El riesgo de mirarte Capítulo 23
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Capítulo 23

Emma

Me desperté con la luz suave de la mañana filtrándose entre las cortinas de gasa, creando patrones dorados y translúcidos sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a nosotros.

Era una luz diferente a cualquier otra que hubiera conocido: no era la luz urgente de las mañanas de trabajo, ni la luz fría de los amaneceres en los que me despertaba sola en mi apartamento, con el silencio como única compañía.

Esta luz tenía calidez, tenía promesa. Tenía la presencia de Alexander despertando a mi lado, y esa presencia lo cambiaba todo.

No hubo prisa. No hubo urgencia. Solo hubo la quietud de dos cuerpos que se conocen y que se buscan sin prisas, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para nosotros.

Pero debajo de esa quietud, sentía la electricidad que siempre existía entre nosotros, esa corriente subterránea que nos había definido desde el principio.

Sentí su respiración primero, ese ritmo profundo y pausado que ya había aprendido a reconocer como el sonido más reconfortante del mundo.

Sentí el calor de su piel desnuda contra mi espalda, la forma en que su cuerpo musculoso se curvaba perfectamente contra el mío, encajando como piezas de un rompecabezas que nunca supe que estaban incompletas.

Su erección presionaba contra mi espalda baja, dura y persistente, y sentí un estremecimiento de anticipación recorrer mi columna.

Su brazo derecho descansaba pesado sobre mi cintura, posesivo pero tierno, y sus dedos empezaron a moverse con una lentitud deliberada, trazando mapas invisibles en mi piel que solo él podía leer.

No fue un toque demandante, sino reverente.

Sus dedos dibujaron círculos concéntricos en mi espalda, bajaron por la curva de mis caderas con una reverencia que me hizo estremecer, subieron por mi vientre deteniéndose justo debajo de mis pechos en una tortura dulce que me robó el aliento.

—Buenos días —murmuró contra mi cuello, su voz ronca por el sueño, besándome con suavidad en el punto exacto donde el pulso late más fuerte.

—Buenos días —respondí, girándome para mirarlo a los ojos.

Y entonces lo vi. Realmente lo vi. No al Alexander Sawyer, el magnate inalcanzable que el mundo conocía, sino a mi Alexander.

El hombre cuyo cabello oscuro estaba despeinado por el sueño, cuyos ojos grises tenían esa niebla particular de quien acaba de despertar, cuya mandíbula tenía una sombra de barba que me hacía querer frotarme contra ella como una gata buscando calor.

Y su cuerpo, Dios, su cuerpo. Todo duro músculo y piel caliente, extendido a mi lado como un festín del que nunca me cansaría.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo con un hambre que intentaba disimular con ternura, pero yo conocía esa mirada.

La había visto docenas de veces, en oscuros pasillos, en la intimidad de habitaciones de hotel, en momentos robados donde no había tiempo para suavidad.

Pero aquí, ahora, había algo diferente. El hambre seguía ahí, siempre presente entre nosotros, pero estaba mezclada con algo más profundo.

Algo que nos asustaba a los dos pero que ninguno quería soltar.

—Eres tan hermosa —dijo, y la forma en que lo dijo, con esa voz quebrada por la emoción, me hizo creerlo de una manera que nunca antes había creído cuando alguien me llamaba hermosa.

Sus manos se movieron con más propósito ahora, dejando de lado la timidez del despertar.

Sus dedos encontraron mis pechos, acariciándolos con una mezcla de adoración y posesión que me hizo arquear la espalda contra él.

Sus pulgares rozaron mis pezones, ya erectos por la excitación y la anticipación, y un gemido escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.

—Siempre respondes tan bien —murmuró, su voz baja y ronca, mientras su boca bajaba por mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos que me hacían estremecer—. Siempre estás tan lista para mí.

Sus manos bajaron por mi cuerpo, trazando cada curva, cada valle, cada centímetro de piel como si estuviera memorizándome. Cuando llegaron a mi cintura, me giró suavemente para quedar de espaldas, y se posicionó entre mis piernas con una lentitud que era pura tortura.

