El riesgo de mirarte Capítulo 15
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Capítulo 15

Emma

Me miré al espejo y no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada.

Llevaba puesto un vestido azul marino sencillo, uno de esos que mi madre decía que me daban un aire profesional pero accesible.

Me había recogido el pelo en una coleta baja, intentando parecer ordenada, controlada, como si fuera a una reunión de negocios y no a enfrentarme al fantasma que había habitado mis pesadillas durante veintiocho años.

Estaba nerviosa. No, nerviosa no. Estaba aterrorizada.

Y lo peor de todo era que estaba enfadada.

Furiosa. Con una rabia antigua que venía de esa niña de seis meses que había sido dejada en una cuna fría con solo una nota escrita a mano.

Una rabia que se mezclaba con el miedo, creando un cóctel emocional que me hacía temblar las manos mientras intentaba ponerme el pintalabios.

—Mierda —susurré, borrándome el borde torcido del labio con un pañuelo de papel.

El timbre sonó a las nueve y media. Alexander. Puntual como un reloj suizo, aunque habíamos quedado a las diez. Sabía que vendría antes. Sabía que no soportaba la impuntualidad, pero sobre todo sabía que quería darme tiempo por si necesitaba... ¿qué? ¿Huir? ¿Vomitar? ¿Cambiar de opinión?

Abrí la puerta y allí estaba. Llevaba un jersey de cachemira gris sobre vaqueros oscuros, una combinación que nunca le había visto y que le hacía parecer menos CEO y más... humano. Más tocable. Más real.

—¿Estás lista? —preguntó, aunque sus ojos ya estaban escaneando mi rostro, buscando señales de pánico.

—No —respondí, sinceramente—. Estoy asustada. Estoy enfadada. Y quiero vomitar, aunque no sé si es por los nervios o porque no he desayunado.

Alexander asintió. No intentó decirme que no pasaba nada. No me dio frases vacías de ánimo. Simplemente extendió la mano y tomó la mía.

—Podemos ir despacio —dijo—. O podemos no ir. La elección es tuya, Emma. Siempre ha sido tuya.

Su mano era cálida, firme, segura. Y por primera vez en mi vida, sentí que mostrar miedo no me hacía débil.

Que estar nerviosa delante de él no significaba que estaba perdiendo el control.

Que quizás, solo quizás, la verdadera fuerza residía en permitir que alguien te viera caer y no intentar ocultarlo.

—Vamos —dije, cogiendo el bolso—. Antes de que pierda el valor.

El trayecto en el coche fue un borrón de calles de Boston que no veía. Alexander conducía con una mano, mientras la otra descansaba sobre mi rodilla, un punto de calor constante que me anclaba a la realidad.

Intentó distraerme. Me habló de Eleanor y de cómo había intentado organizarle una cita a ciegas la semana anterior.

Me contó historias de Derek de cuando eran niños, sobre cómo su hermano había intentado vender sus juguetes en el mercadillo para comprar un cachorro.

Me hizo reír, aunque las risas salieron entrecortadas, nerviosas.

—¿Sabes? —dije de repente, cuando estábamos a dos calles de la cafetería—. Nunca había permitido que nadie me viera así. Tan... deshecha.

Alexander se detuvo en un semáforo. Me miró con esa intensidad suya que siempre me hacía sentir expuesta y protegida al mismo tiempo.

—No estás deshecha, Emma —dijo—. Estás siendo humana. Y eso requiere más coraje que cualquier máscara de perfección.

Quise creerle. Quise absorber sus palabras y hacerlas mías. Pero el miedo era un nudo en la garganta que no me dejaba respirar con normalidad.

Llegamos a la cafetería. Era un local pequeño, de esos que tienen mesas de madera desgastada y sillas que no coinciden, con el olor a café recién hecho impregnando el aire. Habíamos elegido este sitio porque era neutral. Público. Seguro.

Laura Mitchell ya estaba allí.

La vi antes de que ella nos viera. Estaba sentada en una mesa del fondo, con las manos envueltas alrededor de una taza de café que no debía de beberse desde hacía veinte minutos.

Llevaba un abrigo beige gastado, pelo castaño con canas prematuras, y unos ojos...

unos ojos verdes que me resultaron terriblemente familiares. Mis ojos.

Cuando levantó la vista y me vio entrar, se puso de pie. Y entonces lo vi. Las lágrimas. Ya estaba llorando antes de que cruzara la habitación.

—Emma —susurró, y su voz se quebró.

No fue una escena de película. No hubo música de violines ni un abrazo emotivo. Solo hubo dos mujeres mirándose desde extremos opuestos de una herida de veintiocho años, una de pie temblando y la otra congelada en el sitio.

—Soy yo —dije, y mi voz sonó extraña, distante, incluso para mí.

Alexander puso una mano en mi espalda, un gesto sutil de apoyo, y luego se apartó. Se sentó en una mesa cercana, lo suficientemente cerca para estar presente, lo suficientemente lejos para darnos privacidad.

Me senté frente a Laura. Ella se sentó tambaleándose, secándose las lágrimas con un pañuelo de papel arrugado.

—No quería llorar —dijo, con la voz ahogada—. Prometí que no lloraría. Es solo que... eres tan parecida a lo que imaginaba. A lo que soñaba.

