El riesgo de mirarte Capítulo 19
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Capítulo 19

Emma

Llevaba a Alexander a casa de mis padres.

La frase resonaba en mi cabeza con una extrañeza que no podía procesar mientras conducíamos por Commonwealth Avenue hacia Brookline.

En mis veintiocho años, nunca había llevado a un hombre a la casa de los Sullivan como algo más que un amigo.

Nunca había presentado a nadie a mis padres con la intención implícita de que lo evaluaran, lo conocieran o lo aceptaran como parte de mi vida.

Alexander iba sentado en el asiento del copiloto, impecable como siempre, con un jersey de cachemira gris y vaqueros oscuros que había elegido después de cambiarse tres veces en mi opinión.

Su mandíbula estaba tensa, sus dedos tamborileaban contra la rodilla, y cada pocos minutos ajustaba el cinturón de seguridad como si fuera un arnés de escape.

—¿Estás nervioso? —pregunté, aunque la respuesta era evidente.

—No estoy nervioso —respondió, con la voz más aguda de lo habitual—. Solo... no estoy acostumbrado a esto.

—¿A qué?

—A la calidez familiar —dijo, y sus ojos grises se encontraron con los míos por un segundo antes de volver a la carretera—.

Mi padre era... diferente. La cena era un evento de negocios, no un momento de conexión.

Y mi madre, aunque cálida, siempre estaba un poco distante. Protegiéndose, supongo. Como yo.

Apreté su mano brevemente antes de girar hacia la calle de ladrillos rojos donde había crecido.

—Margaret y Richard son... intensos —advertí—. Van a querer abrazarte. Van a hacerte preguntas incómodas. Y probablemente Margaret intentará alimentarte hasta que explotes.

—Suena terrorífico —murmuró, pero vi una sonrisa casi imperceptible en la comisura de sus labios.

—Lo es —confirmé—. Pero también es lo mejor que te puede pasar.

Aparqué en la entrada. La casa de ladrillo rojo nos recibió con sus geranios en las macetas y su puerta azul marino que tanto había visto cerrarse y abrirse a lo largo de mi vida. Antes de que pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió.

Mi madre estaba allí, con su pelo blanco perfectamente peinado, su jersey de punto color esmeralda, y una sonrisa que iluminó todo el porche. Y detrás de ella, mi padre, alto y canoso, con las manos todavía húmedas de haber estado en el jardín.

—Emma, cariño —dijo mi madre, abrazándome con esa fuerza que siempre me sorprendía en su pequeña figura.

Luego se apartó y miró a Alexander. Sus ojos verdes —tan parecidos a los míos, aunque no compartiéramos sangre— lo escrutaron de arriba abajo. Vi que Alexander se ponía rígido, que su instinto de defensa se activaba, que preparaba su máscara de CEO frío.

Pero mi madre no se dejó intimidar. Se acercó a él, tomó sus manos entre las suyas, y lo miró directamente a los ojos.

—Así que tú eres Alexander —dijo, y había una evaluación en su voz, pero también una ternura—. El hombre que ha hecho que mi hija sonría de una forma que no había visto en años.

—Señora Sullivan —respondió Alexander, con la voz educada pero rígida—. Es un honor...

—Margaret —lo interrumpió ella—. Llámame Margaret. Y ven aquí.

Y entonces hizo algo que me dejó sin aliento. Abrazó a Alexander. Un abrazo real, de esos que aprietan y que hacen que el aire se escape de los pulmones. Vi cómo él se congelaba, cómo sus brazos colgaban inútiles a los lados, cómo no sabía cómo reaccionar.

Pero luego, lentamente, muy lentamente, sus brazos subieron. Y devolvió el abrazo. Con torpeza, con inseguridad, pero lo devolvió.

Mi padre se acercó entonces, con una sonrisa que arrugaba sus ojos azules.

—Bienvenido a la familia, joven —dijo, dándole una palmada en el hombro que hizo que Alexander tambaleara—. Aunque sea temporal. Aunque sea complicado. Aquí eres bienvenido.

La comida fue un caos de platos que mi madre había preparado durante dos días. Había un asado de cordero que olía a romero y a nostalgia, puré de patatas con mantequilla, verduras del jardín de mi padre, y una tarta de manzana que era mi favorita desde la infancia.

Alexander se sentó a mi lado, rígido al principio, pero poco a poco fue relajándose bajo el asedio constante de preguntas de mis padres.

Mi padre quería saber todo sobre la empresa, sobre tecnología, sobre el futuro de la inteligencia artificial.

Mi madre quería saber si comía bien, si dormía lo suficiente, si cuidaba de su hija.

—Mamá, no necesito que nadie me cuide —protesté, aunque sonreía.

—Todo el mundo necesita que lo cuiden —replicó ella, sirviendo otra porción de puré en el plato de Alexander, que ya estaba lleno hasta los bordes—. Incluso los CEO de empresas millonarios.

Vi cómo Alexander la miraba con una expresión que no supe interpretar. Era algo entre la gratitud y la confusión, como si no entendiera por qué una desconocida se preocupaba por si comía suficiente.