—Mírame —ordenó, y obedecí porque no podía hacer otra cosa.

Fue diferente esta vez. Cuando se movió sobre mí, cuando su peso me aplastó suavemente contra el colchón de una manera que me hizo sentir protegida, querida, poseída en el sentido más hermoso de la palabra, no hubo urgencia.

Pero había intensidad. Una intensidad lenta, deliberada, que prometía destruirme y reconstruirme al mismo tiempo.

Alexander tomó mi mano y la llevó entre nuestros cuerpos, envolviendo mis dedos alrededor de su erección.

Estaba caliente, dura, pulsando contra mi palma con una vida propia.

Lo acaricié una vez, dos veces, sintiendo la piel sedosa deslizarse sobre la dureza de su deseo, y él gruñó, ese sonido animal que siempre me hacía sentir poderosa.

—No —dijo, apartando mi mano con ternura pero firmeza—. Hoy no. Hoy quiero tomarme mi tiempo. Hoy quiero sentir cada segundo.

Y entonces me penetró. Con una lentitud casi dolorosa, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada pulgada de su posesión.

Jadeé cuando la punta entró, estirándome, llenándome de esa manera que solo él lograba.

Sus ojos nunca dejaron los míos, observando cada reacción, cada destello de placer en mi rostro.

—Tan apretada —gruñó, deteniéndose a mitad de camino, dándome tiempo para adaptarme a su tamaño—. Siempre tan perfecta a mi alrededor.

Cuando estuvo completamente dentro, nos quedamos así, conectados de la manera más íntima posible, sin movernos, solo respirando el uno del otro. Podía sentir su corazón latiente contra mi pecho, sincronizándose con el mío. Podía sentir cada pulso de su deseo dentro de mí, caliente y constante.

—No te muevas —susurré, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura para mantenerlo profundo—. Solo... quédate así un momento.

Y él obedeció, bajando su cabeza para besarme con una ternura que contrastaba con la crudeza de nuestra unión.

Nos besamos durante largos minutos, nuestras lenguas danzando lentamente, explorándose con una familiaridad que solo aumentaba la emoción.

Sus manos acariciaron mi cara, mis hombros, bajaron por mis costados para agarrar mis caderas con fuerza controlada.

Cuando finalmente empezó a moverse, lo hizo con una lentitud que me volvió loca.

Embestidas profundas, intencionadas, cada una diseñada para alcanzar ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.

No había nada de la voracidad desesperada de nuestras otras veces, cuando nos arrancábamos la ropa en pasillos oscuros o nos tomábamos el uno al otro con la urgencia de quienes temen que el mundo pueda separarlos.

Esto era diferente. Esto era adoración. Cada embestida era un acto de fe, una declaración silenciosa de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía.

—Alexander —gemí, arqueándome contra él, sintiendo cómo mi cuerpo empezaba a tensarse a su alrededor.

—Dime —pidió, con la voz tensa por el esfuerzo de contenerse, de mantener este ritmo lento y deliberado cuando sus caderas debían estarle gritando que me tomara con fuerza—. Dime lo que sientes.

—Te siento —jadeé—. Te siento tan profundo. Me llenas. Me completas. Dios, Alexander, no sabes lo que me haces sentir.

—Dime —insistió, besando mi mandíbula, mi cuello, mordiendo suavemente el lugar donde el cuello se une al hombro—. Dime todo.

Y lo hice. Las palabras salieron de mi boca sin filtro ni vergüenza, impulsadas por la intimidad del momento.

Le dije cómo se sentía tenerlo dentro de mí, cómo cada embestida me acercaba más al borde, cómo nunca había sentido algo así con nadie más.

Le dije que era mío, que siempre había sido mío, que siempre sería mío.

Y mientras hablaba, sus movimientos se volvieron más profundos, más insistentes, aunque mantenían esa lentitud deliberada que me estaba volviendo loca.

