su estatura, creando una distancia física que dolía casi tanto como la emocional—. Un infarto fulminante en su despacho. Eso es lo que pasó. Eso es lo único que pasó.

—Entonces, ¿por qué...?

—¡Porque quieren que dudes! —estalló, y su voz resonó en la habitación vacía, haciéndome retroceder instintivamente—.

Porque han visto que estamos juntos, que confías en mí, y quieren destruir eso.

Emma, no puedes caer en su juego. No puedes dejar que...

—se detuvo, pasándose una mano por el pelo con desesperación—. No puedes dejar que esto nos separe.

Lo miré, y de repente vi con claridad lo que estaba ocurriendo.

No era solo la llamada. No era solo el mensaje.

Era el patrón. La forma en que se cerraba emocionalmente cuando algo tocaba su pasado.

La forma en que utilizaba la lógica como escudo para evitar sentir.

Estaba viendo, por primera vez, la verdadera barrera que Alexander había construido a lo largo de diez años, y que yo había estado demasiado ocupada admirando desde fuera como para darme cuenta de lo infranqueable que era desde dentro.

—Háblame de tu padre —dije, bajando la voz, intentando alcanzar algo que parecía estar a kilómetros de distancia.

Alexander se apartó de la cama. Caminó hasta la ventana, y su silueta se recortó contra el paisaje urbano de Boston, un hombre solo en lo alto de su torre de cristal.

—Ya te lo he contado —dijo, y su tono era gélido ahora, defensivo—. Murió cuando yo tenía veintitrés años. Fue repentino. Doloroso. Fin de la historia.

—No es el final —insistí, levantándome de la cama y envolviéndome en la sábana como si fuera una armadura—.

Alexander, he visto cómo miras sus fotografías.

He visto cómo hablas de él, con esa mezcla de adoración y…

y algo más. Resentimiento. Miedo. No sé qué es, pero sé que hay algo que no me estás contando.

Se giró. Sus ojos se encontraron con los míos, y por un instante vi una grieta en su armadura. Vi al niño de veintitrés años que había encontrado a su padre muerto en el despacho, que había tenido que ser fuerte para su madre, que había heredado un imperio antes de saber cómo gobernarlo.

—Después de que murió —dijo, y su voz era un hilo de acero que amenazaba con romperse—. Después del funeral, cuando tuve que hacerse cargo de la empresa, descubrí cosas. Irregularidades en las cuentas. Contratos que no tenían sentido. Decisiones que mi padre nunca habría tomado.

Se detuvo. Tragó saliva. Vi cómo sus manos se cerraban en puños a los costados.

—¿Qué tipo de decisiones? —pregunté, acercándome un paso, temiendo que si me acercaba demasiado rápido huyera.

—Ventas de acciones a precios ridículos —continuó, mirando al suelo ahora, como si hablar de ello fuera una traición a la memoria de su padre—.

Acuerdos con empresas fantasma. Durante años, creí...

—hizo una pausa, y cuando levantó la vista, sus ojos estaban húmedos—.

Creí que alguien había presionado a mi padre.

Que quizás no fue un infarto natural. Que quizás alguien le había ayudado a morir.

El aire abandonó mis pulmones. Sentí que la habitación giraba ligeramente, y tuve que sentarme en el borde de la cama para no caer.

—¿Creíste que lo asesinaron? —susurré.

—No lo sé —dijo, y su voz se quebró finalmente—.

Nunca pude demostrarlo. Contraté a detectives, a forenses, a abogados.

Todos me dijeron lo mismo: fue un infarto.

Un infarto masivo causado por estrés, por tensión arterial, por el trabajo.

Pero yo... yo sentía que había algo más.

Que mi padre estaba asustado antes de morir. Que sabía que algo iba a pasar.

Caminó hasta mí. Se arrodilló frente a la cama, tomando mis manos entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, temblorosos.

—Nunca se lo conté a nadie —dijo, y las lágrimas brillaban en sus ojos, aunque no caían—. Ni a Derek, ni a Eleanor. Era mi secreto. Mi locura. La idea de que había fallado a mi padre, de que no había visto que estaba en peligro, de que no había podido protegerlo...

—Oh, Alexander —susurré, y lo abracé, atrayéndolo contra mí, sintiendo su peso contra mi pecho.

Por primera vez, entendí. Entendí que el hombre frío, controlado, perfecto, era solo una máscara.

Que debajo había un niño herido que sentía demasiado y que no sabía cómo manejar la intensidad de sus emociones sin que le consumieran.

Que su necesidad de controlar todo venía de haber fallado una vez, de haber perdido a alguien que amaba y de no haber podido hacer nada para evitarlo.

—No eres frío —dije contra su pelo, acariciándolo como si fuera un niño—. Nunca lo has sido. Solo has estado intentando sobrevivir.

Permanecimos así durante largos minutos, él arrodillado, yo sentada en el borde de la cama, abrazados en una postura incómoda pero necesaria. Cuando finalmente se apartó, sus mejillas estaban húmedas, aunque intentaba ocultarlo frotándose la cara con la manga de la camiseta.

—Lo siento —dijo, y la palabra sonó extraña viniendo de él, como si no estuviera acostumbrado a pronunciarla—. No quería que lo supieras. No quería que vieras esto. Esta debilidad.

Lo tomé de la cara, obligándolo a mirarme.

—Escúchame bien —dije, con una firmeza que me sorprendió a mí misma—. No es debilidad. Es humanidad. Y si crees que voy a huir porque tienes heridas, porque has sufrido, porque has tenido miedo, entonces no me conoces en absoluto.

Alexander parpadeó. Parecía desconcertado, como si esperara que lo juzgara, que lo abandonara, que confirmara sus peores temores sobre sí mismo.

—Yo también tengo heridas —continué, y mi voz se suavizó—. Tú las conoces. El abandono. El miedo a no ser suficiente. La necesidad de controlar todo para no sentirme vulnerable. Somos iguales en eso, Alexander. Los dos intentamos construir fortalezas para protegernos del mundo.

—Pero tus fortalezas son hermosas —dijo él, con una ternura que me desarmó—. Las mías son solo... hielo. Despiadado y frío.

—Entonces derrite el hielo —respondí, sonriendo a pesar de todo—. Conmigo. Poco a poco.

Nos miramos durante un largo momento, y sentí que algo había cambiado entre nosotros. No éramos solo dos personas atraídas físicamente, o dos aliados profesionales. Éramos dos sobrevivientes reconociéndose en el espejo del dolor ajeno.

—No quiero que haya secretos entre nosotros —dije finalmente—. No quiero que tus miedos sean muros que me mantengan alejada. Si vamos a hacer esto, si vamos a intentar estar juntos, tiene que ser con todo. Con las heridas, con los miedos, con las dudas.

Alexander asintió lentamente.

—Lo intentaré —prometió—. No sé cómo. Pero lo intentaré.