Capítulo 22
Emma
Decidimos pedir comida china para cenar. No queríamos cocinar, no queríamos salir. Queríamos quedarnos en nuestra burbuja, en nuestro mundo de dos.
Pedimos demasiado, como siempre: rollitos de primavera, pato pekinés con pancakes , noodles de gambas, arroz tres delicias, ternera con bambú y setas, y sopa de miso para empezar. Cuando llegó la entrega, parecíamos preparados para alimentar a un ejército.
—Vamos a explotar —dije, mirando la mesa llena de recipientes de cartón.
—Valdrá la pena —dijo Alexander, abriendo una botella de vino tinto.
Cenamos en la terraza acristalada, con las luces de Boston brillando a nuestros pies.
La conversación fluyó fácilmente, llena de bromas y tonteos.
Él me robaba gambas de mi plato, yo le quitaba el último rollito.
Nos mirábamos con una intensidad que hacía que la comida se convirtiera en un preámbulo.
—Eres insoportable —dije, cuando intentó alimentarme con los palillos y acabó manchándome la nariz de salsa.
—Tú me gustas —respondió, limpiándome con la servilleta y aprovechando para besarme.
El vino nos relajó. La comida nos sació. Y cuando terminamos, Alexander se levantó y extendió la mano.
—Vamos a la terraza —dijo—. Quiero tomar una copa contigo bajo las estrellas.
La terraza exterior era espectacular. Un jacuzzi de mármol negro ocupaba el centro, rodeado de plantas en macetas y tumbonas de diseño. La ciudad brillaba a nuestros pies, un océano de luces que parecía infinito.
Alexander encendió el jacuzzi. El agua empezó a burbujear, liberando vapor en el aire fresco de la noche.
—¿Bañador? —pregunté, mirando el agua.
—¿Para qué? —respondió, y su sonrisa fue toda la respuesta.
Se desvistió delante de mí, sin prisa, dejando que lo admirara. Su cuerpo era escultórico a la luz de la luna, cada músculo definido, cada sombra acentuando su masculinidad. Cuando estuvo desnudo, se metió en el agua y extendió la mano hacia mí.
—Ven —dijo—. El agua está perfecta.
Me quité el vestido que llevaba —sencillo, de algodón— y me quedé en ropa interior. Luego, siguiendo su ejemplo, me la quité también. Estaba desnuda, expuesta, y sin embargo no sentía vergüenza. Solo deseo.
Me metí en el jacuzzi. El agua caliente me envolvió, relajando cada músculo de mi cuerpo. Alexander me tomó en brazos, sentándome en su regalo, y sentí su erección dura contra mi espalda.
—Relájate —murmuró contra mi cuello, sus manos subiendo para acariciar mis pechos—. Déjame cuidarte.
Sus manos eran mágicas bajo el agua. Masajearon mis pechos con una lentitud que me volvía loca, pellizcando los pezones hasta que gemí y me arqueé contra él, ofreciéndome completamente.
Una mano bajó, encontrando mi sexo ya hinchado y húmedo bajo el agua burbujeante, y empezó a frotarme con una lentitud torturante que hacía que mis caderas se movieran solas, buscando más fricción, más presión, más él.
—Alexander... —jadeé, moviéndome contra su mano como una mujer poseída.
—Shhh —dijo, mordiendo mi hombro con fuerza suficiente para dejar una marca—. Déjame. Solo siente.
Me hizo girar. Ahora estaba frente a él, con el agua caliente burbujeando a nuestro alrededor, creando un halo de vapor que nos aislaba del mundo, con la ciudad de Boston brillando como un océano de luces a nuestros pies.
Me besó, profundo, mientras sus manos seguían trabajando mi cuerpo con una destreza que me desarmaba.
—Quiero saborearte —dijo, y su voz resonó en el aire nocturno, grave, ronca, llena de promesas oscuras—. Quiero devorarte hasta que grites mi nombre. Quiero sentir cómo te corres en mi boca. Aquí. Ahora.
