El riesgo de mirarte Capítulo 16
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Capítulo 16

Alexander

La fotografía explotó como una bomba exactamente a las diez de la noche.

Estaba en mi despacho, revisando contratos para la campaña, cuando Eleanor irrumpió sin llamar. Su rostro, normalmente imperturbable, estaba pálido. Llevaba una Tablet en las manos que temblaban ligeramente.

—Alexander —dijo, y su voz tenía una urgencia que rara vez empleaba—. Tienes que ver esto. Ahora.

En la pantalla brillaba la imagen: Emma derrumbada contra mi pecho en la acera de Boston, con las mejillas mojadas y una vulnerabilidad que nunca había querido compartir con el mundo.

El titular era una mierda sensacionalista que mezclaba nuestra relación profesional con insinuaciones sobre favoritismos y manipulaciones.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas. No por mí. Por ella.

—¿Quién ha filtrado esto? —pregunté, con la voz más peligrosa de lo que pretendía.

—No lo sabemos todavía. Pero el consejo acaba de convocar una reunión de emergencia. Para mañana a primera hora. Exigen explicaciones sobre tu... —hizo una pausa—. Sobre tu relación con la señorita Sullivan.

Miré la fotografía otra vez. Vi el momento exacto en que había dejado caer todas mis defensas para sostenerla. Vi cómo ella confiaba en mí, cómo se entregaba a mi cuidado. Y ahora ese momento sagrado estaba siendo prostituido en internet para alimentar chismes corporativos.

—Prepara el coche —dije, levantándome—. Voy a su piso. Ahora mismo.

—Alexander, el consejo...

—Que el consejo espere —interrumpí, cogiendo la chaqueta—. Emma tiene que saberlo antes de que lo vea por casualidad. Y antes de que los buitres empiecen a llamar a su puerta.

El consejo de administración se reunió a las ocho de la mañana siguiente en la sala de juntas principal. Doce hombres y mujeres con trajes caros y expresiones de desaprobación que habían perfeccionado durante décadas de negocios despiadados.

Yo estaba de pie al frente, con la espalda erguida, mirándolos a todos directamente a los ojos.

—Señor Prescott —empezó el presidente, un hombre de sesenta años llamado Harrison—.

Esta situación es inaceptable. La fotografía sugiere una relación inapropiada con una empleada de una empresa contratada.

Además de las implicaciones éticas, esto pone en riesgo la integridad de la campaña de ciento veinte millones.

—Emma Sullivan no es una empleada cualquiera —respondí, y mi voz resonó en la sala—. Es la directora ejecutiva de marketing de la mejor agencia de publicidad de la costa este. Es una profesional brillante cuya reputación está siendo destruida por una fotografía sacada de contexto.

—¿Está negando que existe una relación personal? —preguntó una mujer del consejo, con el ceño fruncido.

Podría haberlo negado. Podría haber dicho que era un momento de debilidad, un gesto de consuelo entre amigos, cualquier excusa que salvara mi posición y mi empresa del escándalo.

Pero no lo hice.

—No la niego —dije, y el silencio que siguió fue absoluto—.

Lo que niego es que eso afecte a su profesionalidad o a la calidad de su trabajo.

Emma Sullivan ha hecho más por esta campaña en semanas que otros en años.

Y no permitiré que su nombre se arrastre por el barro por culpa de una fotografía robada.

Harrison se inclinó hacia delante.

—Alexander, estás poniendo en riesgo la empresa. Tu padre nunca habría...

—Mi padre está muerto —interrumpí, y la crudeza de mis palabras hizo que varios miembros del consejo se sobresaltaran—.

Y yo no soy él. Pero sí puedo decirles esto: si alguno de ustedes intenta usar esto para despedir a Emma o para cancelar el contrato con Horizon , tendrá que pasar sobre mi cadáver.

Y les aseguro que tengo más recursos legales y financieros que todos ustedes juntos.

Salí de la sala antes de que pudieran responder. Necesitaba verla. Necesitaba asegurarme de que estaba bien.

La encontré en mi despacho, esperándome. Pero no estaba bien. Estaba furiosa.

—¿Estás loco? —estalló en cuanto entré, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de ira—. ¿Acabas de declararle la guerra a tu propio consejo por mí? ¿Sabes lo que has hecho? Podrían destituirte. Podrían hacer que pierdas la empresa que tu padre construyó.

Cerré la puerta. Me apoyé contra ella, agotado.

—No me importa —dije, simplemente.

