Capítulo 26
Alexander
La reunión con el equipo de investigación estaba programada para las cuatro de la tarde. Había contratado a una empresa externa de ciberseguridad, a dos detectives privados y a un antiguo agente del FBI para que nos ayudaran a desentrañar quién estaba detrás de Vance.
Emma insistió en asistir. Yo quería dejarla fuera, protegerla de los detalles feos, pero recordé las palabras de Eleanor. Así que la dejé venir. La senté a mi lado, no detrás de mí, no protegida, sino como mi igual.
El agente del FBI, un tipo llamado Morrison con cara de póker y traje barato, presentó sus hallazgos. Había rastreado las filtraciones hasta los servidores de tres países distintos. Todo parecía indicar a un profesional, alguien con recursos y conocimientos técnicos avanzados.
—Es imposible rastrear la fuente original —dijo Morrison, cerrando su portátil—. Han utilizado proxies, VPN, criptografía de nivel militar...
—No es imposible —dijo Emma de repente.
Todos nos giramos hacia ella. Estaba inclinada sobre la mesa, con un portátil abierto delante de ella, conectado a nuestra red interna. Llevaba puesta una camisa blanca que se había prestado de mi armario, remangada hasta los codos, y tenía el pelo suelto cayéndole sobre los hombros.
—Perdón —dijo Morrison, con un tono condescendiente que me hizo querer estrangularlo—. ¿Ha dicho algo, señorita Sullivan?
Emma ni siquiera levantó la vista. Sus dedos volaban sobre el teclado.
—Dije que no es imposible —repitió—. Estáis mirando en el lugar equivocado. No busquéis quién envió los mensajes. Buscad quién los recibió.
—¿Qué? —pregunté, acercándome a ella.
Ella giró su portátil para que todos pudiéramos ver la pantalla. Había un diagrama complejo, líneas conectando diferentes puntos, fechas, nombres.
—Todas las filtraciones pasaron por una consultora externa antes de llegar a la prensa —explicó, señalando una de las líneas—.
Vanguard Advisory . La empresa de Vance.
Pero aquí está lo interesante: cada vez que había una filtración, alguien de Vanguard accedía a un archivo específico.
Un archivo que no tenía nada que ver con el marketing ni con la tecnología. Era un informe psicológico.
—¿Un informe psicológico? —preguntó Morrison, perdiendo su actitud arrogante.
—Sí —dijo Emma, y ahora sí levantó la vista.
Sus ojos brillaban con esa inteligencia que tanto me atraía—.
Alguien encargó un perfil psicológico completo de Alexander.
Y otro mío. Estudian nuestros miedos, nuestras debilidades, nuestros patrones de comportamiento.
Por eso sabían exactamente qué botones pulsar.
Por eso sabían que, al enviarme esa fotografía del hospital, me destrozarían emocionalmente.
Por eso sabían que amenazando a Alexander con perder la empresa, se volvería más protector, más controlador, más... vulnerable.
El silencio en la sala fue absoluto.
—¿Quién encargó esos informes? —pregunté, con la voz apenas un susurro.
Emma me miró. Y en sus ojos vi algo que me heló la sangre.
—No lo sé todavía —dijo—. Pero sé quién los recibió. Y sé cómo encontrarle.
Morrison se aclaró la garganta.
—Señorita Sullivan, eso es... eso es trabajo de profesionales. Quizás debería dejar que...
—Cállese —dije, sin apartar la vista de Emma—. Ella ha encontrado más en dos horas que usted en dos semanas. Escuchen lo que tiene que decir.
Vi cómo Emma sonreía. No una sonrisa arrogante, sino una de esas sonrisas de alivio que aparecen cuando alguien finalmente ve lo que tú ves.
Pasó la siguiente hora explicando su teoría.
Cómo había rastreado los pagos, cómo había encontrado conexiones entre Vanguard y otra empresa fantasma, cómo todo conducía a una sola persona.
Una persona que conocía a mi padre. Una persona que había estado en los funerales de mis padres.
Una persona que había desaparecido hacía años y que todos creían muerta.
Cuando terminó, la sala aplaudió. Bueno, Morrison no aplaudió, pero asintió con respeto, lo cual era casi lo mismo por su parte.
