El riesgo de mirarte Capítulo 24
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Capítulo 24

Emma

Después, nos quedamos en la cama, con las piernas entrelazadas en un nudo que ninguno de los dos quería deshacer, compartiendo el silencio cómodo de quienes no necesitan palabras porque han encontrado un lenguaje más antiguo, más verdadero.

El silencio entre nosotros no era vacío; estaba lleno de todo lo que habíamos compartido, de todo lo que aún quedaba por descubrir.

—¿Tienes hambre? —preguntó finalmente, acariciando mi pelo con una ternura que me hacía querer ronronear como un gato satisfecho.

—Muerta de hambre —respondí, y mi estómago eligió ese momento exacto para gruñir en acuerdo, haciéndonos reír.

Preparamos el desayuno juntos, pero esta vez sin la urgencia del día anterior. Esta vez no había miedo de que el mundo irrumpiera, ni reloj marcando el tiempo que nos quedaba. Esta vez estábamos solo nosotros, en nuestra burbuja privada, creando rituales que esperaba repetir mil veces más.

Alexander me enseñó su técnica secreta para las tortitas francesas: una pizca de canela en la masa, una gota de vainilla y la paciencia de dejar que el huevo se absorba en la masa durante exactamente treinta segundos antes de ponerla en la sartén.

Observé sus manos mientras trabajaba, esas manos que habían tocado mil teclados y firmado millones de dólares en contratos, ahora dedicadas a preparar el desayuno perfecto para mí.

Hicimos tortitas francesas con sirope de arce canadiense que él había traído especialmente, fruta fresca que cortamos juntos en la isla de la cocina, y café que esta vez sí salió perfecto, aromático y fuerte, en tazas que él guardaba para ocasiones especiales.

Nos sentamos en la cama, con la bandeja de madera oscura entre nosotros, comiendo con las manos como dos niños, riendo cuando el sirope dorado manchaba mi barbilla y él tenía que limpiármela, no con una servilleta, sino con un beso que se prolongaba más de lo necesario.

—Esto es peligroso —dije de repente, mientras mordía una fresa jugosa que él me ofrecía entre sus dedos.

—¿El qué? —preguntó, deteniéndose con el tenedor a medio camino de su boca.

—Esto —dije moviendo la mano entre nosotros con la fresa en ella—. La normalidad. La rutina. Me podría acostumbrar a despertar así. A esto. A nosotros.

Mi voz se quebró un poco en la última palabra, porque decir nosotros implicaba algo que aún me daba miedo nombrar.

Alexander dejó el tenedor. Me miró con una seriedad que me detuvo, que hizo que mi corazón latiera más fuerte en mi pecho.

—Entonces acostúmbrate —dijo, y su voz no tembló, no dudó—. Porque quiero volver a repetir esto. Una y otra vez. Quiero que esto sea nuestra normalidad, Emma. Quiero que te acostumbres tanto a mí que ya no recuerdes cómo era la vida antes.

Se acercó a mí, tomando mi mano entre las suyas y entrelazando nuestros dedos de un modo que me hizo pensar en cómo debían verse nuestras manos juntas, tan diferentes y, sin embargo, tan perfectamente complementarias.

La suya era más grande, más fuerte, con cicatrices que contaban historias que aún no conocía.

La mía era más pequeña, con uñas pintadas de un color que ya se estaba desgastando, y las yemas de los dedos suaves al tocar el piano cuando era niña.

—Quiero pasar dos días así —dijo, y sus ojos buscaron los míos con una intensidad que me hizo sentir vista, realmente vista, por primera vez en mi vida—.

Solo nosotros. Desayunos tardíos que se convierten en almuerzos, películas en el sofá donde nos quedemos dormidos a media tarde, duchas juntos donde el agua se enfríe porque nos distraemos el uno con el otro, siestas interminables donde lo único que hacemos es respirar el mismo aire.

Hizo una pausa y sus pulgares acariciaron el dorso de mis manos con una ternura que me hizo querer cerrar los ojos y simplemente sentir.

—Quiero conocer cada centímetro de ti —continuó, y su voz bajó un tono, volviéndose más íntima, más vulnerable—.

No solo tu cuerpo, que ya me tiene completamente cautivado, sino también tu mente.

Tus pensamientos más oscuros y tus sueños más descabellados.