Nos besamos constantemente. Pequeños besos en los labios que eran más suspiros que contacto, besos en las mejillas que sabían a sal y a piel, besos en las sienes que me hacían sentir como si estuviera siendo consagrada.

Sus manos acariciaron mi cara con una delicadeza que contrastaba violentamente con la forma en que nuestros cuerpos se unían, desarmándome por completo, haciéndome sentir expuesta y segura al mismo tiempo.

Sus pulgares trazaron mis pómulos, la línea de mi mandíbula, la curva de mi cuello como si estuviera memorizando cada detalle, como si temiera que fuera a desaparecer.

Y entre beso y beso, entre embestida y embestida, empezó a hablar.

Palabras que nunca antes me había dicho, que nunca antes se había permitido decir.

—Eres mi hogar —murmuró contra mi boca, y sus ojos se encontraron con los míos, grises y vulnerables—. Eres el primer pensamiento cuando despierto y el último antes de dormir. Eres la razón por la que todo esto —gesto vagamente hacia el mundo exterior— importa.

—Alexander —susurré, y mi voz se quebró porque no podía contener la emoción.

—No digas nada —pidió, besándome para silenciarme, pero luego rompiendo el beso para mirarme de nuevo—. Solo siente. Solo quédate conmigo.

Y sentí. Sentí cómo sus caderas empezaban a moverse con más propósito, manteniendo la lentitud pero aumentando la profundidad.

Cada embestida ahora tocaba ese punto mágico dentro de mí, enviando chispas de placer por todo mi cuerpo.

Sentí cómo mi orgasmo empezaba a construirse, no como la explosión repentina a la que estaba acostumbrada, sino como una ola que crecía lentamente, inevitablemente, prometiendo arrastrarme cuando finalmente rompiera.

—Córrete conmigo —susurró, y su voz tembló, y supe que él también estaba cerca, que se estaba conteniendo por mí, esperándome—. Córrete, Emma. Ahora.

Y cuando nos corrimos, fue juntos, en silencio, con los ojos abiertos, mirándonos el uno al otro como si fuéramos lo único real en el universo.

Fue un orgasmo diferente a cualquier otro que hubiera experimentado: no fue una explosión, sino una disolución.

Como si los límites entre mi cuerpo y el suyo se hubieran borrado, como si por un momento infinito hubiéramos sido una sola cosa, una sola respiración, un solo latido, un solo punto de placer que nos consumía a los dos.

Alexander se quedó dentro de mí después, sin prisa por separarse, besando mi frente, mis párpados, la punta de mi nariz.

Sentí su semilla caliente dentro de mí, una prueba física de nuestra conexión que me hizo sentir marcada, poseída, amada.

Y cuando finalmente se retiró, fue con una lentitud que me hizo gemir de nuevo, dejándome vacía de un modo que solo él podía llenar.

Se quedó a mi lado, tirado de espaldas, y me atrajo hacia él para que mi cabeza descansara sobre su pecho. Podía escuchar su corazón todavía acelerado, volviendo lentamente a la normalidad. Sus dedos juguetearon con mi cabello, desenredando los nudos que nuestra pasión había creado.

—Eso fue... —empezó, y luego se detuvo, buscando las palabras.

—Diferente —terminé por él, levantando la cabeza para mirarlo—. Fue diferente.

—Mejor —dijo, y sus ojos buscaron los míos con una honestidad que me cortó el aliento—. Fue mejor. Porque fue contigo. Porque fue real.

Asentí porque no podía hablar, porque las palabras se habían atascado en mi garganta, junto con las emociones que no sabía cómo nombrar.

Y mientras yacíamos allí, con la luz de la mañana bañándonos y el silencio cómodo envolviéndonos, supe que algo había cambiado irrevocablemente entre nosotros.

No éramos solo dos cuerpos que se deseaban.

Éramos dos almas que se habían encontrado en el otro.

Y esa certeza, más que cualquier acto físico, fue lo que me hizo sentir completamente, absolutamente, incondicionalmente amada.