Capítulo 20
Emma
La llamada de la policía había dejado una tensión en el aire que ninguno de los dos sabía disipar. Alexander había intentado convencerme de que no me preocupara, de que Webb estaba detenido y que estábamos a salvo, pero sus ojos delataban la misma inquietud que sentía yo.
—Vamos a cenar —dijo finalmente, tomando mi mano y llevándome hacia la cocina—. No podemos hacer nada más esta noche. Mañana investigaremos quién está detrás de Webb. Pero ahora... ahora necesito que estés aquí. Conmigo.
Asentí, aunque el nudo en el estómago no desaparecía. Pero tenía razón. No podíamos vivir en el miedo constante. Teníamos que intentar ser normales, aunque solo fuera por una noche.
Alexander preparó una pasta simple pero deliciosa, con tomates cherry, albahaca fresca y queso parmesano que ralló él mismo con una concentración que me hizo sonreír.
Observé cómo se movía por la cocina, cómo sus manos grandes y elegantes manejaban los utensilios con una precisión casi quirúrgica, cómo su chaqueta se había quitado y la camisa blanca se adhería a su espalda muscular.
—¿Qué miras? —preguntó, sin girarse, pero sonriendo.
—A ti —respondí, sincera—. Me gusta verte así. En plan… doméstico.
—Soy un desastre en la cocina —dijo, aunque la pasta olía increíblemente bien.
—Eres perfecto —corregí, y la palabra salió antes de que pudiera contenerla.
Se giró entonces. Sus ojos grises me escrutaron desde el otro lado de la isla de cocina, y vi algo cambiar en su expresión. La preocupación se suavizó, reemplazada por un deseo que reconocía inmediatamente.
—Ven aquí —dijo, y no fue una petición.
Obedecí. Rodeé la isla y me detuve frente a él. Estaba tan cerca que podía oler su colonia, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, podía ver la textura de su barba de dos días.
—Esta noche —dijo, bajando la voz—. Esta noche quiero olvidar todo. Quiero que solo existamos tú y yo. Sin miedos, sin amenazas, sin pasados que nos persigan.
Extendió la mano y acarició mi mejilla. Sus dedos eran cálidos, suaves, reverentes.
—¿Y la cena? —pregunté, aunque mi cuerpo ya había respondido a su toque, ya estaba preparándose para él.
—Se enfriará —murmuró, inclinándose para besar mi cuello—. O la podemos calentar después.
Su boca en mi piel fue el detonante. El hambre que sentía por él era más fuerte que cualquier otra necesidad.
La pasta quedó olvidada en la encimera.
Alexander me cogió en brazos, algo que seguía sorprendiéndome, dado que no era una mujer especialmente ligera, y me llevó hacia el dormitorio. Pero no llegamos. En el pasillo, entre la biblioteca y la habitación, me empujó contra la pared y me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento.
—Joder, Emma —gruñó contra mis labios—. Te deseo tanto que me cuesta controlarme.
—Entonces haz algo al respecto —reté, agarrando su camisa y tirando de él hacia mí.
Sus manos fueron a mi cintura, levantando mi vestido hasta que quedó arrollado en mi cintura. Sus dedos encontraron mis bragas y las bajó con un tirón brusco que me excitó aún más.
—Quiero probarte —dijo, y su voz era un gruñido bajo—. Quiero sentir cómo te corres en mi boca antes de follarte.
Me dejó sin aliento. Literalmente sin aliento.
Me agarró de las manos y me llevó hasta el sofá del salón. Me empujó suavemente para que me sentara, luego me abrió las piernas con las manos, mirando mi sexo expuesto con una expresión de hambre pura.
—Precioso —murmuró, arrodillándose entre mis muslos—. Eres perfecta.
Y entonces se lanzó.
Su lengua fue eléctrica contra mí. Recorrió mi sexo de abajo hacia arriba, desde la entrada hasta el clítoris, saboreando cada centímetro con una fruición que me hizo arquear la espalda y gemir sin pudor.
