Capítulo 25
Alexander
Descubrimos la verdad sobre Webb dos días después de que el mundo creyera que todo había terminado. No fue Eleanor quien lo encontró, ni mi equipo de seguridad. Fue Emma.
Estaba sentada en mi despacho, con las piernas cruzadas sobre la silla, revisando documentos que yo había dado por irrelevantes hacía semanas.
Llevaba puesto uno de mis jerséis, el gris de cachemira que le quedaba grande y le permitía sentirse cómoda mientras trabajaba.
Su pelo estaba recogido en un moño despeinado, y tenía manchas de café en los dedos índice y pulgar, de donde había estado girando la taza sin parar.
—Alexander —dijo, y su voz tenía ese tono que había aprendido a reconocer, el que significaba que había encontrado algo importante.
Levanté la vista de mi ordenador. Ella sostenía una carpeta amarillenta, de esas que mi padre usaba antes de que la digitalización convirtiera todo en archivos digitales.
—¿Qué has encontrado?
—Marcus Webb no actuaba solo —dijo, abriendo la carpeta sobre mi mesa—. Pero tampoco era el cerebro. Era un peón. Un peón muy bien pagado, eso sí.
Me acerqué a ella. El documento que mostraba era un contrato de consultoría. Una empresa llamada Vanguard Advisory había contratado a Webb hacía ocho meses, justo antes de que comenzaran los problemas en la campaña. Pero lo que me heló la sangre no fue el nombre de la empresa, sino el del firmante.
—Robert Vance —leí en voz alta.
Emma asintió. Sus ojos verdes me buscaron, evaluando mi reacción.
—Tu antiguo socio. El que fundó Prescott Technologies contigo hace diez años. El que se marchó tras la muerte de tu madre.
Cerré los ojos. Vance. Había sido el brazo derecho de mi padre durante años.
Cuando yo heredé la empresa, él fue quien me enseñó los entresijos y me ayudó a mantener el barco a flote cuando todo parecía hundirse.
Y luego, un día, simplemente se fue. Dijo que quería jubilarse temprano, que estaba cansado del mundo empresarial.
Nunca sospeché que guardara rencor. Nunca pensé que pudiera odiarme lo suficiente como para intentar destruirme.
—No tiene sentido —murmuré, sentándome en el borde de la mesa—. Vance tenía acciones. Era rico. No necesitaba dinero.
—No lo hacía por dinero —dijo Emma, cerrando la carpeta con cuidado—. Lo hacía por venganza. Pero hay algo más, Alexander. Algo que no encaja.
Se levantó y caminó hasta la ventana. La luz de la tarde se filtraba entre los cristales, pintando su silueta con un halo dorado que contrastaba con la oscuridad de mis pensamientos.
—Las filtraciones —continuó, girándose hacia mí—.
Los mensajes anónimos. La fotografía del hospital.
Todo está demasiado bien orquestado. Vance es inteligente, pero no lo es tanto.
No conoce esos detalles íntimos. No sabe nada sobre mi madre biológica.
No sabe nada sobre tu relación con tus padres. Alguien le ha dado esa información.
Sentí que el estómago se me encogía. Ella tenía razón. Webb y Vance eran instrumentos, pero no eran la mano que movía los hilos.
—Alguien nos está observando —dije, y la certeza me resultó aterradora—. Alguien que conoce nuestros miedos. Nuestros puntos débiles.
Emma asintió. Se acercó a mí y tomó mis manos entre las suyas. Estaban frías.
—Alexander, ¿has pensado que quizás... que quizás el objetivo nunca fue la campaña?
La miré. Realmente la miré. Y entonces lo vi. La comprensión en sus ojos. El mismo pensamiento que había estado evitando durante días.
—Nosotros —susurré—. El objetivo éramos nosotros. Separarnos.
—Exacto —dijo ella, y su voz tembló—. Alguien quiere que dejemos de vernos. Que terminemos esto. Y están usando todo lo que pueden para conseguirlo.
Sentí que la rabia me invadía, pero también el miedo.
Un miedo frío y profundo que no tenía nada que ver con la empresa ni con mi reputación.
