Capítulo 17
Emma
Me desperté con la luz de julio filtrándose entre cortinas que no eran las mías.
Durante unos segundos, esos segundos mágicos entre el sueño y la vigilia en los que el cerebro aún no ha procesado la realidad, permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, dejando que la calidez de la sábana de algodón egipcio me envolviera como un capullo.
Era una sensación extraña. No estaba alerta, no escuchaba ruidos sospechosos, no preparaba mi mente para el día que vendría. Simplemente... existía. En paz.
La tranquilidad me asustó más que cualquier otra cosa.
Me incorporé sobre los codos, mirando a mi alrededor.
El dormitorio de Alexander era exactamente como él: ordenado, elegante, impersonal en su perfección.
Los libros alineados en la estantería. El reloj antiguo sobre la mesilla.
La fotografía en blanco y negro de un hombre y una mujer jóvenes sonriendo, sus padres, supuse, enmarcada en plata.
Estaba acostumbrada a sobrevivir. A levantarme cada mañana con la certeza de que el mundo era un lugar hostil donde debía demostrar mi valía constantemente. Pero aquí, en este ático que olía a café y a colonia cara, me sentía... segura.
Y esa seguridad era más aterradora que cualquier peligro exterior.
Porque cuando te sientes segura, puedes caer. Y cuando caes, duele.
Escuché pasos en el pasillo. La puerta se abrió suavemente y Alexander entró con una bandeja. Llevaba puesto solo un pantalón de chándal gris, descalzo, con el pelo despeinado de la noche anterior. No parecía el CEO imperturbable. Parecía un hombre. Mi hombre.
—Buenos días —dijo, y su voz ronca me recorrió la espina dorsal—. He preparado café. Y tostadas. Aunque no sé si sabré hacerlas tan bien como tu cafetera italiana sagrada.
Sonreí, aunque el gesto me costó. Estaba demasiado ocupada procesando lo que sentía, el nudo en el estómago que me decía que esto, esto de despertarme junto a él, de compartir el desayuno en la cama, era demasiado bueno para ser verdad.
—Estoy acostumbrada a despertarme sola —dije, aceptando la taza que me ofrecía—. A tener el control de mi mañana. De mi espacio.
Alexander se sentó en el borde de la cama. Me miró con esa intensidad suya que siempre me hacía sentir expuesta.
—Y ahora no tienes el control —observó.
—Ahora no lo tengo —confirmé—. Y eso me aterra más que cualquier otra cosa.
Quiso decir algo, pero en ese momento mi mirada cayó sobre la mesilla de noche. Sobre el dossier que había dejado allí. Sobre la página superior donde brillaba mi nombre escrito con letra reconocible.
Y el miedo regresó con la fuerza de un tsunami.
—¿Qué es esto? —pregunté, cogiendo el dossier con los dedos temblorosos.
Alexander se tensó. Su expresión cambió, volviéndose cautelosa.
—Eso es... parte de la investigación que Eleanor estaba haciendo sobre las filtraciones. Emma, escúchame...
—¿Por qué tiene mi nombre? —mi voz se elevó, aguda, herida—. Y estas fechas... estos lugares... —hojeé las páginas, sintiendo cómo el estómago se me revolvía—. Esto es un seguimiento. Una lista de mis movimientos.
Me levanté de la cama, olvidando la camisa que llevaba puesta —una de las suyas, demasiado grande, que me llegaba hasta medio muslo— y retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la ventana fría.
—Pensé... —la voz se me quebró—. Por un momento, pensé que tú también me estabas investigando. Que todo esto... que anoche... que era parte de algún plan.
—¡No! —Alexander se levantó de golpe, con las manos extendidas en un gesto de súplica—. Emma, por Dios, no. Eso llegó ayer. Eleanor lo dejó para que lo revisara. No tiene nada que ver contigo... bueno, sí tiene que ver, pero no de la forma que crees.
—Entonces explícame —exigí, con los brazos cruzados sobre el pecho, construyendo barreras físicas entre nosotros—. Explícame por qué hay un dossier con mi nombre en tu mesilla de noche. Por qué alguien ha estado anotando cada paso que doy.
Alexander se acercó, pero yo me aparté. El gesto le dolió. Lo vi en sus ojos, en la forma en que su mandíbula se tensó.
—Creemos que quien está detrás del sabotaje... no solo quería destruir tu reputación profesional —dijo, eligiendo las palabras con cuidado—. Quería destruirnos. A nosotros. Y para eso, necesitaba información. Necesitaba saber dónde atacar.
