Capítulo 21
Emma
Me desperté con el sol de la mañana filtrándose entre las cortinas y el sonido de Alexander moviéndose en la cocina. Durante unos segundos, permanecí inmóvil, disfrutando de la sensación de la sábana contra mi piel desnuda, del dolor delicioso entre mis muslos que recordaba la noche anterior.
Me levanté, me puse una de sus camisas —que me llegaba hasta medio muslo— y fui a la cocina.
Alexander estaba frente a la encimera, intentando hacer café con una concentración que me hizo sonreír. Llevaba solo un pantalón de chándal gris, descalzo, con el pelo despeinado. No parecía el CEO imperturbable. Parecía un hombre. Mi hombre.
—Buenos días —dije, apoyándome en el marco de la puerta.
Se giró, y sus ojos recorrieron mi cuerpo cubierto solo por su camisa. Una sonrisa lenta, depredadora, curvó sus labios.
—Esa camisa nunca me había quedado tan bien —dijo.
—Me la quedaré, entonces —respondí, acercándome a él.
Me besó, un beso de buenos días suave y profundo que sabía a menta y a promesas.
—¿Intentas hacer café? —pregunté, observando el desastre que tenía ante sí.
—Intentando es la palabra clave —dijo, frustrado—. No entiendo por qué tu cafetera italiana tiene tantas piezas.
Me reí y tomé el control. Le mostré cómo llenar el depósito, cómo colocar el café molido, cómo cerrar la cafetera sin quemarse. Nuestros cuerpos se rozaban constantemente, nuestros brazos se cruzaban, y la cocina se llenó de una tensión que no tenía nada que ver con el café.
—Háblame de tu infancia —dijo de repente, mientras el café empezaba a salir con su aroma característico.
Lo miré, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque quiero conocerte —dijo, sincero—. Realmente conocerte. No solo la ejecutiva perfecta. La niña que fuiste.
Me apoyé en la encimera, con la taza de café entre las manos.
—Era una niña que intentaba demostrar que merecía estar donde estaba —dije, y la verdad de mis palabras me sorprendió—. Siempre con los deberes perfectos, siempre sacando las mejores notas. Porque tenía miedo de que si fallaba, si no era suficientemente buena, me devolverían.
Alexander me miró con una ternura que me hizo querer llorar.
—Y yo era un niño que intentaba ser perfecto para que su padre no se diera cuenta de que estaba roto por dentro —dijo—. Después de que murieron, me convertí en una máquina. En alguien que no sentía, que no necesitaba, que no amaba. Hasta que te conocí.
Nos miramos. La cocina se había llenado de una intimidad que superaba cualquier conversación anterior.
—Ven aquí —dijo, y su voz se volvió ronca.
No llegué a dar dos pasos. Me tomó de la cintura y me sentó en la encimera de mármol frío. La camisa se abrió, dejando ver que no llevaba nada debajo.
—Alexander… —protesté débilmente—. El café…
—Se enfriará —dijo, repitiendo mis palabras de la noche anterior, con una sonrisa lobuna.
Separó mis piernas y se posicionó entre ellas. Su boca encontró mi cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas que sabía que tendría que ocultar después. Sus manos subieron por mis muslos, encontrando mi sexo ya húmedo por el deseo acumulado en minutos.
—Joder, estás empapada —gruñó, introduciendo dos dedos sin preámbulos.
Grité. El sonido resonó en la cocina vacía. Él me folló con los dedos con una rudeza que me hizo ver estrellas, mientras su boca bajaba hasta mis pechos, succionando los pezones a través de la tela de la camisa.
—Quiero follarte aquí —dijo, con la voz áspera—. En esta encimera.
No esperó respuesta. Se bajó el pantalón de chándal, liberando su erección, y me penetró de una sola embestida brutal.
Grité su nombre. Él gruñó el mío. Y entonces empezó a moverse con una fuerza salvaje, una urgencia que no tenía nada que ver con la suavidad de la mañana. Era sexo desenfrenado, primario, dos cuerpos buscando el olvido en el placer.
Me agarró de las caderas, tirando de mí hacia él con cada embestida. La encimera crujía bajo nosotros. El café se enfriaba en la taza olvidada. Y yo me acerqué al orgasmo con una rapidez que me sorprendió.
—Voy a... —avisé.
—Córrete —ordenó—. Ahora.
Y me corrí con un grito que debió de oírse en todo el edificio. Él siguió moviéndose, prolongando mi placer, hasta que encontró su propio clímax, vaciándose dentro de mí con un rugido que sonó como una promesa.
Después, nos duchamos juntos. Fue un baño lento, casi ritual, en el que nos lavamos el uno al otro con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes. Alexander me enjabonó el pelo con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos y suspirar.
—Quiero salir —dijo de repente, mientras el agua caía sobre nosotros—. Contigo.
—¿A dónde? —pregunté, sorprendida.
—A hacer algo normal —dijo—. Compras. Lo que sea. Nunca hago esto. Nunca he hecho esto con nadie.
Sonreí. La idea de Alexander Prescott, CEO multimillonario, haciendo la compra conmigo me pareció hilarante y entrañable a partes iguales.
—Vale —dije—. Pero aviso: voy a llevarte al supermercado más cutre de Boston. Y vas a tener que empujar el carro.
—Emocionante —dijo, con una sonrisa irónica.
Salimos. Y fue... divertido. Más que divertido, fue revelador. Alexander no sabía cómo funcionaba un supermercado. Miraba los precios con confusión, como si no entendiera por qué la leche costaba tres dólares y no trescientos. Intentaba comprar todo lo que veía, y tuve que detenerlo varias veces.
—¿Necesitamos caviar? —pregunté, quitándole el tarro de las manos.
—Podríamos —dijo, encogiéndose de hombros.
—Alexander, estamos comprando ingredientes para hacer lasaña. No una cena de Estado.
—Me gusta verte riñéndome —dijo de repente, con una seriedad que me desarmó—. Me hace sentir... normal.
Compramos todo lo necesario: carne picada, pasta, tomate, queso, bechamel. Y una botella de vino que él insistió en añadir para la cocinera.
De vuelta en el ático, cocinamos juntos.
Fue un caos de harina en la encimera, de salsa de tomate que salpicaba, de risas cuando la bechamel se nos quemó un poco.
Alexander intentó hacer la pasta y la dejó demasiado tiempo; tuvo que tirarla y empezar de nuevo, murmurando palabras que nunca había escuchado salir de su boca.
—Eres un desastre en la cocina —dije, riendo mientras él intentaba rescatar la segunda tanda.
—Pero soy tu desastre —respondió, y la frase me detuvo.
Cenamos lasaña en el sofá, viendo una película de acción que él eligió y que a mí me aburría, pero que me permitía quedarme dormida apoyada en su pecho, con su brazo alrededor de mí, sintiendo su corazón latir bajo mi oreja.
Fue la noche más perfecta de mi vida. Y me dormí con la certeza de que, por primera vez, estaba exactamente donde debía estar.