Capítulo 18
Alexander
Volví a mi ático. El silencio que siempre había considerado un refugio ya no me ofrecía consuelo. Se había convertido en un vacío insoportable. La ausencia de Emma pesaba sobre mi pecho como si fuera algo tangible, una carga de la que no podía desprenderme.
Caminé hasta la biblioteca. Necesitaba distraerme. Necesitaba... ni siquiera sabía qué necesitaba.
Entonces la vi. Una caja que no recordaba haber visto nunca. Estaba en el estante inferior, escondida detrás de los libros de derecho mercantil. Era una caja de cartón antigua, amarillenta por el paso del tiempo, con una etiqueta escrita a mano. Reconocí al instante la letra de mi padre.
«Charles Prescott – Documentos personales»
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Desde que murió, no había sido capaz de revisar sus cosas. Nunca había reunido el valor suficiente. Me resultaba demasiado doloroso.
Sin embargo, algo me empujó a abrir aquella caja.
Dentro encontré papeles viejos, fotografías y un reloj de bolsillo que recordaba haber visto sobre el escritorio de mi padre cuando era un niño. Debajo de todo aquello había un sobre.
Estaba amarillento, sin sello, con un nombre escrito en el anverso.
Mis manos empezaron a temblar cuando lo cogí. Lo abrí con el máximo cuidado, temiendo que el papel, frágil por los años, se deshiciera entre mis dedos.
La carta estaba escrita con la inconfundible caligrafía de mi padre. Tenía fecha de hacía veintiocho años.
Empecé a leer y entonces vi el nombre. El nombre que aparecía una y otra vez. El nombre que hizo que todo mi mundo se tambaleara sobre sus cimientos.
Emma Sullivan.
La carta resbaló entre mis dedos y cayó lentamente al suelo, balanceándose en el aire como una hoja muerta.
Yo permanecí inmóvil, en medio de la biblioteca, incapaz de reaccionar.
Porque, en ese instante, supe con absoluta certeza que nada volvería a ser igual.
La carta temblaba entre mis dedos como si tuviera vida propia.
La luz de la biblioteca, esa luz cálida que yo mismo había diseñado para crear ambiente, ahora me parecía demasiado intensa, demasiado reveladora.
Cada palabra escrita por mi padre —esa letra firme y elegante que había visto en cientos de documentos empresariales— me golpeaba con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
«Si algún día conoces a Emma Sullivan, asegúrate de que sepa que algunas personas la eligieron incluso antes de conocerla.»
No tenía sentido. Ningún sentido lógico.
Mi padre había muerto hacía doce años. Doce años en los que yo había revisado cada documento de su empresa, cada archivo, cada nota personal. Jamás había encontrado ninguna referencia a Emma Sullivan. Jamás había escuchado ese nombre en mi casa.
Y, sin embargo, aquí estaba. Un sobre amarillento, guardado en una caja que había permanecido oculta durante décadas, esperando el momento exacto para salir a la luz.
Me dejé caer en el sillón de cuero. El reloj de la chimenea marcaba las tres de la mañana. Fuera, Boston dormía bajo una luna llena que se filtraba por las cristaleras. Dentro, mi mundo se desmoronaba y reconstruía simultáneamente.
¿Cómo era posible que mi padre conociera a Emma? ¿Cómo podía haber previsto, veintiocho años atrás, que yo la conocería? ¿Y qué significaba esa frase sobre elegirla incluso antes de conocerla?
Pasé horas sentado allí, con la carta sobre las rodillas, mirándola fijamente como si pudiera arrancarle respuestas a la fuerza del deseo.
No dormí. No pude. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Emma.
Sus ojos verdes. Su sonrisa torcida. Y luego, superpuesta, la imagen de mi padre, muerto en su despacho hacía más de una década, guardando secretos que yo nunca habría imaginado.
A las seis de la mañana tomé una decisión. No se lo ocultaría. Habíamos prometido no tener secretos, y yo cumpliría esa promesa, aunque revelar esto pudiera hacerle daño. Aunque pudiera destruir la confianza que con tanto esfuerzo habíamos construido.