Me sentó en el borde del jacuzzi, con las piernas colgando en el agua, expuesta completamente a la noche y a él.
El mármol frío contra mi piel caliente creó un contraste delicioso.
Alexander se posicionó entre mis muslos, separándolos con sus manos grandes, y miró mi sexo expuesto con un hambre que me hizo estremecer.
—Joder, esto es perfecto —murmuró, y luego se lanzó.
Su lengua fue eléctrica contra mí. Recorrió mis pliegues de abajo arriba, desde la entrada hasta el clítoris, saboreando cada centímetro con una fruición que me hizo gritar.
El sonido se perdió en la noche, absorbido por el viento y el agua.
Su lengua dibujaba círculos perfectos alrededor de mi clítoris, luego lo succionaba con fuerza, luego volvía a lamer con la punta suave, alternando entre la brutalidad y la ternura de una forma que me volvía loca.
Introdujo dos dedos en mi interior, curvándolos para encontrar ese punto que me hacía ver estrellas, mientras su boca seguía trabajando mi sexo. Sentí su otra mano subir por mi vientre, encontrar mis pechos, masajearlos con rudeza, pellizcando los pezones hasta que jadeaba sin control.
—Dios, sí... —gemí, agarrando su pelo con fuerza, guiando su cabeza, necesitando más—. No pares... por favor, no pares...
No paró. Me llevó al borde una y otra vez, negándome el orgasmo hasta que estuve desesperada, retorciéndome, con las piernas temblando a cada lado de su cabeza. Sentía la tensión acumularse en mi vientre como una tormenta perfecta, cada lamida de su lengua me acercaba más al abismo.
—Por favor, Alexander… necesito… —supliqué, con la voz rota, sin vergüenza, sin reservas.
—¿Qué necesitas? —preguntó, mirándome desde entre mis muslos, con los ojos brillando en la oscuridad, con mi humedad brillando en sus labios—. Dime. Dime exactamente qué necesitas.
—Necesito que me folles —grité, sin filtro, sin pudor—. Te necesito dentro de mí. Ahora.
Se levantó, emergiendo del agua como un dios griego nacido del mar, con el cuerpo musculoso brillando bajo la luna, gotas de agua corriendo por su pecho definido, su abdomen esculpido, y su erección...
joder, su erección era imponente, gruesa, dura como el acero, palpitando con la necesidad de estar dentro de mí.
—Primera postura —gruñó, tomando mis piernas y abriéndolas más.
Se posicionó entre mis muslos, guiando su miembro hacia mi entrada. Lo frotó contra mi sexo húmedo, provocándome, haciéndome gemir de frustración, hasta que finalmente, con un empujón fuerte y decisivo, se hundió dentro de mí hasta el fondo.
Grité. El sonido se perdió en la noche. Estaba tan húmeda, tan preparada por su boca, que entró sin resistencia, pero su tamaño seguía siendo un estiramiento glorioso que llenaba cada centímetro de mi interior.
Me agarró de las caderas y empezó a moverse con fuerza, embistiéndome una y otra vez desde su posición de pie en el agua, mientras yo estaba sentada en el borde, con las piernas abiertas, recibiéndolo completamente.
—Joder, estás tan apretada —gruñó, con los dientes apretados, con los músculos de su cuello tensos—. Tan caliente. Tan mía.
Me folló así durante minutos que parecieron eternos, cada embestida golpeando profundo, haciendo que mis pechos rebotaran, haciendo que gimiera sin control.
Sentía el agua salpicar contra mi espalda, sentía sus dedos clavándose en mis caderas, sentía su miembro entrando y saliendo de mí con una fuerza que me desarmaba por completo.
Cuando estuve al borde, cuando sentí que no podía más, me giró con una fuerza que me dejó sin aliento.
—Segunda postura —anunció, y su voz era un látigo de comando.
Me empujó hacia la tumbona de diseño que había junto al jacuzzi.