—¿Y eso justifica que tengas un informe sobre mí? —mi voz temblaba entre la ira y el miedo—. ¿Que sepas cada sitio al que voy, cada persona con la que me encuentro?
—Yo no lo encargué —dijo, y su voz sonó más fuerte, más desesperada—. Emma, mírame. Por favor, solo mírame.
Negué con la cabeza. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero me negaba a dejarlas caer. No delante de él. No ahora.
—No sé si puedo confiar en ti —susurré, y la admisión me desgarró—. Por un segundo, cuando vi ese papel... pensé que todo había sido mentira. Que me habías estado usando. Que la campaña, la investigación, nosotros... que era todo parte de un juego.
Alexander dio un paso hacia mí. Esta vez no me aparté. No tenía fuerzas.
—Yo tampoco sé cómo pedirte que lo hagas —dijo, y su voz se quebró—. Nunca he tenido que pedirle a nadie que confíe en mí. Nunca he querido que nadie se quede lo suficiente como para importarle.
Nos miramos. Dos almas rotas, sospechando la una de la otra, necesitándose desesperadamente.
—Temo que solo me quieras mientras sea interesante —confesé, y las palabras salieron arrancadas de lo más profundo—.
Mientras haya un misterio que resolver, una campaña que salvar.
Pero cuando todo esto termine... cuando ya no necesites protegerme...
¿seguiré siendo alguien a quien quieres despertar?
Alexander se quedó inmóvil. Sus ojos grises se oscurecieron.
—Y yo temo que, si ves mi lado vulnerable, decidirás marcharte —respondió—. Que descubrirás que no soy el héroe de esta historia. Que soy un hombre roto, que no sabe cómo amar sin controlar, cómo cuidar sin poseer. Y que te irás.
La conversación se había convertido en un campo minado de confesiones. Cada palabra era una herida abierta. Cada silencio, una respuesta.
Fue entonces cuando sonó el teléfono de Alexander.
Lo ignoró. Siguió mirándome con esa intensidad que me desarmaba.
—Contesta —dije, secándome las mejillas con rabia.
—No.
—Contesta, Alexander. Podría ser importante.
Maldijo en voz baja, pero obedeció. Cogió el móvil de la mesa, miró la pantalla, y frunció el ceño.
—Es Eleanor —dijo, y descolgó—. Dime.
Escuché un lado de la conversación. Las palabras urgente, seguridad e intrusión flotaron en el aire. Cuando colgó, su expresión había cambiado. La vulnerabilidad había desaparecido, reemplazada por algo frío, calculador.
—Han entrado en el ático —dijo—. Mientras dormíamos. Dejaron ese dossier donde supieran que lo encontrarías.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—Era una trampa, Emma —dijo, acercándose a mí, tomándome los hombros con fuerza—. No era un informe real. Era un documento falsificado, colocado aquí para que lo encontraras. Para que pensaras que yo te había traicionado. Para que discutiéramos. Para que rompieras conmigo.
Sentí que las piernas me fallaban. Me senté en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.
—Alguien sabe exactamente dónde atacar —murmuré—. Conoce nuestras debilidades. Sabe que yo... que yo tengo miedo a ser traicionada. Y sabe que tú... que tú tienes miedo a ser vulnerable.
—Sí —confirmó Alexander, arrodillándose frente a mí—. Y casi funciona. Casi nos destruye.
Levanté la vista. Vi el miedo en sus ojos, el mismo miedo que sentía yo. Pero también vi determinación.
—No nos dejaré —dije, y la firmeza de mi voz me sorprendió—. No dejaré que nadie nos destruya. Ni desde fuera, ni desde dentro.
Alexander sonrió. Fue una sonrisa leve y triste, pero real.
—¿Me perdonas? —preguntó—. ¿Por tener ese dossier, aunque fuera falso? ¿Por no protegerte lo suficiente de esto?
Extendí la mano y toqué su mejilla. Su barba de dos días rozó mis dedos.
—Te perdono —dije—. Pero prométeme algo. No más secretos. No más informes que no me muestres. Si estamos juntos en esto, estamos juntos de verdad.
—Lo prometo —dijo, y besó mi palma—. No más secretos.
Nos reunimos en The Black Room esa tarde. Era el único lugar donde nos sentíamos seguros, rodeados de gente, con Derek vigilando la puerta como un perro guardián.
Chloe llegó primero, con un vestido amarillo que parecía un rayo de sol andante. Me abrazó con fuerza, oliendo a perfume caro y a su característico champú de vainilla.