Porque si mi padre había conocido a Emma, si sus historias estaban conectadas de alguna forma que escapaba a mi comprensión, ella tenía derecho a saberlo.
La encontré en su despacho de Horizon a las nueve de la mañana. Estaba sentada frente al ordenador, con el pelo recogido en una coleta que dejaba ver el cuello, con esa concentración intensa que tanto me atraía y aterraba.
—Necesito hablar contigo —dije, cerrando la puerta detrás de mí.
Emma giró la cabeza y me sonrió. Una sonrisa genuina, cálida, que se desvaneció al ver mi expresión.
—Alexander, estás pálido. ¿Qué ocurre?
Saqué la carta del bolsillo interior de la chaqueta. La extendí sobre su mesa, entre los informes de marketing y los planes de medios.
Emma la miró. Luego me miró a mí. Luego volvió a mirar la carta.
—¿Qué es esto? —preguntó, y su voz sonó extrañamente plana.
—Una carta de mi padre —respondí—. De Charles Prescott. Encontrada anoche en una caja de sus documentos personales.
Emma cogió el papel con dedos temblorosos. Leyó las palabras una vez. Luego otra. Cuando levantó la vista, sus ojos estaban desenfocados, perdidos en algún lugar del pasado.
—Tu padre —susurró—. Charles Prescott. Tu padre era Charles Prescott.
—Sí —confirmé, aunque la pregunta no requería respuesta.
Emma se quedó paralizada. Literalmente paralizada, con la carta suspendida en el aire, con el color desapareciendo de su rostro. Durante un largo momento, el único sonido en la habitación fue el zumbido del aire acondicionado.
—Esto es imposible —dijo finalmente, y su voz sonó hueca, lejana—. Tu padre... Charles Prescott... no puede ser.
—Emma, ¿qué ocurre? —me acerqué a ella, preocupado por su reacción—. ¿Conocías a mi padre?
Ella negó con la cabeza con brusquedad.
—No. No lo conocía. Pero... —hizo una pausa, tragando saliva—. Pero sé quién era. O al menos, sé de él.
La miré, confundido, esperando que continuara.
—Mi madre adoptiva —dijo Emma, con la voz apenas un susurro—. Margaret. Siempre hablaba de un profesor de Economía que había sido su mentor en la universidad. Un hombre brillante, generoso, que había ayudado a muchas personas. Pero nunca mencionó su apellido. Nunca dijo que se llamaba Prescott.
El mundo se detuvo.
—¿Margaret Sullivan conoció a mi padre? —pregunté, sintiendo que las piezas de un rompecabezas que desconocía empezaban a encajar.
—No solo lo conoció —dijo Emma, levantándose de la silla con movimientos mecánicos—. Según ella, ese hombre cambió su vida. Cambió nuestras vidas.
Pasamos la mañana investigando. Eleanor accedió a los archivos antiguos de la empresa, a los documentos personales de mi padre que había guardado religiosamente durante décadas. Y encontramos la conexión.
Charles Prescott, mi padre, había sido miembro fundador de una organización benéfica universitaria llamada "Futuros Posibles". Una fundación dedicada a ayudar a madres jóvenes sin recursos, a proporcionarles educación, apoyo médico y, en algunos casos, ayuda económica para procesos de adopción.
La fundación había operado durante veinte años, desde mediados de los ochenta hasta principios de los dos mil. Y en sus registros financieros, encontramos el nombre de Laura Mitchell. La madre biológica de Emma.
—Dios mío —susurró Emma, mirando los documentos que Eleanor había impreso—. Tu padre... tu padre ayudó a financiar mi adopción.
Los números no mentían. Veintiocho años atrás, la fundación de mi padre había transferido una cantidad significativa a una agencia de adopciones de Massachusetts. El memo adjunto mencionaba «Caso especial L.M., bebé de seis meses, adopción urgente».