Pero yo no estaba pensando en la investigación. Estaba pensando en ella.
En cómo se había mantenido firme frente a hombres que la subestimaban. En cómo había utilizado su inteligencia, no para impresionar, sino para resolver. En cómo me había mirado cuando le dije que escucharan, con una gratitud que me hizo sentir diez metros de alto.
No era solo admiración profesional lo que sentía. Era orgullo. Un orgullo profundo, visceral, que me hizo querer gritarle al mundo que esta mujer era mía, que la había elegido y que ella me había elegido a mí.
Eleanor tenía razón. No necesitaba protegerla. Necesitaba estar a su lado, como igual, como compañero, como amante.
Esa noche, en el ático, preparé la cena. Bueno, intenté prepararla. Terminamos pidiendo sushi porque mi intento de hacer risotto había dado como resultado algo pegajoso e incomible.
Emma se reía de mí, sentada en la isla de la cocina, con una copa de vino en la mano, con ese jersey mío que le quedaba grande y la hacía parecer vulnerable y sexy al mismo tiempo.
—Eres un desastre —dijo, mordiendo un rollito de atún—. Un CEO multimillonario que no sabe hervir agua.
—Sé hervir agua —protesté, aunque sonreía—. El problema es saber cuándo dejar de hervirlo.
Se rio. Esa risa que me había enamorado, esa que sonaba a campanillas y llenaba la habitación.
Después de cenar, nos sentamos en el sofá. Ella se acurrucó contra mí, con las piernas enredadas en las mías, mirando por la ventana.
—Hoy has sido increíble —dije, besando su coronilla.
—Gracias —respondió, y su voz sonó somnolienta—. Aunque Morrison sigue sin gustarme.
—A mí tampoco. Pero tenía razón en una cosa.
—¿En qué?
—En que eres brillante. Emma, lo que hiciste hoy... no mucha gente habría visto esa conexión.
Ella se incorporó para mirarme. Sus ojos verdes brillaban a la luz del fuego.
—Alexander —dijo, y su tono cambió, se volvió más serio—. ¿Qué somos?
La pregunta me detuvo. Habíamos estado evitándola durante semanas, usando eufemismos, dejando que las cosas fluyeran sin ponerles nombre.
—No lo sé —respondí, siendo honesto—. Sé que no es solo sexo. Sé que no es solo una aventura. Pero más allá de eso...
—A mí tampoco me gustan las etiquetas —dijo ella, acariciando mi pecho—. Pero necesito saber si esto es real. Si mañana vas a despertar y decidir que es demasiado complicado. Si vas a cerrarte de nuevo.
La tomé de la mano. La besé en los nudillos.
—Eso debería preocuparme —dije, repitiendo sus palabras de hacía semanas—. El no saber qué somos. El no tener un plan. El no controlar cada variable.
—¿Y te preocupa? —preguntó ella.
—A mí me preocupa más imaginar mi vida sin esto —respondí, y la verdad de mis palabras me golpeó con fuerza—. Me preocupa más despertar y no verte. Me preocupa más el día en que decidas que no quieres esto, que volver a estar solo.
Ella me miró durante un largo momento. Luego sonrió, una sonrisa suave, triste, real.
—No voy a ninguna parte —dijo—. Aunque seas un desastre cocinando. Aunque intentes protegerme hasta asfixiarme. Aunque tengamos que enfrentarnos a lunáticos que quieren separarnos.
—¿Lo prometes? —pregunté, y mi voz sonó pequeña, vulnerable.
—Lo prometo —dijo ella—. Cada día elijo quedarme. Esa es la única promesa que puedo hacerte, Alexander. Que mañana volveré a elegirte. Y pasado mañana. Y el día después.
La besé. Fue un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no podíamos nombrar pero que ambos sentíamos.
Nos movimos al dormitorio sin prisa, sin la urgencia desesperada de otras veces. Esta vez era diferente. Esta vez sabíamos que había algo más en juego que el placer físico. Esta vez estábamos haciendo el amor, aunque ninguno de los dos usara esas palabras.
La desvestí con cuidado, como si estuviera desenvolviendo un regalo precioso.