Fue durante el postre, cuando ya estábamos todos relajados por el vino y la buena comida, cuando saqué el tema.

—Mamá, papá —dije, y mi voz cambió, se volvió más seria—. Necesito hablaros de algo.

Mis padres intercambiaron una mirada. Una de esas miradas que solo comparten las parejas que llevan cuarenta años juntas y que pueden leerse el pensamiento.

—La carta —dijo mi padre, y no fue una pregunta.

El silencio cayó sobre la mesa como un manto.

—¿Sabíais de ella? —pregunté, con el corazón acelerándose.

Mi madre dejó el tenedor. Sus manos, esas manos que me habían sostenido cuando era bebé, temblaron ligeramente.

—Sabíamos de la fundación —dijo suavemente—. Sabíamos que alguien había ayudado económicamente con los trámites. Pero no sabíamos quién. Nunca supimos el nombre.

Mi padre se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa.

—Cuando te adoptamos, Emma —empezó, y su voz tenía esa cadencia pausada que usaba cuando contaba historias importantes—.

Hubo... complicaciones. Tu madre biológica no había firmado todos los papeles correctamente.

Hubo problemas legales. Y luego, los gastos médicos, los trámites, los abogados...

era más de lo que podíamos pagar con nuestros sueldos de profesores.

—Estábamos desesperados —continuó mi madre, con los ojos húmedos—. Pensamos que íbamos a perderte. Que el sistema te devolvería a… a donde no debías estar.

—Y entonces —dijo mi padre—. Entonces apareció el dinero.

Anónimo. Una organización benéfica que cubría gastos de adopción para casos urgentes.

Nos dijeron que era una fundación universitaria.

Que el donante quería permanecer en el anonimato.

Que no quería que nadie pensara que estaba... comprando una buena acción.

Alexander se movió en su asiento.

—Mi padre —dijo, y su voz sonó extraña, emocionada—. Mi padre era así. Ayudaba sin querer reconocimiento. Creía que la verdadera caridad era invisible.

—Charles Prescott —susurró mi madre, como si estuviera probando el nombre—. Ahora tiene sentido.

—¿Sentido? —pregunté.

Mi madre me miró, y en sus ojos vi décadas de amor, de preocupación, de secretos guardados para protegerme.

—Cuando eras pequeña —dijo—. Cuando tenías pesadillas sobre ser abandonada, Richard te decía algo. ¿Recuerdas?

Negué con la cabeza. Los recuerdos de esa época eran borrosos, fragmentados.

—Te decía que no habías sido abandonada —continuó mi padre, cogiendo la mano de su esposa—. Que habías sido elegida. Por nosotros, sí. Pero también por el destino. Por gente que ni siquiera te conocía pero que había decidido que merecías una oportunidad.

Sentí que la garganta se me cerraba. Las lágrimas quemaban mis ojos, pero no quería llorar. No delante de Alexander. No delante de todos.

—Emma —dijo mi padre, y su voz se volvió más firme—. Nunca fuiste una niña abandonada.

—¿Qué fui entonces? —Pregunté, con la voz rota.

—Una niña que encontró más amor del que una persona debería tener derecho a recibir —respondió él—. Personas que decidieron que tu vida valía la pena. Sin conocerte. Sin esperar nada a cambio.

Alexander extendió la mano debajo de la mesa y cogió la mía. Y en ese gesto, sentí que dos mundos se unían. El pasado y el presente. El dolor y la curación.

Pero incluso mientras sentía esa oleada de emoción, de gratitud, de sentido pleno, una pregunta oscura se insinuó en mi mente.

—Entonces, ¿por qué? —pregunté, secándome las mejillas con el dorso de la mano—. ¿Por qué alguien quiere usar esto contra mí? ¿Por qué filtrar documentos, enviar amenazas, intentar entrar en mi casa? ¿Qué gana alguien destruyendo algo tan... tan puro?

Mis padres se miraron preocupados. Alexander apretó mi mano con más fuerza.

—No lo sé —dijo él—. Pero lo descubriremos. Ahora sabemos que hay una conexión. Que esto no es casual. Que alguien sabe la verdad sobre tu adopción y la está usando como arma.

—¿Quién podría saberlo? —preguntó mi madre—. Nosotros nunca se lo contamos a nadie. Era nuestro secreto. Nuestro milagro.

—La fundación tenía registros —dijo Alexander—. Mi padre guardaba documentación. Alguien ha accedido a esos archivos. Alguien que sabe que Emma y yo... que nuestras familias están conectadas.

La conversación se volvió sombría. El asado, que había sido tan delicioso, se enfrió en nuestros platos. El vino dejó de saber a celebración y empezó a saber a advertencia.

Después de la comida, mientras mi madre y yo recogíamos la cocina, aunque ella insistió en que yo descansara y yo insistí en ayudar, Alexander y mi padre se quedaron en el jardín.

Los vi a través de la ventana, dos hombres altos, uno canoso y otro con el pelo oscuro, caminando entre las rosas que mi padre cuidaba con tanto esmero.