—Pero eso no explica la carta —dije, frunciendo el ceño—. No explica por qué dejó instrucciones específicas sobre ti. Por qué escribió tu nombre completo, por qué quería que supieras que algunas personas te eligieron incluso antes de conocerte.
Emma me miró. En sus ojos vi la misma confusión que sentía yo, pero también algo más. Una esperanza. Una posibilidad.
—¿Crees que...? —empezó a decir, y luego se detuvo.
—¿Qué?
—¿Crees que tu padre sabía quién me adoptaría? —preguntó, y su voz tembló—. ¿Que conocía a Richard y Margaret Sullivan? ¿Que de alguna forma... planeó esto?
La pregunta flotó en el aire entre nosotros, demasiado grande, demasiado compleja para procesarla en ese momento.
Eleanor entró en la sala de reuniones con una tetera y tres tazas. Había insistido en que necesitábamos tomar algo caliente, aunque el verano apretaba fuera. Decía que el té ayudaba a procesar las malas noticias.
—Charles era un hombre reservado —dijo, sirviendo el líquido ambarino—. Ayudaba a mucha gente, Alexander. Lo sabes. Donaba millones en secreto. Pero nunca habló de los casos específicos. Nunca mencionó a una bebé llamada Emma.
—¿Y la carta? —pregunté—. ¿Por qué guardar una carta durante décadas, dirigida a alguien que podría no conocer nunca?
Eleanor se sentó, cruzando las manos sobre la mesa. Parecía haber envejecido diez años en las últimas horas.
—Tu padre creía en el destino —dijo suavemente—. Creía que algunas personas estaban destinadas a cruzarse. Quizás... quizás vio algo en los ojos de esa bebé. O quizás simplemente quería asegurarse de que, si algún día sus caminos se cruzaban, ella supiera que había sido querida.
Emma sollozó. Fue un sonido pequeño, contenido, que rompió mi corazón en mil pedazos. Me acerqué a ella, poniéndole una mano en el hombro, y ella se apoyó en mí, buscando calor.
—Siempre pensé que nadie me había elegido —susurró ella—. Que fui un accidente, un problema que resolver. Pero si tu padre... si él intervino...
—Entonces fuiste elegida —dije, y la verdad de mis palabras me golpeó con fuerza—. Por mi padre. Por los míos. Por el destino, si eso existe.
La investigación sobre el sabotaje quedó en segundo plano. Durante dos días, Emma y yo estuvimos obsesionados con desentrañar el misterio de la carta, con entender cómo nuestros pasados se habían entrelazado décadas antes de que nos conociéramos.
Pero el mundo no esperaba.
Marcus Webb, el exvicepresidente que habíamos identificado como el saboteador, desapareció. Su apartamento estaba vacío. Su teléfono desconectado. Su cuenta bancaria vaciada. Alguien —o algo— había hecho que se esfumara.
Y entonces llegó la nueva amenaza.
Era medianoche cuando sonó mi teléfono. El número de Emma. Contesté de inmediato, con el corazón en la garganta.
—Alexander —su voz sonaba agitada, asustada—. Hay alguien en mi edificio. En el pasillo. He escuchado pasos. Intentan abrir mi puerta.
—Llama a la policía —ordené, ya levantándome, cogiendo las llaves del coche—. Yo voy para allí. Ahora.
—Ya he llamado. Pero tengo miedo. Dios, tengo mucho miedo.
—Aguanta, Emma. Estoy en camino.
Conduje como un loco por las calles de Boston. Cuando llegué, la policía ya estaba allí. El intento de entrada había sido fallido —la cerradura había resistido— pero la sensación de violación era palpable.
Emma estaba sentada en el sofá de su salón, envuelta en una manta, con una taza de té que no bebía. Cuando me vio, se levantó y corrió hacia mí, abrazándome con fuerza.
—No me dejes solo —susurró contra mi pecho.
—Nunca —prometí, aunque sabía que no podía cumplir esa promesa literalmente.