Me colocó a cuatro patas sobre el cojín, con las rodillas separadas, con el trasero en el aire, completamente expuesta y vulnerable.
Se posicionó detrás de mí, agarrando mis caderas con ambas manos, y sin preámbulos, sin suavidad, me penetró de una sola embestida brutal desde atrás.
Grité contra el cojín. El ángulo era diferente, más profundo, alcanzando lugares dentro de mí que no sabía que existían.
Él gruñó, un sonido animal que salía de su garganta, y empezó a moverse con una ferocidad salvaje, embistiéndome una y otra vez, haciendo que mi cuerpo se desplazara hacia delante con cada golpe de sus caderas contra las mías.
—Esto es jodidamente perfecto —gruñó, observando cómo entraba y salía de mí—. Mira cómo te follo. Mira cómo te abro.
Agarró mi pelo con una mano, tirando suavemente pero con firmeza, inclinando mi cabeza hacia atrás mientras seguía penetrándome.
La combinación del dolor leve en mi cuero cabelludo y el placer intenso en mi interior fue abrumadora.
Sentía sus dedos clavándose en mi carne, sentía sus embestidas profundas y brutales, sentía cómo mi orgasmo se acumulaba en mi vientre como una presión insoportable.
—Voy a… —avisé, con la voz ahogada en el cojín.
—Todavía no —ordenó, saliendo de mí de golpe.
Antes de que pudiera protestar, me giró de nuevo. Me recostó sobre la tumbona, con la espalda contra el cojín, y tomó mis piernas, levantándolas, colocándolas sobre sus hombros musculosos.
—Tercera postura —dijo, y sus ojos se encontraron con los míos—. Quiero verte la cara. Quiero mirarte a los ojos mientras te follo.
Se inclinó sobre mí, con mis piernas sobre sus hombros, con mi sexo completamente abierto para él, y se hundió dentro de mí con una lentitud tortuosa que me hizo gritar. Estaba tan profundo, tan llena, que podía sentir cada centímetro de su miembro dentro de mí, pulsando, caliente, perfecto.
Empezó a moverse, y esta vez fue lento, intencionado, cada embestida diseñada para maximizar mi placer.
Nos miramos fijamente, con los ojos conectados mientras nuestros cuerpos se unían, y era demasiado íntimo, demasiado intenso, demasiado real.
Sentía sus manos acariciando mis muslos, sentía su pelvis golpeando contra mí, sentía cómo me abría completamente para él.
—Eres perfecta —gruñó, acelerando ligeramente—. Tu sexo es perfecto. Me vas a hacer correr si sigues así.
—Todavía no —supliqué, agarrando sus hombros—. Quiero más. Te necesito más.
Me soltó las piernas y me levantó en sus brazos. Caminó hacia el jacuzzi conmigo envuelta alrededor de su cintura, todavía conectados, sin salir de mí ni un segundo. Se sentó en el borde interior del jacuzzi, con el agua burbujeando a nuestro alrededor, y me posicionó sobre él.
—Cuarta postura —dijo, y me besó con furia—. Cabálgame. Quiero verte montarme.
Me senté sobre su regazo, con sus manos en mis caderas guiándome, y empecé a moverme.
El agua caliente nos envolvía, creando un calor húmedo que aumentaba cada sensación.
Me moví hacia arriba y hacia abajo, sintiendo cómo su miembro entraba y salía de mí, sintiendo cómo el agua salpicaba a nuestro alrededor con cada movimiento.
Él agarró mis pechos con ambas manos, masajeándolos, pellizcando los pezones, mientras yo cabalgaba con una urgencia frenética.
El agua creaba resistencia, haciendo que cada movimiento fuera más intenso, más físico, más agotador.
Estaba empapada, no solo por el agua del jacuzzi, sino por mi propia humedad, por el sudor, por el esfuerzo.
—Eso es —gruñó, observándome con ojos oscuros de deseo—. Fóllame, Emma. Usa mi miembro. Toma lo que necesites.