No oí lo que hablaron. Pero cuando Alexander volvió dentro, su expresión había cambiado. Había algo en sus ojos, una vulnerabilidad que no había visto antes.

Más tarde, en el coche de vuelta a casa, le pregunté qué le había dicho mi padre.

Alexander tardó en responder. Miró por la ventana, hacia las calles de Boston que pasaban en un borrón.

—Me dijo que cuide de ti —dijo finalmente—. Que has pasado toda tu vida intentando demostrar que mereces quedarte. Que no sea otra persona que te haga creer lo contrario.

El coche se detuvo en un semáforo. Yo estaba congelada en mi asiento, procesando las palabras.

—¿Y tú qué le dijiste? —pregunté, con la voz apenas un susurro.

Alexander giró la cabeza. Sus ojos grises estaban húmedos, brillantes.

—Le prometí que intentaría ser digno de ti —dijo—. Aunque sé que no lo soy. Aunque sé que nunca podré merecerte del todo.

Extendí la mano y toqué su mejilla. Su barba de dos días rozó mis dedos.

—Ya eres digno —dije—. Solo por intentarlo.

Llegamos a su ático cuando ya había anochecido. La ciudad brillaba bajo nosotros, un océano de luces que parecía infinito.

Me senté en el sofá, mirando el paisaje, sintiendo que algo dentro de mí había cambiado.

Por primera vez en mi vida, mi historia tenía sentido.

No era una historia de abandono, de rechazo, de insuficiencia.

Era una historia de elección. De dos hombres, Charles Prescott y Richard Sullivan, que habían decidido, cada uno a su manera, que mi vida valía la pena.

Alexander se sentó a mi lado y me cogió la mano.

—Tus padres son increíbles —dijo.

—Sí —respondí.

—Ahora entiendo muchas cosas de ti —continuó, acariciando mis nudillos con el pulgar—. De dónde viene tu fuerza. Tu determinación. El amor que tienes para dar a pesar de todo.

Me giré para mirarlo. Estaba hermoso a la luz de la ciudad, con la chaqueta abandonada sobre el respaldo del sofá, con las mangas de la camisa remangadas, con esa expresión de ternura que solo yo podía ver.

—Quédate —dijo de repente.

—¿Aquí? —pregunté, sorprendida.

—Estos dos días —dijo, acercándose—. El fin de semana. Quédate conmigo. No quiero que vuelvas a tu piso. No quiero dormir sin ti.

—Alexander, ni siquiera tengo ropa aquí —protesté, aunque mi corazón ya había aceptado.

Sonrió. Fue una sonrisa loba, depredadora, llena de promesas oscuras.

—Eso es perfecto —dijo, con la voz baja, ronca—. Porque no te quiero con ropa. Te quiero desnuda la mayor parte del tiempo. Te quiero accesible. Te quiero mía.

Me estremecí. El deseo, que nunca estaba lejos cuando él estaba cerca, se encendió en mi vientre como una llama.

—Eres insoportable —dije, pero mi voz salió sin aliento.

—Lo sé —respondió, y me besó.

Fue un beso profundo, lento, que prometía todo lo que las palabras no podían expresar. Sus manos se enredaron en mi pelo, inclinando mi cabeza hacia atrás, y sentí que el mundo desaparecía alrededor.

El móvil de Alexander sonó en medio del beso. Intentó ignorarlo, pero sonó otra vez. Y otra.

—Mierda —murmuró contra mis labios.

—Contesta —dije, aunque quería estrangular a quien fuera que interrumpiera este momento.

Descolgó. Escuché una voz masculina al otro lado, distante, profesional.

—Prescott.

El silencio que siguió fue denso. Vi cómo el color desaparecía de su rostro, cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus ojos se oscurecían.

—¿Está seguro? —preguntó, y su voz sonó peligrosa, fría.

Otra pausa. Asintió, aunque la persona al otro lado no podía verlo.

—Gracias por avisarme.

Colgó. Me miró. Y en sus ojos vi algo que me heló la sangre.

—¿Qué ocurre? —pregunté, con el corazón martilleando.

—Han encontrado al responsable de la filtración —dijo, y su voz era un hilo de acero—. Marcus Webb. Estaba escondido en un motel de las afueras. La policía lo ha detenido.

—Y eso es bueno, ¿no? —dije, confundida por su expresión—. ¿Significa que se acabó?

Alexander negó lentamente.

—No —dijo—. Webb habla. Dice que alguien más poderoso estaba detrás. Que él solo era un peón. Que el verdadero objetivo nunca fue la campaña publicitaria.

—¿Entonces qué?

Alexander extendió la mano y tocó mi mejilla. Su dedo era frío.

—El verdadero objetivo —dijo—. Siempre fuiste tú, Emma. Destruirte a ti. Y según Webb, la persona que lo ordenó... todavía está ahí fuera. Y no va a parar hasta conseguirlo.

El móvil volvió a sonar.

Pero esta vez, ninguno de los dos lo cogió.