—¡A mí sí me importa! —gritó ella, dando un paso hacia mí—. No quiero ser la razón por la que destruyes tu vida, Alexander. No quiero ser... —su voz se quebró—. No quiero ser otra persona que te deja con nada.

La miré. Realmente la miré. Y vi el miedo detrás de la furia. El miedo a ser la causa de mi caída. El miedo a que, si perdía todo por ella, terminaría odiándola.

—No vas a dejarme —dije, con la voz más suave—.

Y no voy a perderte. Pero necesito que entiendas algo, Emma.

No estoy haciendo esto solo para protegerte.

Estoy haciendo esto porque... —hice una pausa, buscando las palabras—.

Porque no puedo imaginar mi vida sin ti en ella.

Y eso me aterra más que perder cualquier empresa.

Ella se quedó inmóvil. La ira se desvaneció de su rostro, reemplazada por una vulnerabilidad cruda.

—Yo también tengo miedo —susurró—. Tengo miedo de que esto sea demasiado. De que seamos demasiado. De que... —tragó saliva—. De que me abandones cuando descubras que no soy perfecta. Que estoy rota. Que tengo demasiado equipaje.

Di un paso hacia ella. Otro. Hasta que estuve a centímetros de distancia.

—Tú no dejas entrar a nadie —dije, recordando nuestra conversación en Nueva York—. Y yo... yo construí un ático impenetrable donde nadie ha puesto un pie. ¿Sabes por qué?

Ella negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

—Porque cuando alguien entra —dije, y mi voz se quebró—. Puede irse. Y yo no sabría sobrevivir a eso otra vez.

Nos miramos durante un largo momento. Dos almas rotadas reconociéndose en el espejo del miedo ajeno.

—Tengo miedo —susurró ella.

—Yo también —admití.

Y entonces, como si un dique se hubiera roto, nos fundimos en un abrazo que fue a la vez desesperado y salvador.

Llevé a Emma a mi ático esa noche. No como una huida, sino como una entrega. Una admisión de que ya no podíamos seguir fingiendo que esto era casual.

Cuando entró, la vi mirar a su alrededor con los ojos abiertos.

El ático ocupaba las tres últimas plantas de un edificio histórico de Beacon Hill.

Tenía cristaleras enormes que daban a todo Boston, una terraza acristalada con jacuzzi, una biblioteca con miles de volúmenes perfectamente alineados, un piano de cola que brillaba bajo las luces.

Era impresionante. Y estaba vacío.

—Dios —susurró ella, caminando por el salón—. Es... espectacular.

—Es frío —dije, siguiéndola—. Nadie ha estado aquí. Bueno, excepto el servicio de limpieza y Derek, una vez, cuando se emborrachó y no podía conducir.

Ella se detuvo frente a la ventana. Se giró hacia mí.

—Tú no dejas entrar a nadie —dijo. No era una pregunta.

—No —confirmé.

—¿Por qué?

—Porque cuando alguien entra —repetí, acercándome a ella—. Puede irse.

Ella extendió la mano y tocó mi mejilla. Sus dedos eran cálidos, suaves, reales.

—Yo no me voy a ir —dijo—. Pero tienes que dejarme entrar, Alexander. De verdad. No solo a tu casa. A ti.

La miré. Vi la determinación en sus ojos. Vi el amor que estaba empezando a florecer, a pesar de todos nuestros intentos de sofocarlo.

—Quiero —dije, y fue la verdad más pura que había pronunciado en décadas—. Dios, cómo quiero.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real.

—Entonces empieza ahora —susurró.

La besé. Fue un beso diferente a todos los anteriores. No fue urgente ni desesperado. Fue una promesa. Una entrega.

La llevé al dormitorio. La habitación principal era enorme, con una cama King size que nunca había compartido con nadie. La deposité sobre el colchón con una ternura que me sorprendió a mí mismo.

—Eres la primera —dije, desabrochándole el vestido—. La única.

Ella se dejó desvestir, con los ojos brillando en la penumbra. Cuando quedó desnuda, me miró con una confianza que me desarmó.

—Muéstrame —susurró—. Muéstrame cómo es cuando dejas entrar a alguien.

Me desvestí delante de ella. Sin prisa. Dejando que me viera. Todas las cicatrices emocionales que llevaba escritas en la piel. La soledad. El miedo. La esperanza.

Cuando estuve desnudo, me tendí sobre ella. La besé con una lentitud deliberada, saboreando cada centímetro de su piel. Bajé por su cuello, mordiendo suavemente, dejando un rastro de besos húmedos hasta sus pechos.

—Alexander —gimió ella, arqueándose cuando tomé un pezón en mi boca.