Me moví más rápido, perdiendo el ritmo, perdiendo el control, convirtiéndome en una versión primitiva de mí misma que solo buscaba el placer, la conexión, el olvido. Sentía su miembro golpeando profundo, sentía sus manos en mis pechos, sentía cómo el orgasmo se acercaba imparable.
Pero él me detuvo antes de que llegara. Me levantó de su regazo, saliendo de mí con un gemido de protesta que compartimos ambos.
—Todavía no —dijo, con la voz áspera, jadeante—. Una más. Quiero una más.
Me llevó hasta el cristal de la terraza.
El edificio tenía un muro de cristal que daba a la ciudad, un cristal templado que nos separaba del vacío y de las luces de Boston.
Me puso de pie frente a él, con las manos apoyadas en el cristal frío, con el pecho desnudo presionado contra la superficie helada.
—Quinta postura —susurró contra mi oído, posicionándose detrás de mí—. Con la ciudad de testigo. Para que sepan que eres mía.
Me penetró desde atrás, profundo y brutal, en un solo movimiento que me hizo gritar contra el cristal. Mis pechos se aplastaban contra el frío cristal mientras él entraba y salía de mí con una fuerza que hacía que mis piernas temblaran.
Agarró mis pechos con ambas manos desde atrás, masajeándolos con rudeza, pellizcando los pezones mientras me follaba con una intensidad que me desarmaba por completo.
—Mírate —ordenó, susurrando obscenidades en mi oído—. Mírate con la ciudad a tus pies, conmigo dentro de ti. Eres jodidamente perfecta. Eres mía. Solo mía.
Sus palabras fueron el detonante. La combinación de la posición expuesta, de sus manos en mis pechos, de su miembro golpeando profundo, de sus palabras sucias en mi oído… todo explotó al mismo tiempo.
—¡Alexander! —grité, con el cristal vibrando contra mis manos—. Me voy a correr… Dios, me voy a correr.
—Conmigo —gruñó, acelerando hasta convertirse en una serie de embestidas salvajes que hacían que mi cuerpo se sacudiera—. Ahora, Emma. Córrete ahora.
Y lo hicimos juntos, como me pedía.
Mi orgasmo fue una ola devastadora que me recorrió desde el sexo hasta la coronilla, contrayéndome violentamente alrededor de su miembro, succionándolo, hasta la última gota.
Él rugió mi nombre, un sonido que pareció sacado de lo más profundo de su ser, vaciándose dentro de mí con una fuerza que sentí como calor líquido inundándome.
Nos quedamos así, jadeantes, sudorosos, con el cristal empañado por nuestra respiración, con la ciudad brillando indiferente a nuestros pies, conectados de la forma más primitiva posible.
Colapsamos en la tumbona, jadeantes, con el agua del jacuzzi todavía burbujeando cerca y el sudor enfriándose en nuestra piel.
Alexander me tomó en brazos, acomodándome contra su pecho, y me besó con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes.
Sus labios eran suaves, reverentes, casi adoradores.
—Eres increíble —dijo, con la voz completamente rota—. No puedo tener suficiente de ti. Cinco posturas y sigo queriendo más.
—Ni yo de ti —respondí, acariciando su pecho, sintiendo su corazón todavía acelerado—. Eso ha sido... ha sido demasiado. Perfecto. Demasiado perfecto.
Nos quedamos así, abrazados, besándonos lentamente, mientras la ciudad dormía a nuestros pies.
Y mientras escuchaba su corazón latir bajo mi oreja, pensé en cómo había llegado hasta aquí.
Desde la niña abandonada que intentaba demostrar su valía, hasta la mujer que ahora descansaba en brazos de un hombre que la deseaba, la respetaba, la cuidaba.
Por primera vez, mi historia tenía sentido.
No era una historia de pérdida, sino de encuentro.
No era una historia de abandono, sino de elección.
Y mientras Alexander me apretaba contra él, susurrando promesas que no necesitaba escuchar para creer, supe que finalmente, después de veintiocho años, había encontrado mi hogar.