No supe qué decir. Tenía un millón de preguntas guardadas, un discurso ensayado sobre cómo me había abandonado, cómo me había hecho sentir insuficiente durante toda mi vida.

Pero mirándola, viendo las ojeras profundas, las manos temblorosas, la forma en que no podía mantener el contacto visual, el discurso se desvaneció.

—Tenía diecisiete años —empezó Laura, sin que yo preguntara—. Estaba sola. Mi familia me había echado de casa cuando supieron que estaba embarazada. El padre... él desapareció cuando se enteró. Dijo que no era suyo. Que no quería saber nada.

Escuché. Cada palabra era una cuchillada, pero escuché.

—Intenté quedarte —continuó, y ahora las lágrimas fluían libremente—.

Dios sabe que lo intenté. Te tuve durante tres meses.

Dormía contigo en un colchón en el suelo de un apartamento compartido.

Te alimentaba con lo que podía. Pero un día...

un día te miré y supe que no podía darte lo que merecías.

Que cada día que pasabas conmigo, te estaba robando un futuro.

Sentí que la garganta se me cerraba. Quería gritarle que me había robado el presente. Que me había dejado con un agujero en el pecho que nunca se cerraba del todo. Pero también... también vi la verdad en sus ojos. El dolor real. La desesperación.

—¿Pensaste alguna vez en mí? —pregunté, y la pregunta salió más pequeña de lo que pretendía, más vulnerable.

Laura dejó la taza. Me miró directamente a los ojos por primera vez.

—Todos los días —dijo, y había una convicción absoluta en su voz—. Cada maldito día desde entonces. Nunca pasó un día sin que me preguntara si eras feliz. Si tenías padres que te querían. Si... si algún día me odiarías lo suficiente como para no querer saber nada de mí.

Yo pasé muchos días preguntándome si tú me habías olvidado —respondí, y mi voz tembló—. Pensaba que eras una desconocida que me había dejado ir sin mirar atrás. Que no te importaba.

Laura cerró los ojos. Parecía estar soportando un dolor físico.

—Me importabas tanto —susurró—. Por eso te dejé ir. Porque te importaba más tu futuro que mi dolor.

La conversación continuó. Fue complicada. Hubo silencios incómodos. Hubo preguntas sin respuestas. No hubo una reconciliación mágica, no hubo un lo entiendo todo y te perdono. Pero hubo algo más valioso. Hubo humanidad. Dos personas rotas reconociéndose en el espejo del dolor ajeno.

Cuando salí de la cafetería una hora después, estaba hecha un desastre emocional. No lloraba, pero estaba cerca. Muy cerca.

Alexander estaba esperando en la acera. Me vio salir y no preguntó. No dijo «¿Cómo fue?» ni «¿Estás bien?». Simplemente abrió los brazos.

Y yo fui.

Me derrumbé contra su pecho, con las manos agarrando su jersey, y finalmente, finalmente, permití que las lágrimas vinieran.

No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio, de rabia, de liberación.

Era la primera vez que permitía que alguien me viera completamente vulnerable, sin máscaras, sin defensas.

—No tienes que perdonar hoy —murmuró Alexander contra mi pelo, sosteniéndome con fuerza.

—¿Y qué tengo que hacer? —sollocé, con la voz ahogada contra su pecho.

—Sentir lo que necesites sentir —respondió—. Solo eso. Sentirlo todo.

Permanecimos así durante largos minutos, en medio de la acera de Boston, con los transeúntes pasando a nuestro alrededor. Y por primera vez en veintiocho años, sentí que una herida empezaba a cerrarse. No sanaba completamente, pero dejaba de sangrar.

Alexander me llevó a su coche. Me sentó en el asiento del copiloto y me abrochó el cinturón con una ternura que me hizo querer llorar de nuevo.

—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó.

—No —respondí, secándome las mejillas—. No quiero estar sola. Pero tampoco quiero hablar. ¿Podemos... podemos simplemente pasear?

Asintió. Condujo hasta el parque, aparcó, y caminamos juntos por los senderos sin rumbo fijo. No hablamos. Solo caminamos, con sus dedos entrelazados en los míos, anclándome a la tierra.

Fue entonces cuando lo vi.

Un destello plateado entre los árboles. Una lente de cámara apuntando hacia nosotros. Demasiado lejos para identificar quién era, demasiado cerca para ser casual.

—Alexander —dije, tensándome—. Allí. Alguien nos está fotografiando.

Él giró la cabeza, pero el fotógrafo —si es que era eso— ya había desaparecido entre la multitud.

—Seguro que es un turista —dijo, aunque su mandíbula se tensó—. O un paparazzi de esos que cazan empresarios para revistas de economía.

Quise creerle. Quise pensar que era paranoia mía, producto del día emocionalmente agotador.

Pero esa noche, cuando llegué a casa y encendí el ordenador para intentar distraerme con trabajo, la vi.

La fotografía estaba en todas partes.

En blogs de publicidad. En foros de industria. Incluso en algunos periódicos digitales de economía.

Mostraba a Alexander abrazándome en la acera, con mi cara hundida en su pecho, con una vulnerabilidad que nunca había permitido que nadie viera. Y debajo, el titular:

«El CEO y la directora de marketing que manipularon una campaña juntos: ¿conflicto de intereses o algo más?»

El mundo se detuvo.

Y supe que acabábamos de perder el control por completo.