Era el miedo a perderla. El miedo a que todo esto, esta conexión que habíamos encontrado, esta posibilidad de felicidad, fuera arrancada de raíz por alguien que observaba desde las sombras.
Y en ese momento, mientras la miraba a los ojos y sentía sus manos temblorosas en las mías, tuve que admitir algo que había estado negando desde el principio.
Estaba enamorado de ella.
No de forma casual, no de forma controlable.
Estaba enamorado de una manera que me resultaba aterradora por su intensidad.
Enamorado de Emma Sullivan, con su pasado roto y su fuerza indomable, con su risa que sonaba a campanillas y su forma de mirarme como si viera algo que yo mismo había olvidado que existía.
Y alguien lo sabía. Alguien había visto lo que yo apenas empezaba a aceptar y quería destruirlo.
Eleanor me encontró en la sala de juntas una hora después. Emma había vuelto a su despacho para seguir investigando, y yo estaba allí de pie, mirando la ciudad sin verla, con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa.
—Has cerrado la puerta —dijo Eleanor, entrando sin llamar—. Eso significa que estás enfadado o asustado. ¿Cuál de los dos?
—Ambos —respondí, sin girarme.
Escuché sus pasos acercándose. Se detuvo a mi lado. En el reflejo del cristal, vi su expresión preocupada.
—He visto el informe sobre Vance —dijo—. Y he visto cómo miras a Emma cuando cree que no te está observando.
—Eleanor...
—No me interrumpas —dijo, y su tono era firme, maternal—. Llevas treinta años conociéndome, Alexander. Sé cuándo estás enamorado. Y sé cuándo estás a punto de cometer un error por miedo a ese amor.
Me giré finalmente. Ella me miraba con esos ojos verdes que habían visto crecer a un niño asustado hasta convertirlo en un hombre aún más asustado, aunque mejor vestido.
—Quiero protegerla —dije, y mi voz sonó más desesperada de lo que pretendía—. Quiero ponerla en un avión y llevarla lejos de todo esto. A París. A Tokio. A cualquier sitio donde no puedan encontrarla.
—Eso es lo que haría tu padre —dijo Eleanor, sin juzgar—. Charles siempre intentó proteger a quienes amaba controlando sus circunstancias. Pero tú no eres él, Alexander. Y Emma no es tu madre.
—Entonces, ¿qué debo hacer? —pregunté, y la pregunta me salió como un suspiro derrotado—. ¿Dejar que se quede aquí, en el centro de la tormenta? ¿Esperar a que ese lunático haga algo peor que enviar fotografías?
Eleanor se acercó. Me puso una mano en el hombro, con la misma fuerza con la que me había sostenido cuando era adolescente y creía que el mundo se acababa.
—Quieres construir una muralla alrededor de ella —dijo—. Una fortaleza donde esté a salvo, donde nadie pueda tocarla. Pero eso no es protección, Alexander. Eso es prisión.
—No es lo mismo...
—Sí lo es —interrumpió ella—. Y lo sabes. Estás proyectando tu propio miedo. Tienes miedo de perderla, así que intentas controlar las variables. Pero el amor no funciona así. El amor no es un contrato en el que tú pones las cláusulas y ella las acepta.
—Entonces, ¿cómo funciona? —Pregunté, y mi voz se quebró.
Eleanor sonrió. Era una sonrisa triste, cargada de años de sabiduría.
—Funciona dejando que ella elija —dijo—. Todos los días. Cada mañana. Dejando que ella decida quedarse contigo no porque la protejas, sino porque quiere estar ahí. Eso es lo único que da seguridad real, Alexander. La elección. No las murallas.
Me quedé en silencio. Pensé en los últimos días, en cómo había intentado controlar cada aspecto de nuestra relación, cómo había intentado protegerla de información que podía herirla, cómo había tomado decisiones por ella para su bien.
Tenía razón. Estaba construyendo una jaula dorada y llamándola amor.
—Tengo que cambiar —dije, más para mí mismo que para ella.
—Sí —confirmó Eleanor—. Y tienes que hacerlo ahora, antes de que sea demasiado tarde.