Tus miedos, Emma. Quiero que me cuentes qué te despierta en medio de la noche con el corazón acelerado. Quiero que me dejes ser quien te calme.

Las lágrimas brillaron en mis ojos. No cayeron, pero estuvieron ahí, pesadas y calientes, testimonio de lo profundamente que sus palabras me tocaban.

—Quiero que me cuentes sobre la niña que fuiste —siguió, y ahora sus ojos también tenían un brillo húmedo—.

La niña que creció demasiado rápido, que aprendió a no necesitar a nadie porque necesitar dolía.

Quiero que me dejes conocer a esa niña y que me dejes ser parte de la mujer en la que te estás convirtiendo.

Porque, Emma, desde el momento en que te vi, supe que quería ser testigo de cada una de tus versiones.

La que eres hoy, la que serás mañana y todas las que vendrán después.

Las lágrimas finalmente cayeron, dos hilos silenciosos que recorrieron mis mejillas. Alexander las secó con sus pulgares y luego se llevó esas lágrimas a los labios, besándolas como si fueran algo precioso, como si mi dolor fuera su tesoro.

—¿Y el trabajo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta, aunque en ese momento el trabajo parecía algo tan lejano, tan irrelevante comparado con esto.

—Que el trabajo espere —dijo y sonrió con esa sonrisa que me derretía las rodillas—. Por primera vez en mi vida, hay algo más importante que una campaña, que una empresa, que un contrato millonario. Y eres tú, Emma. Solo tú. Tú eres mi prioridad ahora. Tú eres lo único que importa.

Me besó. Fue un beso tierno, lento, que sabía a sirope de arce y a promesas no dichas pero sentidas con cada fibra de mi ser.

Un beso que no exigía nada, que solo daba.

Que daba seguridad, que daba pertenencia, que daba la sensación de, finalmente, estar en el lugar correcto con la persona correcta.

Sus labios se movieron sobre los míos con una suavidad que me hizo gemir involuntariamente, y cuando su lengua rozó la mía, fue una invitación, no una demanda. Un baile lento y deliberado que me hizo olvidar dónde terminaba yo y dónde comenzaba él.

Cuando nos separamos, me quedé mirándolo, memorizando cada detalle de su rostro como si más tarde fuera a ser interrogada sobre él.

La forma en que sus ojos grises se suavizaban cuando me miraban, perdiendo esa dureza que solían tener cuando hablaba de negocios.

La línea de su mandíbula, perfectamente afeitada esa mañana pero que ya empezaba a mostrar sombra, y cómo esa sombra me hacía querer frotar mi mejilla contra la suya.

La curva de sus labios, todavía húmedos por nuestro beso, ligeramente entreabiertos como si aún no hubieran terminado de besarme.

Y pensé en lo lejos que había llegado. Desde la niña que había sido abandonada en un hospital, envuelta en una manta que no era suya, sin nombre más que el que le habían dado las enfermeras.

Desde la adolescente que había aprendido a no esperar nada de nadie porque esperar era una forma de sufrimiento.

Desde la mujer que había construido muros tan altos que ella misma había olvidado cómo derribarlos.

Hasta aquí. Hasta este momento. Hasta este hombre.

Mi historia no era una historia de abandono.

Lo comprendí entonces, con una claridad que me dejó sin aliento.

Era una historia de encuentros. De elecciones.

De amor que se construye poco a poco, día a día, beso a beso, mirada a mirada.

Era una historia de cómo el universo, en su infinita sabiduría, nos lleva exactamente donde necesitamos estar, incluso cuando el camino parece confuso, incluso cuando creemos que nos hemos perdido.

Alexander me apretó contra él, enterrando su rostro en mi cabello e inhalando profundamente, como si mi aroma fuera el oxígeno que necesitaba para respirar.

Y susurró planes para nuestros dos días de paraíso privado: una caminata por el jardín al atardecer, una cena que pediríamos a domicilio y comeríamos desnudos, una película que probablemente no veríamos porque estaríamos demasiado ocupados descubriéndonos el uno al otro.

Y mientras hablaba, mientras su voz vibraba contra mi piel, supe que finalmente, después de veintiocho años de búsqueda, de preguntarme dónde estaba mi lugar en el mundo, había llegado a casa.

No era un lugar. Era una persona. Era este momento. Éramos nosotros.

Y cerré los ojos, dejándome llevar por la sensación de ser completa, absoluta e incondicionalmente amada.