Lo succioné con fuerza, luego con suavidad, alternando hasta que ella jadeaba sin control. Hice lo mismo con el otro, masajeando, adorando, poseyendo.

Bajé más. Besé su vientre, sus caderas, el interior de sus muslos. Cuando llegué a su sexo, ya estaba empapada, brillante, esperándome.

La lamí con reverencia. No con urgencia, sino con adoración. Cada lamida era una confesión. Cada succión de su clítoris era una promesa de permanencia. Introduje dos dedos en ella, curvándolos para encontrar ese punto que la hacía perder la cabeza.

—Dios, sí... —jadeó ella, agarrando las sábanas—. No pares, por favor...

La llevé al borde lentamente, torturándola con placer, hasta que explotó con un grito que resonó en la habitación vacía, llenándola de vida por primera vez.

Subí por su cuerpo, besando su vientre, sus pechos, su cuello, hasta llegar a su boca.

—Te quiero dentro —susurró ella contra mis labios—. Ahora.

Me posicioné entre sus piernas. La penetré en un solo movimiento fluido, hundiéndome hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo me acogía, me reclamaba, me pertenecía.

—Joder, Emma —gruñí, conteniéndome para no moverme demasiado rápido—. Eres perfecta. Tan perfecta...

Ella envolvió mis caderas con sus piernas, incitándome a moverme.

—No te contengas —susurró—. Quiero sentirlo todo. Quiero que me folles como si fuera la última vez.

La besé con furia y empecé a moverme. Cada embestida era una declaración de intenciones.

Cada golpe de nuestras caderas era una negativa a volver a la soledad.

La penetré con una fuerza que provenía de lo más profundo de mi ser, de ese lugar donde guardaba todo el amor que había negado durante años.

Ella se movía conmigo, encontrando mi ritmo, elevándose para recibir cada embestida. Nuestros cuerpos chocaban con fuerza, produciendo sonidos húmedos y obscenos que llenaban la habitación.

—Más fuerte —solicitó ella, con los ojos vidriosos—. Alexander, por favor...

Aumenté el ritmo. La penetré con una salvajería contenida durante décadas, dejando que todo mi deseo, mi miedo, mi amor, se canalizara en cada movimiento. Ella gemía sin parar, arañando mi espalda, marcándome como yo la marcaba a ella.

—Voy a... —jadeó ella, con la voz rota—. Dios, me voy a correr...

—Conmigo —ordené, sintiendo cómo mi propio orgasmo se acumulaba en la base de mi columna—. Ahora, cariño. Ahora.

Nos corrimos juntos con una intensidad que me dejó ciego. Grité su nombre, vaciándome dentro de ella con una fuerza que me desgarraba el alma, mientras ella se contraía alrededor de mí, succionándome, poseyéndome, completándome.

Cuando terminamos, nos quedamos abrazados, jadeantes, sudorosos, con el corazón latiendo al unísono.

—No te vayas —susurré contra su pelo, con la voz rota por la emoción—. Por favor, no te vayas nunca.

Ella se acomodó contra mí, enterrando la cara en mi cuello.

—No voy a ninguna parte —prometió—. Has dejado entrar a alguien, Alexander. Y aquí me quedo.

Nos quedamos dormidos así, entrelazados, con la ciudad brillando a nuestros pies y el futuro incierto pero compartido.

La mañana siguiente me desperté con la luz dorada entrando por las cristaleras. Emma dormía a mi lado, con una mano sobre mi pecho, como si temiera que desapareciera.

La besé suavemente en la frente y me levanté para preparar café. Necesitaba moverme, procesar todo lo que había sucedido, todo lo que había cambiado.

Cuando volví al dormitorio con dos tazas, Emma ya estaba despierta, sentada en la cama con una de mis camisas puesta. Sonrió al verme, una sonrisa perezosa y satisfecha que hizo que mi corazón se contrajera de amor.

Pero entonces vi algo que me heló la sangre.

Estaba mirando un documento que había sobre la mesilla de noche. Un dossier que Eleanor me había dejado la semana anterior sobre posibles filtraciones adicionales. Y en la página superior, escrito a mano con letra reconocible, estaba el nombre de Emma.

Pero no solo eso.

Había una lista. Una lista de fechas. De lugares. De movimientos.

Y al final, una nota: «Objetivo: destruir la reputación de E.S. mediante relación con A.P. Fase final: exposición pública.»

Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos. Y en ellos vi la comprensión, el horror, y la certeza de que nuestro enemigo no había sido derrotado.

Que alguien todavía quería destruirla.

Y que yo había sido, sin saberlo, parte del plan todo el tiempo.