—Dios, Emma, pareces horrible —dijo, retrocediendo para examinarme—. Ojos hinchados, cara pálida... ¿has dormido siquiera?
—He dormido —respondí, intercambiando una mirada con Alexander—. Pero no he descansado.
Derek apareció con una bandeja de cócteles. Llevaba una camisa hawaiana que hacía daño a la vista y una sonrisa de oreja a oreja.
—Mi hermano el oso gruñón —dijo, palmeando la espalda de Alexander—. Y Emma, la reina del marketing. ¿Qué os pasa? Parecéis dos que acabáis de descubrir que el mundo no es plano.
—Casi —murmuró Alexander, aceptando su whisky.
Chloe y Derek se sentaron juntos en el sofá de terciopelo. Era curioso verlos juntos. Ella, pequeña y explosiva, con gestos teatrales y risas contagiosas. Él, alto y despreocupado, con esa habilidad para hacer reír incluso en las situaciones más oscuras.
Su relación funcionaba como un contraste perfecto con la nuestra. Mientras Alexander y yo discutíamos sobre confianza y vulnerabilidad, Chloe y Derek intercambiaban pullas y bromas que hacían que la tensión de la habitación se disipara.
—¿Sabes que tu hermano es un auténtico pesado? —le dijo Chloe a Derek, señalando a Alexander con su copa—. Ayer me llamó para preguntarme qué tipo de flores te gustan a Emma. Flores, Derek. En pleno siglo XXI.
—No es pesado —intervino Alexander, con el cuello sonrojado—. Es... atento.
—Es pesado —confirmó Derek, guiñándome un ojo—. Pero es nuestro pesado. Y al menos ahora sonríe de vez en cuando. Antes parecía un robot con traje caro.
—Derek... —advertí, aunque sonreía.
—Es verdad —dijo Chloe, inclinándose hacia delante—. Pero lo peor es que funciona. Veros juntos es como ver un documental de National Geographic . «El oso polar aprende a abrazar».
Alexander resopló, pero no pudo evitar sonreír. Era una sonrisa pequeña, casi avergonzada, pero real.
—No prometo ser fácil —dijo de repente, mirándome a los ojos—. Eso ya lo había notado —respondí, y nuestras miradas se encontraron con una complicidad que hizo que Chloe y Derek intercambiaran sonrisas de suficiencia.
—Pero prometo intentarlo —continuó Alexander—. Todos los días. Aunque sea difícil. Aunque me equivoque. Prometo intentar ser el hombre que mereces.
El silencio que siguió fue denso, cargado de emoción. Chloe se secó una lágrima furtiva. Derek carraspeó, incómodo con la emoción.
—Bueno —dijo Derek, levantando su copa—. Por los osos polares que aprenden a abrazar. Y por las directoras de marketing que les enseñan.
Brindamos. Por primera vez en semanas, sentí que quizás, solo quizás, podríamos salir de esto juntos.
Alexander me acompañó a casa cuando ya había anochecido. El trayecto en coche fue silencioso, pero no incómodo. Era el silencio de dos personas que habían dicho todo lo importante y ahora simplemente compartían el espacio.
Llegamos a mi edificio de Back Bay. No bajé del coche inmediatamente. Nos quedamos allí, mirando las luces de la ciudad que parpadeaban al otro lado del parabrisas.
—No sé qué somos —dije finalmente, rompiendo el silencio.
Alexander giró la cabeza para mirarme. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—Yo tampoco lo sé —admitió—. No sé si somos amantes, aliados, amigos... o algo que todavía no tiene nombre.
—¿Y eso te asusta?
—Me aterra —dijo, sinceramente—. Pero más me aterra la idea de perderte. De no intentar averiguar qué somos.
Extendió la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Su mano era cálida, fuerte, segura.
—No sé cómo hacer esto —susurré—. No sé cómo ser vulnerable sin sentir que voy a ser abandonada. No sé cómo confiar sin reservas.
—Yo tampoco sé cómo pedirte que lo hagas —respondió—. Pero estoy aquí. Y no me voy a ir. Eso puedo prometértelo.
Lo besé. Fue un beso suave, lento, diferente a todos los anteriores. No había urgencia, no había desesperación. Solo había promesa.
—Hasta mañana —dije, saliendo del coche.
—Hasta mañana —respondió él.
Subí a mi piso. Me quedé en la ventana, mirando cómo su coche se alejaba hasta perderse en la noche de Boston.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.