A la mañana siguiente, insistí en aumentar su seguridad. Quería contratar guardaespaldas. Quería instalar un sistema de alarma de última generación. Quería que se mudara a mi ático, donde podía protegerla mejor.
Emma explotó.
—¡Basta! —gritó, apartándose de mí—. ¡No puedes controlar esto, Alexander! ¡No puedes controlar mi vida!
—Solo quiero que estés a salvo —respondí, con la voz más alta de lo que pretendía—. Alguien intentó entrar en tu casa. ¿No lo entiendes? ¡Podrías haber resultado herida!
—¡Y tú crees que contratar guardaespaldas me hará sentir segura? —sus ojos brillaban de ira—. ¡Me hace sentir como una prisionera! ¡Como si no tuviera control sobre nada!
—El control no es lo importante —dije, frustrado—. Lo importante es que...
—¿Qué? —me interrumpió—. ¿Qué es lo importante?
La miré. Realmente la miré. Y vi el miedo detrás de la furia. El miedo a perder la autonomía. El miedo a depender de alguien. El mismo miedo que yo sentía, pero por razones opuestas.
—No me preocupa la campaña —dije, y mi voz se suavizó—. Ni la empresa. Ni el dinero.
—Entonces, ¿qué te preocupa? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
Me acerqué a ella. Di un paso. Otro. Hasta que estuve a centímetros de distancia.
—Que alguien pueda hacerte daño —dije, y la verdad de mis palabras me desarmó—. Que te roben. Que te lastimen. Que te quiten de mi vida cuando acabo de encontrarte.
Emma se quedó inmóvil. La ira se desvaneció de su rostro, reemplazada por sorpresa.
—No necesito que me salves —susurró.
—Lo sé —respondí.
—Entonces, ¿por qué quieres hacerlo?
Extendí la mano y toqué su mejilla. Su piel era cálida, suave, real.
—Porque quiero cuidarte —dije—. No porque seas débil. Sino porque... porque me importas. Más de lo que debería. Más de lo que me da miedo admitir.
Las lágrimas brillaron en sus ojos. No cayeron, pero estuvieron ahí.
—Yo también tengo miedo —confesó ella—. Tengo miedo de necesitarte. De que me abandones cuando ya no pueda vivir sin ti.
—No voy a abandonarte —dije, y la promesa sonó como un juramento—. Aunque tenga que contratar a todo un ejército para protegerte. Aunque tengas que odiarme por ello.
Ella soltó una risa temblorosa, mezclada con un sollozo.
—Eres insoportable —dijo.
—Lo sé —admití.
—Y me enamoro de ti un poco más cada día por ello.
El mundo se detuvo.
—¿Has dicho...?
—No —negó ella, sonrojándose—. No he dicho nada. Olvídalo.
Pero yo no podía olvidarlo. La palabra enamorarse resonaba en mi cabeza como una campana.
Volvimos a mi ático esa tarde. Emma quería ver la carta otra vez. Decía que había algo que no encajaba, algo que nos estábamos perdiendo.
La extendió sobre la mesa de la biblioteca. La luz del atardecer se filtraba por las ventanas, pintando todo de un naranja dorado.
Emma la miró fijamente. Giró el papel. Lo volteó.
Y entonces lo vio.
—Alexander —dijo, y su voz sonó extraña, lejana—. Hay algo escrito detrás.
Me acerqué. Juntos, bajo la luz oblicua, pudimos leer las palabras escritas con tinta casi invisible en el reverso de la carta:
«Busca a Margaret Sullivan. Ella tiene la verdad completa.»
Nos miramos. El silencio fue absoluto.
—Mi madre —susurró Emma—. Tu padre quiere que hablemos con mi madre.
Y supe, con una certeza visceral, que estábamos a punto de descubrir algo que cambiaría todo. Algo que ni Emma ni yo estábamos preparados para oír.
La carta temblaba entre sus dedos. Fuera, el sol se ponía sobre Boston.
Y en algún lugar de la ciudad, Margaret Sullivan guardaba un secreto que había estado esperando veintiocho años para ser revelado.