—Dios, Alexander... —jadeé, agarrando su pelo entre mis dedos.
No respondió. Estaba demasiado ocupado devorándome.
Su lengua dibujaba círculos perfectos alrededor de mi clítoris, luego lo succionaba con fuerza, luego volvía a lamer con la punta suave.
Introdujo dos dedos en mi interior, curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca, y yo perdí completamente el control.
—Voy a... —avisé, con la voz rota.
—Córrete —ordenó contra mi piel—. Quiero sentirlo. Quiero saborearlo.
Y exploté. Mi orgasmo fue una ola de calor intenso que recorrió todo mi cuerpo, contrayéndome alrededor de sus dedos, empapando su boca con mi humedad. Él siguió lamiendo, prolongando mi placer hasta que tuve que empujar su cabeza, sobresensibilizada, riendo y jadeando al mismo tiempo.
—Uno —dijo, levantándose con una sonrisa arrogante—. Y aún no he terminado contigo.
Me tomó en brazos de nuevo —mis piernas todavía temblaban— y esta vez sí llegamos al dormitorio.
Me dejó caer sobre la cama y se quitó la camisa de un tirón.
Su torso desnudo era una obra de arte: definido, musculoso, con una cicatriz blanca en el hombro que nunca le había preguntado de dónde venía.
—Quítate el vestido —ordenó, desabrochándose el cinturón—. Quiero verte desnuda. Ahora.
Obedecí, aunque mis dedos temblaban. Cuando quedé completamente desnuda ante él, lo vi tragar saliva. Vi cómo su miembro, ya dura y gruesa, se tensaba contra la tela de sus pantalones.
—Eres la mujer más hermosa que he visto —dijo, y la sinceridad de sus palabras me desarmó.
Se desvistió por completo y se subió a la cama, posicionándose entre mis piernas. Sin preámbulos, sin suavidad, me penetró de una sola embestida.
Grité. Estaba tan húmeda por el orgasmo anterior que entró sin resistencia, pero su tamaño seguía siendo un estiramiento glorioso que llenaba cada centímetro de mí.
—Joder, Emma —gruñó, con los dientes apretados—. Estás tan apretada. Tan perfecta...
Empezó a moverse. No fue suave. Fue profundo, intenso, cada embestida golpeando profundo dentro de mí. Me cogió de las muñecas y las levantó sobre mi cabeza, inmovilizándome mientras me follaba con una fuerza que hacía que la cama golpeara contra la pared.
—Mírame —ordenó—. Quiero verte la cara mientras te follo.
Nuestros ojos se encontraron. Era demasiado íntimo, demasiado intenso. Vi el deseo crudo en su mirada, la posesión, el amor que no se atrevía a nombrar.
Me soltó las muñecas y me giró. Me puso a cuatro patas, agarrando mis caderas con fuerza, y me penetró desde atrás. El ángulo era diferente, más profundo, y gemí contra la almohada mientras él aumentaba el ritmo.
—Toca tu clítoris —ordenó—. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mí.
Obedecí. Mis dedos encontraron mi sexo, hinchado y sensible, y empecé a frotarme al ritmo de sus embestidas. La sensación fue abrumadora. Sentía su miembro golpeando profundo, sentía mis dedos trabajando mi clítoris, sentía la tensión acumulándose en mi vientre como una tormenta perfecta.
—Alexander... —avisé—. Me voy a correr...
—Conmigo —gruñó, acelerando hasta convertirse en una serie de embestidas salvajes—. Ahora, cariño. ¡Ahora!
Y llegamos juntos. Él rugió mi nombre, vaciándose dentro de mí con fuerza, mientras yo me contraía violentamente alrededor de él.
Colapsamos sobre la cama, jadeantes, sudorosos, con los corazones latiendo al unísono.
—Eso ha sido... —empecé a decir, sin aliento.
—Increíble —terminó él, besando mi hombro—. Tú eres increíble.
Nos quedamos dormidos así, entrelazados, con la pasta olvidada en la cocina y el mundo reducido a nosotros dos.