Le quité el jersey, levantándolo por encima de su cabeza.
Luego la camiseta que llevaba debajo. Luego el pantalón de yoga.
Hasta que quedó desnuda ante mí, con la piel iluminada por la luz de la luna que entraba por los ventanales.
—Eres preciosa —dije, y la palabra me pareció insuficiente, pobre para describir lo que veía.
Ella me desvistió a mí. Quitó mi camisa, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Mis hombros. Mi pecho. Mi abdomen. Cuando llegó a mi cintura, se arrodilló y me quitó los pantalones, los calzoncillos, hasta que estuve completamente desnudo ante ella.
Me tomó en su boca. Fue un gesto de entrega total, de amor incondicional.
Sus labios se cerraron alrededor de mí, su lengua dibujó círculos y yo gemí, agarrando su pelo, sintiendo cómo el placer se acumulaba no solo en mi cuerpo, sino también en mi pecho, en ese espacio donde guardaba todo lo que sentía por ella.
—Emma —susurré—. Para, o no podré...
Ella se apartó, sonriendo. Se levantó y me llevó a la cama.
Nos tendimos juntos, con las piernas entrelazadas, besándonos con una ternura que contrastaba con la pasión de momentos antes. Cuando la penetré, fue lento, deliberado, cada centímetro una promesa de permanencia.
—Te siento —dijo ella, con los ojos cerrados, las lágrimas resbalando por sus mejillas—. Te siento tan dentro de mí, Alexander.
—Estoy aquí —prometí, moviéndome con una lentitud que era tortura y bendición—. Siempre estaré aquí.
Nuestros cuerpos se movieron en perfecta sincronía. No había prisa. No había urgencia. Solo había nosotros, conectados de la forma más íntima posible, reconociéndonos el uno al otro en la oscuridad.
Cuando vinimos, fue juntos, en silencio, con los ojos abiertos, mirándonos como si fuéramos lo único real en el universo.
Fue un orgasmo diferente a cualquier otro: no fue una explosión, sino una disolución.
Como si los límites entre mi cuerpo y el suyo se hubieran borrado, como si por un momento infinito hubiéramos sido una sola cosa.
Después, nos quedamos abrazados, con la respiración agitada, con el sudor enfriándose sobre nuestra piel.
—Te quiero —susurré contra su pelo, y fue la primera vez que lo decía en voz alta.
Ella se tensó ligeramente. Luego se relajó contra mí.
—Yo también te quiero —respondió—. Aunque me dé miedo. Aunque no sepamos qué significa esto. Te quiero, Alexander.
Nos quedamos dormidos así, entrelazados, con la ciudad brillando a nuestros pies y el futuro incierto pero compartido.
Fue el móvil de Emma el que nos despertó. Sonó a las tres de la mañana, con ese tono agudo que corta el sueño más profundo.
Ella se incorporó, confusa, buscando el teléfono sobre la mesilla. Lo cogió, miró la pantalla, y frunció el ceño.
—Número desconocido —murmuró.
—No lo cojas —dije, sentándome a su lado, con el corazón acelerándose.
Pero ella ya había descolgado. Puso el altavoz, y una voz robótica, distorsionada, llenó la habitación.
—Emma Sullivan —dijo la voz, metálica, inhumana—. Pregúntale a Alexander qué pasó realmente con su padre. Pregúntale por qué murió. Pregúntale si fue realmente un infarto, o si alguien le ayudó a morir.
La llamada se cortó.
Emma me miró. En sus ojos vi la confusión, el miedo, y una pregunta que no se atrevía a formular.
—Alexander —dijo, y su voz tembló—. ¿Qué significa eso?
Quise responder. Quise decirle que era una mentira, que mi padre había muerto de un infarto fulminante en su despacho, tal como me habían dicho hacía doce años.
Pero las palabras se me atascaron en la garganta.
Porque, por primera vez en doce años, me di cuenta de que nunca había visto el informe médico. Nunca había cuestionado la versión oficial. Nunca había mirado más allá de lo que me contaron.
Y en el silencio de la habitación oscura, con Emma esperando una respuesta que no podía dar, supe que habíamos llegado al final del principio.
Y que el verdadero misterio acababa de comenzar.